
Asís expone un mes los restos de san Francisco en la basílica: fechas, acceso con 400.000 reservas y claves del centenario 1226-2026 de Asís.
Asís ha abierto una ventana inusual, de esas que casi nunca se abren en la vida de una basílica: desde este domingo 22 de febrero de 2026 y durante un mes, hasta el 22 de marzo, los restos de san Francisco de Asís quedan expuestos al público en la Basílica Papal de San Francisco, dentro de la iglesia inferior, colocados frente al altar en un ambiente buscado de silencio y recogimiento. La imagen es tan potente como concreta: un cuerpo reducido a huesos visibles, a la vista, en el corazón de un santuario que marca el pulso espiritual de Umbría desde hace siglos.
El dato que explica el tamaño del acontecimiento se ha convertido ya en titular por sí solo: casi 400.000 personas han reservado para entrar, porque el acceso se gestiona únicamente mediante registro previo por razones de seguridad. La organización calcula una asistencia diaria de 15.000 a 16.000 personas entre semana y cerca de 20.000 los fines de semana, una presión enorme para una ciudad pequeña, con calles medievales y ritmos de pueblo, que de pronto se prepara para un marzo en el que todo —tráfico, hospedaje, turnos, vigilancia, orden público— gira alrededor de la misma escena: el regreso simbólico de Francisco “entre el pueblo”.
Un mes ante el altar: fechas, lugar y protagonistas
La exposición pública se enmarca en el octavo centenario de la muerte del santo, dentro del ciclo 1226-2026, y se ha organizado como un tramo central de celebraciones que van a ocupar buena parte del calendario en Asís. El lugar elegido no es un rincón secundario: la iglesia inferior de la basílica, un espacio de piedra, penumbra y resonancia contenida, donde la sensación cambia nada más bajar; el aire parece más fresco, el ruido se apaga, y el tiempo, de alguna manera, se estira. Allí, frente al altar, se ha dispuesto el cuerpo para que los peregrinos puedan rezar y permanecer unos instantes ante los restos sin que la visita se convierta en un “paso rápido” de museo.
La liturgia que rodea el traslado se ha cuidado al milímetro y tiene un nombre propio: el cardenal Ángel Fernández Artime, designado como legado papal para las Basílicas Papales de Asís, presidió la celebración del traslado y las vísperas en la tarde del sábado. En su homilía dejó la frase que ha quedado flotando como una consigna de estos días: se está viviendo un “acontecimiento de gracia extraordinaria”, pero no para mirar con nostalgia, sino como una invitación directa al presente; en su enfoque, la exposición funciona como un “gran icono cuaresmal”, un recordatorio de la concreción del Evangelio y de un tiempo de conversión. La elección del calendario no es casual: sucede en Cuaresma, cuando el tono de la Iglesia se vuelve más sobrio y, en Asís, esa sobriedad se mezcla con una memoria que pesa.
En el relato interno de la comunidad franciscana, el protagonista colectivo son los frailes que custodian el Sacro Convento, la gran estructura anexa a la basílica que funciona a la vez como casa, archivo, espacio de oración y motor de acogida. La frase que mejor resume lo que se quiere provocar no habla de espectáculo, habla de cercanía: “San Francisco regresa entre el pueblo”. Y ahí está el núcleo: la exposición transforma la manera de encontrarse con el santo, porque lo saca del ámbito más cerrado de la cripta y lo coloca en un punto de paso, controlado, sí, pero a la vista, con un ceremonial que pretende evitar tanto el morbo como la dispersión.
La exhumación y el traslado: una mañana de llaves y silencio
La jornada del sábado tuvo dos momentos, uno íntimo y otro público, y ambos están describiendo lo mismo desde ángulos distintos: que abrir una tumba no es un trámite, incluso cuando se hace con guantes, protocolos y siglos de tradición. Por la mañana se realizó la exhumación desde el sarcófago en la cripta, en presencia de los frailes de la comunidad. No hubo multitud, no había flashes para el gran público: fue un acto interno, cargado de emoción contenida, de esas emociones que se notan en los gestos más que en las palabras, porque el peso de lo que se toca no permite ligereza.
Por la tarde llegó el otro plano, el visible: la celebración del traslado y las vísperas, presididas por Fernández Artime, ya en clave litúrgica. Ese paso de la mañana al atardecer resume el doble registro de este mes: por un lado, el custodio abre y cuida; por otro, la Iglesia muestra y ordena el acceso. En medio, el lugar se prepara para la avalancha, con un objetivo que la comunidad repite como si fuera una regla simple: que el visitante encuentre un entorno de recogimiento real, no una cola ruidosa, no una carrera de móviles.
Como anticipo, antes de la entrada de peregrinos, se permitió a periodistas visitar el santuario que contiene el cuerpo. No fue una visita al uso: se accede tras un recorrido por el Sagrado Convento y por estancias normalmente inaccesibles, esos pasillos que en los grandes santuarios existen como un “detrás del escenario” permanente. Al desembocar en la basílica, la impresión es física: el silencio no es una idea, es un sonido propio, casi una presencia; incluso el roce de los pasos parece amplificado. Y ahí, delante, el impacto es directo: estar ante el “santo de los más pequeños”, el Poverello, sin el filtro cómodo de la distancia.
Huesos visibles, historia a la vista: lo que se ha contado sobre los restos
En el santuario, los restos no se presentan como un símbolo abstracto sino como materia. Los huesos son visibles y se han descrito como “desgastados”, una palabra que en este contexto tiene una doble lectura: desgaste por el tiempo, sí, pero también desgaste por una vida que, en la narrativa franciscana, se vivió sin reservarse nada. El que lo explicó con claridad fue fray Giulio Cesareo, director de la Oficina de Comunicaciones, al señalar que Francisco “no se escatimó”. En una frase corta se condensa la biografía que se ha repetido durante siglos: un hombre que abrazó la pobreza, caminó, predicó, enfermó, se consumió.
Hay un detalle que ha llamado especialmente la atención: el cráneo. Se percibe “particularmente marcado”, no solo por el paso de 800 años, sino también, probablemente, por las exhumaciones que se han realizado a lo largo de los siglos. Aquí conviene separar lo que es percepción de lo que es certeza: los restos de figuras históricas que han sido objeto de veneración han sufrido, a menudo, aperturas y traslados, por motivos de custodia, de reconocimiento o de reorganización del espacio sagrado. En el caso de Francisco, esa historia de custodias explica por qué el cráneo y otros elementos pueden presentar huellas añadidas al desgaste natural del tiempo.
El custodio del Sacro Convento, fray Marco Moroni, ha puesto palabras a lo que la comunidad dice sentir en estos días: “Encontramos la presencia de Francisco aún más cercana”. Para él, el cristianismo es “una fe corpórea”, una fe que no se queda en idea, y ese cuerpo “consumido por el amor” se convierte en un “sermón silencioso”. La expresión tiene fuerza porque no es retórica; describe, de manera simple, el efecto que la exposición busca: que el encuentro sea directo, sin demasiados intermediarios, en una basílica donde la piedra y la historia ya hacen de marco sin necesidad de añadir nada.
Moroni también subrayó una idea que atraviesa el mensaje franciscano: “Nos centramos en lo esencial”. En boca de un custodio que administra uno de los complejos religiosos más visitados de Italia, esa frase tiene un filo especial. La basílica es monumental, el convento es enorme, el despliegue de seguridad será notable, pero la comunidad insiste en que el centro no está en el dispositivo sino en la figura: Francisco como hombre del Evangelio. Esa tensión entre grandeza material y pobreza asumida es antigua en Asís; este mes, con los huesos a la vista, se vuelve casi imposible ignorarla.
El gesto mínimo que lo dice todo: las llaves “S” y “F”
Entre los detalles que han trascendido del interior, uno suena pequeño y, precisamente por eso, se queda pegado: la urna del siglo XIX se abrió con unas llaves marcadas con las letras “S” y “F”. No hay necesidad de exagerarlo: son letras, metal, un mecanismo. Pero en la escena —frailes, custodia, un santo, una urna histórica— el gesto de girar una llave se convierte en un símbolo involuntario de continuidad: generaciones que abren, cierran, protegen, vuelven a abrir. Los frailes reconocieron haberse sentido “profundamente emocionados” al realizar esa apertura, una emoción que se entiende incluso sin compartir la fe, porque lo que se toca no es solo un objeto, es una memoria que pesa.
400.000 reservas y un control milimétrico: cómo se organiza la avalancha
El dato de las casi 400.000 reservas coloca la exposición en otra liga, no solo devocional, también operativa. La entrada a la basílica para participar en la visita a los restos se realiza exclusivamente mediante registro, una medida que la organización justifica por seguridad y por control de aforos. En un espacio donde el silencio es parte del sentido del acto, permitir un acceso libre se traduciría, con estas cifras, en una cola interminable, en aglomeraciones y en un clima incompatible con el recogimiento que se pretende.
Las previsiones de asistencia diaria ayudan a entender la magnitud: entre semana se habla de 15.000 a 16.000 personas; los fines de semana, alrededor de 20.000. Son números que obligan a tomar decisiones que, en otros contextos, se verían frías, pero aquí son inevitables: turnos, flujos, pasillos de paso, controles de acceso, vigilancia permanente. La basílica inferior no es un recinto diseñado para una masa en movimiento constante. Es un lugar de culto, con recorridos históricos, con limitaciones físicas. Por eso el registro previo se presenta como una manera de proteger a la vez a las personas y al santuario.
También se ha subrayado un elemento que en eventos de este tipo se vuelve central: la protección de los restos. El cuerpo se expone en un entorno protegido, con medidas específicas de seguridad, y la gestión del acceso busca evitar cualquier incidencia. El objetivo, por parte del Sacro Convento, es mantener un equilibrio delicado: permitir la cercanía sin convertir la escena en un foco de tensión. Cuando miles de personas atraviesan un mismo punto, el riesgo no es solo la amenaza externa, es el simple desorden, el tropiezo, el empujón. La seguridad, aquí, es también prevención de lo cotidiano.
El hecho de que se haya permitido a los periodistas un acceso previo a espacios normalmente cerrados aporta una pista sobre cómo se ha organizado el dispositivo interno: rutas diferenciadas, zonas de tránsito restringidas y una planificación pensada para que el flujo del público no invada la vida del convento. El Sacro Convento no es un decorado; es una casa en funcionamiento. Este mes, la casa se adapta a una marea humana sin perder su rutina esencial de oración y comunidad, algo que exige una disciplina silenciosa que raramente se ve desde fuera.
La Cuaresma como marco: menos festival, más recogimiento
La exposición se ha presentado como un “icono cuaresmal” y esa etiqueta no es solo litúrgica: marca el tono. No se habla de una fiesta ruidosa, sino de un tiempo de conversión, de interioridad, de una invitación a mirar la radicalidad del Evangelio sin barnices. Esa decisión influye en el ambiente que se intenta preservar: menos música, menos celebración de plaza, más pausas, más espacios de silencio. En un mundo que tiende a convertir cualquier acontecimiento en foto y prisa, la basílica apuesta por lo contrario: una experiencia de lentitud organizada.
El cardenal Fernández Artime insistió en que no es una mirada nostálgica, sino una invitación “fuerte y concreta” al presente. La frase tiene eco porque Francisco, hoy, se asocia a debates contemporáneos sin necesidad de forzar nada: pobreza, paz, cuidado de la creación, fraternidad. La Iglesia, al enmarcar la ostensión en Cuaresma, parece querer evitar la lectura de “evento turístico” y subrayar la lectura de “signo espiritual”. Pero la realidad de 400.000 reservas demuestra que las dos dimensiones conviven, se mezclan y, a veces, se rozan.
Umbría y Asís: emoción política, memoria histórica y recursos actuales
La dimensión local ha tenido voz propia. La presidenta de la Región de Umbría, Stefania Proietti, habló de “emoción y responsabilidad” y situó el mes que comienza como una prueba de hospitalidad para Asís y para su entorno. En su intervención recordó una ley regional nacida en el siglo XIX, vinculada a la relación institucional con el santuario, y la presentó como antecedente de un compromiso público que se actualiza ahora con herramientas y recursos contemporáneos. En paralelo, se ha mencionado una dotación de 2,5 millones de euros y la referencia a un hospicio pediátrico como “obra emblemática”, una manera de enlazar celebración y acción social en el marco del centenario.
Ese cruce entre memoria y política regional no es un adorno. En eventos masivos, la administración entra por necesidad: transporte, seguridad, sanidad, protección civil, ordenación urbana. Asís no puede absorber sola un flujo diario de decenas de miles de personas sin coordinación externa. Y Umbría, además, entiende que el centenario es un escaparate internacional, con impacto económico y cultural, pero también con el riesgo de saturación. De ahí el énfasis en la palabra “responsabilidad”, que suena a aviso interno: que la emoción no tape los problemas prácticos, que la devoción no desborde la ciudad.
La “hospitalidad extraordinaria” de la que se habla estos días tiene una cara bonita y otra menos fotogénica. La bonita es la de los peregrinos llegando, las celebraciones, la basílica llena de silencio compartido. La otra es la de la presión sobre los servicios, el alojamiento ajustando precios y disponibilidad, la restauración reorganizando turnos, el tráfico en las entradas y salidas de la ciudad, los controles de acceso. Umbría y Asís llevan siglos viviendo de peregrinaciones, sí, pero el volumen actual, con registro digital y afluencias masivas en un calendario concentrado, tiene una intensidad nueva.
En el interior del Sacro Convento, el mensaje oficial busca mantener un hilo coherente: Francisco no se presenta como una reliquia de museo sino como un referente vivo. Ese enfoque encaja con el lenguaje del custodio Moroni cuando insiste en “lo esencial” y con la idea del “sermón silencioso”. La política regional, por su parte, pone el acento en la capacidad de sostener el mes sin incidentes, y en convertir el aniversario en oportunidad de inversión con símbolos concretos, como la referencia al hospicio pediátrico. El resultado es una mezcla típicamente italiana: espiritualidad, administración, historia y vida cotidiana, todo a la vez y sin pedir permiso.
El centenario 1226-2026: la agenda que se abre más allá de marzo
El mes de ostensión no es un episodio aislado; es una pieza central dentro de un año cargado de celebraciones por los 800 años de la muerte de Francisco. En Asís, hablar de calendario significa hablar de liturgia, de actos comunitarios, de encuentros de fraternidades franciscanas, de peregrinaciones organizadas desde parroquias y diócesis de medio mundo. La exposición pública funciona como un foco que concentra atención y atrae a quien, quizá, no viajaría solo por una ceremonia puntual. Los huesos a la vista, durante semanas, convierten el aniversario en algo tangible, casi doméstico: un “ahora” que obliga a mirar de frente.
La figura de Francisco tiene, además, un peso que desborda lo religioso en sentido estricto. Su nombre circula en cultura popular, en ecología, en debates sobre pobreza, en discursos sobre paz. En Asís, esa transversalidad se siente en el tipo de visitante que suele llegar: no solo creyentes devotos, también curiosos, turistas de arte, estudiantes, gente que pisa la basílica por los frescos y acaba deteniéndose ante una urna que no esperaba. Este mes, con el acceso organizado por registro, esa mezcla se ordena pero no desaparece. Y ese cruce de perfiles explica en parte por qué las reservas se han disparado: no es un acontecimiento para un nicho pequeño, es un acontecimiento con magnetismo amplio.
La descripción de los restos como “desgastados” y el énfasis en la corporeidad de la fe encajan con una sensibilidad contemporánea que, paradójicamente, busca lo físico. En un tiempo de pantallas, la presencia material de un cuerpo histórico —aunque sea reducido a huesos— provoca algo difícil de explicar sin caer en grandilocuencia. El Sacro Convento lo traduce con una palabra sobria: cercanía. La idea no es nueva, pero el formato sí: un mes entero, con el cuerpo colocado ante el altar, accesible en un recorrido organizado para que el gesto sea breve pero real.
Hay, además, un elemento de “rara excepción” que alimenta el interés: la exposición prolongada de restos de un santo de esta magnitud no es habitual. Los grandes santuarios tienden a custodiar y mostrar de forma limitada, precisamente para evitar el desgaste material, el riesgo de incidentes y la banalización del culto. Que se haya optado por un mes entero indica que la comunidad ha querido hacer del centenario un momento extraordinario, y que ha contado con autorización y bendición del Santo Padre, un respaldo que refuerza el carácter oficial del acontecimiento.
Hasta el 22 de marzo, Asís late al ritmo del Poverello
La escena central de estas semanas es sencilla y, por eso mismo, difícil de olvidar: en la Basílica inferior, frente al altar, reposan los restos de san Francisco, visibles, gastados, protegidos, en un ambiente donde el silencio no es decoración, es parte del acto. Desde el sábado, cuando se realizó la exhumación en presencia de la comunidad, hasta el cierre previsto el 22 de marzo, Asís se prepara para sostener una afluencia constante que ya está anunciada en cifras de vértigo: 400.000 reservas, turnos de acceso, previsiones diarias de decenas de miles. Todo eso convive con lo que los frailes quieren subrayar por encima de cualquier número: la vuelta a “lo esencial”.
Las voces que han marcado el inicio del mes trazan un mismo eje desde lugares distintos. El cardenal Ángel Fernández Artime ha enmarcado la ostensión como un signo cuaresmal, una invitación al presente, “fuerte y concreta”, lejos de la nostalgia; el custodio fray Marco Moroni ha hablado de una fe “corpórea” y de un cuerpo “consumido por el amor” convertido en “sermón silencioso”; el responsable de comunicación, fray Giulio Cesareo, ha explicado el desgaste de los huesos con la idea de un Francisco que “no se escatimó”. Y desde la política regional, Stefania Proietti ha puesto el acento en la “emoción y responsabilidad” y en un marco institucional que mezcla memoria histórica con recursos actuales, incluida la referencia a una dotación de 2,5 millones de euros y a un hospicio pediátrico como emblema social.
El resultado es un mes en el que Asís funciona como una ciudad en dos planos simultáneos: el plano espiritual del santuario, con su liturgia y su recogimiento, y el plano práctico de un operativo que intenta que la marea humana no rompa la delicadeza del lugar. En el centro, sin adornos, queda el hecho que lo explica todo: los restos de san Francisco se muestran al público durante semanas, en el corazón de la basílica, y esa posibilidad —pocas veces ofrecida, cargada de historia, organizada con rigor— está atrayendo a una multitud que ya se cuenta por cientos de miles.
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Este artículo ha sido redactado basándose en información procedente de fuentes oficiales y confiables, garantizando su precisión y actualidad. Fuentes consultadas: RTVE, Vatican News, San Francesco Vive, ANSA Latina, San Francesco Assisi.
Alessandro Elia
Fuente de esta noticia: https://donporque.com/400-000-van-a-ver-a-san-francisco/
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