

Los eclipses solares artificiales ya no son ciencia ficción ni un concepto exclusivo de películas futuristas. En plena era de satélites, tormentas solares y dependencia tecnológica, científicos europeos están explorando cómo usar la Luna como un “apagador cósmico” para estudiar el Sol y proteger la Tierra. Detrás de esta idea hay una palabra clave que suena lejana, pero nos afecta todos los días: meteorología espacial. Entender lo que ocurre en la atmósfera solar podría marcar la diferencia entre una sociedad conectada y un apagón global inesperado. Y sí, todo empieza bloqueando la luz del Sol… a propósito.
Eclipses solares artificiales: cuando la Luna se vuelve herramienta científica
Los eclipses solares naturales son uno de los espectáculos más impresionantes del cosmos, pero también uno de los más frustrantes para la ciencia. Ocurren en promedio cada 18 meses y duran apenas unos minutos. Para estudiar la corona solar, esa capa externa del Sol donde nacen las tormentas más peligrosas, ese tiempo es ridículamente corto. Por eso, la Agencia Espacial Europea (ESA) impulsa misiones que crean eclipses solares artificiales de forma controlada y repetible.
El proyecto más ambicioso se llama MESOM (Moon-Enabled Sun Occultation Mission). La idea es tan elegante como radical: colocar un satélite en órbita lunar para que, una vez al mes, entre en la sombra de la Luna y bloquee completamente la fotosfera solar. Sin atmósfera que distorsione la imagen y con una Luna casi perfectamente esférica, los científicos podrían observar la corona y la cromosfera con una claridad nunca antes vista. En solo dos años, MESOM podría generar tantos datos como 80 años de eclipses observados desde la Tierra.
Tormentas solares y meteorología espacial: el peligro invisible
Cuando se habla de amenazas globales solemos pensar en asteroides o cambio climático, pero el Sol también juega fuerte. La meteorología espacial estudia cómo la actividad solar afecta al entorno terrestre, desde satélites hasta redes eléctricas. El ejemplo más famoso es el evento Carrington de 1859, una tormenta solar tan intensa que provocó incendios en oficinas de telégrafo y descargas eléctricas a operadores humanos.

Si algo similar ocurriera hoy, el impacto sería brutal. Un estudio de la NASA estima que una tormenta extrema podría causar pérdidas económicas de hasta 2 billones de dólares en los primeros meses. No es exageración: en 1989, una tormenta solar dejó sin electricidad a Quebec durante nueve horas; en mayo de 2024, otra perturbación hizo que varios satélites GPS perdieran altitud. Estudiar la corona solar no es curiosidad científica: es prevención tecnológica.
Más allá de los telescopios: por qué no basta con los coronógrafos
Hasta ahora, la herramienta estrella para estudiar la corona han sido los coronógrafos, telescopios que bloquean artificialmente la luz del Sol. El más famoso, LASCO a bordo del SOHO, lleva funcionando desde 1995. Sin embargo, incluso los modelos más avanzados tienen limitaciones: difracción, puntos ciegos y artefactos ópticos que impiden ver las capas más cercanas a la superficie solar.

Aquí es donde los eclipses solares artificiales marcan la diferencia. Misiones como Proba-3, lanzada por la ESA a finales de 2024, usan dos satélites que vuelan en formación a 150 metros de distancia para crear eclipses de hasta seis horas seguidas. Esto permite observar en tiempo real la evolución de eyecciones de masa coronal, algo imposible con eclipses naturales. Es como pasar de fotos borrosas a video en alta definición del Sol enfurecido.
¿Proteger la Tierra o enfriarla? El debate de la geoingeniería solar
Aquí conviene hacer una pausa importante. No todo lo que bloquea el Sol busca lo mismo. Por un lado están los eclipses solares artificiales con fines científicos, como MESOM o Proba-3. Por otro, una idea mucho más polémica: la geoingeniería solar para combatir el calentamiento global. Propuestas como la inyección de aerosoles estratosféricos o enormes “sombrillas” espaciales en el punto L1 buscan reflejar parte de la radiación solar para bajar la temperatura del planeta.

Aunque estudios publicados a inicios de 2026 sugieren que estas técnicas podrían reducir muertes por calor extremo, el riesgo es enorme. Un fallo repentino del sistema provocaría un calentamiento acelerado y devastador, además de alterar patrones de lluvia y ecosistemas completos. No por nada países como México han prohibido este tipo de experimentos. La línea entre proteger y jugar a ser dioses sigue siendo peligrosamente delgada.

Los eclipses solares artificiales representan una de las ideas más fascinantes de la ciencia espacial moderna: usar la mecánica celeste para proteger una civilización hiperconectada en un cosmos lleno de secretos y amenazas invisibles. Desde estudiar la corona solar hasta anticipar tormentas que podrían apagar el mundo digital, estas misiones nos recuerdan que mirar al Sol sigue siendo vital para sobrevivir en la Tierra. La gran pregunta no es si podemos crear eclipses a voluntad, sino qué tan preparados estamos para usar ese poder con responsabilidad.
Carolina Gutiérrez Argüelles
Fuente de esta noticia: https://ecoosfera.com/cosmos/esa-plan-crear-eclipses-solares-artificiales/
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