
El Hércules siniestrado en El Alto, cerca de La Paz, dejó muertos, heridos y billetes esparcidos en una escena de caos que sacude a Bolivia.
El accidente del Hércules C-130 FAB-81 en El Alto, junto a La Paz, ha dejado una de esas imágenes que se quedan pegadas a la retina: un avión militar fuera de la pista, coches destrozados, heridos evacuados a toda prisa y billetes nuevos esparcidos sobre el asfalto. Lo más firme a esta hora es que la aeronave, procedente de Santa Cruz, se salió de la pista al aterrizar la tarde del viernes 27 de febrero y recorrió una larga distancia hasta irrumpir en la zona de La Costanera. El balance fue cambiando durante la noche: las primeras cifras oficiales hablaron de al menos 15 muertos, mientras medios bolivianos elevaron después el recuento a 20 fallecidos. El dato de heridos también creció con el paso de las horas y la ministra de Salud, Marcela Flores, situó el saldo en 28 lesionados atendidos en distintos hospitales.
La otra pieza clave, y aquí está buena parte del desconcierto que ha multiplicado el impacto de la noticia, es que el aparato transportaba banconotas nuevas del Banco Central de Bolivia. Ese detalle convirtió el siniestro en algo todavía más caótico: parte del cargamento quedó fuera del avión, numerosos vecinos se abalanzaron sobre los billetes y la Policía tuvo que intervenir con equipos antidisturbios y apoyo militar para despejar la zona. Las autoridades repitieron durante horas que ese dinero no tenía valor legal, porque aún no había pasado el proceso de monetización ni había entrado en circulación. La causa del accidente sigue sin confirmarse, el aeropuerto suspendió operaciones y la Fuerza Aérea Boliviana ya activó una junta investigadora.
Del aterrizaje a la avenida
Uno de los matices más importantes del caso lo puso muy pronto José Antonio Fanola, director de la Dirección General de Aeronáutica Civil. Su mensaje fue claro: el avión no cayó del cielo en sentido estricto, sino que sufrió una excursión de pista tras aterrizar. Parece una diferencia menor, pero no lo es. Hablar de una aeronave que se precipita en la aproximación final abre una hipótesis; hablar de un aparato que toca tierra, se sale de pista y continúa fuera del perímetro del aeropuerto abre otra muy distinta. Según el recuento inicial difundido por autoridades bolivianas, el accidente se produjo alrededor de las 18:15 o 18:20, después de que el Hércules llegara desde Santa Cruz. El ministro de Defensa, Marcelo Salinas, llegó a precisar que el avión se desplazó aproximadamente un kilómetro fuera de la pista antes de provocar el desastre.
Ese tramo fuera de control explica la violencia del impacto. No fue un choque contenido dentro del recinto aeroportuario, ni un incidente limitado a la cabecera de pista, ni un percance absorbido por zonas de seguridad. El aparato cruzó la frontera física entre el aeropuerto y la ciudad. Ahí se entiende el rastro de destrucción que muestran las imágenes: vehículos aplastados, piezas del fuselaje proyectadas hacia las vías cercanas, fuego, humo y restos del avión desperdigados en una zona muy transitada de El Alto. Unos balances hablaron de al menos 10 vehículos arrollados; otros elevaron la cifra a 15. El comandante nacional de Bomberos, Pavel Tovar, fue una de las voces que más pronto puso números a la magnitud del siniestro.
Un balance que cambió durante la noche
La cifra de víctimas fue, desde el primer momento, el punto más inestable del relato. El País recogió un primer balance que incluso llegó a bajar a 11 muertos en una fase inicial, mientras otras fuentes oficiales y medios internacionales hablaron pronto de 15 fallecidos. Más tarde, la cobertura local boliviana situó el saldo en 20 muertos. Esa oscilación no es anecdótica: dice mucho del nivel de devastación y del desorden operativo de las primeras horas. Cuando hay cuerpos dentro del perímetro, víctimas en la calzada, heridos repartidos por varios centros sanitarios y una escena todavía caliente, los números no suelen cerrarse de golpe. Lo prudente, y lo más serio, es asumir que el balance seguía siendo provisional al cierre de las últimas actualizaciones.
En el frente sanitario, la información también se fue completando por capas. El Hospital del Norte de El Alto reportó la llegada de 10 heridos, con ocho de ellos en estado grave, mientras después la ministra Marcela Flores habló de 28 lesionados atendidos en distintos hospitales de La Paz y El Alto. La lista oficial difundida más tarde por medios bolivianos mostraba a los pacientes repartidos entre varios centros, desde el propio Hospital del Norte hasta el Hospital del Sur, el Corazón de Jesús o el Correa, un detalle que da la medida del impacto sobre la red sanitaria. En paralelo, los hospitales activaron una campaña de donación de sangre para reforzar la atención a los heridos más graves. No es un matiz secundario: cuando una ciudad lanza un llamamiento así en plena noche, es porque la presión asistencial es real.
Ocho tripulantes a bordo y dos desaparecidos en las primeras horas
Otra pieza relevante apareció en la voz del comandante de la Fuerza Aérea Boliviana, Sergio Lora. Según explicó, en el avión viajaban ocho tripulantes. Seis de ellos fueron trasladados a centros médicos y dos quedaron desaparecidos durante las primeras tareas de búsqueda y rescate. Esa cifra choca con otros recuentos iniciales que hablaban de una tripulación de seis, de modo que la información sobre los ocupantes también fue ajustándose con el paso de las horas. En cualquier caso, el cuadro general deja una idea bastante clara: parte de las víctimas estaba dentro o alrededor del avión, y otra parte se encontraba en los vehículos o en la zona que el Hércules arrasó al salir de pista. Los propios servicios de emergencia describieron un escenario extremadamente duro, con adultos y menores entre los fallecidos.
Billetes por el suelo y un cordón roto
Si el accidente por sí mismo ya era grave, lo que pasó inmediatamente después lo convirtió en una escena casi irreal. Parte del cargamento quedó repartido por la zona y cientos de personas corrieron a recoger fajos de billetes del suelo, pese al humo, al riesgo de incendio y a la presencia de heridos. Los vídeos difundidos desde El Alto muestran justo eso: gente entrando en el área del siniestro mientras la Policía trataba de mantener un cordón de seguridad. Pavel Tovar advirtió que esa irrupción dificultó las labores de rescate, y las autoridades se vieron obligadas a desplegar un operativo de fuerza para recuperar el control. La imagen es brutal por la mezcla de elementos: tragedia, urgencia médica, metal retorcido y una multitud intentando llevarse un dinero que, en realidad, no podía gastar.
La reacción oficial fue contundente. Más de 500 soldados y 100 policías fueron movilizados para despejar la zona, y la Policía utilizó gases lacrimógenos para dispersar a quienes seguían entrando en el lugar del accidente. Ni siquiera así bastó al principio. En algunos momentos, según la prensa local, la multitud volvió una y otra vez al perímetro siniestrado, rebasando el cerco de seguridad y obligando a repetir la maniobra de contención. Aquello dejó de ser solo una emergencia aeronáutica y sanitaria para convertirse también en un problema de orden público. El siniestro del avión y la estampida sobre los billetes se fundieron en una sola escena de caos.
Del pillaje de billetes a las primeras aprehensiones
La Fiscalía y la Policía bolivianas empezaron a mover ficha muy pronto. Medios locales informaron de al menos 12 personas aprehendidas por intentar apropiarse del dinero del avión accidentado, mientras otros reportes hablaban también de saqueos en comercios cercanos aprovechando la confusión. Esa derivada no es menor. En una tragedia de este tamaño, cualquier quiebra del perímetro multiplica los riesgos: se entorpece el acceso de ambulancias, se alteran restos que pueden ser esenciales para la investigación y se pone en peligro a personas que se acercan a una zona todavía inestable. La combinación de morbosidad, oportunismo y descontrol agravó una noche que ya era pésima.
Dinero que todavía no era dinero
Aquí está uno de los detalles más llamativos del caso, y conviene contarlo bien porque fue el gran malentendido de las primeras horas. El avión no transportaba dinero listo para gastarse en tiendas o bancos. Llevaba billetes nuevos destinados al Banco Central de Bolivia, pero esas banconotas aún no habían completado el proceso que las convierte en dinero de curso legal. El presidente del banco emisor, David Espinoza, explicó que los billetes no tenían valor legal porque todavía no habían entrado en circulación y, por tanto, su recogida, su tenencia o su uso no otorgaban ningún derecho económico a quien los sacara del lugar del accidente. Dicho de otra forma: parecían dinero, eran dinero en potencia, pero todavía no funcionaban como dinero en el sistema.
Ese proceso previo importa mucho más de lo que parece. Según las explicaciones difundidas por el propio banco y recogidas por medios bolivianos, las remesas habían llegado desde el exterior a Santa Cruz y estaban siendo trasladadas hacia La Paz. Hasta que el Banco Central no realiza la monetización y autoriza la circulación a través del sistema financiero, esas piezas impresas no tienen la condición legal completa del efectivo en uso. Por eso las autoridades hablaron de delito al referirse a la recogida y tenencia de los billetes. También por eso, en presencia del propio David Espinoza, parte de las cajas con ese material fue quemada por policías y militares: era una forma de impedir que el saqueo siguiera creciendo y, a la vez, de cortar de raíz cualquier mercado clandestino improvisado sobre dinero que no valía legalmente nada.
No se ha informado de manera oficial cuánto dinero llevaba exactamente el Hércules, y ese silencio no es casual. En operaciones de esta naturaleza, la cantidad, el itinerario y las medidas de custodia suelen manejarse con reserva. Lo que sí ha quedado claro es que el cargamento era lo bastante importante como para alterar la respuesta pública al accidente. Una tragedia aérea ya obliga a desplegar bomberos, sanitarios y peritos; aquí, además, hubo que movilizar a militares y antidisturbios para custodiar papel moneda sin valor legal. La paradoja es casi violenta: en mitad de una escena con muertos y heridos, una parte del operativo tuvo que dedicarse a proteger un dinero que, fuera del circuito del banco central, no servía para comprar absolutamente nada.
Qué avión era y por qué el impacto fue tan devastador
El aparato siniestrado era un Lockheed C-130 Hércules, uno de los grandes clásicos del transporte militar. No se trata de una avioneta ni de un carguero menor. Es una aeronave robusta, diseñada para mover carga, personal y material en condiciones difíciles, y precisamente por eso su salida de pista tiene una capacidad de destrucción enorme cuando se produce cerca de una zona urbana. La matrícula FAB-81 apareció repetida en los primeros informes, igual que la referencia a que la aeronave pertenecía a la Fuerza Aérea Boliviana y operaba dentro del servicio de Transporte Aéreo Boliviano. Cuando una mole así pierde la trayectoria ya en tierra, la energía del desplazamiento no se disuelve de golpe: arrastra, golpea, rompe, lanza piezas y convierte una maniobra fallida en una catástrofe terrestre.
A eso se suma el escenario. El Alto no es un aeropuerto cualquiera. Está situado a más de 4.000 metros de altitud, una condición que siempre complica la operación aérea: cambia la densidad del aire, exige atención extrema en prestaciones y reduce márgenes cómodos en fases críticas como el aterrizaje y la frenada. No significa, ni de lejos, que el accidente se explique por la altura de forma automática, pero sí que el contexto técnico importa. También hubo referencias de testigos a granizo o a mal tiempo en el momento del siniestro, aunque ninguna autoridad había confirmado todavía que ese factor fuera determinante. De momento, lo único serio es separar el ruido de las redes de lo que realmente puedan demostrar los peritos.
La investigación entra en la pista, no en la especulación
El Ministerio de Defensa y el Comando de la Fuerza Aérea Boliviana anunciaron la creación de una Junta Investigadora de Accidentes para determinar qué ocurrió exactamente en los segundos decisivos. Ese es el punto central del caso y, por ahora, también el más abierto. Las preguntas son muchas: si el avión tomó tierra con exceso de velocidad, si hubo un problema de frenado, si la tripulación encontró alguna incidencia mecánica, si la pista presentaba una condición adversa, si hubo una toma larga, si la meteorología influyó o si varios de esos factores se encadenaron de forma fatal. Todavía no hay un informe técnico que permita ir más allá de la descripción básica: el avión aterrizó, se salió de pista y avanzó fuera del recinto del aeropuerto.
La precisión con la que Fanola insistió en que el avión “no cayó” resulta clave para entender el enfoque de la investigación. No se está analizando un fallo en crucero ni un impacto en pleno descenso, sino una excursión de pista que terminó en catástrofe urbana. Esa diferencia cambia la lupa sobre la cabina, sobre el estado del tren de aterrizaje, sobre la pista y sobre los procedimientos posteriores a la toma. También empuja la atención hacia la longitud recorrida fuera del área segura, que según Marcelo Salinas rondó el kilómetro. Una cadena de metros así no suele explicarse con una sola respuesta sencilla. En accidentes de este tipo, la verdad acostumbra a llegar en capas: primero la secuencia, luego la causa principal, después los factores concurrentes.
El Alto después del estruendo
Mientras los técnicos empezaban a reconstruir la maniobra, la ciudad tuvo que gestionar la emergencia inmediata. Naabol, el gestor aeroportuario boliviano, suspendió las operaciones del Aeropuerto Internacional de El Alto al menos hasta las 21:30 en una primera comunicación, y las aerolíneas empezaron a reportar cancelaciones y perjuicios para los pasajeros. No era una decisión simbólica. Con una pista afectada, restos de la aeronave, bomberos trabajando y una investigación en marcha, el aeropuerto no podía seguir operando con normalidad. La terminal es clave para la conexión del occidente boliviano, así que el accidente no golpeó solo a la zona de La Costanera: también paralizó durante horas un nodo esencial de movilidad nacional e internacional.
A esa parálisis aérea se sumó una madrugada sanitaria muy exigente. Los heridos fueron distribuidos entre hospitales de El Alto y La Paz, algunos con pronóstico muy grave, y la atención se extendió más allá del primer centro de referencia. No todos los lesionados venían del mismo sitio ni presentaban el mismo cuadro: había tripulantes, ocupantes de vehículos alcanzados por el avión y personas golpeadas por restos o por la violencia del arrastre. Todo eso explica por qué los partes fueron modificándose a medida que avanzaban los rescates y se consolidaban las derivaciones. La escena no fue la de un avión detenido junto a una valla; fue la de una aeronave pesada cruzándose con el tráfico, la ciudad y la noche. Y eso deja una estela humana y material mucho más extensa.
La Costanera tras el impacto
Lo que deja este accidente en Bolivia no es solo una tragedia aérea. Deja, también, un agujero muy concreto en el mapa de El Alto: una zona arrasada, familias pendientes de listas hospitalarias, una investigación técnica compleja y una discusión inevitable sobre la seguridad en vuelos militares que transportan valores sensibles. Las autoridades todavía tienen que aclarar por qué un Hércules C-130 terminó convertido en chatarra después de aterrizar, por qué recorrió tanta distancia fuera de la pista y cómo una emergencia de rescate acabó mezclándose con intentos de pillaje y detenciones. Pero hay hechos que ya no se mueven: el avión procedía de Santa Cruz, llevaba billetes nuevos del Banco Central, se salió de pista al aterrizar en El Alto, dejó un balance mortal todavía sometido a revisión y arrastró a Bolivia a una de esas noches en las que la noticia cambia de escala cada media hora.
Y queda otro dato, más áspero, más difícil de quitar de encima. No fue solo el estruendo del impacto. Fue el paisaje posterior: billetes sobre el suelo, uniformes intentando abrirse paso entre la multitud, ambulancias, humo, cajas quemadas para evitar saqueos, hospitales pidiendo sangre y una ciudad entera mirando una escena imposible de normalizar. En las próximas horas llegarán los informes periciales, las identificaciones cerradas y, seguramente, un balance más asentado. Lo que ya ha quedado fijado es la dimensión del golpe. Un avión militar cargado de dinero salió de la pista en El Alto y convirtió una maniobra de aterrizaje en una catástrofe nacional.
Alessandro Elia
Fuente de esta noticia: https://donporque.com/avion-del-dinero-estrellado-en-bolivia/
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