
En el mundo actual de los medios de comunicación por streaming, nos inundan las historias visuales. Muchas de ellas están bien hechas: son cautivadoras y elegantes. Bien actuadas. Con una banda sonora espectacular. Momentos dignos de convertirse en memes. Es posible que terminemos de verlas y, en un arrebato de entusiasmo efímero, se lo contemos a un amigo o lo publiquemos en las redes sociales, destacando algunos de estos elementos «bien hechos». Pero una semana después, hemos pasado a otra cosa y lo hemos olvidado casi por completo (a pesar de que, en muchos casos, le hemos dedicado más de diez horas de nuestra atención). Unos años más tarde, apenas recordamos alguna cosa.
Así es la naturaleza de los medios de comunicación contemporáneos. La mayor parte se olvida rápidamente y nos deja vacíos. Pero ¿por qué? ¿No se supone que vivimos en la «edad de oro de la televisión» (también conocida como «peak TV»), en la que las plataformas de streaming nos ofrecen un bufet interminable de series de primera categoría y películas dirigidas por autores? Estamos saturados de narrativas «prestigiosas». Pero es una abundancia que resulta extrañamente escasa. No satisface ni nutre; en todo caso, nos hace sentir mareados.
En un artículo publicado recientemente en el Wall Street Journal, Peggy Noonan atribuye el actual malestar estético a «el afeamiento de todo». Lo describe como una actitud artística que «habla de odio hacia uno mismo, y una sociedad que se odia a sí misma y odia la vida no puede durar. Porque no ofrece a los jóvenes nada para amar».
En parte tiene razón. Pero hay que distinguir entre forma y contenido. Desde mi punto de vista, la paradoja es que tenemos un embellecimiento de la forma junto con un afeamiento del contenido. La técnica televisiva está en auge, pero las historias significativas están en declive. Por eso tantos programas y películas son impresionantes, pero nos dejan confundidos y deprimidos.
Renacimiento en el estilo. Oscurantismo en la historia.
La narración visual contemporánea es estilísticamente avanzada, pero moralmente regresiva. Estamos en un renacimiento en el estilo, pero en un oscurantismo en la historia.
La serie de Netflix Ripley es un buen estudio de caso para ilustrar esta teoría. Noonan analiza Ripley (la última adaptación de El talentoso Sr. Ripley, de Patricia Highsmith), pero no estoy de acuerdo con su valoración de que la serie es «irremediablemente fea». Yo diría que Ripley, al igual que otras muchas series en streaming de hoy en día, está muy bien hecha a nivel estilístico. La fotografía en blanco y negro, inspirada en Caravaggio, es exuberante y melancólica, y evoca lo mejor del estilo de cine negro de la posguerra. La presencia de escaleras a lo largo de la serie subraya las elevaciones morales en las que se mueve la historia. Y, en manos del director de fotografía Robert Elswit, Italia nunca se ha visto tan atemporal.
Una forma en que la iglesia puede conectar con los jóvenes es mostrar cómo la belleza trascendente de Dios es mucho más satisfactoria
Pero Ripley como un todo parece más un ejercicio de estilo decadente que una narrativa consecuente con ideas claras. Es una historia de crímenes que se reduce a un drama de gato y ratón (¿se saldrá con la suya?), pero ningún personaje es particularmente atrayente, y los espectadores salen de la serie con esa sensación tan familiar en el consumo de medios modernos: «¿Y eso qué?».
En su representación altamente estilizada, casi elegante, del comportamiento de un criminal experto, Ripley me recordó al drama de asesinos a sueldo de David Fincher, The Killer, estrenado en Netflix hace un par de años. Fincher es uno de los mejores artesanos del cine que aún viven. Sabe crear un estilo como ningún otro. Pero The Killer era todo estilo y nada de sustancia, lo que naturalmente dejó a los espectadores con una sensación de vacío. Las tomas más geniales, los decorados más impresionantes y las secuencias de edición más elegantes solo sirven hasta cierto punto para cultivar la resonancia en la audiencia. Se necesita mucho más que un ambiente genial; es decir, necesitamos una historia convincente con un propósito que responda la pregunta «¿Y eso qué?», y una razón de ser que vaya más allá de un ejercicio de género o estilo.
Por qué el estilo ha llegado a ser todo
Por desgracia, los narradores visuales de nuestra era secular cada vez son menos capaces de encontrar una razón de ser más allá del estilo.
Esto tiene sentido por varias razones. La nueva generación de narradores visuales ha crecido en un mundo basado en las pantallas, con un vocabulario muy afinado en materia de estética visual. Criados con YouTube, Instagram, iMovie y tableros de inspiración al estilo de Pinterest, están saturados de estilo y hablan ese lenguaje con fluidez.
Lamentablemente, son mucho menos competentes en el lenguaje de la virtud, y su vocabulario moral está poco desarrollado. Puesto que han ejercitado más los músculos de desplazarse por contenidos efímeros y llamativos que los de hojear las páginas de grandes libros que estimulan el cerebro, son más competentes en la lógica visual del buen diseño que en la lógica moral de la bondad.
Un amigo de la generación Z me dijo recientemente que no subestimara lo importante que es una buena estética de diseño para alcanzar a su generación. Ellos se sienten muy atraídos por lo que tiene una buena marca y es estéticamente novedoso, hasta el punto de que esto puede llegar a ser más importante que la sustancia. En un mundo en el que los sentimientos, las vibras y las apariencias importan más que los hechos, la lógica y la realidad, tiene sentido que la forma de contar las historias importe más que el contenido.
La otra razón importante por la que prima el estilo sobre el contenido es que la cultura secular no tiene un consenso sobre lo que es «bueno». Ya no hay una base trascendental para determinar qué es una «buena» historia, unos «buenos» personajes o un «buen» final. No hay una base objetiva para determinar qué hace que alguien sea heroico o villano, por lo que las líneas son borrosas. La mayoría de los dramas actuales consisten en «complicar» esas categorías y transgredir todas las normas, líneas y expectativas establecidas. La fluidez y la ambigüedad reinan, tanto en el género como en la moralidad.
Este es un tema importante en Ripley, donde Tom Ripley y casi todos los personajes principales son difíciles de definir tanto moral como sexualmente. Freddie Miles, por ejemplo (interpretado en la versión cinematográfica de 1999 por el gran Philip Seymour Hoffman), es interpretado aquí por una mujer (la hija de Sting, Eliot Sumner), lo que subraya aún más los compromisos morales sin brújula de la historia.
La Biblia es la fusión perfecta entre forma y contenido, y los narradores cristianos deberían tomarla como modelo en la forma en que comunicamos la verdad bíblica
Pero también lo vemos en la tendencia de las películas de Hollywood sobre villanos clásicos, ya sea Maléfica (2014), Venom (2018), Joker (2019) o Cruella (2021), esta última esencialmente un escaparate en forma de largometraje de la moda punk al estilo de Vivienne Westwood. ¡Y fue un éxito de taquilla! El diseño de vestuario a medida y la banda sonora de rock británico de los años 70 importaron más al público que la repulsiva historia de Cruella que celebra el vicio. Las vibras por sobre la visión.
Algunos podrían argumentar que sí hay una visión moral y un propósito en estas historias porque muestran la naturaleza del pecado y la corrupción. Creo que eso es ir demasiado lejos. Se podría argumentar esto con una serie como Breaking Bad, que trata sobre el «repliegue sobre sí mismo». Pero la mayoría de las historias de Hollywood centradas en villanos no exploran la naturaleza del pecado. Utilizan el pecado como una ocasión para construir un mundo con estilo.
Los cineastas siguen recurriendo al Joker no porque quieran explorar seriamente la naturaleza de su depravación, sino porque es un lienzo irresistible para los diseñadores de vestuario, maquilladores, actores y otros creativos. Su estilo anárquico y transgresor está hecho a medida para la era de las redes sociales, adicta al espectáculo.
La misión cristiana en esta era de la estética
Si es cierto que, para la generación Z, un buen diseño es más importante que el contenido, ¿cómo debería responder la iglesia? La respuesta es, sin duda, no enfocarnos en empacar la iglesia o el evangelio en una marca de tendencia y buenas vibras. Pero esto no quiere decir que la iglesia no deba dar prioridad a la belleza. El buen diseño no es lo mismo que la belleza. El diseño sirve para vender productos a los consumidores; siempre está ligado a las tendencias. La belleza sirve para dar testimonio de una gloria superior; siempre está ligada a la trascendencia.
Una forma en que la iglesia puede conectar con los jóvenes en una era obsesionada con la estética es mostrar cómo la belleza trascendente es mucho más satisfactoria que las marcas de moda. Debemos apoyarnos en la atracción cultural por la estética agradable, pero mostrar lo insatisfactorio que es esto en última instancia. Cuando notamos algo estéticamente agradable, es un recordatorio susurrado de que fuimos creados para adorar al Dios que es la fuente, el estándar y el árbitro de la belleza. Un buen diseño rasca una comezón tópica. La belleza de Dios nutre todo nuestro ser.
La iglesia también debería abordar la angustia y el vacío que sienten las personas en un mundo de entretenimiento tan avanzado en estilo pero deficiente en sustancia. Deberíamos dirigir a las personas hacia las Escrituras como una narrativa que celebra el estilo (poesía, géneros literarios, metáforas, imágenes, etc.), pero de una manera que transmita sustancia real.
La Biblia es la fusión perfecta entre forma y contenido, y los narradores cristianos deberían tomarla como modelo en la forma en que comunicamos la verdad bíblica. Si cada vez menos artistas seculares son capaces de presentar tanto una técnica artística impresionante como una narrativa significativa y convincente, los artistas cristianos están en una buena posición para hacer ambas cosas.
Así que entremos en el vacío cultural y respondamos al «afeamiento» con la belleza del evangelio. Contemos historias llenas de estilo y sustancia, no para llamar la atención de los ojos que se desplazan o los clics de los dedos inquietos, sino para señalar a las almas inquietas la satisfacción que necesitan.
Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por María del Carmen Atiaga.
Brett McCracken
Fuente de esta noticia: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/hollywood-estilo-contenido-sentido/
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