
Durante décadas, el chupacabras ha sido una presencia incómoda en la frontera difusa entre el miedo rural, la cultura popular y la explicación científica. Un nombre que, con solo pronunciarse, activa recuerdos de animales muertos en corrales, noticiarios sensacionalistas y relatos transmitidos al caer la noche. No es un monstruo clásico ni una criatura con linaje mitológico antiguo. Es, más bien, un producto contemporáneo. Un mito moderno nacido en plena era de la televisión por cable y amplificado por la ansiedad colectiva.
El término “chupacabras” designa a un supuesto críptido, una criatura desconocida que, según los relatos, ataca animales domésticos —especialmente cabras— y les extrae la sangre. Esa característica hematófaga explica su nombre y buena parte de su impacto simbólico. La idea de una bestia que no devora, sino que vacía, resulta más inquietante que cualquier depredador convencional.
El origen del fenómeno está bien localizado en el tiempo y el espacio. Todo comenzó en 1995, en Puerto Rico. En marzo de aquel año, varios ganaderos encontraron ovejas muertas con extrañas heridas punzantes en el pecho. No había señales claras de depredación clásica. Los cuerpos aparecían intactos, salvo por tres orificios que parecían cuidadosamente alineados. Según los primeros testimonios, los animales estaban completamente desangrados.
La alarma creció rápido. En Canóvanas, un municipio al noreste de la isla, una mujer aseguró haber visto a la criatura responsable. Describió un ser bípedo, de piel oscura, con grandes ojos y espinas a lo largo de la espalda. Poco después, se hablaba ya de más de un centenar de animales muertos. La prensa hizo el resto. El chupacabras había nacido.
El nombre no fue fruto del azar ni de la tradición oral centenaria. Fue acuñado por Silverio Pérez, humorista y empresario puertorriqueño, en medio del revuelo mediático. La expresión era potente, directa, fácil de recordar. Funcionó. En cuestión de meses, el mito cruzó fronteras.
Desde entonces, los supuestos avistamientos se multiplicaron en América Latina y en el sur de Estados Unidos. México se convirtió en uno de los epicentros del fenómeno, pero también se registraron casos en Argentina, Chile, Colombia, Perú, Brasil o Venezuela. Incluso aparecieron relatos procedentes de lugares tan lejanos como España, Filipinas o Rusia. El patrón se repetía: animales muertos, heridas extrañas, ausencia aparente de sangre y un agresor imposible de identificar.
Descripciones del chupacabras
Las descripciones físicas del chupacabras variaron con el tiempo y el lugar. En su versión original, la más cercana al relato puertorriqueño, se hablaba de una criatura reptiloide, de piel escamosa, color gris verdoso, con manchas oscuras y una fila de espinas desde el cuello hasta la cola. Mediría entre 1,20 y 1,50 metros y se movería con saltos similares a los de un canguro. Sus ojos, rojos y brillantes, eran un detalle recurrente.
Con el paso de los años, esa imagen fue mutando. En Estados Unidos y el norte de México comenzó a imponerse otra versión: la de un animal similar a un perro salvaje sin pelo, con la columna vertebral muy marcada, colmillos prominentes y aspecto enfermizo. Ya no era un reptil desconocido, sino algo más cercano… y quizá por eso más perturbador.
La comunidad científica no tardó en intervenir. Biólogos, veterinarios y expertos en manejo de vida silvestre comenzaron a analizar los casos con más rigor del que permitía la urgencia mediática. El resultado fue, en la mayoría de los casos, decepcionante para los creyentes. No había pruebas sólidas. Ni restos biológicos extraños, ni necropsias concluyentes que confirmaran la extracción total de sangre.
Uno de los investigadores que más ha estudiado el fenómeno es Benjamin Radford. Tras años de análisis, Radford llegó a una conclusión clara: la descripción fundacional del chupacabras no es fiable. Según documentó, la testigo principal del caso de Canóvanas habría basado su relato en la criatura “Sil”, antagonista de la película de ciencia ficción Species, estrenada poco antes de los supuestos avistamientos. Las similitudes físicas —espinas dorsales, postura, forma de la cabeza— resultan difíciles de ignorar.
Radford también desmontó uno de los pilares del mito: la idea de que las víctimas eran desangradas. En un estudio veterinario que analizó alrededor de 300 animales atribuidos al chupacabras, no se encontró evidencia de extracción completa de sangre. En muchos casos, la ausencia visible de sangre se explicaba por hemorragias internas o por ataques que no afectaban arterias principales.
Para ordenar el caos de testimonios, el investigador propuso una división práctica. Por un lado, los casos latinoamericanos, centrados en la idea de un atacante misterioso que “chupa” la sangre. Por otro, los reportes estadounidenses, donde los supuestos chupacabras eran, en realidad, mamíferos conocidos con enfermedades graves de la piel.
Aquí entra en escena la sarna sarcóptica, causada por el ácaro Sarcoptes scabiei. Esta enfermedad provoca la caída del pelo, engrosamiento de la piel, infecciones secundarias y un aspecto que puede resultar irreconocible incluso para ojos acostumbrados al entorno rural. En 2010, el biólogo Barry O’Connor, de la Universidad de Míchigan, afirmó que todos los chupacabras reportados en Estados Unidos eran coyotes afectados por esta parasitosis. Débiles, hambrientos y con dificultades para cazar presas ágiles, estos animales recurrían al ganado doméstico, más fácil de capturar.
Explicaciones a los avistamientos del chupacabras
La cronología de los avistamientos potencia esa explicación. A finales de los noventa, los informes se dispararon. En Puerto Rico se contabilizaron más de 200 solo en 1995. En México, aparecieron denuncias en Nayarit y otras regiones. En Chile, entre 2000 y 2002, se habló de un centenar de animales mutilados en Calama. La prensa sensacionalista alimentó la idea de una amenaza desconocida, incluso con rumores de supuestas misiones de la NASA investigando el fenómeno.
Las investigaciones oficiales, sin embargo, apuntaron siempre en la misma dirección: perros asilvestrados, zorros, roedores y otros depredadores comunes. En Argentina, el Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria concluyó que las mutilaciones de ganado atribuidas al chupacabras eran obra de zorros o ratones hocicudos. En Texas, varios cadáveres exhibidos como pruebas acabaron identificados mediante ADN como coyotes con sarna o híbridos de coyote y lobo.
Algunos casos alcanzaron gran notoriedad mediática. En 2004, la llamada “Bestia de Elmendorf”, abatida cerca de San Antonio, fue presentada como prueba definitiva. Meses después, los análisis genéticos la devolvieron a la categoría de coyote enfermo. En Cuero, Texas, una mujer llegó a exhibir en su casa el cuerpo disecado de una supuesta criatura desconocida. Dos universidades distintas coincidieron: era un híbrido de coyote, probablemente afectado por sarna.
Incluso cuando aparecieron vídeos, como el grabado desde el coche patrulla de un sheriff en 2008, la conclusión fue la misma. No había nada sobrenatural. Solo animales reales vistos en circunstancias poco habituales, amplificadas por la sugestión colectiva.
El fenómeno no se limita al continente americano. En Filipinas existe la leyenda del “Sigbin”, una criatura nocturna con rasgos similares al chupacabras. En Nueva Orleans, los “grunches” habitan supuestamente un callejón llamado Grunch Road. En todos los casos, el patrón se repite: relatos vagos, escasas pruebas físicas y un contexto cultural propicio para que el miedo tome forma.
Todo apunta a que el chupacabras funciona como un espejo. Refleja la desconfianza hacia lo desconocido, el temor a perder el sustento y la necesidad humana de poner nombre a lo inexplicable. En zonas rurales, donde la relación con los animales es directa y económica, una muerte inexplicable no es solo un misterio: es una amenaza.
A casi treinta años de su aparición, el chupacabras sigue vivo, aunque no como criatura biológica. Sobrevive como mito, como advertencia, como icono pop. La ciencia ha desmontado una y otra vez su existencia física. Eso sí, no ha logrado erradicarlo del imaginario colectivo. Quizá porque, en el fondo, el chupacabras no habita los corrales, sino la frontera incierta entre la razón y el miedo.
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