
Hace un par de años, el artista de hip-hop cristiano Shai Linne lanzó una canción titulada Farm Talk [Conversaciones en la granja]. Esta parábola moderna utiliza animales de granja para representar uno de los fenómenos culturales más apasionadamente debatidos en Occidente: la confusión de identidad entre el cuerpo y la mente del movimiento transgénero actual. En la canción, un cerdo afirma ser un perro, una gallina afirma ser un gallo y un caballo apoya sus autodescubrimientos, mientras que una rana defiende con cariño la verdad de sus identidades biológicas.
El cerdo les dice a sus amigos de la granja: «Desde que tengo memoria, nunca me he sentido como un cerdo, en lo más profundo de mi ser, siempre he sabido que era un perro». Una rebelión en la granja da lugar a un intento de obligar al granjero a reconocer y aceptar las identidades que el cerdo y la gallina sienten y se han otorgado a sí mismos. Dan por sentado que los sentimientos internos de un animal son razón suficiente para que el granjero deje que el cerdo viva en la casa, se acueste en su cama y se convierta en su nuevo mejor amigo. Sin embargo, esa es una suposición bastante audaz.
¿Deberían los sentimientos del Sr. Cerdo ser suficientes para justificar una revolución masiva que afecta no solo al granjero y al cerdo, sino a todos los demás que viven en la casa? Pasando de la parábola a la realidad, podríamos preguntarnos de manera similar: ¿son los sentimientos de las personas sobre su identidad como hombres o mujeres suficientes para justificar una revolución cultural masiva? Están en juego cirugías que dañan el cuerpo, niños biológicos en los vestidores de las niñas y hombres biológicos que compiten (y dominan) en los deportes femeninos. ¿Tienen los sentimientos subjetivos suficiente peso objetivo para justificar un cambio tan revolucionario?
La pregunta más profunda y fundamental es la siguiente: ¿puede una persona saber lo que se siente al ser algo que biológicamente no es?
Generalidades y estereotipos
En la parábola de Linne, el Sr. Cerdo da razones para explicar sus sentimientos. Cita el movimiento de la cola, su amor por las galletas para perros y sus ladridos. Sus razones para identificarse como perro se basan en sus preferencias alimenticias y sus acciones.
Muchas personas que adoptan identidades transgénero basan sus afirmaciones en un razonamiento similar. Creen que sus preferencias y comportamientos no encajan en las generalidades sexuales y los estereotipos culturales. Nancy Pearcey relata la historia de Jonah Mix, quien creía que su incapacidad para encajar en las expectativas culturales de «masculinidad» significaba que no era un hombre. Mix opinaba: «Si no somos hombres por nuestro cuerpo, lo somos por nuestras acciones».
Mix afirma tener una identidad que no se ajusta a su sexo biológico debido a su diferente «expresión de género». El grupo GLAAD de defensa LGBT+ define este término como «manifestaciones externas de género, expresadas a través del nombre, los pronombres, la ropa, el peinado, la voz y/o el comportamiento de una persona».
Ningún sentimiento subjetivo ni ninguna afirmación de identidad pueden cambiar las realidades biológicas básicas
Afirmar que una identidad transgénero es el resultado inevitable de una expresión de género atípica tiene consecuencias lógicas no deseadas. Si esto es cierto, todos los hombres y mujeres deberían ajustarse a las generalidades esperadas de cada sexo (altura, peso, constitución muscular, etc.) y a los estereotipos rígidos (intereses, aficiones, etc.). ¿Un niño pequeño tiene necesariamente una discrepancia entre su sexo y su género porque le gusta el color rosa y no le interesan los deportes ni los camiones? ¿Una adolescente tiene una discrepancia entre su sexo y su género porque mide 1,85 m y es más musculosa que los chicos de su colegio? ¿Era Jacob una mujer transgénero porque prefería cocinar en casa con Rebeca antes que cazar con Isaac y Esaú (Gn 25:27)?
La ideología transgénero podría hacernos creer que Jacob no era el padre, sino la madre de las doce tribus de Israel. Lo absurdo de tal pseudológica llevó a las feministas de la segunda ola a argumentar en contra del determinismo biológico, lo que explica por qué muchas feministas no cristianas ahora están dispuestas a unirse a los cristianos en la discusión contra la ideología transgénero.
Sentimientos e identidades
Cuando alguien afirma hoy en día tener una identidad transgénero, la expresión de género no suele ser la razón que se da. Estas afirmaciones se basan más bien en lo que popularmente se denomina «identidad de género». GLAAD define la identidad de género como «el conocimiento interno y profundamente arraigado que tiene una persona de su propio género». El autor transgénero Nicholas Teich cree que una persona simplemente sabe cuál es su identidad de género. Él afirma que «la prueba de cuál es tu género se encuentra en tu cerebro».
Incluso si se pudiera argumentar de forma convincente que los sentimientos subjetivos justifican una revolución social, política y médica, la pregunta fundamental sigue siendo: ¿puede la gente saber lo que se siente ser algo que no es biológicamente? El renombrado filósofo Thomas Nagel dice que no.
En 1974, Nagel escribió un artículo para Philosophical Review [Reseña filosófica] titulado «¿Cómo es ser un murciélago?». Nagel se opuso al reduccionismo materialista, que sostiene que los procesos mentales son la suma de reacciones químicas y físicas en el cerebro. Su trabajo nos ayuda a responder lógicamente a nuestra pregunta fundamental: ¿puede un hombre sentirse mujer?
Nagel sostiene que «por mucho que varíe la forma, el hecho de que un organismo tenga experiencia consciente significa, básicamente, que hay algo que se parece a ser ese organismo». Utilizando como ejemplo a los murciélagos voladores, sostiene que, aunque debe haber alguna sensación de ser un murciélago, los humanos nunca podrán saberlo. Nagel escribe: «No hay razón para suponer que [ser un murciélago] sea subjetivamente similar a algo que podamos experimentar o imaginar». Solo un murciélago puede dar testimonio de lo que se siente ser un murciélago.
Podemos identificarnos con otra persona, pero no podemos identificarnos como otra persona
Los seres humanos pueden observar y estudiar hechos objetivos sobre los murciélagos. Por ejemplo, sabemos que los murciélagos perciben el mundo exterior principalmente a través de un sonar que utiliza sonidos de alta frecuencia. Sabemos que cuelgan boca abajo, vuelan y no ven bien. Pero observar estos hechos no nos da la experiencia de un murciélago. Su argumento es sencillo: por mucho que lo intentemos, no podemos comprender plenamente la experiencia de un murciélago porque no somos murciélagos. Podemos usar nuestra imaginación, pero no podemos saber realmente cómo sería experimentar el mundo como un murciélago.
Incluso si se pudiera argumentar de forma convincente que un hombre puede sentir lo que es ser una mujer, la lógica sigue sin permitir que afirme ser una mujer. La irracionalidad de la afirmación queda demostrada por el fenómeno «furry». Ningún «furry» —una persona que afirma ser un animal— puede ser atendido adecuadamente por un veterinario. Del mismo modo, ninguna mujer que afirme ser un hombre (incluso después de una cirugía de reasignación) tiene que preocuparse por el cáncer de testículo, y ningún hombre que afirme ser una mujer tiene que someterse a pruebas para detectar el cáncer de ovario. Ningún sentimiento subjetivo ni ninguna afirmación de identidad pueden cambiar las realidades biológicas básicas.
Límites y sentimientos
En 2015, Rachel Dolezal, una mujer blanca que afirmaba ser negra, fue cancelada socialmente y despedida de su trabajo en la NAACP en Spokane, Washington. El público estadounidense, y especialmente la comunidad afroamericana, la consideraron una mujer confundida que no podía cambiar su origen étnico simplemente por sus sentimientos. A Dolezal no se le permitió conservar su trabajo simplemente porque «se sentía como una mujer negra». Del mismo modo, el movimiento transgénero, como dice Ryan Anderson, «está cubierto de afirmaciones ontológicas», pero no tiene nada concreto en qué basarlas.
Por supuesto, los seres humanos podemos compadecernos unos de otros. Podemos ponernos en el lugar de quienes sufren y tratar de comprender su situación. Pero identificarnos con otra persona no significa que sepamos exactamente lo que se siente ser esa persona. Los hombres y las mujeres pueden tratar de comprender las particularidades de la experiencia del sexo opuesto, pero afirmar que sabemos lo que se siente ser del sexo opuesto es ir demasiado lejos. Podemos identificarnos con otra persona, pero no podemos identificarnos como otra persona.
Honestidad y amor
Mi afirmación de que un hombre no puede sentirse mujer (y viceversa) no significa que una persona que experimenta disforia de género (una sensación de incomodidad y/o angustia porque su biología no se ajusta a su identidad de género percibida) haya inventado estos sentimientos. Sin embargo, sí significa que sus sentimientos son solo sentimientos, no es la realidad. En el mejor de los casos, está confundida y, en el peor, tiene un trastorno psicológico que merece atención y cuidados genuinos.
Como cristianos, se nos manda amar a nuestro prójimo diciéndole la verdad
En contra de la opinión popular, afirmar a nuestro prójimo en su confusión no es cuidar ni amar; es mentir. Por amor, los cristianos deben pensar con claridad y hablar con honestidad. El Sr. Rana de Linne lo entendió. Les dijo a sus amigos de la granja:
Pero mi desacuerdo no significa que los ame menos.
Me parece que están confundidos acerca de lo que es real
Y que para ustedes la realidad está determinada por lo que sienten.
Esa lógica es errónea, pero tomémoslo con calma.
El hecho de que sientan que algo es cierto no significa que lo sea.
Pocos, si es que hay alguno, se sienten tentados a reafirmar otros trastornos de la mente y el cuerpo. No animamos a una joven que lucha contra la anorexia a seguir sus sentimientos e intentar perder más peso. Hacerlo sería una falta de amor. Del mismo modo, no debemos mentir a quienes creen que tienen una discrepancia entre su sexo y su género. No debemos animarlos a dañar sus cuerpos ni afirmarles en el rechazo de su sexo biológico dado por Dios.
Como cristianos, se nos manda amar a nuestro prójimo diciéndole la verdad (Ef 4:15). Amar a alguien incluye luchar contra lo que le hace daño. En un mundo en el que el desacuerdo se entiende como odio, solo podemos mostrar nuestro amor en el desacuerdo si hablamos con benevolencia sobre estos temas, teniendo en cuenta el interés superior de cada individuo.
Bromear, reírse y mostrar desagrado hacia quienes han adoptado una identidad transgénero demuestra una motivación impura. El amor y el cuidado genuinos por quienes están confundidos y sufren se manifestarán en la forma en que hablamos y tratamos a quienes afirman tener una identidad transgénero. Al mismo tiempo, nuestro intento de amar y cuidar nunca debe dar lugar a la afirmación de lo que causa daño.
Ryan Welsh
Fuente de esta noticia: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/hombre-sentir-es-mujer/
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