
Desde los años cincuenta, la fabricación de plástico no ha dejado de crecer y, si la tendencia continúa, podría llegar a 26.000 millones de toneladas en 2050. Uno de los ámbitos donde este material ha ganado más protagonismo es el del envasado de alimentos, ya que su versatilidad y bajo coste lo convirtieron rápidamente en una alternativa dominante frente a materiales tradicionales como el vidrio, el metal o la madera.
Hoy, en un sistema alimentario globalizado, gran parte de los materiales en contacto con alimentos como los envases, utensilios, maquinaria y recipientes de todo tipo está hecha de plástico. Sin embargo, este uso masivo también plantea preocupaciones ambientales y de salud, lo que ha impulsado un creciente interés por evaluar sus impactos y explorar opciones más sostenibles.
Identificación de los plásticos en envases
La gran variedad de materiales plásticos y sus diferentes posibilidades de reciclaje llevó, hace más de medio siglo, a crear un sistema sencillo para identificarlos de manera universal. Así, en 1970 nació el conocido símbolo del reciclaje, un triángulo formado por tres flechas que se persiguen, también llamado triángulo de Möbius. Dentro de este símbolo aparece un número del 1 al 7 que indica el tipo de plástico del envase.
Algunos ejemplos son el tereftalato de polietileno (PET, código 1), común en botellas de agua y zumos; el polietileno de alta densidad (HDPE, código 2), presente en botellas de leche y envases de detergente; y el polipropileno (PP, código 5), empleado usualmente en envases de yogur y tapas de botellas. Estos códigos se pueden identificar en los productos de consumo diario en nuestros hogares.
Los efectos de los ftalatos no se limitan a la salud humana; también son relevantes para el medio ambiente
Presencia de aditivos de plástico
Además del tipo de polímero, los plásticos contienen una amplia variedad de aditivos que se incorporan durante su fabricación para mejorar sus propiedades y adaptarlos a distintos usos. Estos compuestos permiten que un plástico sea más flexible, más resistente al calor, más duradero, más colorido o menos inflamable, entre muchas otras funciones. Entre los aditivos más utilizados se encuentran los retardantes de llama, antioxidantes, estabilizantes térmicos y lumínicos, lubricantes, pigmentos, agentes antiestáticos y plastificantes, cada uno con un rol específico.
Un ejemplo de estos compuestos son los conocidos ftalatos, utilizados durante décadas como plastificantes, o bien los ésteres organofosforados, que pueden actuar a la vez como plastificantes y retardantes de llama. Muchos de ellos se han asociado a efectos tóxicos, especialmente cuando la exposición humana se produce a través de los alimentos. Aunque en los últimos años se han incorporado plastificantes no ftalatos con una toxicidad aparentemente menor, todavía existen dudas sobre su impacto real y su comportamiento en el medio ambiente a largo plazo.
Para ilustrar su presencia en la cadena alimentaria, un estudio reciente analizó 109 muestras de alimentos y detectó plastificantes en el 85% de ellas. Los alimentos con mayores concentraciones fueron carnes, condimentos, productos infantiles y pescados, y se observó además que el tipo de envase influía en los niveles encontrados. El estudio también confirmó la transferencia de plastificantes desde los materiales de envasado hacia los alimentos, especialmente en comidas listas para cocinar.
Peligros y control: ejemplo de los ftalatos
A nivel de salud humana, se sabe que algunos ftalatos pueden afectar la fertilidad, dañar al feto, alterar el sistema hormonal e incluso favorecer problemas respiratorios como el asma. Las mujeres embarazadas y los niños pequeños son los grupos más vulnerables. En particular, ciertos ftalatos pueden interferir con el desarrollo sexual de los varones, lo que podría derivar en infertilidad en la edad adulta.
Aunque actualmente no existen límites legales de concentración de ftalatos en los alimentos, sí se aplican los llamados Límites de Migración Específica, que establecen la cantidad máxima de ftalatos, entre otros, que puede pasar del plástico a los alimentos. Algunos de estos compuestos, conocidos por ser tóxicos para la reproducción y disruptores endocrinos, incluyen: Bis(2-etilhexil) ftalato (DEHP), Bencilo butil ftalato (BBP), Dibutil ftalato (DBP) o el Diisobutil ftalato (DIBP).
Para cada uno de ellos existe un límite específico de migración en alimentos, y además hay un límite grupal que regula la suma de todos estos compuestos; es decir, hay un máximo global para el conjunto de compuestos. Pero los efectos de los ftalatos no se limitan a la salud humana; también son relevantes para el medio ambiente. Su uso masivo ha provocado que grandes cantidades lleguen a los ecosistemas, especialmente a los medios acuáticos. Una vez allí, pueden generar efectos tóxicos significativos en la fauna marina.
Protege tu salud: reduciendo la exposición a ftalatos a diario
Aunque la exposición a los ftalatos no proviene solo de los plásticos en contacto con los alimentos, ya que también están presentes en productos electrónicos, textiles, automóviles y otros bienes de consumo, es posible reducirla de manera individual. Para ello, se recomienda preferir platos caseros, evitar el film transparente y no calentar alimentos en envases plásticos, usar productos de cuidado personal sin ftalatos o de origen orgánico, y limitar el uso de ciertos productos de limpieza, bricolaje o jardinería, optando por alternativas menos nocivas y usando protección como guantes o mascarilla.
Estas medidas ayudan a disminuir la exposición diaria a ftalatos y otros aditivos químicos en nuestro entorno. Con información, precaución y hábitos conscientes, podemos reducir nuestra exposición química y proteger nuestra salud de manera efectiva.
Autora: Roser Fabrés, Tecnóloga de Alimentos
Julia
Fuente de esta noticia: https://www.bioecoactual.com/2026/02/23/plastico-omnipresente-en-la-cadena-alimentaria/
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