
Papeles e informe del FBI reavivan el debate: qué se sabe de Epstein, la CIA y el Mossad, con fechas, nombres y documentos oficiales claves.
En febrero de 2026, no existe una prueba pública y verificable que demuestre que Jeffrey Epstein fuera doble agente de CIA y del Mossad. Lo que sí existe —y lo que ha reactivado la etiqueta de “espía” con más fuerza que en años— es un documento interno del FBI que recoge, en boca de una fuente confidencial, una cadena de afirmaciones: que Alan Dershowitz habría dicho al exfiscal Alex Acosta que Epstein “pertenecía” a inteligencia estadounidense y “aliada”, y que habría existido un supuesto “debrief” del Mossad tras llamadas entre abogado y cliente. Es material real en cuanto a que está archivado y circula; no es una conclusión probada ni una confirmación institucional.
El contexto también ha cambiado: el U.S. Department of Justice ha publicado, bajo una ley aprobada en 2025, un lote gigantesco de documentación sobre el caso, y en paralelo el propio Gobierno ha difundido memorandos que niegan la existencia de una “lista de clientes” y dicen no haber encontrado evidencia creíble de chantaje ni base para perseguir a terceros no acusados. Con ese choque —un papel de fuente que alimenta la teoría, frente a una revisión oficial que enfría la narrativa del gran engranaje— se explica por qué la conversación vuelve, pero vuelve distinta: más documentada, sí; también más confusa si no se separa el dato del rumor.
El documento que reavivó la idea del “doble agente”
El papel que ha hecho saltar chispas es un informe tipo FD-1023, fechado en octubre de 2020, redactado por un agente federal tras un contacto con una fuente humana confidencial. En una parte del texto, esa fuente cuenta que Dershowitz —abogado de Epstein durante años— habría dicho a Acosta, cuando este era fiscal federal en el sur de Florida, que Epstein “pertenecía” a servicios de inteligencia estadounidenses y “aliados”. La misma fuente afirma que compartió llamadas entre Epstein y Dershowitz, tomó notas y que, después, el Mossad llamaba a Dershowitz para “debrief”, una palabra con olor a pasillo de seguridad nacional aunque aquí llegue como relato de tercero. El documento añade una pieza todavía más explosiva: que Epstein estaba “cerca” del ex primer ministro Ehud Barak y que “se entrenó como espía” bajo él, y remata con una frase que, por sí sola, explica el incendio: la fuente “llegó a convencerse” de que Epstein era un “agente cooptado” del Mossad. Convencerse, justo eso: creer.
Aquí conviene respirar y mirar el tipo de material. Un FD-1023 es, en esencia, una ficha de lo que una fuente dice a un agente, con fecha, contexto y trazabilidad interna. Puede contener información valiosa, puede contener exageraciones, puede mezclar hechos con interpretación, puede incluir sesgos o intereses. En este caso, además, el propio documento está enmarcado en un asunto que no es Epstein como tal, sino supuesta “influencia extranjera” en EE. UU.; Epstein aparece dentro del relato como pieza lateral, un nombre que sirve para conectar mundos y sugerir motivaciones. Que algo esté en un informe no lo convierte en verdad; lo convierte en registrado.
También llama la atención el tono y el contenido: el mismo FD-1023, además de Epstein, menciona a figuras de la órbita de Donald Trump y su entorno —aparecen Jared Kushner, Ivanka Trump y hasta Josh Kushner—, habla de la comunidad Chabad-Lubavitch, mete a Rex Tillerson, roza a Michael Cohen y se adentra en una mezcla de acusaciones y conexiones que, en términos periodísticos, huele a cajón de sastre: hay piezas que pueden verificarse de forma independiente, y otras que son, directamente, apreciaciones de la fuente (“CHS believed…”). Ese patrón importa porque explica por qué, aun siendo un documento real, su valor probatorio es limitado si no va acompañado de corroboración externa.
Qué dice, exactamente, y dónde está la trampa
La trampa habitual aquí es la frase “según un documento del FBI…”, y el salto automático a “el FBI confirma…”. No, el FBI en ese papel no confirma; el FBI consigna. El documento no aporta registros de llamadas, no adjunta transcripciones, no incluye evidencias técnicas de “debriefs” ni un rastro operativo que sostenga la idea de agente. Lo más fuerte, de hecho, es el núcleo narrativo: que Dershowitz se presentaría como alguien seducido por la idea del espionaje israelí, y que habría transmitido a Acosta la pertenencia de Epstein a inteligencia. Es una escena potente —abogado famoso, fiscal, frase de película—, pero la escena llega filtrada por la memoria y la interpretación de una fuente, no por un acta judicial.
Y, sin embargo, el documento importa. Importa porque se suma a un rumor más antiguo, el de la famosa frase atribuida a Acosta —“me dijeron que Epstein pertenecía a inteligencia”— que circula desde 2019 en relatos periodísticos sobre el acuerdo de Florida. Importa porque añade un elemento nuevo: pone a Dershowitz como supuesto “vector” de esa frase y coloca en el centro al Mossad con un verbo operativo (“debrief”). Y, sobre todo, importa porque aparece en un momento de hiperpublicación de archivos: cuando hay millones de páginas, cualquier papel llamativo se convierte en faro, aunque sea un faro en niebla.
Lo que sostienen los memorandos oficiales: sin lista y sin chantaje
Frente a ese FD-1023, hay otro tipo de documentos que pesan más en términos formales: memorandos del Departamento de Justicia y el FBI publicados en julio de 2025 tras una revisión “sistemática” de materiales relacionados con Epstein. Esa revisión concluye que no existe una lista incriminatoria de “clientes”, que no se halló evidencia creíble de que Epstein chantajeara a figuras prominentes y que no se encontró base para abrir investigaciones contra terceros no acusados. El mismo texto subraya algo que, paradójicamente, suele quedar enterrado por el morbo: la revisión afirma que Epstein causó daño a más de mil víctimas, y que la información sensible de esas víctimas está entrelazada en los materiales, lo que explica (al menos en parte) el pulso permanente entre transparencia y protección.
En febrero de 2026, además, un repaso periodístico a registros internos del Departamento de Justicia —basado en notas, entrevistas y evidencias recopiladas durante años— vuelve a insistir en esa misma idea: abundan pruebas del abuso sexual a menores, pero no aparece soporte suficiente para sostener la narrativa de una gran “red de tráfico” diseñada para servir a hombres poderosos, al menos en términos de acusación federal demostrable. Es un matiz incómodo: no niega que pudiera haber terceros culpables; dice que, con lo que hay en el expediente, no se pudo construir un caso sólido contra ellos.
Aquí se abre una grieta que explica gran parte del ruido. En el imaginario, Epstein es “el intermediario” que provee, graba y chantajea. En el expediente, la historia más robusta es la del depredador serial que recluta, paga y abusa, con una colaboradora clave y un entorno de facilitadores, pero sin la pieza definitiva que amarre a una constelación de nombres a delitos concretos. La diferencia entre “me parece obvio” y “lo puedo probar” es lo que separa un hilo viral de una acusación.
El mismo archivo que enfría una teoría también alimenta otra
Hay una ironía difícil de ignorar: el Gobierno ha publicado más material que nunca, y dentro de esa misma publicación advierte que se ha “pecado” de sobreincluir, incorporando incluso envíos del público que pueden ser falsos o sensacionalistas, y señalando que algunos documentos contienen acusaciones falsas que llegaron a la mesa federal en vísperas electorales. Esa advertencia no es decorativa. En un asunto con tanta contaminación política, el archivo puede volverse un espejo deformante: cuanto más se publica, más fácil es escoger la pieza que confirma lo que ya se pensaba.
Aun así, los memorandos de 2025 tienen un valor claro: fijan una posición institucional. La teoría del gran chantaje, la “lista” guardada en un cajón, la idea de que el FBI la tiene y no la suelta, queda negada por escrito. Eso no extingue el rumor; le cambia la forma. Ya no se dice “la lista existe”; se dice “la lista existe pero la ocultan”. Es el mismo mecanismo de siempre: cuando falta prueba, se usa la falta de prueba como prueba de ocultación. Circular y perfecto, como una puerta giratoria.
Por qué el rumor suena plausible: dinero opaco, acceso y protección
Si la palabra “espía” se pega tan rápido a Epstein no es solo por conspiración; es porque su biografía real deja huecos y, peor, deja huecos donde debería haber luz. Dejó de ser un personaje local hace décadas: se movía por mansiones, aviones y agendas con nombres que, por sí mismos, abren puertas. Y a partir de cierto nivel de poder, el acceso funciona como una moneda: alguien te invita porque cree que aportas algo, porque te utiliza, porque teme que tengas algo, o porque le conviene que parezca que te conoce.
En esa zona aparece Leslie Wexner, un magnate que durante años dio a Epstein una cercanía extraordinaria. Lo más citado —y lo más desconcertante— es que Wexner le concedió un poder notarial que, en términos prácticos, le permitía operar como si fuera él: firmar, mover, contratar, despedir. Años después, cuando la caída de Epstein ya era inevitable, Wexner explicó que había recuperado parte del dinero y que Epstein le había estafado. Esa secuencia —confianza absoluta, control de finanzas, ruptura tardía— es una autopista para la sospecha, aunque la sospecha no sea prueba de espionaje.
A ese bloque se añade el apellido Robert Maxwell, padre de Ghislaine. Maxwell ha sido durante décadas un personaje asociado a historias de inteligencia y poder; su muerte y su biografía alimentaron relatos de vínculos con servicios. No hace falta convertirlo en dogma para ver el efecto: cuando se une “Maxwell”, “Epstein” y “abuso”, la imaginación pública hace el resto. Es un terreno delicado, además, porque estas historias pueden derivar con facilidad en estereotipos y en acusaciones colectivas; por eso, aquí, el único camino limpio es el de los hechos comprobables, no el de las insinuaciones identitarias.
Ghislaine Maxwell: la pieza judicial que sí está cerrada
La parte más sólida del caso no tiene nada de espionaje: tiene código penal. Ghislaine Maxwell fue condenada por su papel en la captación y facilitación de menores para Epstein y recibió una pena de 20 años en 2022, tras un veredicto de 2021. Esa sentencia fija que existió un sistema de reclutamiento, de “normalización” del abuso, de pagos, de logística. No hace falta una agencia para eso: hace falta un depredador con recursos, una colaboradora, víctimas vulnerables y un entorno que se calla o mira a otro lado.
Y esa certeza judicial es importante por otra razón: marca el límite de lo que está demostrado. Todo lo que venga después —la idea de que Epstein “proveía” a poderosos, la idea de que grababa para chantajear, la idea de que operaba como activo— exige pruebas adicionales. Algunas víctimas han sostenido durante años que hubo terceros. La investigadora más conocida en ese frente es Virginia Giuffre, cuyo relato implicó a figuras de alto perfil y se convirtió en símbolo del caso. Pero el expediente federal, según las revisiones conocidas, no pudo convertir esas afirmaciones en acusaciones sostenibles contra hombres poderosos por falta de corroboración suficiente. Eso no convierte a nadie en inocente; convierte a la justicia en lo que es: un terreno donde se prueba, no se intuye.
Barak, Burns y las reuniones que dejan marca en 2026
La conversación sobre inteligencia suele agarrarse a nombres. Y en el caso Epstein, los nombres vuelven a aparecer en oleadas documentales: agendas, correos, invitaciones, reuniones. En diciembre de 2025 y febrero de 2026 han vuelto a circular correos y registros que apuntan a una relación estrecha entre Epstein y Ehud Barak, con reuniones frecuentes y conversaciones sobre negocios. Barak ha negado repetidamente cualquier implicación criminal y ha dicho que su vínculo fue profesional. La pregunta que queda flotando —sin necesidad de espionaje— es otra: por qué un ex jefe de Gobierno se relaciona de forma tan intensa con un hombre que, desde 2008, ya era un delincuente sexual condenado en Florida. Esa pregunta tiene un componente reputacional, no necesariamente penal, pero es dinamita política.
El otro nombre que ha rebotado con fuerza es el de William Burns, hoy director de la CIA y antes alto cargo diplomático. Documentos divulgados en el marco de los “Epstein files” muestran comunicaciones y al menos reuniones con Epstein después de la condena de 2008. Desde el entorno de Burns se ha insistido en que no conocía el trasfondo completo y que lamenta esos contactos. El dato, de nuevo, no prueba espionaje; prueba algo más terrenal y, si se quiere, más inquietante: la capacidad de Epstein para seguir siendo recibido por gente muy arriba incluso cuando su historial ya era público.
En ese paisaje aparecen otros nombres del mundo tecnológico y financiero, con un patrón repetido: encuentros justificados por filantropía, captación de fondos, contactos académicos o simple networking. El caso del empresario Reid Hoffman, que en febrero de 2026 reconoció más reuniones de las que había admitido, ilustra cómo el propio paso del tiempo y la revisión de agendas van destapando vínculos que muchos preferían dejar en una frase vaga: “nos vimos alguna vez”. Epstein funcionaba así: como una mancha de aceite que se extiende por calendario.
La diferencia clave: relación social no es relación operativa
Aquí es donde se suele torcer el debate. Que Epstein se reuniera con personas influyentes, o que las cortejara, o que las usara para blanquear su imagen, es coherente con su historial. Que eso implique que actuaba como agente de una inteligencia, ya sea la CIA o el Mossad, es otro salto. Para que ese salto sea más que especulación haría falta rastro operativo: pagos trazables con patrón de servicio, comunicaciones con handlers, documentación interna que lo identifique como activo, procedimientos legales que se activen por material clasificado, algo más que “lo dijo una fuente” o “lo sugirió alguien”. En causas con secretos de Estado suele aparecer, en algún punto, la sombra procesal de la información clasificada. En el caso Epstein, lo que se conoce públicamente no muestra ese tipo de huella con claridad.
Por eso el FD-1023 de 2020, aun siendo llamativo, no se convierte por arte de magia en confirmación. Lo que hace es añadir combustible narrativo y, a la vez, obligar a una lectura fría: es un documento que mezcla Epstein con un paquete más amplio sobre influencias extranjeras, y donde las afirmaciones sobre espionaje aparecen como relato indirecto, no como evidencia técnica.
Cuando la CIA aparece en papeles: las peticiones de sus abogados
Hay un giro casi novelesco que, sin embargo, es plenamente burocrático: documentos divulgados recientemente muestran que abogados de Epstein hicieron peticiones formales a agencias de inteligencia estadounidenses buscando registros que pudieran demostrar una relación, vigilancia o “afiliación” con esas agencias. Ahí entran dos nombres que, por sí solos, disparan el titular: la CIA y la NSA. La respuesta de la CIA en una de esas comunicaciones, según lo conocido, fue que no encontró registros que acreditaran una relación abierta o reconocida con Epstein; y, en el terreno clásico del secreto, aplicó una fórmula habitual: no confirmar ni negar la existencia de ciertos registros si hacerlo puede afectar a la seguridad nacional. La NSA, en una apelación de FOIA, habría respondido en términos parecidos, alegando que revelar si hay o no hay registros podría ser dañino.
Ese tipo de respuesta es el mejor ejemplo de por qué el tema se envenena con facilidad. Para una parte del público, “no confirmar ni negar” equivale a “lo están tapando”. Para quien ha trabajado con FOIA, significa otra cosa: es un mecanismo estándar para no revelar capacidades o intereses de la agencia, incluso cuando el sujeto no tenga nada que ver. Dicho de otra manera: el “Glomar” no prueba vínculo; prueba prudencia institucional y cultura del secreto.
Lo interesante, aun así, no es la respuesta; es la pregunta. Que los abogados de Epstein intentaran activar esa vía sugiere que, al menos, creían que esa sombra podía servirles en defensa o en estrategia. Puede interpretarse como farol —buscar una carta que intimide—, como intento de encontrar material exculpatorio, o como simple pesca a ciegas. Pero es un hecho: la hipótesis de inteligencia no solo circulaba en tertulias; también estaba sobre la mesa en papeles legales.
La muerte en la cárcel: el informe que detalla fallos, no complots
La otra gran columna de la teoría del “doble agente” es su muerte. Epstein murió el 10 de agosto de 2019 en el Metropolitan Correctional Center, mientras esperaba juicio por cargos federales de tráfico sexual. Desde entonces, la idea de que fue asesinado —para silenciarle— se convirtió en un idioma propio. En 2023, la Office of the Inspector General (DOJ) publicó un informe extenso sobre su custodia, cuidado y supervisión, y ahí lo que aparece no es una película de sicarios, sino algo quizá más deprimente: fallos graves, turnos mal cubiertos, registros falsificados, cámaras con problemas, incumplimientos de protocolos, y una concatenación de negligencias que, sin necesidad de conspiración, deja un agujero del tamaño de un edificio en la confianza pública.
El informe recoge que la oficina forense de Nueva York determinó que la causa de muerte fue ahorcamiento y la manera, suicidio, y que el FBI concluyó que no hubo criminalidad relacionada con cómo murió. También detalla aspectos técnicos que alimentaron el misterio: problemas con sistemas de grabación, fallos de discos duros, dificultades para recuperar vídeo en un área crítica. Ese tipo de detalle, contado en frío, explica por qué el rumor nunca muere: el expediente no es una línea recta; es una escalera con peldaños rotos.
Y aun así, el informe no es complaciente. No blanquea. Expone cómo se incumplieron órdenes internas sobre supervisión, cómo se falló en asignarle compañero de celda cuando debía tenerlo, cómo se saltaron rondas. Es un retrato de institución fallando en cadena. Para el conspiracionista, esos fallos son “la prueba de la mano negra”. Para una lectura más básica, son la prueba de algo menos glamuroso y más frecuente: desastre organizativo. Si alguien quiere construir la idea del asesinato, necesita algo más que fallos; necesita un rastro positivo. Lo que se ha hecho público hasta ahora no lo aporta.
El tablero político de 2025-2026: transparencia, presión y ruido
La reapertura de este asunto en 2026 no es solo documental; también es política. La “Epstein Files Transparency Act”, convertida en ley en noviembre de 2025, ha forzado al Departamento de Justicia a publicar millones de páginas y miles de vídeos e imágenes, con un proceso de revisión masiva y con un aviso explícito: por volumen, puede colarse material sensible, y dentro del conjunto hay envíos del público que pueden ser falsos. A finales de enero de 2026, el Departamento de Justicia anunció una publicación adicional de más de tres millones de páginas, superando un total cercano a 3,5 millones de páginas, con más de 2.000 vídeos y unas 180.000 imágenes contabilizadas en el lote. La cifra impresiona; el valor de cada página depende de lo que realmente contenga.
En paralelo, el Congreso ha empujado para acceder a versiones sin tachaduras. En febrero de 2026 se ha conocido un acuerdo para que miembros del Congreso puedan revisar archivos no redactados en ordenadores del Departamento de Justicia, con condiciones estrictas: acceso presencial, aviso previo y sin copias electrónicas. Esa fórmula revela dos cosas a la vez: que hay presión política real y que el propio Gobierno teme —no sin motivo— que la difusión sin filtros pueda revictimizar o exponer datos íntimos de personas que ya cargan con el trauma.
Este mismo 9 de febrero de 2026 se ha añadido una escena más al tablero: Maxwell, en una deposición ante el House Oversight Committee, se negó a responder preguntas invocando la Quinta Enmienda, mientras su defensa intentaba abrir la puerta a una idea llamativa: hablar a cambio de clemencia. Es un movimiento típicamente defensivo, una negociación en público, y también una forma de mantener la atención sobre el caso sin aportar hechos verificables. Pero el hecho político es que el caso Epstein sigue funcionando como arma arrojadiza y como demanda de transparencia, con un coste colateral: cada ola de documentos trae de vuelta nombres, insinuaciones, calendarios y fotografías, y a veces más ruido que verdad.
El choque de dos impulsos: abrirlo todo o no romper a las víctimas
Hay una tensión que atraviesa todo esto y que rara vez se explica bien: una cosa es publicar documentos para esclarecer responsabilidades; otra es soltar un archivo masivo donde aparezcan datos sensibles, identidades, direcciones, fotografías íntimas, descripciones de abusos. En el propio memorando de julio de 2025 se insiste en que la información de víctimas está entretejida en el material. Ese dato no es un freno abstracto: es el motivo por el que muchas de las piezas más delicadas siguen entrando y saliendo con tachaduras. En el caso Epstein, la transparencia total choca contra un límite humano evidente. Y en ese choque, quien quiere vender la teoría del encubrimiento encuentra siempre un argumento listo: “si tapan, esconden”. A veces tapan para proteger; a veces tapan por vergüenza institucional; a veces por estrategia legal. Distinguir eso exige paciencia, y este caso, por definición, vive sin paciencia.
Entre la CIA, el Mossad y la realidad demostrable
En el estado actual de la información pública, el “Epstein espía” se sostiene sobre piezas que no encajan del todo entre sí. Por un lado, un documento FD-1023 donde una fuente afirma que Epstein “pertenecía” a inteligencia estadounidense y aliada, que habría existido un “debrief” del Mossad tras llamadas y que la fuente llegó a convencerse de que Epstein era un agente cooptado. Por otro, memorandos oficiales que niegan lista de clientes, niegan evidencia creíble de chantaje y no encuentran base para perseguir a terceros no acusados. En el centro, la biografía real de Epstein, que ya es suficientemente oscura: un depredador con capacidad de acercarse a élites, con una colaboradora condenada, con un pasado judicial polémico en Florida y con una muerte en prisión rodeada de negligencias documentadas.
A esa ecuación se le añaden hechos “incómodos” que se prestan a interpretación: reuniones posteriores a 2008 con figuras de peso, la relación estrecha con Barak, comunicaciones con Burns, el modo en que seguía orbitando instituciones y nombres relevantes cuando ya era, oficialmente, un delincuente sexual. Son hechos que describen influencia y capacidad de seducción social; no describen, por sí solos, una operación de inteligencia.
También está la reacción desde Israel al rumor. En julio de 2025, el ex primer ministro Naftali Bennett negó de forma tajante que Epstein tuviera relación con el Mossad y calificó esas acusaciones de falsedad, señalando cómo se expanden como mancha en redes y debate político. Y la chispa mediática no fue menor: el comentarista Tucker Carlson había insinuado en un acto político que Epstein habría trabajado para un servicio extranjero, apuntando a Israel. Ese choque —un papel de fuente que sugiere, un ex primer ministro que niega, una figura mediática que empuja— ilustra el verdadero motor del asunto: no tanto la prueba como la polarización.
En términos estrictos, el punto más honesto que se puede fijar hoy es este: existe documentación publicada que refleja que una fuente confidencial dijo lo que dijo; y existe documentación oficial que recoge conclusiones de revisión que contradicen parte del imaginario popular del caso. Lo que falta para convertir la hipótesis del “doble agente” en algo más que un relato es lo único que nunca se improvisa: evidencia corroborada, trazable, resistente a un juzgado y a un peritaje. Sin eso, la etiqueta de espía seguirá siendo lo que lleva años siendo en este asunto: un imán para explicar lo inaceptable cuando la realidad ya es, de por sí, inaceptable.
🔎 Contenido Verificado ✔️
Este artículo ha sido redactado basándose en información procedente de fuentes oficiales y confiables, garantizando su precisión y actualidad. Fuentes consultadas: RTVE, Department of Justice, DOJ OIG, GovInfo, U.S. Attorney’s Office SDNY.
Alessandro Elia
Fuente de esta noticia: https://donporque.com/epstein-espia-de-cia-y-mossad/
También estamos en Telegram como @prensamercosur, únete aquí: Telegram Prensa Mercosur
Recibe información al instante en tu celular. Únete al Canal del Diario Prensa Mercosur en WhatsApp a través del siguiente link: https://whatsapp.com/channel/0029VaNRx00ATRSnVrqEHu1
También estamos en Telegram como @prensamercosur, únete aquí: https://t.me/prensamercosur
Recibe información al instante en tu celular. Únete al Canal del Diario Prensa Mercosur en WhatsApp a través del siguiente link: https://www.whatsapp.com/channel/0029VaNRx00ATRSnVrqEHu1W
