
«Hubo unos diez años en los que sentía como si alguien me pisara el pecho». Así es como Justin Vernon, conocido como Bon Iver, describe la época anterior a la creación de su último álbum, Sable, Fable [Sable, fábula]. Después de años de giras incesantes y del peso de una fama que nunca esperó, afirma que todo ello «te carcome»: el exceso de trabajo, la ansiedad, la abrumadora sensación de estar desbordado por todo.
Él no podía seguir como había estado hasta entonces, así que reflexiona:
Por fin estoy […] en este lugar en el que pienso: «Estoy bien». ¡Bua!, pensaba que tendría hijos y una esposa y ese tipo de amor en mi vida. Pero lo que he descubierto es que lo más importante es simplemente estar donde estoy y sentirme bien.
Quizás hayas pasado por una etapa similar: al borde del colapso, ataques de ansiedad o una sensación de pavor por lo que se ha convertido tu vida. La llegada de Vernon al «Estoy bien» representa una verdadera resiliencia y una serenidad ganada con esfuerzo. Podríamos describir este sentimiento como «equilibrio», una sensación de tener los recursos mentales, emocionales o espirituales que nos hacen sentir animados ante las turbulencias, presiones y dificultades de la vida. Muchos de nosotros anhelamos ese sentimiento.
Estaba sentado con una joven en el cuidado pastoral que expresaba sus dudas sobre su fe. Ella lucha contra la ansiedad, pero un compañero de trabajo budista que conoce no lo hace. Para ella, la vida de su amigo parece tan equilibrada y mesurada, tan organizada y libre del estrés que sienten el resto de sus compañeros de trabajo. Ella sentía que los recursos espirituales de él eran más profundos. ¿No queremos todos ser más equilibrados?
La cultura del bienestar
Estos deseos de estar equilibrados y ser mesurados —de sentirse bien—, forman parte de una tendencia creciente, incluso comercializable. Desde 2019, la industria de las aplicaciones de bienestar ha generado más de mil millones de dólares al año. Muchos adultos jóvenes exigen más flexibilidad en el trabajo y están dispuestos a aceptar salarios más bajos a cambio de un mejor equilibrio entre el trabajo y la vida personal.
Se podría decir que hemos entrado en una cultura del bienestar. Nuestra meta más alta no es solo sentirnos bien, sino estar equilibrados. Estamos ansiosos, pegados a nuestros teléfonos, bebemos demasiado, trabajamos demasiado, no somos lo suficientemente saludables, no comemos bien. Pero ahora, muchos están ansiosos por cambiar estas realidades.
El problema de la cultura del bienestar no es su diagnóstico: la salud mental, emocional y física son necesidades reales. El problema es que carece de una visión coherente de lo que es el bienestar.
La meta final de la formación espiritual no es el equilibrio y el bienestar. Estamos ‘siendo transformados en la misma imagen [del Señor] de gloria en gloria’
Se nos dice repetidamente que hay un producto o una suscripción para cada necesidad. Si necesitas mejorar tu salud mental, ve a terapia. ¿Quieres ponerte en forma? Compra una membresía en el gimnasio, contrata a un entrenador, descarga una aplicación. ¿Quieres una mejor nutrición? Suscríbete a un plan de comidas o paga a un nutriólogo.
Pero ninguna de estas industrias tiene un punto final. No hay un destino, solo un mantenimiento continuo y, si trabajas lo suficiente, una optimización.
Al hablar con la mujer que deseaba tener los recursos espirituales de su amigo budista, mi tentación fue intentar utilizar los recursos de nuestra fe cristiana para igualar el equilibrio de su compañero de trabajo. Podemos simplemente transferir las metas finales de la cultura del bienestar a nuestra formación espiritual: sentirnos bien y alcanzar el equilibrio. Pero el equilibrio es como una cuerda floja que invita a un monitoreo personal constante.
Las metas de la formación espiritual
Años atrás, mi vida emocional se sumió en una profunda oscuridad. Luché contra la depresión y la ansiedad durante unos dieciocho meses. Empecé a preocuparme de que esa fuera la nueva normalidad: mis hijos siempre me percibían como una persona triste, mi energía siempre era insuficiente para terminar las cosas como yo quería.
Alguien me dijo: «No siempre será así». No le creí. La oscuridad parecía definitiva. Algunas de las cosas que sucedieron tenían explicación: estaba exhausto, con exceso de trabajo y afligido por dolorosos conflictos relacionales. Otras partes parecían misteriosas. Dios se sentía distante. Mi teléfono, por supuesto, siempre estaba cerca.
Los expertos en salud mental fueron de gran ayuda, y los cristianos mayores me animaron a dedicarme más intencionadamente a las prácticas de formación espiritual. Guardar un día de reposo semanal y practicar la soledad fueron salvavidas para recuperar mi vida interior. Desde entonces, estas prácticas, entre otras, me han ayudado a experimentar vitalidad y vida.
Quizás tengas una historia similar. La ansiedad o el agotamiento te llevaron a tomarte más en serio la formación espiritual. Tu deseo de equilibrio te llevó a guardar el día de reposo; un corazón ansioso te llevó a practicar la soledad. Hasta donde puedo decir, no hay malas razones para emprender prácticas espirituales. Pero puede que lo que te lleva a la formación espiritual no sea lo que debería mantenerte allí.
La meta final de la formación espiritual no es el equilibrio y el bienestar. Lo que ocurre en nuestras oraciones, en nuestro descanso sabático, en nuestra meditación y lectura de las Escrituras, o en nuestra soledad no tiene como objetivo llevarnos al equilibrio. «Estamos siendo transformados en la misma imagen [del Señor] de gloria en gloria» (2 Co 3:18).
La formación espiritual es aprender a vivir desde el estatus y la provisión que tienes en Cristo
Más adelante, en 2 Corintios, Pablo les dice a los desanimados y temerosos, a los abatidos y desesperados: «Por tanto no desfallecemos, antes bien, aunque nuestro hombre exterior va decayendo, sin embargo, nuestro hombre interior se renueva de día en día» (4:16). Pablo no está diciendo que nuestra vida emocional se fortalece mientras nuestros cuerpos se deterioran. Más bien, Dios nos está preparando, en la totalidad de nuestro ser, para la gloria, mientras que esta tienda —nuestros cuerpos y mentes— se deteriora.
En mi temporada en la que anhelaba el equilibrio, quería sentirme normal. En otras ocasiones, quería una vida similar a la de aquellos a quienes envidiaba. Pero Pablo me llama a «no poner [la] vista en las cosas que se ven, sino en las que no se ven. Porque las cosas que se ven [se seinten, se miden, se comparan] son temporales, pero las que no se ven son eternas» (v. 18). Cristo quiere gloria, no solo equilibrio para nosotros: semejanza con Él en lugar de vidas comparables a las de los demás. Mira las cosas que no se ven.
Cristo quiere gloria, no solo equilibrio para nosotros: semejanza con Él en lugar de vidas comparables a las de los demás
¿Hacia dónde miramos? «Fijemos la mirada en Jesús, el iniciador y perfeccionador de nuestra fe» (He 12:2, NVI). Jesús es nuestro pionero, lo que significa que ya ha recorrido nuestra vida y se ha adentrado en el futuro que nos espera: la gloria resucitada y la herencia infinita. Su futuro es nuestro futuro. Lo que es verdad para Cristo es verdad para nosotros; lo que pertenece a Cristo nos pertenece a nosotros. Estamos llenos del mismo Espíritu que resucitó a Cristo de entre los muertos (Ro 8:11). La formación espiritual es aprender a vivir desde el estatus y la provisión que tienes en Cristo.
Si el equilibrio y la salud emocional son el fin de nuestra formación espiritual, entonces todo lo que hacemos es buscar técnicas para la autosuficiencia —la carne en lugar de Cristo— para nuestra sanación y plenitud. El día de reposo, la soledad, la meditación y la oración son bálsamos para el corazón ansioso y adicto. Pero Cristo quiere sanar más que solo nuestros corazones.
La formación espiritual conduce a la cruz
«Jesús dijo a Sus discípulos: “Si alguien quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y que me siga”» (Mt 16:24). La clara instrucción de Jesús a Sus seguidores incluye esta vida cruciforme. Aunque el lenguaje de Pablo se aleja de la imagen del discipulado o de Jesús como mentor y se acerca al concepto de la unión con Cristo, el llamado es el mismo.
- «Nuestro viejo hombre fue crucificado con Cristo» (Ro 6:6).
- «Con Cristo he sido crucificado» (Gá 2:20).
- «Los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y deseos» (Gá 5:24).
- «Ustedes han muerto, y su vida está escondida con Cristo en Dios» (Col 3:3).
Si el equilibrio y la sensación de bienestar son las metas principales de la formación espiritual, un modelo de vida basado en la vida y muerte de Cristo será intolerable. Además, será agotador. En lugar de ser formados a imagen de Cristo, nos consumiremos sin cesar tratando de moldear nuestras vidas según el vago y siempre cambiante estándar mundano del equilibrio.
Si el equilibrio y el bienestar son las metas principales de la formación espiritual, un modelo basado en la vida y muerte de Cristo será intolerable
Francamente, la cruz es desestabilizadora. El arrepentimiento es perturbador. La mortificación de nuestra carne puede causar angustia mental. Pero sin ella, no hay renovación, y la formación espiritual sin renovación es algo completamente ajeno al Nuevo Testamento.
Recuerdo estar sentado con una amiga que luchaba con ataques de pánico. Se sentía confundida y culpable por experimentar miedo cuando la Biblia le dice que no tema. Incluso hablar de ello le provocaba sentimientos de pánico.
Así que la escuché y luego oramos juntos. Abrimos la Biblia en la historia de Cristo en el huerto de Getsemaní. No creo que podamos dar por sentado claramente que Jesús estaba teniendo un ataque de pánico. Pero los evangelios lo describen sintiéndose abrumado y afligido hasta el punto de la muerte, angustiado y perturbado, sudando como grandes gotas de sangre y cayendo al suelo (Mt 26:38; Mr 14:35; Lc 22:44). Esto coincidía con la experiencia de mi amiga. Jesús sintió lo que significa cuando la mente y el cuerpo humanos están cerca de los límites de lo que pueden soportar.
Al leer este pasaje, ella estaba aprendiendo cómo tener un ataque de pánico con Jesús, quien entiende lo que ella está pasando e intercede como Aquel que conoce su condición. Sí, mi amiga estaba escuchando e interactuando con profesionales competentes de la salud mental y siguiendo sus prescripciones, lo cual es importante. Pero también estaba profundizando en algo más profundo que la salud mental.
Estaba aprendiendo a vivir con los recursos que tiene en Cristo y en la vida que se renueva día a día, incluso cuando experimentaba que su persona exterior (incluso su mente) se debilitaba de maneras que no podía controlar. Estaba aprendiendo que el equilibrio, aunque sea algo deseable, no es suficiente. Estaba experimentando lo que solo el Espíritu que resucitó a Cristo podía proveer.
John Starke
Fuente de esta noticia: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/meta-formacion-espiritual-no-equilibrio/
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