
El Grammy del dalái lama desata la ira de Pekín: qué premia, quién habló en Exteriores y por qué la sucesión tibetana vuelve al foco global.
Pekín ha reaccionado con dureza al primer Grammy del dalái lama y lo ha presentado como una “manipulación política anti-China”, una etiqueta muy calculada para un premio que, sobre el papel, pertenece al mundo del audio y la narración. La crítica llegó desde el Ministerio de Asuntos Exteriores chino, con el portavoz Lin Jian poniendo voz a la misma idea de siempre, pero con el volumen un poco más alto: para China, el 14º dalái lama no es solo un líder religioso, sino un “exiliado político” vinculado a actividades separatistas, y por eso rechazan que un gran escenario cultural lo “blanquee” ante el público global.
El galardón se entregó en la 68ª edición de los Premios Grammy, celebrada el 1 de febrero de 2026 en el Crypto.com Arena de Los Ángeles, y fue para Meditations: The Reflections of His Holiness the Dalai Lama, ganador en la categoría de Mejor audiolibro, narración y grabación de storytelling. El premio se aceptó en su nombre, con el músico Rufus Wainwright recogiendo la estatuilla en la ceremonia. El dalái lama, de 90 años, reaccionó con el tono que le caracteriza: “gratitud y humildad” y un mensaje centrado en la “responsabilidad universal compartida”, sin entrar en choque directo con China, aunque el choque… ya estaba servido.
El Grammy que encendió la mecha en Pekín
China no discutió el contenido del audiolibro ni la categoría, sino el marco: quién se sube al escenario, qué se legitima, qué se normaliza. Por eso el comunicado y las frases del portavoz fueron tan quirúrgicas, tan de manual diplomático. En pocas líneas, Pekín colocó tres clavos: el dalái lama como “figura política”, el premio como herramienta, y el contexto como interferencia. Traducido a lenguaje llano: “no nos vendáis esto como cultura inocente, porque para nosotros no lo es”.
La palabra “manipulación” no es casual. En el vocabulario oficial chino, sugiere que hay una mano que mueve hilos, que el gesto no es espontáneo, que alguien usa un trofeo como altavoz para erosionar la posición de China sobre el Tíbet. Y esa es la obsesión: el relato internacional. Pekín invierte muchísimo en no perderlo, porque el relato, a la larga, también pesa en comercio, diplomacia, turismo, reputación y alianzas. En un mundo de clips de veinte segundos, un Grammy funciona como un sello rápido: “premiado”, “reconocido”, “celebrado”. Eso, para China, ya es un problema.
El enfado, además, llega en un momento sensible por algo que casi nunca se dice en voz alta en los comunicados, pero está detrás de cada frase: la sucesión. Cada aparición del dalái lama en el escaparate global reactiva la gran pregunta que China quiere responder a su manera: quién decide el próximo dalái lama, quién lo reconoce, quién lo tutela, quién lo convierte en autoridad aceptable. Y si hoy hablamos de una estatuilla, mañana volvemos a hablar —otra vez— de reencarnación, de control, de legitimidad.
Qué premia exactamente esta categoría y qué hay en “Meditations”
El premio que ganó el dalái lama no es un Grammy “musical” en el sentido clásico, aunque esté dentro de la industria musical y su maquinaria. Esta categoría reconoce audiolibros y grabaciones narradas, donde la voz, el ritmo, el montaje y el modo de contar pesan tanto como el texto. En la práctica, es un territorio híbrido: literatura leída, memorias narradas por sus autores, relatos con música, piezas que se escuchan con auriculares y que, por cómo se producen, ya no se distinguen tanto de una obra musical.
“Meditations” es precisamente eso: una pieza de audio con la voz del dalái lama y un hilo temático centrado en paz, compasión, atención plena, bienestar interior y responsabilidad universal. El proyecto está producido por Kabir Sehgal, un productor con experiencia en este tipo de formatos, y se apoya en una banda sonora compuesta por el maestro indio del sarod Amjad Ali Khan junto a sus hijos, Amaan Ali Bangash y Ayaan Ali Bangash. El sarod, para entendernos sin complicarnos la vida, es un instrumento de cuerda con un sonido metálico y profundo, como si una guitarra y un laúd se hubieran puesto de acuerdo para sonar más “terroso” y más meditativo a la vez.
El lanzamiento del audiolibro fue en agosto de 2025, poco después de que el dalái lama cumpliera 90 años (nació el 6 de julio de 1935). Y el contexto importa, porque no es una figura que “se haya metido” en los Grammys por casualidad: su institución lleva décadas usando el formato libro, conferencia, mensaje grabado, declaración. Lo que cambia aquí es el sello industrial, ese “Grammy Winner” que queda pegado como una etiqueta en una estantería global, al lado de autores, artistas y celebridades de primer nivel.
Quiénes competían y por qué el premio resonó más de la cuenta
La categoría suele reunir nombres muy diferentes, y eso también alimenta el ruido. En la misma carrera estaban el presentador Trevor Noah con Into the Uncut Grass, la jueza del Tribunal Supremo de Estados Unidos Ketanji Brown Jackson con Lovely One: A Memoir, además de otros títulos de corte biográfico y documental, como el de Fab Morvan sobre Milli Vanilli. La mezcla es un retrato curioso de estos Grammys: el mismo cajón donde cabe un libro infantil narrado por una estrella mediática, unas memorias judiciales y un proyecto espiritual con música clásica india.
La aceptación en la gala añadió otra chispa: Rufus Wainwright recogió el premio en nombre del dalái lama, con ese contraste que a Hollywood le encanta y que a la diplomacia le irrita: un icono pop-cultural poniendo voz —aunque sea simbólica— a un líder espiritual en conflicto con una potencia mundial. No hizo falta un discurso incendiario. Bastó la foto mental.
La reacción de China: palabras elegidas y objetivo claro
Lin Jian, portavoz del Ministerio de Exteriores, no se anduvo por las ramas. Repitió dos ideas que China lleva años sosteniendo: que el 14º dalái lama es un “exiliado político” y que participa en actividades “separatistas anti-China” bajo la apariencia de religión; y que China se opone “firmemente” a que se use el premio como herramienta de “manipulación política anti-China”. Es un mensaje que, dicho así, parece solo retórico, pero cumple una función precisa: negar legitimidad, desactivar simpatías y marcar territorio.
Pekín suele preferir que el dalái lama aparezca como una figura del pasado, encerrada en el marco del exilio y la disputa. Cada vez que un premio lo saca de esa caja y lo coloca en un escaparate transversal —cultura, entretenimiento, industria—, China reacciona. Lo hace casi por reflejo, pero también por disciplina: si no reacciona, deja un hueco; si deja un hueco, otros lo llenan; y en estas batallas, los huecos se pagan.
Hay una frase clave que se repite cuando China discute asuntos culturales: “no usar plataformas” para fines políticos. Es su forma de intentar separar “arte” de “mensaje”, pero no para defender la neutralidad, sino para defender su línea roja. Porque aquí el arte no es neutral en ningún sentido: China teme que el dalái lama se asiente como símbolo internacional “aceptable” justo cuando más sensibilidad hay por el futuro de su institución. Ese es el núcleo, aunque no lo escriban en un titular.
Por qué un premio cultural se convierte en un problema de Estado
La lógica china con el Tíbet se construye sobre soberanía y estabilidad. Cuando un actor global —una academia, un festival, un parlamento— da visibilidad al dalái lama, Pekín lo interpreta como un gesto contra esa estabilidad. No porque una estatuilla vaya a mover fronteras, sino porque un símbolo puede activar redes, donaciones, campañas, presiones políticas, resoluciones, declaraciones. Y porque el conflicto tibetano, aunque no esté cada día en primera plana, sigue teniendo una base internacional: diáspora, organizaciones, apoyo parlamentario en distintos países, actos conmemorativos, viajes, reuniones.
También pesa el precedente. China no solo se enfada por lo que pasa hoy; se enfada por lo que cree que esto normaliza para mañana. Un Grammy puede parecer “solo” un premio, pero es una pieza más en una secuencia larga: Nobel de la Paz en 1989, condecoraciones como la Medalla Presidencial de la Libertad en Estados Unidos, invitaciones a foros globales… cada reconocimiento alimenta la narrativa de que el dalái lama es una autoridad moral por encima de la política, y China combate exactamente esa idea.
Tíbet y exilio: la historia que explica la reacción
El dalái lama, cuyo nombre es Tenzin Gyatso, fue reconocido como reencarnación siendo niño y se convirtió en el 14º dalái lama tras ser entronizado en 1940. La fractura con China estalla en el imaginario global en 1959, cuando un levantamiento en Lhasa es reprimido y él huye a la India. Desde entonces vive en el exilio, con su sede en Dharamsala, en el Himalaya indio, que funciona como capital política y espiritual de la comunidad tibetana exiliada.
Esa huida, y todo lo que vino después, es el fondo de cada noticia como esta. China considera el Tíbet parte integral de su territorio y rechaza cualquier gesto que sugiera lo contrario; buena parte del exilio tibetano considera que la identidad tibetana está en riesgo y que la presencia china ha recortado su autonomía cultural y religiosa. En medio, un líder que con el tiempo ha reforzado su perfil espiritual y, al mismo tiempo, se ha convertido en símbolo político inevitable. Aunque él quiera bajar el tono, el símbolo no se deja.
Un dato importante que suele pasar desapercibido: en 2011 el dalái lama renunció formalmente a su papel político y transfirió la autoridad política a un liderazgo elegido por los tibetanos en el exilio. Es decir, no gobierna como jefe político en la práctica, pero su peso simbólico sigue siendo enorme. Y eso, en cierto modo, complica todavía más la discusión: China lo acusa de político; sus defensores lo presentan como espiritual; y la realidad es que, en conflictos de identidad, lo espiritual también tiene efectos políticos, aunque no se pronuncien consignas.
Dharamsala, marzo y la conmemoración que vuelve cada año
El calendario tibetano del exilio tiene una fecha que funciona como latido: el 10 de marzo, Día del Levantamiento Tibetano, conmemoración del alzamiento de 1959. En 2026 se cumplen 67 años de aquel inicio, y la preparación de actos vuelve a poner a Dharamsala en el centro. Se esperan encuentros de grupos de apoyo a la causa tibetana, con un componente internacional, y una agenda que mezcla memoria histórica, reivindicación y ceremonia religiosa.
En paralelo, en el noreste de India, en estados fronterizos donde la cuestión tibetana está muy presente por geografía e historia, el Grammy se ha leído como un motivo de orgullo. En Itanagar, capital de Arunachal Pradesh, se celebraron actos en torno al reconocimiento, con participación de colectivos budistas y de apoyo al Tíbet. Allí tomó la palabra Rinchen Khandu Khrimey, exdiputado regional, quien vinculó el premio con las próximas citas en Dharamsala y reclamó un mayor reconocimiento institucional en India a la figura del dalái lama. Es un detalle que, visto desde Europa, puede parecer periférico; en India, en cambio, toca un nervio regional y político.
La sucesión del dalái lama: el verdadero nudo
Cuando China habla del dalái lama, casi siempre está hablando del “siguiente”. La sucesión no es una nota al pie: es el corazón del conflicto actual. El dalái lama ha reiterado que el proceso para reconocer a su sucesor no dependerá de Pekín, y ha señalado que su reencarnación no será “controlada” por las autoridades chinas. En 2025 publicó una declaración afirmando la continuidad de la institución y situando la responsabilidad del reconocimiento en el Gaden Phodrang Trust, el organismo vinculado a su oficina. Para China, esa afirmación choca frontalmente con su propia pretensión de autoridad en el asunto.
La posición china se apoya, entre otras cosas, en regulaciones internas que exigen aprobación oficial para reconocer “budas vivientes” o tulkus dentro de su territorio. En 2007, por ejemplo, se establecieron medidas administrativas para gestionar el proceso de reencarnación en el budismo tibetano bajo el paraguas del Estado. Y China suele invocar también precedentes históricos como el método de la Urna Dorada, un sistema introducido en tiempos de la dinastía Qing en el siglo XVIII para seleccionar reencarnaciones mediante sorteo ritual. En la práctica, Pekín usa esos argumentos para construir una idea: que la reencarnación es asunto “religioso”, sí, pero también administrable, regulable, supervisable por el Estado.
El dalái lama y el exilio tibetano lo niegan de raíz. Su argumento es simple: una reencarnación, para ser aceptada en la tradición, no puede ser designada por un gobierno que además cuestiona la propia religión. Y aquí aparece un escenario que muchos consideran probable: la existencia de dos dalái lamas en el futuro, uno reconocido por el exilio y otro respaldado por China. Si eso ocurriera, el conflicto pasaría de ser diplomático y simbólico a ser una disputa abierta por autoridad religiosa global, con efectos en monasterios, comunidades, donaciones, peregrinaciones y reconocimiento internacional.
El precedente del panchen lama, la sombra que no se va
Si China insiste tanto en controlar la sucesión es, en parte, porque ya ha vivido una batalla similar con el panchen lama, la segunda figura más importante en la escuela gelug del budismo tibetano. En 1995, el dalái lama reconoció como 11º panchen lama a un niño llamado Gedhun Choekyi Nyima. Poco después, ese niño desapareció de la vida pública y China impulsó a su propio candidato, Gyaltsen Norbu, como panchen lama oficial dentro del sistema chino. Desde entonces, el caso se ha convertido en símbolo de dos cosas a la vez: para Pekín, la afirmación de su control institucional; para el exilio, una prueba de interferencia estatal en la religión.
La razón por la que esto afecta directamente al dalái lama es tradicional: el panchen lama ha tenido un papel relevante en el reconocimiento de reencarnaciones, incluida la del propio dalái lama en otros tiempos. Si China controla la figura del panchen lama que opera en su territorio, aumenta su capacidad para sostener una narrativa de continuidad religiosa bajo su autoridad. Por eso, cuando China ve al dalái lama ganar un Grammy, no está pensando solo en el pasado o en la propaganda del presente: está defendiendo su posición en la partida de la sucesión.
Aquí encaja otra pieza: el dalái lama ha sugerido que su sucesor podría nacer en un “país libre”, incluso fuera del territorio controlado por China, y que no necesariamente tendría que ser un niño o incluso un hombre, abriendo la puerta a alternativas que rompen con la expectativa clásica. No significa que vaya a ocurrir exactamente así, pero el solo hecho de plantearlo ya es dinamita diplomática para Pekín, que busca fijar el proceso dentro de su marco legal y territorial.
El asunto de fondo tras el Grammy
El choque por el Grammy no cambia el mapa, pero sí ilumina el mapa. Un premio en apariencia cultural ha activado, en cuestión de horas, la vieja maquinaria diplomática china, porque el dalái lama sigue siendo un símbolo internacional con capacidad de acumular legitimidad sin necesidad de hacer campaña. La frase “manipulación política” es el intento de Pekín de pinchar ese globo, de reducirlo a una operación ajena, de decir: “esto no es reconocimiento, es maniobra”. Pero la propia reacción revela lo contrario: que el reconocimiento pesa.
En el plano factual, el episodio deja una secuencia clara y difícil de discutir: el dalái lama ganó un Grammy por un audiolibro publicado en 2025, el premio se entregó en Los Ángeles en febrero de 2026, lo recogió en su nombre Rufus Wainwright, y China respondió acusando al galardón de servir a una agenda anti-China, con Lin Jian insistiendo en que no se trata de una figura meramente religiosa. A partir de ahí, todo lo demás —orgullo en la diáspora, indignación oficial en Pekín, celebraciones en India, actos previstos en Dharamsala— encaja como consecuencias naturales de un conflicto que nunca se fue.
Y si se mira con frialdad, el Grammy es solo el disparador visible de una tensión mucho más grande: la pelea por la sucesión y por quién manda sobre un proceso que, en la tradición tibetana, es espiritual, pero en la lógica de los Estados es poder. Hoy se discute un premio. Debajo, sin necesidad de levantar la voz, se discute quién tendrá derecho a nombrar al próximo dalái lama y a convertirlo en una autoridad aceptada. Esa es la razón por la que una estatuilla dorada, de repente, pesa como un bloque de granito en la mesa de la geopolítica.
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Este artículo ha sido redactado basándose en información procedente de fuentes oficiales y confiables, garantizando su precisión y actualidad. Fuentes consultadas: Onda Vasca, The Office of His Holiness the Dalai Lama, AP News, The Guardian, Radio Free Asia.
Alessandro Elia
Fuente de esta noticia: https://donporque.com/china-arremete-por-el-grammy-del-dalai-lama/
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