El OVNI de Vorónezh, la historia real que la Unión Soviética no ocultó
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Vorónezh, septiembre de 1989. La Unión Soviética entraba en su último tramo histórico, sacudida por la perestroika, la glasnost y una sensación difusa de final de época. En ese clima de grietas ideológicas, escasez económica y apertura informativa, un suceso tan insólito como perturbador saltó a los teletipos oficiales y recorrió el mundo con una velocidad inusual para la época: el supuesto aterrizaje de un objeto volador no identificado en un parque público de la ciudad de Vorónezh.
No fue una filtración marginal ni una historia relegada a revistas especializadas. La noticia la difundió la agencia estatal TASS, lo que le otorgó un peso institucional difícil de ignorar. Científicos locales, según esas informaciones, habían confirmado huellas físicas en el terreno. Y los testigos principales no eran adultos sugestionables ni personajes anónimos, sino niños que describieron con precisión inquietante lo que, aseguraban, habían visto.
El escenario era un parque del distrito de Levoberezhni, cerca de la Escuela Secundaria número 33. Un lugar cotidiano, frecuentado por jóvenes, adultos y personas que aguardaban el autobús al caer la tarde. Era el 27 de septiembre de 1989. Nada hacía prever que aquel espacio urbano acabaría convertido en uno de los enclaves más citados de la ufología mundial.
Según los testimonios recogidos entonces, un objeto luminoso apareció en el cielo y comenzó a descender lentamente hasta posarse en el parque. No hubo estruendo, ni llamaradas espectaculares.
Sí, en cambio, una sensación de extrañeza inmediata. Del interior de la nave —descrita como una esfera o disco brillante— descendieron varios seres de gran estatura, entre dos metros y medio y tres metros, con proporciones corporales desconcertantes: cuerpos grandes, cabezas pequeñas y un rasgo que se repetiría en todos los relatos infantiles.
Tenían tres ojos.
Tres ojos, un robot y una escena difícil de asimilar
Los niños hablaron de uno de aquellos seres como especialmente llamativo. El ojo central, aseguraban, giraba como si se tratara de un radar. La cabeza permanecía fija, sin movimientos aparentes. En el lugar de la nariz, dos orificios. Junto a ellos, otros dos individuos y una figura que describieron como un robot, reconocible —según dijeron— por sus movimientos mecánicos, carentes de naturalidad.
La escena duró apenas unos minutos. Cinco, según uno de los testimonios más citados. Pero fue tiempo suficiente para dejar una huella profunda en quienes la presenciaron. Volodia Startshev, de doce años, relató después que permaneció paralizado, incapaz de moverse. Cuando los seres regresaron a la nave y desaparecieron, sufrió mareos y un fuerte dolor de cabeza.
No fue el único efecto extraño. Varios niños afirmaron que uno de los seres portaba un objeto similar a un arma. Al apuntar con él a un joven que se encontraba a cierta distancia, éste desapareció momentáneamente. Segundos después, reapareció sin lesiones aparentes, aunque completamente desorientado. Aquella parte del relato, la más perturbadora, sería también la más cuestionada con el paso del tiempo.
Lo que diferenció el caso de Vorónezh de tantos otros relatos de avistamientos fue la rápida intervención de investigadores locales. Según informó TASS, el Laboratorio de Geofísica de la ciudad examinó el lugar del supuesto aterrizaje. Su director, Genrikh Silanov, habló de una depresión circular de unos veinte metros de diámetro y varios centímetros de profundidad. También de cuatro hendiduras dispuestas en forma de rombo.
Se recogieron, además, dos piedras de aspecto inusual. Su composición, según las primeras informaciones, no coincidía con ningún material conocido en la Tierra, aunque se subrayaba la necesidad de análisis más prolongados. Se detectaron niveles elevados de radiactividad y alteraciones en el campo magnético. Incluso se mencionaron restos de un “metal” que no reaccionaba a los ácidos.
Nada de aquello se presentó como una prueba definitiva. Pero tampoco como una simple fantasía infantil.
El símbolo que cruzó fronteras
Hubo un detalle que llamó especialmente la atención de los ufólogos europeos. Los testigos aseguraron haber visto en el fuselaje de la nave un símbolo conocido en España: el llamado signo “ummita”, representado como )+( . Para los investigadores más escépticos, aquello era una pista clara de contaminación cultural. Para otros, un elemento más que añadía rareza al conjunto.
Lo cierto es que el símbolo ya circulaba en publicaciones ufológicas desde los años sesenta, asociado a supuestos contactos extraterrestres en la península ibérica. Que apareciera ahora en una ciudad soviética resultaba, como mínimo, desconcertante.
La noticia tuvo un impacto notable en España, donde coincidió, además, con el llamado incidente de los humanoides de Conil. Los paralelismos y la proximidad temporal alimentaron tertulias, columnas y debates radiofónicos. Diarios como ABC y La Vanguardia dedicaron amplios espacios al suceso.
ABC hablaba sin ambages de “científicos soviéticos que confirman el aterrizaje de un ovni tripulado por gigantes”. La Vanguardia recogía el revuelo causado por el anuncio de TASS y destacaba que las descripciones coincidían con otros relatos procedentes de distintas partes del mundo. No se trataba de prensa sensacionalista, sino de cabeceras de referencia que reproducían, casi con asombro, comunicados oficiales soviéticos.
Ese matiz es clave. La Unión Soviética no era, precisamente, un país dado a fomentar historias de extraterrestres en plena crisis política. Que lo hiciera, aunque fuera indirectamente, llamó la atención de observadores internacionales.
¿Un presagio del fin?
Con el paso de los años, el caso Vorónezh ha sido interpretado también en clave simbólica. Para algunos analistas, aquel relato fantástico reflejaba el estado psicológico de una sociedad sometida a cambios profundos. El fin del comunismo se intuía cercano. Las certezas se desmoronaban. En ese contexto, no pocos vieron en la historia del ovni una especie de presagio, una metáfora involuntaria del colapso inminente.
Otros fueron más pragmáticos. Señalaron posibles explicaciones alternativas: pruebas militares mal interpretadas, sugestión colectiva, errores en la comunicación científica o incluso una mezcla de rumores amplificados por la apertura informativa de la glasnost. Algunos ufólogos soviéticos, de hecho, expresaron dudas desde el primer momento.
Nunca se presentaron análisis concluyentes sobre las piedras ni sobre el supuesto metal. Las mediciones de radiactividad no fueron confirmadas por estudios independientes. Con el derrumbe de la URSS, muchos archivos se dispersaron o se perdieron. El parque volvió a ser un parque. La vida siguió.
Hoy, más de tres décadas después, el caso Vorónezh sigue citándose como uno de los encuentros cercanos más notorios del final de la era soviética. No tanto por la solidez de sus pruebas, sino por la combinación singular de factores: testigos infantiles múltiples, intervención de científicos locales, difusión oficial y repercusión internacional.
Todo apunta a que nunca sabremos con certeza qué ocurrió aquella tarde de septiembre en Vorónezh. Si fue un episodio de imaginación colectiva, un fenómeno mal interpretado o algo que escapa a las explicaciones convencionales. Lo que sí está claro es que, durante unos días de 1989, el mundo miró hacia un parque soviético convencido de que algo extraordinario había sucedido allí. Y esa convicción, real o no, ya forma parte de la historia.
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