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Colombia atraviesa un punto de inflexión histórico en su modelo económico. El presidente Gustavo Petro ha planteado, con una claridad poco habitual en el debate regional, que el crecimiento del país no puede seguir dependiendo de la extracción de recursos naturales no renovables y que, si no se avanza con decisión hacia formas industrializadas y regionales de producción de café de alta calidad, incluso uno de los símbolos económicos y culturales del país podría ver frenado su desarrollo. No se trata aún de un dato consolidado, advierte, pero sí de una señal estructural que obliga a repensar el rumbo productivo nacional. En ese camino, el mandatario sostiene que su gobierno no solo cumple con el programa que presentó al país, sino con los fundamentos de la teoría económica sobre la que se construyó el desarrollo moderno.
Por primera vez en décadas, Colombia obtiene mayores ingresos del café que del carbón, un dato que marca algo más profundo que una simple variación estadística. Representa un giro en la lógica económica: mientras el café es una actividad productiva que integra conocimiento, trabajo y territorio, el carbón es una actividad extractiva que, además de destruir ecosistemas, genera menos empleo y depende casi exclusivamente del vaivén de los precios internacionales. El presidente es enfático: el café no destruye la vida; el carbón sí. Ese contraste resume la idea de una transición real hacia lo que denomina una economía de la vida, en la que el crecimiento no se mide solo en exportaciones, sino en sostenibilidad social, ambiental y laboral.
La diferencia en términos de empleo es contundente. El café, al ser un proceso productivo complejo, genera una cantidad de trabajo muy superior a la del carbón. La minería, por el contrario, requiere menos mano de obra y produce rentas que se transfieren desde el exterior cuando los precios son altos, pero que se traducen en pobreza y crisis cuando esos precios caen. Para Petro, el escenario es claro: el precio internacional del carbón no volverá a los niveles del pasado, y seguir apostando por él sería condenar al país a un modelo agotado.
El verdadero potencial del café, sostiene el presidente, está en su capacidad de aumentar la productividad a través de la industrialización, la diferenciación del producto y el desarrollo regional. Esto implica conocimiento profundo, innovación y una comprensión integral de las variedades, los sabores y los territorios. A diferencia del carbón, cuya productividad es necesariamente decreciente por tratarse de reservas naturales finitas, el café puede escalar en valor agregado de manera sostenida. En esa visión, Colombia debe llegar incluso a producir y exportar cafeteras domésticas capaces de preparar café según las variedades regionales y los perfiles de sabor, integrando industria, cultura y tecnología en un mismo producto.
Petro es categórico al afirmar que ninguna sociedad ha logrado aumentar su productividad de manera sostenida basándose en la extracción de recursos no renovables. En ese marco, plantea haber demostrado teóricamente que la llamada “enfermedad holandesa” sí existió en Colombia y que su gobierno ha logrado superarla, advirtiendo que sería un error histórico reincidir en ella. Este fenómeno económico ocurre cuando una rama exportadora, impulsada por altos precios internacionales, genera rentas excesivas que encarecen los costos laborales y financieros del resto de los sectores productivos, llevándolos a la quiebra y forzando a la economía a especializarse en un solo rubro. En Colombia, afirma, este proceso estuvo marcado por la cocaína, el carbón y el petróleo durante la fase económica previa.
La superación de ese ciclo pasa por diversificar la matriz exportadora. Mientras el valor de los hidrocarburos cae, el crecimiento de la agricultura, la agroindustria y la industria manufacturera se vuelve estratégico. En ese contexto, el aumento de las exportaciones de vehículos, incluidas nuevas líneas industriales, marca una señal relevante. El presidente destaca la expansión de la producción de vehículos eléctricos en Colombia y la invitación a Bolivia para fortalecer conjuntamente esta rama, como parte de una integración productiva regional con visión de futuro.
El proyecto de transformación económica incluye también la protección de la producción nacional de electrodomésticos y el impulso a la exportación de confecciones, un sector que ha crecido de manera notable y que hoy compite en calidad en mercados internacionales. Para Petro, intensificar las ramas agrarias e industriales no solo eleva el nivel de ocupación laboral, sino que devuelve sentido y pertinencia a la educación pública superior, orientándola a resolver problemas concretos de la producción y el desarrollo.
Sin embargo, el mandatario reconoce que existen cuellos de botella estructurales. La infraestructura productiva del país -ferrocarriles, redes de fibra óptica y capacidad computacional- permanece estancada. Aunque su gobierno ha logrado llevar varios proyectos a nivel de estudio, insiste en que estos deben materializarse si se quiere consolidar el cambio de modelo.
En el plano energético, el llamado es directo. El presidente solicita a los empresarios rurales e industriales abandonar de inmediato las fuentes basadas en carbón, diésel y gas, y avanzar hacia esquemas de energía eléctrica barata mediante contratos estables y un uso intensivo de la energía solar apoyada en sistemas de baterías. En relación con los pequeños y medianos extractores de carbón de la región andina, propone una transición gradual y justa hacia actividades como la agricultura, la agroindustria y la generación de energía solar, convirtiéndolos en granjeros solares dentro de un nuevo ecosistema productivo.
Finalmente, subraya que empresas como Gemsa deben cumplir los planes acordados para transformar las plantas termoeléctricas en generadoras de energía limpia. Esa reconversión, explica, debe incluir a los actuales proveedores de carbón, quienes pasarían a ser oferentes de energía solar, cerrando así el círculo de una transición energética que no excluye, sino que transforma.
El mensaje del presidente Gustavo Petro es claro y ambicioso: Colombia no solo puede, sino que debe dejar atrás el extractivismo como eje de su economía. El futuro, sostiene, está en la producción, el conocimiento, la industria, la agricultura y la energía limpia. Un cambio que no solo redefine el modelo económico, sino la relación del país con la vida, el trabajo y el desarrollo.
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