
Un 7% de jubilados en EE.UU. vuelve al trabajo por necesidad: AARP mide la ‘desjubilación’, Medicare aprieta y la edad pesa al buscar empleo.
Un 7% de los jubilados en Estados Unidos ha regresado al trabajo en los últimos seis meses, y la palabra clave aquí no es “vocación”, sino necesidad: casi la mitad de quienes vuelven dicen que lo hacen para ganar dinero o porque su situación económica pinta mal. El dato lo acaba de difundir AARP, la gran organización estadounidense vinculada a las personas a partir de los 50, y confirma que esto no fue un pico aislado del verano: entonces era un 6%, ahora 7%, prácticamente la misma música con un volumen un poco más alto. En la letra pequeña aparece el retrato de una época: costes cotidianos tensos, jubilaciones menos cómodas de lo prometido, y un mercado laboral que no siempre recibe con los brazos abiertos a quien ya había colgado el uniforme.
La misma encuesta dibuja, además, el otro lado del tablero, el de quienes siguen en activo con canas y currículum: un 41% asegura que trabaja o busca trabajo para pagar gastos de cada día, casi uno de cada cuatro, 24%, teme perder su empleo durante el próximo año y dos tercios (67%) creen que ahora mismo les costaría encontrar otro. Cuando se pregunta por el porqué de esa dificultad, la respuesta suena a puerta que se cierra sin hacer ruido: discriminación por edad (la menciona un 35% como principal motivo), seguida de problemas de salud o discapacidad (22%), precisamente una de las razones más repetidas para jubilarse (21%). En medio, una frase de la responsable del programa de resiliencia financiera de AARP, Carly Roszkowski, que resume el clima sin dramatismos teatrales: la vida sigue siendo cara y mucha gente teme no tener ahorros suficientes para aguantar el retiro.
La cifra que lo explica todo: 7% en seis meses
Llamarlo “desjubilación” tiene algo de palabra recién estrenada, como esas etiquetas que intentan atrapar un cambio social a la carrera. En inglés lo bautizan como “unretirement” y AARP lo traduce con claridad quirúrgica: personas que estaban retiradas y reentran en el mercado laboral. No es “trabajo por hobby” y tampoco un fenómeno marginal: si se piensa en Estados Unidos como un país de jubilación idealizada —porche, mecedora, golf, esa postal—, el 7% en medio año rompe la imagen como un vaso que se astilla por el borde. Y no solo por el porcentaje, también por la estabilidad del patrón: del verano al invierno de 2025 el salto es mínimo, lo que sugiere algo más persistente que una racha.
El motivo principal para volver es tan simple que da un poco de vértigo: hacer dinero. Un 48% lo coloca como razón número uno, y el resto de explicaciones aparecen más lejos, casi como formas de contar la historia sin quedarse atrapado en una sola palabra. Se menciona el deseo de mantenerse activo (un 14% lo señala como motivación principal) y también ese caldo más blando que mezcla aburrimiento, ganas de ayudar o necesidad de sentirse útil. Son razones reales, sí, pero el orden importa: cuando el primer impulso es económico, el resto suena a acompañamiento, a coros. De fondo, la jubilación deja de ser un punto final y se parece más a una goma elástica: se estira, se encoge, vuelve.
La encuesta por dentro, sin humo
Aquí conviene mirar el esqueleto del dato, porque no es lo mismo un titular que una medición sólida. La encuesta difundida por AARP se apoya en Foresight 50+, un panel probabilístico impulsado junto a NORC (una institución de investigación vinculada a la Universidad de Chicago), diseñado para representar a la población estadounidense de 50 años o más. No es un sondeo improvisado en una esquina ni una encuesta de autoclicks; se realizaron entrevistas en dos ventanas concretas, del 13 al 17 de noviembre de 2025 y del 11 al 16 de diciembre de 2025, combinando formatos online y teléfono, que no es un detalle menor cuando se habla de edades donde la brecha digital todavía muerde.
La muestra total fue de 2.083 adultos de 50 o más, y dentro de ese conjunto se separaron grupos que ayudan a entender el fenómeno sin mezclarlo todo: 136 “unretirees” (personas que volvieron), 1.323 jubilados y 1.124 personas en la fuerza laboral. Después se ponderaron los datos por variables como edad, sexo, educación, raza/etnia, región y pertenencia a AARP, con la intención de que el resultado no sea una foto sesgada por quién responde más rápido o quién tiene más tiempo. Ese tipo de metodología no elimina la incertidumbre —toda encuesta la tiene—, pero sí reduce el ruido y permite decir algo con más peso que una impresión.
Y hay otro matiz que la propia AARP deja claro al hablar de “presiones financieras”: no se refiere a una sola cosa, a un precio en particular o a un mes malo. Es un término paraguas que encaja con la experiencia de muchos hogares: facturas, alquileres, seguros, comida, gasolina, medicamentos… gastos que no piden permiso y que, cuando se acumulan, convierten el retiro en una etapa más frágil de lo que sugiere el mito estadounidense del “I’ve made it”. Por eso el porcentaje se entiende mejor como síntoma que como curiosidad.
El coste de vivir jubilado cuando todo sube un poco
En Estados Unidos, el retiro se sostiene, para millones, sobre una combinación de Seguridad Social, ahorros privados y, en bastantes casos, ingresos de inversiones o pensiones de empresa. Pero en cuanto la inflación aprieta o la sanidad encarece, lo que parecía un colchón se comporta como una manta corta: tapa una parte y destapa otra. En 2026, la Seguridad Social aplica un ajuste por coste de vida del 2,8%, una subida que sobre el papel suena razonable… hasta que se enfrenta con el resto de números que también crecen y que no aparecen juntos en el mismo recibo. El resultado, para muchos, es ese tipo de mejora que se nota poco: entra por una puerta y se va por otra.
Lo interesante es cómo encaja esto con el discurso de Carly Roszkowski: “gastos básicos” como principal motivo para mantenerse en activo y miedo a no tener suficientes ahorros. El temor no es abstracto; se concreta cuando llegan renovaciones de seguros, cuando hay que cambiar el coche, cuando un tratamiento se alarga o cuando, simplemente, la cesta de la compra deja de ser la misma de hace tres años. La encuesta no necesita recitar una lista de precios: el propio comportamiento —volver a trabajar— ya es un indicador de que el margen se ha estrechado.
Medicare, la factura silenciosa que se come la subida
La sanidad es, casi siempre, el elefante en el salón del retiro estadounidense. A partir de cierta edad entra en juego Medicare, y ahí aparece un número muy concreto para 2026: la prima estándar mensual de la Parte B sube a 202,90 dólares, frente a los 185 dólares del año anterior, y el deducible anual pasa a 283 dólares. Traducido a una escena común: incluso con una pensión estable, hay meses en los que la sanidad se coloca delante del resto, sin dramatismo, pero con autoridad. Y si además el ingreso es alto, existe el ajuste adicional por renta —el famoso recargo que se aplica según ingresos—, lo que convierte el sistema en una escalera con peldaños más caros.
En ese contexto, la subida del 2,8% en la prestación puede sentirse menos como un ascenso y más como un parche. Y cuando el parche no basta, aparece la decisión que la encuesta captura: volver, aunque sea a media jornada, aunque sea con un contrato menos brillante, aunque sea con tareas que antes no se habrían aceptado. No es una “vuelta a la carrera”, es una vuelta a la nómina, que es distinto.
Dinero, sí… pero también miedo, salud y un mercado con colmillo
Los datos de AARP no pintan un país de jubilados buscando entretenimiento, sino un terreno más áspero, con dudas concretas. Entre quienes trabajan o buscan trabajo a partir de los 50, un 24% teme perder su empleo en el próximo año. Esa cifra tiene algo de amenaza silenciosa: no es mayoría, pero es demasiado grande para ser un susurro. Y lo que viene después es todavía más definitorio: 67% cree que le sería difícil encontrar otro empleo ahora mismo. Es una percepción extendida, casi un clima, y no sale de la nada.
Cuando se pregunta por la causa principal de esa dificultad, aparece en primer lugar la discriminación por edad (35%), seguida por problemas de salud o discapacidad (22%). Aquí hay una ironía dura: la salud es una razón de jubilación muy frecuente —la encuesta la sitúa como una de las principales, alrededor del 21%—, pero también se convierte en una barrera para reengancharse. Es como una puerta de doble cerradura: te vas porque el cuerpo no puede, vuelves porque el dinero no llega, y al volver el mercado te mira con sospecha porque el cuerpo ya no es el mismo.
En Estados Unidos existe desde 1967 una ley específica, la Age Discrimination in Employment Act, que prohíbe discriminar laboralmente a personas de 40 años o más. El problema es que la ley no siempre impide las formas blandas del sesgo: entrevistas donde “encajas menos”, procesos donde “buscan un perfil más dinámico”, salarios que se quedan en oferta baja porque “ya tienes una pensión”, o directamente filtros automáticos que penalizan trayectorias largas. AARP lleva tiempo midiendo esa sensación: en investigaciones previas, una mayoría amplia de trabajadores mayores afirma haber visto o sufrido discriminación por edad y, aún más llamativo, muchos creen que es común en el entorno laboral. La encuesta de la “desjubilación” no entra a ese detalle fino, pero sí lo señala como explicación principal para el miedo a no encontrar trabajo. Y esa conexión, en 2026, pesa.
En paralelo, hay un dato que no siempre se menciona cuando se habla de empleo: la duración del desempleo. Entre quienes buscan trabajo a partir de los 55, la proporción de parados de larga duración tiende a ser mayor que entre los más jóvenes; no porque “no quieran”, sino porque el reenganche cuesta, y cada mes fuera del mercado es un ladrillo más en la mochila. En diciembre de 2025, por ejemplo, el panorama general del empleo en Estados Unidos mostraba una tasa de participación laboral total en torno al 62,4%, mientras que en mayores de 55 se mantenía alrededor del 37,9%, y en mayores de 65 la participación (no ajustada) bajaba en ese tramo de final de año. Son cifras frías, sí, pero ayudan a entender el marco: hay más vida, más años por delante, y el trabajo se vuelve una herramienta de ajuste, casi un regulador de temperatura doméstica.
La “desjubilación” en la vida real: contratos más cortos, decisiones largas
Volver al trabajo tras jubilarse no suele significar regresar exactamente al mismo puesto, con el mismo ritmo y la misma promesa. Muchas veces es otra cosa: un empleo menos exigente, una jornada parcial, un contrato por temporada, un trabajo de apoyo, tareas administrativas, atención al cliente, supervisión puntual, consultoría de lo que se sabe hacer “de toda la vida” pero en modo reducido. Hay quien se reengancha por un motivo concreto —una deuda, un alquiler que sube, un familiar a cargo— y hay quien lo hace para evitar que el ahorro se derrita demasiado rápido. En ambos casos, la palabra “jubilación” pierde esa rigidez de antes y empieza a parecerse a un estado flexible, negociable.
AARP deja un dato que, leído con calma, dice mucho: el deseo de mantenerse activo aparece, pero lejos del dinero. Ese 14% no es despreciable; muestra que también existe un componente emocional y social, una necesidad de estructura, de conversación, de sentir que el día tiene columnas. En países donde el trabajo define identidad, perderlo de golpe puede ser un vacío raro. Pero incluso cuando ese componente existe, el motor principal sigue siendo el económico, y eso cambia el tono: no es un regreso celebratorio, es un regreso pragmático. Se vuelve, se prueba, se aguanta.
Y aquí entra un detalle que suele pasar en silencio: no todo el mundo que quiere volver puede hacerlo. La encuesta menciona enfermedades y discapacidades como uno de los grandes obstáculos, y no hace falta imaginar escenarios extremos; basta con dolencias crónicas, movilidad reducida, fatiga, problemas de visión, tratamientos que obligan a parar. El trabajo, en 2026, puede ser más flexible que hace veinte años —teletrabajo, horarios híbridos, herramientas digitales—, pero sigue teniendo una parte física y otra mental que no perdona. Para una parte de los jubilados, la puerta está ahí, pero la llave no gira.
Hay también una cuestión administrativa que flota sobre cualquier regreso: la relación entre ingresos laborales y prestaciones. En Estados Unidos, según la edad a la que se empiecen a cobrar ciertas prestaciones, existen reglas que pueden reducir temporalmente el pago si se gana por encima de determinados límites antes de alcanzar la edad plena de jubilación. No es un detalle menor porque puede convertir un empleo a media jornada en una ecuación más complicada de lo que parece, con el resultado final dependiendo de la letra pequeña. Es otro motivo por el que la “desjubilación” muchas veces adopta formatos de trabajo parcial o ingresos irregulares, buscando margen sin disparar penalizaciones.
Jubilarse ya no es parar del todo
Lo que deja esta fotografía de AARP es una idea incómoda, pero cada vez más evidente: la jubilación, para una parte creciente —o al menos visible— de la población, ya no es una estación terminal, sino un tramo del viaje con posibilidad de marcha atrás. El salto de 6% a 7% entre el verano y el invierno de 2025 no marca una ruptura, pero sí confirma una tendencia estable: hay un grupo que, pese a haberse retirado, vuelve al mercado laboral porque la economía doméstica se le queda corta. Y eso, en un país con un sistema de retiro que mezcla prestación pública y ahorro privado, dice mucho sobre la fragilidad de algunos equilibrios.
El cuadro final es bastante nítido si se juntan las piezas: 48% vuelve por dinero, 41% de quienes trabajan o buscan trabajo lo hacen para cubrir gastos cotidianos, 24% teme perder su empleo, 67% anticipa dificultades para encontrar otro, y la discriminación por edad aparece como la razón más citada para ese miedo. A ese conjunto se suma la sanidad, con cifras concretas como la prima de Medicare Parte B en 202,90 dólares al mes y un deducible anual de 283, y la subida del 2,8% en la prestación de la Seguridad Social, que ayuda, pero no lo arregla todo. En medio, la figura de Carly Roszkowski apuntando a una continuidad lógica: mientras el coste de vida siga alto y el temor al ahorro insuficiente se mantenga, lo esperable es ver a más personas mayores extendiendo su vida laboral, aunque sea de forma intermitente.
En el fondo, la “desjubilación” no es una moda con nombre nuevo, es una respuesta. Una respuesta con corbata o con uniforme, con jornada completa o con pocas horas, con orgullo o con resignación, pero respuesta al fin y al cabo. Y en 2026, con estos números sobre la mesa, queda claro que el retiro perfecto —ese que se dibuja en anuncios, con luz de atardecer y sonrisa fácil— convive con otro retiro más realista, más rugoso: el que necesita un sueldo extra para que la cuenta no se quede en números rojos. Jubilación y trabajo ya no son dos habitaciones separadas; en muchos casos, se comunican por una puerta que vuelve a abrirse.
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Este artículo ha sido redactado basándose en información procedente de fuentes oficiales y confiables, garantizando su precisión y actualidad. Fuentes consultadas: AARP, Centers for Medicare & Medicaid Services, Social Security Administration, U.S. Equal Employment Opportunity Commission, Medicare.gov.
Alessandro Elia
Fuente de esta noticia: https://donporque.com/jubilados-de-ee-uu-vuelven-al-trabajo/
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