
Isaías 6 relata una de las revelaciones más impresionantes de la majestad de Dios en el Antiguo Testamento. El profeta escribe: «En el año de la muerte del rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y la orla de Su manto llenaba el templo» (Is 6:1). Los serafines de seis alas —seres celestiales ardientes y voladores— se llaman unos a otros con voces estruendosas: «Santo, Santo, Santo es el SEÑOR de los ejércitos, / Llena está toda la tierra de Su gloria» (Is 6:3).
Isaías responde a esta impresionante teofanía con una confesión angustiada: «¡Ay de mí! Porque perdido estoy, / Pues soy hombre de labios inmundos / Y en medio de un pueblo de labios inmundos habito, / Porque mis ojos han visto al Rey, el SEÑOR de los ejércitos» (Is 6:5).
Uno de los ángeles ardientes toca la boca de Isaías con un carbón del altar celestial para quitar su culpa, y luego el Señor llama y comisiona a Su profeta. El celo inicial de Isaías — «Aquí estoy; envíame a mí» (Is 6:8)— se convierte en confusión —«¿Hasta cuándo, Señor?» (Is 6:11)— cuando el profeta considera su difícil tarea:
Ve, y dile a este pueblo:
«Escuchen bien, pero no entiendan;
Miren bien, pero no comprendan».
Haz insensible el corazón de este pueblo,
Endurece sus oídos,
Y nubla sus ojos,
No sea que vea con sus ojos,
Y oiga con sus oídos,
Y entienda con su corazón,
Y se arrepienta y sea curado. (Is 6:9-10).
Si bien Apocalipsis 4 recuerda la visión de Isaías del trono divino, Jesús y los apóstoles citan con mayor frecuencia el encargo del profeta de predicar a un pueblo recalcitrante, incapaz de oír o ver las verdades espirituales. Estos versículos ocupan un lugar destacado en los cuatro evangelios (Mt 13:13-15; Mr 4:12; Lc 8:10; Jn 12:39-41), en el libro de los Hechos (Hch 28:25-28) e incluso en la carta de Pablo a los Romanos (Ro 11:8). ¿Por qué? Este pasaje del Antiguo Testamento ayuda a explicar cómo el rechazo de Jesús y Sus seguidores cumple con el patrón bíblico más amplio de los mensajeros difamados de Dios.
Repasemos el contexto de la profecía de Isaías y luego consideremos el uso que Jesús hace de este pasaje en Mateo 13:13-15.
La sorprendente comisión de Isaías
Isaías 1-5 establece la idolatría crónica de Judá, la dureza de corazón y la falta de entendimiento espiritual. Aunque hay destellos de esperanza sobre lo que Dios hará «en los postreros días» (Is 2:2-5), estos capítulos exponen repetidamente la rebelión del pueblo y anuncian el juicio venidero de Dios. El pueblo es como niños rebeldes que han despreciado al Santo de Israel (Is 1:2-4). En su idolatría e inmoralidad, Judá se asemeja a Sodoma y Gomorra, las ciudades malvadas que Dios destruyó con fuego y azufre (Is 1:9-10). La amada viña del Señor no ha producido más que uvas silvestres (Is 5:1-7).
Durante cinco tensos capítulos, Isaías denuncia sus pecados y advierte del juicio. Luego, en el capítulo 6, Isaías contempla la gloria de Dios y recibe su encargo de cegar los ojos del pueblo, taparles los oídos y endurecerles el corazón (Is 6:9-13). La predicación del profeta no solo advertiría al pueblo, sino que lo confirmaría en su obstinada rebelión contra Dios.
La enseñanza de Jesús sobre el reino exige una respuesta de obediencia. Oír de verdad implica dar fruto
Los profetas bíblicos suelen hablar de los ojos y oídos defectuosos de Israel para ilustrar su incapacidad de responder correctamente a la revelación divina. Esta imagen refleja la palabra anterior de Dios sobre el juicio en Deuteronomio 29:4: «Pero hasta el día de hoy el SEÑOR no les ha dado corazón para entender, ni ojos para ver, ni oídos para oír». Además, las declaraciones sobre la ceguera espiritual, la sordera y la torpeza del pueblo revelan que ahora se asemejan a los ídolos sin vida que han venerado. El Salmo 115:4-8 desarrolla esta lógica bíblica:
Los ídolos de ellos son plata y oro,
Obra de manos de hombre.
Tienen boca, y no hablan;
Tienen ojos, y no ven;
Tienen oídos, y no oyen;
Tienen nariz, y no huelen;
Tienen manos, y no tocan;
Tienen pies, y no caminan;
No emiten sonido alguno con su garganta.
Se volverán como ellos los que los hacen,
Y todos los que en ellos confían.
El mismo patrón ocurre en el libro de Isaías. El pueblo ha elegido encinas y jardines para su adoración pagana, por lo que «ustedes serán como encina cuya hoja está marchita, / Y como jardín en que no hay agua» (Is 1:29-30). Han confiado y atesorado ídolos tallados, por lo que Dios se dirige a ellos como «sordos» y «ciegos» (Is 42:17-18). En este caso, la palabra profética no trae salvación, sino juicio.
Los mensajeros difamados de Dios
Mateo, Marcos y Lucas registran la famosa parábola de Jesús sobre el sembrador, la cual desafía al pueblo a considerar su respuesta a la Palabra de Dios proclamada por el Hijo de Dios. El desafío es más claro en el relato de Marcos, que comienza con la orden «Escuchen» (Mr 4:3). Jesús concluye la parábola con esta enigmática exhortación: «El que tiene oídos, que oiga» (Mt 13:9, énfasis añadido). Repite la palabra «oír» cuatro veces al explicar esta parábola (Mt 13:18-23). La semilla sembrada en buena tierra ilustra al «que oye la palabra y la entiende; este sí da fruto» (Mt 13:23). La cuestión es que la enseñanza de Jesús sobre el reino exige una respuesta de obediencia. Oír de verdad implica dar fruto.
Nuestro Señor recurre a Isaías 6 para explicar por qué enseña con parábolas. Sus discípulos son bendecidos porque ven y comprenden los secretos del reino de los cielos (Mt 13:11, 16-17). Sin embargo, las multitudes ven, pero no perciben; oyen, pero no comprenden las verdades espirituales que Jesús enseña.
Y en ellos se cumple la profecía de Isaías que dice:
«Al oír, ustedes oirán, pero no entenderán;
Y viendo verán, pero no percibirán;
Porque el corazón de este pueblo se ha vuelto insensible,
Y con dificultad oyen con sus oídos;
Y han cerrado sus ojos;
De otro modo, verían con los ojos,
Oirían con los oídos,
Y entenderían con el corazón,
Y se convertirían,
Y Yo los sanaría» (Mt 13:14-15).
Jesús cita el encargo de Isaías para aclarar por qué Su propio ministerio se encuentra con oposición. Aquí tenemos el cumplimiento de un patrón bíblico, no el cumplimiento de una predicción. Dios envió a Isaías a un pueblo recalcitrante, incapaz y renuente a ver, oír y comprender las verdades espirituales, aquellos que se habían convertido en ídolos sin vida que ellos admiraban. La situación de Isaías nos recuerda a Moisés, quien habló la palabra de Dios a una nación sin ojos para ver ni oídos para oír, y también es paralela a los ministerios de Jeremías, Ezequiel y muchos otros profetas que fueron ignorados y deshonrados por su propio pueblo.
A lo largo de la Biblia, Israel persiguió y mató a los mensajeros enviados por Dios, por lo que no sorprende que el último profeta, el tan esperado Mesías, recibiera una acogida similar (ver Lc 11:49-50 y Hch 7:52). La misión de Isaías ante los ciegos y sordos espirituales prefigura el ministerio posterior y superior de Jesús.
La gloria superior de Jesús
También hay un importante desarrollo histórico-redentor desde Isaías hasta Jesús. Juan 12:41 explica que Isaías «vio Su gloria, y habló de Él» (énfasis añadido). Esto significa que el profeta vio la gloria del Mesías preencarnado, que es «alto y sublime» (Is 6:1), o que predijo la exaltación del siervo sufriente, que revela la gloria de Dios al cumplir el plan redentor de Dios (Is 52:13-53:12). En cualquiera de las dos interpretaciones, Jesús no es simplemente otro mensajero de Dios, sino el glorioso Dios encarnado, «lleno de gracia y de verdad» (Jn 1:14). Él es tanto el cumplimiento del patrón del profeta rechazado como el que fue predicho por los profetas.
Jesús no es simplemente otro mensajero de Dios, sino el glorioso Dios encarnado, ‘lleno de gracia y de verdad’
Isaías anuncia el juicio venidero, seguido de una era de salvación, en la que «se abrirán los ojos de los ciegos, / Y los oídos de los sordos se destaparán» (Is 35:5). Esta profecía prepara el camino para el mensaje y el ministerio del Mesías Jesús. Nuestro Señor no solo predica las buenas nuevas sobre el reino de los cielos, sino que también abre los oídos sordos y da vista a los ciegos. Estos milagros de reversión señalan que el tiempo prometido de salvación ha llegado (Mt 11:2-6).
Estos milagros también sirven como parábolas encarnadas que ilustran la necesidad del pueblo de que Dios les conceda la capacidad espiritual para reconocer a Jesús como el Salvador y Señor divino, y responder con fe. Los ciegos no pueden hacer que ellos mismos vean por su cuenta. Las personas tampoco pueden comprender las verdades espirituales a menos que Dios ilumine Su Palabra y les permita ver y creer. Por eso Jesús les dice a Sus discípulos: «Dichosos los ojos de ustedes, porque ven, y sus oídos, porque oyen» (Mt 13:16).
Mira y escucha
Por lo tanto, Jesús y Sus seguidores citan con frecuencia Isaías 6 para explicar que la oposición a la que se enfrentan encaja en un patrón bíblico más amplio de rechazo a los mensajeros elegidos por Dios. Cristo cumple este patrón como verdadero profeta y como el siervo sufriente que los profetas predijeron. Por lo tanto, mira y escucha al Señor Jesús, el Salvador tan esperado que vence nuestra resistencia y abre nuestros ojos para verlo como Aquel que está lleno de gracia y verdad.
Publicado originalmente en Desiring God. Traducido por María del Carmen Atiaga.
Brian J. Tabb
Fuente de esta noticia: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/ves-sin-ver-isaias-cristo/
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