
Un reciente análisis difundido por el cardiólogo Eric Topol destaca el papel de estos indicadores para identificar señales iniciales de la patología, lo que abre la posibilidad de anticipar el diagnóstico y adaptar estrategias
El avance en la detección precoz del Alzheimer marca una transformación para el abordaje. Más de 57 millones de personas en el mundo conviven con demencia, y la Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que esta cifra ascenderá a 139 millones para 2050.
La enfermedad de Alzheimer representa entre el 60% y el 70% de los casos a nivel global. Frente a este desafío, los últimos hallazgos científicos prometen cambiar radicalmente cómo y cuándo puede diagnosticarse la enfermedad, abriendo el camino hacia una medicina personalizada y menos invasiva.
La posibilidad de identificar señales tempranas del Alzheimer a partir de una muestra de sangre ya no es una hipótesis remota. Un estudio exhaustivo publicado en la revista Nature y difundido por el cardiólogo Eric Topol muestra cómo los biomarcadores sanguíneos, en particular la proteína p-tau217 plasmática, se perfilan como herramienta prometedora para detectar la enfermedad.
El trabajo destacado por Topol fue liderado por Henrik Zetterberg, de la Universidad de Gothenburg, y Barbara Bendlin de la Universidad de Wisconsin-Madison. Estos expertos plantearon: “Múltiples estudios sugieren que el biomarcador más prometedor para el Alzheimer es la p-tau217 plasmática, que captura aspectos de la enfermedad relacionados y proporciona información sobre una respuesta neuronal que predice la neurodegeneración”.

La revisión, titulada «Biomarcadores de biofluidos en la enfermedad de Alzheimer y otras demencias neurodegenerativas“, profundiza en la capacidad de los biomarcadores plasmáticos para transformar la investigación y la atención médica. En palabras de los expertos del artículo en Nature, “los biomarcadores basados en biofluidos han transformado la investigación y la atención de las enfermedades neurodegenerativas, aportando información sobre las bases moleculares de la enfermedad de Alzheimer y otras demencias neurodegenerativas”.
El texto enfatiza que las tecnologías optimizadas posibilitan detectar moléculas asociadas a procesos neurodegenerativos en concentraciones mínimas en sangre, lo que amplía las opciones de diagnóstico no invasivo y favorece la derivación temprana a tratamientos.
La Fundación Pasqual Maragall postula:» Los biomarcadores son indicadores biológicos que se emplean para medir y analizar procesos corporales normales, condiciones patológicas o respuestas a tratamientos médicos. En la enfermedad de Alzheimer, los biomarcadores juegan un papel esencial al permitir el diagnóstico temprano, incluso antes de la aparición de los primeros síntomas, así como monitorizar el avance de la enfermedad y la evaluación del efecto de posibles tratamientos».

Más estudios sobre biomarcadores y Alzheimer
Gracias a los biomarcadores, el diagnóstico precoz del Alzheimer experimenta un potencial cambio de paradigma: los médicos podrían identificar signos iniciales y determinar la progresión de la enfermedad sin necesidad de recurrir, como primera alternativa, a procedimientos invasivos como la punción lumbar para obtener líquido cefalorraquídeo o a estudios de neuroimagen voluminosos. Esto significa que las pruebas sanguíneas están acercando la confirmación diagnóstica al entorno clínico habitual.
El desarrollo de pruebas sanguíneas precisas no se limita a la p-tau217. La medición combinada de pTau 217 y β-amiloide 1-42 en plasma permite inferir la presencia de depósitos de placa cerebral, considerados uno de los rasgos del Alzheimer. No obstante, los nuevos métodos aún deben superar la complejidad derivada de factores biológicos individuales que pueden influir en la interpretación de los resultados, un aspecto central en la agenda actual de la investigación.
Anteriormente, un estudio multicéntrico publicado en Jama Neurology, que incluyó más de 2.500 participantes de clínicas de Corea del Sur y analizó muestras en tres plataformas internacionales de cuantificación, evaluó diversas estrategias para optimizar la precisión y el costo diagnóstico. La investigación comparó tres modalidades: un valor de corte estándar, valores de corte ajustados a diferentes subgrupos biológicos y una estrategia de doble corte, en la que se añade una zona intermedia de “indeterminación diagnóstica”.

Los resultados demuestran que adaptar los valores de referencia de la p-tau217 según características del paciente como insuficiencia renal, anemia u obesidad aumenta la exactitud diagnóstica y la eficiencia económica. Por ejemplo, en personas con enfermedad renal crónica, personalizar el umbral diagnóstico incrementó la precisión del 0,65 al 0,83, reduciendo la necesidad de pruebas adicionales. En el caso de los pacientes con anemia, el ajuste elevó la precisión de 0,80 a 0,86, aunque el uso más frecuente de estudios complementarios contrarrestó parte de esos beneficios.
Para personas con obesidad, la modalidad de doble corte con “zona gris” demostró ventajas relevantes tanto en precisión como en costo-efectividad. Sin embargo, esta estrategia originó entre 12% y 39% de resultados intermedios en los distintos subgrupos, lo que incrementó la solicitud de estudios confirmatorios, a excepción del contexto de obesidad donde los beneficios se mantuvieron.
Estos hallazgos avalan la importancia de la personalización diagnóstica. Ajustar los parámetros de los biomarcadores según el perfil biológico optimiza la fiabilidad de las pruebas sanguíneas y reduce los costes en la atención clínica. De acuerdo con los autores del estudio en Jama Neurology, la medicina personalizada en la detección precoz del Alzheimer incrementa el valor predictivo de las pruebas, sobre todo si se considera la diversidad biológica de la población.

El interés en los biomarcadores de biofluidos va más allá del diagnóstico temprano. Avances significativos como el desarrollo de anticuerpos monoclonales anti-Aβ ejemplifican cómo la identificación precisa de las alteraciones moleculares relevantes está abriendo la puerta no solo al diagnóstico, sino también a nuevas estrategias de prevención y tratamiento molecular. El uso de biomarcadores apoya la selección de pacientes para ensayos clínicos y la monitorización de la respuesta a los tratamientos en investigación.
Durante años, el diagnóstico del Alzheimer se basó estrictamente en criterios clínicos y en la manifestación de síntomas cognitivos. Sin embargo, la integración de biomarcadores ha desvelado la existencia de una fase preclínica: los daños cerebrales comienzan mucho antes del debut de los síntomas, en lo que se denomina “fase silenciosa”.
Según la información aportada en la revisión de Nature, la posibilidad de identificar estos cambios cerebrales a partir del análisis de biomarcadores en sangre o líquido cefalorraquídeo impulsa estrategias preventivas. El objetivo es frenar o retrasar la progresión hacia la demencia en quienes aún no muestran signos clínicos, pero ya presentan alteraciones cerebrales detectables.
La utilidad de los biomarcadores se extiende a otras áreas. Además de moléculas y proteínas presentes en la sangre, los cambios pueden visualizarse con técnicas de imagen como la tomografía por emisión de positrones (PET), que permiten evaluar la presencia de placas amiloides o la activación glial. El estudio publicado en Nature no solo revisa biomarcadores ya consolidados y en uso, sino que proporciona directrices prácticas para su interpretación dentro de la práctica clínica diaria.

El desarrollo de ensayos capaces de distinguir formas específicas de la proteína tau representa otro frente investigador destinado a superar las limitaciones actuales y perfeccionar el diagnóstico temprano del Alzheimer. Esta diferenciación permitiría compensar mejor la influencia de la variabilidad biológica individual, un desafío notable en la extrapolación de los estudios poblacionales a la consulta clínica.
Los biomarcadores no solo identifican la enfermedad, sino que contribuyen a ponderar el avance de la degeneración cerebral y a valorar la eficacia de potenciales tratamientos. Según la Fundación Pasqual Maragall, su validación para el uso clínico exige múltiples estudios de cohorte de gran escala que, a lo largo del tiempo, confirmen su fiabilidad para la detección de la enfermedad.
Hasta hace poco, el estándar era que el Alzheimer comenzaba con los síntomas. Ahora, con la expansión del uso de biomarcadores, el panorama cambia: los primeros signos pueden detectarse décadas antes de que se manifiesten los primeros síntomas. Esta información es fundamental para la prevención, ya que permite intervenir en el estadio más inicial y potencialmente modificar el curso de la enfermedad.

Existen, no obstante, matices clave: no todas las personas con alteraciones en uno o más biomarcadores desarrollarán necesariamente los síntomas clínicos del Alzheimer. Este hecho destaca la necesidad de interpretar los resultados en conjunto con la evaluación clínica y otros estudios complementarios para evitar sobrediagnósticos o tratamientos innecesarios.
En la línea de los avances más disruptivos, un estudio liderado por Tomás R. Guilarte y su grupo en la Facultad de Salud Pública y Trabajo Social Robert Stempel de la Florida International University (FIU) evidenció que la TSPO, una proteína translocadora de 18 kDa, puede ser un biomarcador incipiente de neuroinflamación asociada al Alzheimer. Este hallazgo, resultado de investigaciones en modelos animales y en muestras humanas con mutación genética de aparición temprana, subraya la neuroinflamación como acontecimiento muy primitivo en la historia natural de la enfermedad.
La TSPO está presente en niveles bajos en el cerebro pero aumenta notablemente cuando existe desequilibrio cerebral, como ocurre en la neuroinflamación acompañante del Alzheimer. Es posible visualizarla mediante PET, donde las áreas afectadas exhiben un destacado tono rojo anaranjado, detectando la inflamación cerebral incluso antes de cualquier declive cognitivo.

En el modelo animal utilizado, ratones transgénicos 5XFAD, este aumento de TSPO coincidió con la aparición de las primeras placas amiloides en una región esencial de la memoria, el subículo. Este incremento pudo detectarse desde tan solo 1,5 meses de edad en los ratones, muchos meses antes de observar cualquier síntoma conductual. En las hembras, los problemas cognitivos aparecieron a los siete meses, y en los machos, a los doce meses de vida.
El análisis detallado mostró que la elevación de TSPO provenía principalmente de la expansión de microglía activada, sobre todo la que estaba en contacto directo con las placas amiloides. En los astrocitos, aunque había ciertos signos de activación, no se observó un aumento de TSPO significativo, como detallan los autores.
La validez de estos resultados se vio reforzada tras constatar en tejido cerebral humano post mortem, específicamente en casos con la mutación PSEN1-E280A, que el patrón de incremento de TSPO también se asociaba a la microglía en contacto con las placas. Según Tomás R. Guilarte, “La neuroinflamación es un evento muy temprano en el Alzheimer que influye en su aparición”. Si se logra utilizar la TSPO para detectar el Alzheimer en su fase inicial, se podría “ralentizar la progresión o retrasar los síntomas entre cinco y seis años”, lo que mejoraría de forma importante la calidad de vida de los afectados.

Pese a la relevancia de este hallazgo, el propio equipo investigador subraya algunas limitaciones: la base de la investigación fueron modelos animales y un conjunto reducido de muestras humanas, todas correspondientes a formas genéticas y de inicio temprano, y a varones. Esto impulsa la necesidad de ampliar el estudio a otras poblaciones y a la variedad de tipos de Alzheimer, incluidos los de comienzo tardío. Martínez-Pérez, parte del grupo, ya ha iniciado una nueva etapa analizando tejido cerebral humano de casos de inicio tardío para validar y expandir estos resultados.
La validación clínica de los biomarcadores requiere procesos rigurosos y prolongados. Solo tras la consolidación de su fiabilidad diagnóstica, pueden incorporarse plenamente a la práctica rutinaria. A pesar de que aún se investiga extensamente su implementación, los biomarcadores suministran pistas definitivas para la prevención y el tratamiento del Alzheimer.
Estos indicadores biológicos pueden adoptar distintas formas: moléculas, proteínas o modificaciones anatómicas detectables mediante técnicas de imagen. Constituyen la base de una revolución silenciosa en la comprensión y gestión del Alzheimer, guiando la identificación, el seguimiento del avance y la evaluación objetiva de tratamientos, tanto experimentales como aprobados, para atenuar el impacto de la enfermedad en millones de personas y sus entornos de cuidado.
infobae.com
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