
La acidez estomacal se ha convertido en algo tan habitual que ya forma parte del día a día de muchas personas. Molesta, arde, incomoda… y la solución parece sencilla: una pastilla diaria y asunto resuelto. Por eso, mucha gente toma inhibidores de la bomba de protones (IBP) como el omeprazol, convencida de que está “protegiendo” su estómago. El problema es que estos medicamentos nunca se diseñaron para tomarse durante años.
Lo que casi nunca se explica, y aquí está la trampa, es que muchas veces la acidez no viene por exceso de ácido, sino justo al revés. Cuando el estómago produce poco ácido, la digestión se vuelve lenta e ineficaz y el esfínter que separa el estómago del esófago no se cierra bien ¿El resultado? Ardor, quemazón y esa sensación de que la comida vuelve a subir. Al suprimir aún más el ácido, los IBP alivian el síntoma momentáneamente, pero empeoran el problema de fondo y crean una dependencia difícil de romper.
Con el paso del tiempo este enfoque acaba pasando factura. Cada vez se relaciona más el uso prolongado de IBP con un mayor riesgo de enfermedad renal crónica, incluso en personas que nunca han tenido una lesión renal evidente. A eso hay que añadir la pérdida progresiva de minerales y vitaminas esenciales como magnesio, vitamina B12, potasio o calcio, que termina traduciéndose en cansancio persistente, arritmias, problemas neurológicos y una mayor fragilidad ósea.
No es casualidad que muchos pacientes acumulen síntomas sin relacionarlos jamás con la medicación que toman a diario “por si acaso”. Además, el ácido gástrico no solo sirve para digerir. Es una de las principales barreras de defensa del organismo frente a bacterias y patógenos. Mantenerlo bloqueado durante meses o años debilita esa protección natural. Y cuando alguien intenta dejar el fármaco, aparece el temido “rebote ácido”, que refuerza la idea equivocada de que el estómago necesita la pastilla para funcionar.
Pero existen formas de abordar la acidez sin taparla ni ir contra el cuerpo
Lo primero, y esto es clave, es no abandonar los IBP de golpe. La retirada debe ser progresiva y, a ser posible, supervisada, para evitar el rebote y permitir que el estómago recupere poco a poco su capacidad natural.
En paralelo, conviene estimular la producción fisiológica de ácido. Una alimentación basada en alimentos reales, frutas, verduras, proteínas de calidad, y el uso moderado de sal natural aportan los elementos que el cuerpo necesita para producir ácido clorhídrico de forma adecuada.
Algo tan sencillo como una cucharada de vinagre de sidra de manzana diluida en agua antes o después de las comidas puede marcar la diferencia
En personas con baja acidez, algo tan sencillo como una cucharada de vinagre de sidra de manzana diluida en agua antes o después de las comidas puede marcar la diferencia. No es un remedio milagro, pero ayuda a poner en marcha la digestión. También funcionan bien los amargos digestivos. Plantas como la genciana, el diente de león o la alcachofa envían una señal clara al sistema digestivo: es hora de producir ácido y enzimas.
Hay otro factor del que casi nunca se habla y que influye mucho más de lo que parece: la energía celular. Dormir mal, vivir sin luz solar, no moverse y abusar de aceites refinados termina afectando a las mitocondrias y, con ellas, a la digestión. Por último, los alimentos fermentados, chucrut, kéfir o incluso un pequeño vaso de jugo de col, pueden ayudar a reactivar la acidez y equilibrar la microbiota si se consumen en pequeñas cantidades.
La acidez no debería taparse, debería corregirse.
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Cofenat
Autor: Roberto San Antonio-Abad. Presidente y responsable de Formación, de la Asociación Nacional de Profesionales y Autónomos de las Terapias Naturales (COFENAT)
Julia
Fuente de esta noticia: https://www.bioecoactual.com/2026/02/19/acidez-estomacal-el-error-de-tratar-el-sintoma-y-no-la-causa/
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