
Querido Caleb:
Hace poco compartiste tu frustración sobre la vida cristiana. Es difícil; «un poco miserable», dices. Empiezas a ver más victorias sobre el pecado sexual, pero el corazón del asunto sigue ahí: todavía no disfrutas de esta nueva vida en Cristo como esperabas. Confiesas: «Creo que era más feliz antes de hacerme cristiano».
Haces bien en estar atento a tu corazón y en notar lo lento que es para deleitarse en el Señor. Nunca debemos aceptar esta enfermedad, aunque los mejores de nosotros la sentimos con demasiada frecuencia. Pero tienes razón en que la falta de gozo consistente es preocupante. Ya hemos hablado antes: has estudiado la Biblia con regularidad, has orado y asistido a otros medios de gracia, incluyendo la comunión de la iglesia. Pero todo tiene un sabor algo insípido. Me alegra que le hayas declarado la guerra a este descontento en lugar de permanecer complaciente como tantos cristianos profesantes tibios.
Entonces, ¿qué consejo puedo ofrecerte? Consideremos juntos este breve pasaje de las Escrituras:
Porque este es el amor de Dios: que guardemos Sus mandamientos, y Sus mandamientos no son difíciles. Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo. Y esta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe (1 Jn 5:3-4).
Permíteme hacer algunas observaciones sencillas.
En primer lugar, el amor a Dios se expresa en la obediencia a Dios. «Este es el amor de Dios: que guardemos Sus mandamientos». Tantos de tu generación imaginan que pueden tener sentimientos cálidos, salpicados de cierta devoción religiosa, y que Dios estará satisfecho. Creen que lo aman por cualquier razón, excepto porque lo escuchan.
A un hombre así, Jesús le pregunta: «¿Por qué ustedes me llaman: “Señor, Señor”, y no hacen lo que Yo digo?» (Lc 6:46). Y Él responde: «Si ustedes me aman, guardarán Mis mandamientos» (Jn 14:15). Mientras sigues centrándote correctamente en los mandamientos relativos a la pureza, fíjate también en este mandamiento: «Regocíjense en el Señor siempre. Otra vez lo diré: ¡Regocíjense!» (Fil 4:4, énfasis añadido). Sus demandas imperiales llegan hasta lo más profundo del corazón.
La obediencia puede ser costosa. La obediencia puede ser dolorosa. Pero, a pesar de todo, la vida de obediencia cristiana es libertad
En segundo lugar, fíjate en la descripción que hace Juan de cómo debemos experimentar esa obediencia: «y Sus mandamientos no son difíciles» (v. 3, énfasis añadido). La obediencia puede ser costosa. La obediencia puede ser dolorosa. Puede parecer como cortarse una mano o sacarse un ojo. Pero, a pesar de todo, la vida de obediencia cristiana es libertad, no esclavitud. Encontramos su yugo tal y como Él lo describió: fácil y ligero (Mt 11:30).
El hijo de Dios sabe que arrepentirse y caminar en obediencia es cambiar el vómito propio por el pan del cielo. Es cambiar la pornografía por el lecho matrimonial. Es perder la comunión con los hijos de las tinieblas y los hombres indignos y ganar la comunión constante con los reyes y reinas del cielo. Es obedecer a Jesús porque lo amas y deseas agradarle.
¿Por qué Sus mandamientos no son difíciles? «Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo» (1 Jn 5:4, énfasis añadido).
Un cristiano es una persona que ha «nacido de Dios». Tiene nuevos afectos, amores, propósitos, no de manera perfecta en esta vida, pero sí genuina. Él vive para Dios, ama a Dios y cree en Jesucristo como completamente Dios y como la solución de Dios para restaurar la relación con Él.
El cristiano se eleva por encima de un mundo que está en guerra con Dios: «vence» sus tentaciones y su estilo de vida porque realmente ama al Señor, odia el pecado y ve a ambos tal como son por la fe. Aunque todavía peca, odia sus tropiezos y disfruta de los caminos de su Padre mucho más que los del mundo y, por lo tanto, conoce el camino de Dios como uno de bendición, no de carga.
En otras palabras, nacer de nuevo cambia nuestros apetitos. Perdemos el gusto por el pecado. Nos da náuseas, produce arcadas en el alma. Cuando perdemos la cabeza y nos entregamos a él, nos produce acidez estomacal, dejándonos con culpa, decepción y vergüenza. En cambio, ganamos el gusto por Dios y por el mundo más allá. Los nacidos de nuevo confiesan sus pecados, se apartan de ellos y ven la verdadera vida al caminar con Dios en la luz.
Sin embargo, ahora te preguntas: ¿Por qué Sus mandamientos siguen pareciendo difíciles?
Déjame tratar de explicarlo con una historia.
Una oruga entra en un capullo. Envuelta en la tumba de la naturaleza, lucha en su oscura incertidumbre solo para emerger como algo diferente. Tiene un cuerpo más delgado, menos patas, ojos diferentes, por no mencionar las enormes protuberancias en su espalda, todo lo cual es inconveniente para una vida terrenal. Antes, conocía su propósito: arrastrarse y comer hojas (muchas hojas). Pero ¿y ahora?
No está acostumbrada a ser lo que es ahora.
Sus nuevas y enormes alas le impiden arrastrarse. Se le enganchan constantemente en las ramitas. No entiende cómo le beneficia esta reciente transformación. Es una nueva criatura, pero una que le gusta mucho menos. Sus viejos amigos ya no se relacionan con ella como antes. Su apetito por las hojas ha cambiado por completo. No puede volver a ser lo que era, aunque pudiera volver a meterse en el capullo, lo ha intentado.
No sabes lo que significa ser una mariposa, solo que ya no eres una oruga. Eres una nueva criatura, pero con viejos hábitos y expectativas
Lo mismo puede ocurrirte a ti: careces de la vida espiritual necesaria para conocer su gloria. No sabes lo que significa ser una mariposa, solo que ya no eres una oruga. Eres una nueva criatura, pero con viejos hábitos y expectativas. Permaneces infelizmente entre la tierra y el cielo. Tienes demasiado de Cristo para disfrutar del mundo y demasiado del mundo para disfrutar de Cristo. Si tan solo supieras, a través de una mayor fe, devoción y consagración, la alegría de la que ahora solo estás medio consciente. Todavía no has llegado a las alturas de la vida cristiana.
Pronto descubrirás, si has probado y visto que el Señor es bueno, que has encontrado un tesoro escondido en un campo que vale todo el mundo, que vivir es Cristo y morir es ganancia, que todas las demás puertas se te han cerrado en tu búsqueda de la vida eterna. Sigue suplicando, ayunando, luchando y confiando; tu corazón se pondrá al nivel de tu cabeza. Sigue buscando recibir de Él en Sus preciosos medios de gracia.
Pero tal vez, solo tal vez —sería negligente si no lo mencionara—, puede que todavía no seas una nueva criatura.
Tal vez el Señor no te ha dado la victoria sobre la seducción del mundo porque nunca lo has visto ni conocido de verdad. Aún no has experimentado «el poder expulsivo de un nuevo afecto», las viejas alegrías destronadas por un nuevo Rey.
«Acuérdense de la mujer de Lot», ordena Jesús (Lc 17:32). La mujer de Lot avanzó un poco para alejarse de la Ciudad de la Destrucción, pero miró atrás con nostalgia hacia su antigua vida y pereció como si nunca hubiera huido. Amaba lo que había dejado, y el Señor la dejó morir con lo que ella amaba.
O tomemos como ejemplo a los antiguos israelitas, que amaban el Egipto del que habían sido rescatados. Con las cadenas recién caídas de sus muñecas, anhelaban regresar al primer signo de problemas. ¡Oh, qué buenos alimentos recordaban haber comido en la esclavitud! Quizás tú también hayas puesto tu afecto en el Egipto de este mundo y desearías vivir allá incluso si murieras como esclavo. Es tu hogar; te vas con gran desesperación; tus pecados te resultan más placenteros que tu salvación.
Si es así, todavía no has resucitado con Cristo. «Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él» (1 Jn 2:15). Vas arrastrando los pies porque el mundo pesa mucho en tu corazón y Satanás todavía tiene tu apetito. Sigues gateando por el suelo y, si no encuentras a Cristo, tu porción seguirá allí. Dios condenó ese servicio sin gozo: «Por cuanto no serviste al SEÑOR tu Dios con alegría y con gozo de corazón, cuando tenías la abundancia de todas las cosas, por tanto servirás a tus enemigos» (Dt 28:47-48, énfasis añadido).
Sigo creyendo que hay algo mejor para ti. Recuerdo los primeros días en que Cristo cautivó tu atención y Su voluntad era tu mandato. Continúa siguiendo a Cristo. A la iglesia primitiva que perdió su primer amor, Jesús le ordenó: Recuerda los días pasados, arrepiéntete de tu devoción desviada y vuelve a tu primer amor (Ap 2:4-6).
Quizás algunas preguntas para reflexionar puedan ayudar.
¿Hay algo que mantenga tu mirada fija en lo terrenal? ¿Cómo pasas tu tiempo libre? ¿En qué decides poner tu mente? ¿Qué cautiva tu corazón? ¿Hay placeres terrenales sin los que no puedes vivir?
Para evitar una espiral descendente, también debes mirar hacia el cielo. ¿Cómo puedes tener más de Cristo ante tus ojos? ¿Conoces a Cristo como digno de esta búsqueda, esta oración, esta adoración? ¿Qué promesas puedes invocar ante el Señor? Él ama responder con Su Palabra a aquellos que están dispuestos a presentarle sus peticiones.
Pronto descubrirás que has encontrado un tesoro escondido en un campo que vale todo el mundo, que vivir es Cristo y morir es ganancia
Mientras continúas rogándole que despierte tus afectos, no abandones la acción. Sigue leyendo la Palabra de Dios, ten comunión con los santos, ayuna, mata tu pecado, mantente alerta contra las trivialidades del mundo. Pero no confíes en estas cosas cuando tu corazón te falle. «Y esta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe» (1 Jn 5:4, énfasis añadido).
La fe nos da la verdadera visión: la convicción de cosas que no se ven (He 11:1). La fe educa nuestros afectos al contemplar continuamente el objeto de nuestra fe, el Rey en Su belleza, Jesucristo. Clama con Moisés para que el Señor te muestre Su gloria: la gloria de Su poder, de Su bondad, de Su dignidad, de Su amor.
Permíteme compartir contigo un poema que escribí cuando tenía poco más de veinte años. Yo también luché durante una noche oscura del alma, preguntándome si mi amor era genuino. Ojalá encuentres al mismo Señor paciente que yo encontré.
La oruga se sube a su capullo;
Para no volver a ser vista.
Al romper el alba, nace una mariposa,
Aunque todavía pueda fingir.
Por mucho que lo intente con sus actividades terrenales,
Sigue arrastrándose sin cesar,
No encontrará mucho que ganar en su humilde terreno,
Puede intentarlo, pero no puede quedarse.
Se envuelve de nuevo en su capullo,
Hasta que ya no ve el día,
Lucha y pelea en lo más profundo de la noche;
Seguirá siendo una mariposa.
Deja que escale el mundo entero sobre su estómago,
Que niegue sus alas celestiales.
Ya sea atrapada por la brisa o empujada desde los árboles,
En los reinos celestiales cantará.
Si eres verdaderamente nuevo, pronto estarás volando. Probarás y verás (de nuevo) que Dios no solo es bueno, sino el mejor, que Su camino no es simplemente un camino, sino el camino. Ya sea por un dulce arrepentimiento o por una dolorosa disciplina, la brisa te atrapará y te elevará hacia una felicidad que aún no has conocido.
Publicado originalmente en Desiring God. Traducido por María del Carmen Atiaga.
Greg Morse
Fuente de esta noticia: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/no-disfruto-vida-cristiana/
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