
RECONOCER TU BUENA INTENCIÓN Y TU BUEN CORAZÓN EN UNA RELACIÓN DE PAREJA.
Cuando una relación de pareja termina (o queda emocionalmente inconclusa) muchas personas buscan “cierres” externos: explicaciones, disculpas, reconocimiento del daño causado o validación por parte de la otra persona. Sin embargo, no siempre esos cierres llegan. En la práctica clínica y en la experiencia emocional cotidiana, existe un tipo de cierre más profundo y sostenible: el cierre interno.
Este cierre consiste en poder decirte, con honestidad y sin autoengaño:
“Yo actué con buenas intenciones. Amé desde lo que sabía y podía. No fui perfecto, pero fui genuino.”
No es una absolución total de errores, sino una integración madura de la experiencia: reconocer tus límites sin anular tu valor como persona.
¿Por qué a veces el otro no puede (o no quiere) dar el cierre que esperamos?
- Limitaciones emocionales del otro: No todas las personas tienen la capacidad de asumir responsabilidades afectivas, pedir perdón o validar el dolor que causaron. Esto no invalida tu experiencia, solo explica la ausencia de respuesta.
- Relaciones con dinámicas desiguales: En vínculos donde hubo inmadurez emocional, dependencia, evasión o estilos de apego incompatibles, el cierre suele quedar truncado porque cada parte procesa el vínculo desde lugares muy distintos.
- Expectativas de justicia emocional: Muchas veces esperamos que el otro reconozca “quién hizo qué”, pero la vida relacional no siempre opera con una justicia emocional clara. El otro puede seguir su camino sin mirar atrás, mientras tú quedas con preguntas abiertas.
- Necesidad de validación externa: Cuando tu autoestima depende en exceso del reconocimiento del otro, el cierre queda secuestrado por su respuesta. Recuperarlo implica volver a ti como fuente de validación.
¿Cómo construir un cierre sano sin depender del otro?
- Separar responsabilidad de culpa: Haz un balance honesto: ¿qué sí fue tu responsabilidad? ¿qué no te correspondía cargar? Madurez emocional no es castigarte, es diferenciar errores de identidad: equivocarte no te convierte en alguien “malo”.
- Nombrar tu intención: Reconoce lo que te movía: querer amar, cuidar, construir. Aunque el resultado no haya sido el esperado, la intención habla de tu corazón, no del desenlace.-
- Aceptar la incompletud del cierre externo: A veces el cierre perfecto no existe. Esperarlo puede prolongar el duelo. Aceptar que el otro no dará lo que no puede dar es una forma de soltar.
- Reencuadrar la experiencia como aprendizaje: Pregúntate:
¿Qué aprendí de mí en esta relación?
¿Qué necesito diferente para un próximo vínculo? El aprendizaje convierte el dolor en información valiosa.
Practicar la autocompasión activa: Trátate como tratarías a alguien que amas: con firmeza, pero con ternura. La autocompasión no es excusarte; es acompañarte en tu humanidad.
El cierre más profundo no siempre viene del otro.
Hay una madurez silenciosa en comprender que no toda historia necesita un punto final otorgado por la otra persona. A veces el cierre real ocurre cuando puedes mirarte sin desprecio, cuando dejas de pelear contigo por haber amado, por haber esperado, por haberte entregado desde lo que eras en ese momento de tu vida.
El amor genuino, incluso cuando no es correspondido o no termina bien, no es un error moral: es una expresión de tu capacidad de vincularte.
Cerrar desde el corazón no es negar el dolor, es integrar la experiencia sin que te defina negativamente.
Tal vez el cierre que buscabas no era una explicación, ni una disculpa, ni una reconciliación.
Tal vez el cierre que necesitabas era recordar que tu intención fue limpia,
que tu corazón fue real,
y que amar (aunque duela) sigue siendo una forma de dignidad emocional.
“Ya no hay judío ni griego… porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús.” Gálatas 3:28
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