
En el corazón de La Candelaria, el barrio más antiguo de Bogotá, se levanta una casa colonial que ha resistido siglos de Historia y rumores paranormales. Los habitantes la conocen como La Mansión del Duende, un inmueble ubicado en la calle 13 con carrera 5a, cuyo nombre evoca una de las leyendas más persistentes del centro histórico: la del Duende Baltazar, un espíritu que, según el relato popular, ronda la vivienda desde tiempos coloniales.
Aunque hoy funciona como un restaurante que conserva la arquitectura original, su fama va más allá del valor patrimonial. Su historia, transmitida oralmente combina elementos de realidad y ficción hasta el punto de volverse parte del imaginario cultural de la ciudad. Lo que comenzó como un rumor sobre una tragedia doméstica terminó convirtiéndose en un símbolo del misterio que habita entre las calles empedradas de La Candelaria.
La Candelaria no solo es el barrio fundacional de Bogotá, representa también un testimonio vivo del pasado colonial. Sus casonas de techos de teja, patios interiores y balcones de madera reflejan el estilo arquitectónico que predominó entre los siglos XVII y XVIII, cuando la ciudad empezaba a consolidarse como centro político y religioso del virreinato de la Nueva Granada.
En medio de esas edificaciones sobresale La Mansión del Duende, una construcción de muros gruesos, ventanas altas y un patio central que guarda la fuente o pozo que protagoniza el eje principal de la leyenda. Nadie sabe con precisión el año en que se levantó la casa ni quién fue su primer propietario, aunque los cronistas locales coinciden en que su origen se remonta al siglo XVIII, cuando las familias adineradas del centro construían viviendas amplias alrededor de un aljibe o depósito de agua en el patio interior.
Ese pozo, que en su momento era un elemento funcional y cotidiano, terminó siendo —según cuenta la leyenda— el escenario de un hecho trágico que cambiaría para siempre la historia del lugar.
El drama de una madre soltera
Cuenta la tradición popular que en esa casa vivió una mujer soltera, joven y de buena posición económica, que quedó embarazada en una época en la que el honor y la reputación eran asuntos de vida o muerte. En la sociedad bogotana de los siglos XVII y XVIII, una mujer que tuviera un hijo fuera del matrimonio podía enfrentar el rechazo total de su familia, la exclusión social y, en los casos más extremos, ser juzgada por el Tribunal de la Inquisición por faltas a la moral pública.
Presionada por el miedo y la vergüenza, la mujer habría ocultado su embarazo, refugiándose en su propia casa para evitar el escarnio. La historia afirma que dio a luz en secreto una noche lluviosa y, presa de la desesperación, decidió arrojar al recién nacido al pozo del patio central, intentando borrar toda evidencia de su falta. Sin embargo, lo que buscaba enterrar en el silencio se convirtió en un grito perpetuo que, según dicen, jamás dejó de escucharse.
A partir de ese momento, comenzaron los rumores sobre llantos infantiles que surgían del aljibe a medianoche, pasos pequeños que resonaban en los corredores y sombras diminutas que se movían entre las habitaciones. Con el paso del tiempo, los vecinos aseguraban que aquel llanto pertenecía al espíritu del bebé, convertido en un duende llamado Baltazar, nombre con el que la comunidad bautizó a la presencia que atormentaba el lugar.
El duende Baltazar
El personaje del Duende Baltazar no es solo el protagonista de una historia de terror. Su figura encarna un tipo de relato que, como muchos mitos urbanos, refleja las tensiones morales y sociales de una época. En la Bogotá colonial, marcada por el peso de la religión y las normas del honor, la maternidad fuera del matrimonio era un motivo de condena. El mito del duende funciona entonces como una advertencia simbólica: un recordatorio de las consecuencias del pecado y de la culpa.
El relato fue tomando fuerza entre los habitantes del barrio. Se decía que el duende tenía una voz infantil, que reía y lloraba de forma alterna, intermitente, y que su presencia se manifestaba especialmente ante las mujeres embarazadas. Según la tradición oral, Baltazar aparecía para asustarlas y prevenirlas, como si su alma buscara impedir que alguien más repitiera la tragedia que lo originó.
De esa manera, el mito adquirió un matiz más moralista y protector. El duende no era solo un espíritu vengativo, sino una figura que transmitía una advertencia a quienes, como su madre, se vieran tentadas a ocultar o abandonar un hijo.
Durante el siglo XX, la antigua casa colonial cambió de propietarios en varias ocasiones. Algunos intentaron adaptarla como vivienda, otros como espacio cultural o negocio. En las décadas recientes, el lugar fue restaurado y abierto al público bajo el nombre de La Mansión del Duende, conservando gran parte de su estructura original como el zaguán de entrada, el patio empedrado y las vigas de madera tallada que sostienen el techo.
Los visitantes actuales pueden comer junto al viejo pozo, ahora sellado, que en el relato popular es el punto de origen de las apariciones. El lugar que mezcla muy bien el encanto histórico con un aire de misterio, aprovechando el magnetismo que despierta su leyenda.
Algunos trabajadores del restaurante han contado, de manera informal, que en ciertos turnos nocturnos escuchan ruidos inexplicables o sienten corrientes de aire gélido, helado, en los pasillos. Otros aseguran que los objetos cambian de lugar o que las luces titilan sin motivo aparente. Aunque no existen registros verificables de estos hechos, las anécdotas se han multiplicado con los años, reforzando la fama del inmueble como uno de los sitios más “embrujados” del centro histórico.
La Inquisición y la moral de la época
Entender la fuerza simbólica de esta historia requiere mirar el contexto histórico en el que pudo haber surgido. Durante los siglos XVII y XVIII, Bogotá estaba bajo la influencia de la Inquisición española, que regulaba la vida moral y religiosa de los habitantes del virreinato. Las conductas consideradas “inmorales”, como los embarazos fuera del matrimonio, eran perseguidas y castigadas con severidad. Las mujeres solteras que quedaban en cinta eran objeto de vergüenza pública, y muchas optaban por esconderse o abandonar sus hogares.
En ese escenario, no resulta difícil imaginar que historias como la del Duende Baltazar nacieran de hechos reales que eran distorsionados por el miedo y la superstición. Los rumores sobre llantos, apariciones o castigos divinos eran parte del modo en que la sociedad colonial procesaba la culpa y la transgresión.
Los cronistas de la época registraron numerosos casos de “penitencias” y “maldiciones” que se interpretaban como señales de advertencia divina. La leyenda del duende, aunque no aparece en los archivos oficiales, encaja perfectamente en esa tradición cultural.
Con el paso del tiempo, la historia de Baltazar dejó de ser un relato privado para convertirse en un mito urbano y en una leyenda urbana. Turistas, estudiantes y curiosos comenzaron a visitar el lugar atraídos por la mezcla de historia y misterio. Las agencias de turismo incluyeron la mansión en recorridos temáticos sobre leyendas bogotanas, junto con otros escenarios del centro histórico donde también se cuentan historias de fantasmas, monjas y almas en pena.
No obstante, más allá de su carácter sobrenatural, lo que mantiene viva la historia del duende es su conexión con la identidad cultural de Bogotá. En una ciudad que creció sobre las huellas de la colonia, las leyendas no son simples cuentos: son una forma de recordar la forma en que vivieron, sintieron y temieron los habitantes del pasado.
Los relatos sobre fantasmas, casas embrujadas y almas condenadas funcionan como un espejo de la sociedad de la ciudad en el que se reflejan los valores, las tensiones y las contradicciones de una sociedad que se debatía entre la fe y la culpa, entre la norma y el deseo.
Estos relatos se han convertido en parte del patrimonio cultural de la ciudad. No solo atraen visitantes, sino que también refuerzan el sentido de pertenencia de los habitantes. Contar una historia como la de Baltazar es, de algún modo, una manera de mantener viva la memoria de una Bogotá que ya no existe, pero que aún respira en sus muros y en sus voces.
Guías y grupos culturales han realizado estudios y recorridos que integran estas leyendas dentro de proyectos culturales. Algunos investigadores sostienen que estos mitos cumplen una función pedagógica, pues ayudan a comprender cómo la religión, la moral y la vida cotidiana se entrelazaban en el pasado.
A pesar del paso del tiempo, el mito del Duende Baltazar sigue circulando. En redes sociales, blogs y rutas turísticas, su historia continúa inspirando curiosidad y debate. Algunos lo consideran una leyenda urbana más sin fundamento; otros aseguran haber sentido la presencia de algo inexplicable en el interior de la casa. Entre el escepticismo y la fe, el mito se mantiene vivo gracias a lo que gustan estos temas hoy día, en pleno siglo XXI.
El valor de historias como esta no radica en su veracidad –que normalmente no son ciertas-, sino en su capacidad para establecer la relación entre el pasado y presente. Cada generación que la escucha aporta nuevos matices: algunos la convierten en cuento infantil, otros en relato de terror, otros en símbolo cultural. Y así, la figura de Baltazar sigue caminando por los corredores de la memoria bogotana, invisible pero persistente.
Caminar por La Candelaria es recorrer una ciudad dentro de otra. Las calles empedradas, las fachadas coloridas y los balcones de madera cuentan silenciosamente la historia de una Bogotá que se resiste a desaparecer. En ese contexto, La Mansión del Duende es toda una referencia.
En sus muros se mezclan los ecos coloniales del imperio español de la época, las supersticiones del siglo XVII y la curiosidad del presente. Allí, entre el murmullo de los visitantes y el aroma del café que sale del restaurante, parece escucharse todavía el llanto lejano que dio origen a la leyenda.
Tal vez sea solo el viento que se cuela por los corredores. O tal vez, como dicen algunos vecinos, sea el propio Baltazar, recordando que sigue en esta casa, ¿Quién sabe?
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ACERCA DEL CORRESPONSAL
JOSé MANUEL GARCíA BAUTISTA
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