
Cortes y desvíos por lluvia, nieve y oleaje: así deja Marta las carreteras y el Guadalquivir con zonas críticas en Andalucía y red principal.
El parte de este sábado 7 de febrero deja poco margen para la improvisación: la DGT contabilizaba a las 20:00 hasta 179 carreteras cerradas por inundaciones y desprendimientos, 150 de ellas en Andalucía, con Cádiz como el gran punto negro. En la red principal, el foco se repite en tres nombres y tres números: A-48 en Vejer de la Frontera (sentido Tarifa), A-44 en Campillo de Arenas (hacia Granada) y A-32 en Villacarrillo (sentido Albacete), todas con desvíos señalizados, pero con el viaje ya condicionado desde el minuto cero.
El domingo 8 llega con el terreno empapado como una esponja que ya no traga y con un segundo frente que complica el panorama: oleaje en aviso naranja en el litoral gaditano y el Estrecho durante la madrugada, con rachas fuertes de suroeste y mar combinada que puede alcanzar cinco a seis metros, y una franja de nieve y hielo que, aunque más localizada, obliga a mirar con lupa puertos y sierras. La propia DGT lo dejó escrito en su aviso del viernes: evitar desplazamientos innecesarios en Andalucía y Extremadura y no acercarse a zonas inundables “aunque puntualmente no esté lloviendo”.
El número que se mueve: por qué el domingo no empieza el domingo
En temporales así, el dato es una fotografía… y al minuto siguiente ya es otra. A media jornada, el recuento oficial hablaba de hasta 168 carreteras cortadas por agua y desprendimientos, con 137 en Andalucía; por la tarde, la cifra subió hasta 179 cierres y el reparto siguió cargándose hacia el sur. No es una contradicción, es el síntoma: tramos que se cierran por desbordamientos puntuales, otros que reabren cuando baja un arroyo, otros que caen por un desprendimiento tardío, cuando deja de llover y el talud, por fin, cede.
En su nota previa al fin de semana, la DGT no se anduvo con eufemismos: “imprescindible planificar el viaje” y comprobar la vialidad en tiempo real, porque el riesgo se mantiene incluso con claros. El matiz es importante: la lluvia puede aflojar, pero el suelo sigue saturado; y un suelo saturado es una fábrica de problemas, desde bolsas de agua que aparecen donde nunca hasta pequeñas roturas del firme que, en cuestión de horas, se convierten en un corte total. Ese “peor día es el sábado” que señalaba el aviso no significa “domingo tranquilo”; significa, más bien, “domingo de secuelas”.
La complicación no es solo el cierre en sí, sino la ruta alternativa: cuando cae un eje principal, el tráfico se derrama por comarcales, accesos rurales, carreteras estrechas con drenajes viejos y taludes más frágiles. Y ahí es donde el viaje deja de ser lineal: aparece el desvío señalizado, sí, pero también el embudo, el tramo con barro invadiendo un carril, la cuneta reventada que obliga a bajar la velocidad a un ritmo de paciencia. Marta, en este punto, no es un episodio meteorológico; es un cambio de reglas sobre el asfalto.
Autovías en apuros: los cortes que mandan sobre el mapa
La gran imagen de este sábado es Andalucía, pero dentro de Andalucía manda Cádiz, y dentro de Cádiz se ha repetido una escena muy concreta: la A-48 cortada en Vejer de la Frontera, en sentido a Tarifa, por inundación. Es un corte que pesa porque no afecta a una carretera secundaria de paso local, sino a un corredor que articula desplazamientos hacia la costa y el Campo de Gibraltar. Cuando ese hilo se rompe, el tráfico busca salida por carreteras que no están pensadas para absorberlo todo de golpe, y el margen de error se reduce: más vehículos, más frenazos, más zonas donde el agua atraviesa la calzada como si la carretera fuese una acequia improvisada.
Cádiz: la A-48 de Vejer y el efecto embudo hacia Tarifa
La propia información de Tráfico ha insistido en que existen desvíos debidamente señalizados, pero el domingo no se juega solo con señales: se juega con la realidad de cada tramo, con la visibilidad y con la paciencia que impone un temporal. Cádiz, además, suma el elemento costero: cuando el viento entra del suroeste y el mar se pone bravo, la sensación de inestabilidad se cuela también en carretera, sobre todo en tramos expuestos, puentes y zonas abiertas al lateral. Y si el suelo está saturado, cualquier lluvia adicional —por breve que sea— puede volver a levantar el cartel de “carretera cortada”.
Jaén: la A-44 en Campillo de Arenas, desvíos y un eje sensible
El otro gran corte en la red principal se ha mantenido en la A-44 a la altura de Campillo de Arenas, en la provincia de Jaén, en dirección a Granada. Aquí se mezcla lo peor de dos mundos: por un lado, la lluvia persistente que castiga taludes y drenajes; por otro, el papel de la vía como enlace de largo recorrido, con tráfico que no siempre conoce el terreno y que llega con inercias de autovía a una situación donde manda el agua. El domingo, con el terreno ya cargado, el riesgo no está solo en lo que cae del cielo, sino en lo que llega desde arriba: escorrentías, barro, pequeños desprendimientos que se desparraman sobre el arcén y obligan a trabajar —y a cerrar— con rapidez.
Villacarrillo: la A-32 y la ruta hacia Albacete, también tocada
La tercera vía principal con corte destacado es la A-32 en Villacarrillo, con afectación en sentido Albacete. En términos prácticos, es la confirmación de que el problema no es un punto aislado: es un frente amplio que va mordiendo tramos a medida que el agua busca salida. En los mapas de incidencias, estas autovías aparecen como líneas gruesas, pero el daño se cocina en lo pequeño: un paso inferior que se anega, un drenaje que no da abasto, una cuneta que colapsa y deja el firme comprometido. Y cuando se compromete el firme, el corte llega casi por obligación.
La red secundaria: el temporal donde de verdad se atasca el viaje
Hay un nivel de esta historia que no suele salir en la gran conversación de autovías, pero que decide viajes enteros: la red secundaria. En Andalucía, el número de carreteras afectadas se ha disparado y el detalle cambia por provincias y horas, con comarcales que se convierten en ríos marrones durante un rato, y con accesos a núcleos rurales que quedan interrumpidos por un badén que, en condiciones normales, pasa inadvertido. En esos tramos, el peligro tiene un disfraz muy español: parece una balsa tranquila, una mancha de agua, y en realidad es corriente, profundidad o asfalto roto bajo la lámina. La DGT lo ha repetido: no cruzar zonas inundables ni ríos, aunque el cielo dé un respiro.
En Málaga, la comarca de Ronda ha encadenado episodios de alerta naranja por lluvias, con incidencias acumuladas, cortes y afectación ferroviaria, y con desalojos preventivos que ilustran hasta qué punto el agua ha dejado de ser un fenómeno “meteorológico” para convertirse en “territorial”. Se han descrito evacuaciones en puntos como la Estación de Benaoján por riesgo asociado a la presa abandonada de Montejaque, y daños y cortes en varios municipios serranos. Todo eso se traduce, en carretera, en lo que suele pasar cuando la montaña se empapa: desprendimientos, piedras sueltas, calzada con barro y giros donde la adherencia cambia como si alguien hubiese pasado una esponja con jabón.
El patrón se repite también lejos del foco mediático. Castilla y León, por ejemplo, ha registrado crecidas de ríos y avisos hidrológicos activos, con cortes de accesos en zonas concretas; y Castilla-La Mancha ha tenido episodios de alerta por riesgo de inundación en cuencas donde el agua sube y obliga a cortar pasos. En el fondo, la misma idea: el temporal empuja por abajo, por ríos y arroyos, y corta por donde la infraestructura es más vulnerable, muchas veces en caminos de entrada y salida, más que en la autopista.
Extremadura: Badajoz como ejemplo de un mapa lleno de “pequeños” cortes
En la provincia de Badajoz, la situación ha ido escalando durante el sábado hasta sumar incidencias en 22 vías de comunicación, según el parte emitido por la Guardia Civil a las 18:00. Hay cortes totales por inundación y “saltos de agua” en tramos como la EX-106 entre Miajadas y Don Benito, y cierres en carreteras provinciales como la BA-074, la BA-142 o la BA-162, además de badenes y caminos vinculados a la red de la Confederación Hidrográfica del Guadiana. El lenguaje del parte es muy físico, casi táctil: socavones, desprendimientos, charcos que se comen un carril entero, piedras que caen donde ayer no caía nada.
Y hay un detalle que pesa por su simbolismo: en Extremadura se ha informado también de dos socavones con corte de carril en la autovía A-5, un recordatorio de que el daño no se queda en la cuneta de una comarcal, sino que puede tocar arterias de gran capacidad. El 112 extremeño llegó a contabilizar ocho carreteras cortadas por anegamientos, nieve o daños directos sobre la infraestructura. Cuando una autovía presenta un carril cerrado por un socavón, el viaje deja de ser “rápido” por definición: se vuelve frágil, expuesto, y cualquier incidente menor multiplica la cola.
En paralelo, el agua ha empujado también el sistema hidrológico de la provincia: el parte de la Guardia Civil citaba cursos como el arroyo Lorianilla o el arroyo Aljucén en nivel rojo, y presas como Valuengo en riesgo de desborde, con Brovales aliviando. No es un dato accesorio: cuando una presa alivia y los arroyos suben, los cortes de carretera tienden a reproducirse río abajo con un retraso de horas. Ese retardo es lo que complica tanto el domingo: el chaparrón puede haber pasado, pero la crecida llega después, como una segunda ola silenciosa.
Nieve e hielo: el frente que no hace ruido, pero manda
Marta no solo trae lluvia. La nieve ha afectado a unas 30 carreteras, aunque la DGT señalaba este sábado que solo una de la red principal estaba comprometida de forma destacada: la A-52 en Ourense, a la altura de A Canda, con circulación “transitable con precaución”. La frase parece suave, pero en montaña es un aviso serio: puede haber tramos con nieve pisada, placas de hielo y visibilidad cambiante, y el problema no siempre es la nevada en sí, sino el hielo posterior, ese barniz casi invisible que convierte una curva en una pista.
En la Comunidad de Madrid y en Castilla y León, la situación ha obligado a hablar de cadenas o neumáticos de invierno en puntos concretos, con la cota oscilando y la sierra como escenario típico de cambios rápidos. El Ministerio de Transportes y Movilidad Sostenible activó el dispositivo de invierno con 639 máquinas quitanieves y más de 110.000 toneladas de sal preparadas ante los avisos. Es un despliegue importante, pero no convierte un puerto helado en una autopista perfecta: solo reduce el riesgo. En días así, el hielo se forma donde el sol no llega, en sombras, en fondos de valle, en viaductos, y el domingo —con humedad acumulada— tiene papeletas de dejarlo servido en bandeja.
También Galicia aparece en el mapa de esta combinación de agua y movilidad: con suelos saturados tras el paso previo de otro temporal, y con 19 puntos de control en aviso hidrológico (amarillo, naranja y uno en rojo), el margen para que un tramo se vuelva conflictivo es pequeño. En ese contexto, la A-52 en A Canda funciona como símbolo: no hace falta que la nieve sea general para que el viaje se complique; basta con un cuello de botella en un paso alto, en el lugar exacto.
Hay además un efecto menos visible: cuando nieva en zonas de interior y llueve en cotas bajas, el tráfico se redistribuye. Algunos conductores buscan rutas alternativas para esquivar puertos y se concentran en corredores más bajos, que a su vez pueden estar tocados por agua. Es un puzzle incómodo: nieve arriba, inundación abajo. Y Marta, con su mezcla, fuerza ese tipo de decisiones que en un domingo normal ni se plantean. La meteorología, aquí, se convierte en una especie de semáforo sin luces: se interpreta sobre la marcha.
Viento y mar: el Estrecho se pone serio y el litoral no ayuda
El domingo 8 no se entiende sin el mar. La Aemet ha mantenido avisos naranjas por oleaje en el litoral gaditano y el Estrecho de Cádiz hasta la una de la madrugada, con vientos del suroeste de 62 a 74 km/h (fuerza 8) y picos que pueden alcanzar 75 a 88 km/h (fuerza 9) en el Estrecho, además de mar combinada del oeste o suroeste de cinco a seis metros. En términos de carretera, no significa “olas en el asfalto”; significa rachas laterales, sensación de coche “movido” en tramos expuestos, espuma y salitre reduciendo visibilidad en zonas próximas a la costa y, sobre todo, un entorno donde cualquier incidencia se complica más por la simple dificultad de operar con viento fuerte.
La costa mediterránea también ha tenido avisos relevantes: en Alicante, este sábado se activó aviso naranja por fenómenos costeros en todo el litoral provincial, con previsión de olas de tres a cuatro metros y viento fuerte; y para el domingo se mantenían avisos amarillos por viento y, durante la madrugada, por costeros en la propia costa alicantina. El dato importa porque el viento no se queda en la playa: entra tierra adentro, castiga viaductos, expone a vehículos altos y puede arrastrar objetos o ramas a la calzada en zonas urbanas. Y, con el suelo empapado, un árbol no necesita mucho para ceder.
En Andalucía, además, el viento se suma a la lluvia y al estado de los ríos: un cóctel que obliga a mantener planes de emergencia y vigilancia. Cuando se combinan rachas fuertes con calzadas encharcadas, el riesgo de aquaplaning aumenta; cuando se combinan rachas fuertes con barro en el carril, la pérdida de control puede llegar con una facilidad que sorprende. No es solo meteorología: es física pura, y el domingo se presenta con esa física a flor de piel, sin margen para despistes.
La huella de Marta en el mapa: ríos, embalses y carreteras tocadas
El gran trasfondo de esta crisis vial no está solo en la nube, sino en los ríos. En la cuenca del Guadalquivir, la situación ha obligado a un especial seguimiento por caudales elevados, con el terreno ya castigado y con desembalses que empujan agua río abajo. La propia Confederación Hidrográfica del Guadalquivir explicó que, aunque las precipitaciones empezaron a remitir de forma generalizada a partir del mediodía del 5 de febrero, los efectos del agua acumulada mantienen caudales altos y obligan a sostener medidas de prevención. Es la explicación de por qué los cortes se repiten: el agua tarda en irse, y a veces llega cuando ya parecía que todo se calmaba.
En Córdoba, el Guadalquivir ha sido protagonista con números poco habituales: el umbral rojo de referencia se marca desde 2,5 metros, y en jornadas recientes se ha hablado de alturas por encima de los cinco metros en la capital. Europa Press recogía, por ejemplo, que pasadas las 13:30 del jueves 5 se registraban 4,28 metros en Córdoba (ya en rojo), mientras que el río venía cargado desde puntos como el azud de Alcolea, con caudales muy elevados. En la misma provincia, la información oficial situaba el Guadalquivir en rojo en todo su paso provincial, con afluentes también tensionados, y con zonas como Almodóvar del Río superando ampliamente sus referencias locales. Cuando un río entra así, la carretera cercana se vuelve vulnerable por definición: pasos inferiores, accesos a barriadas, caminos pegados al cauce.
La respuesta institucional ha tenido nombres y cifras. El presidente de la Junta de Andalucía, Juan Manuel Moreno Bonilla, habló de una situación “límite” en Córdoba, con el Plan de Emergencias en Nivel 2, más de 11.000 desalojados en Andalucía y más de 1.500 solo en la provincia cordobesa, además de una estimación de 500 millones de euros en daños de infraestructuras. En el mismo marco, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, señaló desde Cádiz el despliegue de más de 10.000 efectivos y la coordinación con administraciones y municipios, mientras el Ejecutivo trabaja en planes de recuperación para las zonas golpeadas. La carretera, en medio, es uno de los grandes termómetros: si se rompe, el daño se mide en tiempo, en aislamiento y en economía.
En ese tablero, los embalses son la pieza que mucha gente no ve, pero que empuja el río. Canal Sur resumía la situación con claridad: más de una treintena de pantanos de la cuenca del Guadalquivir desembalsando, con ejemplos como el embalse de Yeguas en Andújar “evacuando”, San Rafael aliviando en Córdoba y la presa de Cantillana en la misma dinámica en Sevilla. Ese “alivio” es necesario para seguridad hidráulica, pero también es agua extra en el cauce, y por eso las crecidas pueden prolongarse incluso cuando la lluvia baja el volumen. La carretera lo nota después, como una resaca: un corte que reaparece, un acceso que vuelve a inundarse, una comarcal que aguanta hasta que llega el pico.
Las evacuaciones preventivas, en paralelo, dibujan el mapa humano del temporal. En la cuenca del Guadalquivir se ordenaron desalojos en zonas inundables de municipios como Montoro, Villa del Río, Almodóvar del Río, Pedro Abad, Villafranca de Córdoba, Posadas, El Carpio, Palma del Río y Hornachuelos, además de varias zonas inundables de la propia Córdoba capital, con nombres de barriadas y áreas ribereñas que han vuelto al primer plano. Son decisiones que hablan de una realidad: el río ya no es “paisaje”, es amenaza concreta, y cuando eso ocurre, la movilidad se vuelve secundaria frente a la seguridad.
En el cierre de este sábado, la previsión meteorológica apuntaba a una leve mejoría el domingo, sin un final claro del episodio a corto plazo, con lluvias aún activas en días siguientes y con el riesgo hidrológico como compañero incómodo. Esa combinación es la que deja el estado de las carreteras como una noticia viva: no se agota en el parte de la tarde, porque depende de cuánto descargue el cielo y de cuánto llegue por los cauces. Y mientras Marta empuja, el país circula —cuando puede— entre cortes, desvíos y un paisaje que, a ratos, parece más de río que de carretera: agua marrón, barro, piedras, y ese brillo engañoso del asfalto mojado.
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Este artículo ha sido redactado basándose en información procedente de fuentes oficiales y confiables, garantizando su precisión y actualidad. Fuentes consultadas: DGT, La Moncloa, El HuffPost, Cadena SER, CHG, El País, Europa Press.
Alessandro Elia
Fuente de esta noticia: https://donporque.com/estado-carreteras-8-de-febrero/
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