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La crisis migratoria en Estados Unidos dejó de ser una estadística para convertirse en un grito escrito con letra infantil. Desde el Centro de Procesamiento de Inmigración de Dilley, en el sur de Texas, han salido cartas que retratan una realidad que duele leer y que interpela a un país entero. Entre esos testimonios, recopilados por el medio de investigación ProPublica, sobresalen los de dos niñas colombianas de 9 y 14 años que describen su detención como una experiencia marcada por el miedo, la tristeza y una sensación constante de encierro.
En hojas escritas a mano, con frases sencillas pero devastadoras, las menores relatan jornadas interminables, interrogatorios sin la presencia de sus padres y noches atravesadas por el llanto. Lo que para muchos es un debate político, para ellas se convirtió en un episodio que, según sus propias palabras, las ha dejado emocionalmente quebradas.
María Antonia Guerra Montoya, de 9 años y oriunda de Medellín, llevaba 113 días detenida en febrero de 2026. Su carta comienza con un recuerdo que contrasta brutalmente con su presente: el viaje a Florida con visa de turista, un disfraz de Cruella de Vil cuidadosamente guardado en la maleta y la ilusión de pasar diez días en Disney World. El relato cambia de tono cuando describe el momento en que fue interceptada por agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE). Afirma que fue interrogada durante dos horas sin la compañía de su madre y sostiene que las autoridades la utilizaron como señuelo para localizar y detener a su progenitora, quien residía en Nueva York y adelantaba un proceso de regularización tras contraer matrimonio con un ciudadano estadounidense.
“Ahora estoy en una cárcel y estoy triste y me he desmayado dos veces aquí adentro”, escribió la niña. En su relato menciona que llora cada noche y que no ha podido mantener su dieta vegetariana. Sus palabras, desprovistas de tecnicismos y cargadas de inocencia, describen desmayos por estrés y una sensación de abandono que contrasta con la imagen de protección que suele asociarse a la infancia.
La historia de Gaby MM, de 14 años, no es menos impactante. Al momento de escribir su carta llevaba 20 días en el mismo centro. Sin titubeos, calificó el lugar como “un infierno”. Denunció un trato que consideró deshumanizante por parte de algunos oficiales y trabajadores, y habló de la manera áspera en que, según ella, se dirigen a los residentes. Su mayor angustia, explicó, es la incertidumbre: la posibilidad de que su caso sea rechazado y que la envíen de regreso a Colombia.
“Siento mucha tristeza y depresión por no poder irme”, escribió. La adolescente describe un ambiente de encierro permanente, carente de estímulos educativos suficientes y marcado por el aburrimiento y el estrés. Su testimonio revela el impacto psicológico que la detención prolongada puede tener en menores de edad, una huella que especialistas advierten puede extenderse mucho más allá del tiempo de reclusión.
Estas cartas emergen en un contexto de endurecimiento de las políticas migratorias bajo la administración de Donald Trump. De acuerdo con los reportes citados, el número de niños detenidos por ICE se ha multiplicado por seis en los últimos meses. El centro de Dilley es actualmente el único en el país que alberga familias completas en régimen de detención migratoria. Para febrero de 2026, más de 750 familias permanecían recluidas allí, casi la mitad con menores de edad.
El Departamento de Seguridad Nacional (DHS) sostiene que las personas detenidas reciben atención médica, alimentación adecuada y acceso a educación. Sin embargo, los testimonios de las niñas describen una realidad distinta: desmayos, angustia persistente y una profunda afectación emocional. La brecha entre la versión oficial y las voces de las menores ha reavivado el debate sobre las condiciones en estos centros y el impacto que las políticas migratorias tienen en la infancia.
Algunas de las niñas que escribieron estas cartas han recuperado la libertad, pero muchas otras siguen esperando una resolución que determine su futuro. Mientras tanto, sus palabras -trazadas con tinta temblorosa- se han convertido en una evidencia incómoda y poderosa de cómo la crisis migratoria también se escribe desde la mirada de quienes menos poder tienen para defenderse. En medio de cifras, decretos y discursos, son esas voces infantiles las que hoy sacuden la conciencia pública y obligan a mirar de frente una realidad que, para ellas, no es un debate político, sino una experiencia que describen, sin metáforas, como un infierno.
