
EL PROFETA IMPERFECTO
Por Guillermo Colantonio
(@guillermocolant)
Hay un artículo de Massimo Cassiari sobre La divina Comedia, llamado Dante profeta, quien asevera al comienzo lo siguiente: “Creo que Dante se consideraba a sí mismo un profeta. En mi opinión, la vocación profética de Dante ha de asumirse seriamente, no como una imagen, sino en su sentido literal”. Uno de los argumentos para tal afirmación es la presencia constante del lenguaje bíblico en la obra y las alusiones a su poema como sacro y al poeta como vate (adivino, profeta), al que tanto han posto mano e Cielo e terra. De este modo estaría proponiendo un modo de lectura que siguiera el modelo de los profetas: aquello que se dice se considera la verdad. Pero esto no excluye a la poesía, Dios también hablaba en un lenguaje metafórico. “La poesía puede dar vida los textos sagrados” sostiene el autor. ¿Qué sería la profecía entonces? “(…) la profecía no tiene el significado esencial de predecir cosas por venir, sino de decir aquello que se ha visto en Dios”. Ahora bien, también hay que tener cuidado con esto, porque puede haber interpretaciones incorrectas o falsos profetas. Y ahí aparece nuevamente la figura de la loba: los lobos travestidos de corderos son los peores para Dante, sobre todo aquellos que se visten de pastores y acarrean ovejas ciegas.
En El apóstol (1997), Robert Duvall dirige e interpreta a un pastor de Texas que golpea a su esposa y la deja en coma cuando la descubre con otro hombre. Luego, asesina a un joven pastor y se marcha a un pequeño pueblo de Luisiana, donde inicia una odisea para redimirse. Se trata de un hombre difícil de encasillar en un perfil, es más bien un personaje que bien responde a la figura evocada anteriormente de lobo travestido de cordero, en apariencia más complejo que Harry Powell, el mítico protagonista que encarna Robert Mitchum en La noche del cazador (Charles Laughton, 1955), un asesino enmascarado en fanático religioso. Duvall invierte la ecuación con su personaje: Euliss “Sonny” Dewey dice haber hablado con Dios desde pequeño, ha levantado una iglesia y ha asesinado a su esposa. Desde un comienzo se advierte la voluntad por evitar el estereotipo y, en todo caso, sostener un dejo de ambigüedad en la construcción del personaje, el cual se ve tan honesto en la prédica como en su furia desatada. El propio registro de la película, muchas veces a mitad de camino entre documental y ficción, se toma el tiempo necesario para observar detenidamente los movimientos y la conducta de Sonny e integrarlo a un contexto comunitario. La voluntad por crear un verosímil adecuado a la temática y al ambiente se confirma con la participación de muchos fieles utilizados como extras. Por otra parte, durante su periplo de redención, luego del asesinato y posterior creación de su propia iglesia, la película se inunda de cantos religiosos cuyo efecto es doble: debemos impregnarnos de ese imaginario y debemos creer en el nuevo sacrificio del apóstol.
Robert Duvall estuvo varios años tratando de conseguir los fondos para darle forma definitiva al proyecto. Indudablemente, la controvertida naturaleza del tema asustó a productores y amigos. De hecho, se dice que el guion fue reescrito durante la espera. Tal vez esa sea la prueba fehaciente de su espontaneidad documental, de no incurrir en un modelo de historia sostenida en base a continuos golpes de efecto, sino más bien a la conformación de un cuadro moral donde la culpa, la condena y la redención nunca son sentimientos definitivos. Duvall es lo suficientemente inteligente y meticuloso como para no hundirse en zonas sórdidas o resignarse a lugares cómodos. Por el contrario, algunas de las mejores escenas se resuelven de modo inesperado.
Revisar en estos tiempos -y reivindicar- El apóstol es sumamente estimulante por cuanto la liviandad con que se prohíbe y se cancela todo en el presente, abre un manto de dudas acerca de si una película como esta hubiera sido posible en la actualidad, sobre todo para aquellos que se visten de pastores y acarrean ovejas ciegas a escala masiva. En 1997, Robert Duvall se animó, astucia mediante, a dar forma a un personaje increíble, capaz de poner en jaque al mercado de la (falsa) espiritualidad, sin renunciar ni a Jekyll ni a Hyde. Con poesía, claro, como Dante.
Publicado por: admin
Fuente de esta noticia: https://www.funcinema.com.ar/2026/02/el-apostol-1997/
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