
Trump pone a Sánchez y Zapatero en la diana desde Davos: OTAN gasto en Defensa, Venezuela y el pulso político que sacude Moncloa y Madrid.
De repente, España dejó de ser una nota al pie en la conversación de Washington y pasó a ser un asunto con nombres y apellidos. El golpe llega envuelto en dos piezas que se retroalimentan: por un lado, las críticas del secretario del Tesoro estadounidense Scott Bessent al Gobierno por el gasto en defensa y por su posición en algunos frentes internacionales; por otro, el eco inmediato en Madrid, donde el expresidente José Luis Rodríguez Zapatero vuelve a colocarse en el centro del foco por su relación con Venezuela y por el uso político —intenso, a ratos feroz— que se hace de esa etiqueta. Lo que se está vendiendo como “objetivo” no es un misil diplomático formal, sino un combo de declaraciones, insinuaciones y titulares que, en España, funciona como gasolina.
En la práctica, el señalamiento a Pedro Sánchez tiene dos efectos medibles: complica el margen del Gobierno para negociar con calma el debate del gasto militar y endurece el clima en el que se discute cualquier cosa que huela a Estados Unidos, OTAN o Venezuela. Y el señalamiento a Zapatero sirve de palanca doméstica: lo convierte en símbolo, en pieza “a batir”, en atajo para atacar al PSOE sin esperar al próximo pleno. La frase que más se repite —“la derecha se está moviendo”— no describe solo al PP o a Vox: describe una máquina entera de altavoces, querellas, comisiones y clips de vídeo que se alimenta del ruido internacional.
Un aviso que no viene de Exteriores, sino del Tesoro
Que sea el Tesoro quien marque el tono tiene su miga: no hablamos de un intercambio diplomático clásico, de notas verbales y pasillos discretos, sino de una presión donde economía y geopolítica van juntas, como dos dedos pellizcando el mismo punto. En Davos, Bessent no se limitó a pedir más gasto militar; mezcló defensa con “alineamiento” estratégico, con advertencias sobre Europa, con la idea de que algunos gobiernos se están equivocando de socio o de brújula. Ese tipo de mensaje, dicho desde un foro global, está diseñado para ser reproducido, para circular rápido, para dejar la sensación de “ojo, que Estados Unidos está tomando nota”.
A esa presión se le añadió un elemento que en España siempre escuece: el tono. No es lo mismo discutir cifras que deslizar burlas. En el relato que se ha difundido, Bessent llega a ridiculizar la gestión energética española y a usarla como metáfora de decadencia —la idea de que “ni mantienen la luz encendida”—, un dardo que en Madrid se recibe como provocación y en ciertos sectores se compra como munición. El problema del dardo es que no necesita ser exacto para hacer daño: basta con que sea reconocible, pegadizo, repetible.
Y luego está el salto más delicado, el que convierte una discusión de gasto militar en un asunto de reputación política: la mención directa a Zapatero como “facilitador” del chavismo y la insinuación de que la salida de Nicolás Maduro habría sido “una pérdida” para los socialistas españoles. No es una frase inocente: mete a un expresidente español en el mismo marco mental que narcotráfico, blanqueo o redes turbias, justo cuando en España ya había una conversación inflamada alrededor de Venezuela, comisiones y supuestas cartas.
Davos, la OTAN y el número que se convierte en arma
En el trasfondo está la cifra que Trump usa como martillo: el 5% del PIB en defensa. No es el objetivo histórico de la Alianza, pero sí es el listón político que la Administración Trump ha agitado para forzar a los aliados a moverse y, de paso, para señalar culpables. España aparece ahí como blanco perfecto porque, según estimaciones manejadas en el debate internacional, estaba alrededor del 1,28% del PIB, en la parte baja de la tabla, y eso permite construir un relato simple: “España no cumple”. El Gobierno insiste en que la aportación no puede reducirse a un porcentaje, que hay despliegues, misiones y compras de material; pero el porcentaje es el titular y el titular manda.
Aquí conviene poner el foco donde duele: la discusión no es solo militar, es política interna española en estado puro. Subir defensa implica dinero, plazos, prioridades, y cada euro que se anuncia para armamento tiene enfrente la comparación automática con sanidad, vivienda o dependencia. Y, además, una coalición y un Parlamento donde los socios no tienen el mismo apetito por el rearme. Trump lo sabe —no hace falta que lo estudie en un manual, lo intuye— y por eso la presión por el 5% se convierte en palanca: obliga a Sánchez a explicar, a justificarse, a abrir flancos.
Del 1,28% al 2%: el debate que no se resuelve con un eslogan
España ya había movido fichas para evitar quedar atrapada en el 5% como obligación colectiva. Hubo un acuerdo con la Alianza para quedar fuera de ese objetivo y, a la vez, comprometerse a un nivel inferior, alrededor del 2,1% según se difundió en el contexto previo a una cumbre, con intercambio de cartas y lenguaje negociado al milímetro. Ese matiz es importante: no es lo mismo “me niego” que “acepto otra fórmula”. Pero para Trump, el matiz no sirve; para el debate interno español, sí, porque permite venderlo como defensa del modelo social sin romper la baraja atlántica.
Y aun así, queda el problema de reputación: si el secretario general de la OTAN Mark Rutte sale a decir —en esencia— que la presión de Trump ha empujado a países a gastar más, está admitiendo que el método funciona, aunque sea desagradable. Europa habla de autonomía estratégica, pero en la misma frase reconoce dependencia. En ese clima, España es el ejemplo fácil: un país grande, economía relevante, pero porcentaje bajo en defensa; la diana perfecta para el discurso de “aprovechados”.
Zapatero, Venezuela y la etiqueta que lo mancha todo
El nombre de Zapatero no aparece aquí por nostalgia ni por cortesía histórica; aparece porque Venezuela en España funciona como una palabra radioactiva. Pronuncias “Maduro” y el debate se convierte en trinchera: unos oyen dictadura, otros oyen intervención; unos oyen narcoestado, otros oyen propaganda; y, en medio, la figura del expresidente como mediador, como interlocutor, como comodín. Que desde Estados Unidos se le señale con el término “facilitador” encaja demasiado bien en esa polarización: es un adjetivo con forma de sentencia, corto y pegajoso, que permite insinuar sin demostrar.
Hay, además, un giro que hace esta historia más explosiva que en otros años: en enero se produjo la captura de Maduro y de su esposa Cilia Flores en una operación estadounidense que, según se ha publicado, incluyó ataques y explosiones en el área de Caracas y terminó con su traslado a Nueva York para enfrentar cargos vinculados a narcotráfico. Tras ese episodio, Delcy Rodríguez quedó como figura central en el poder venezolano en calidad de presidenta interina o líder de transición, según las crónicas internacionales, y el país entró en una fase rara: liberaciones parciales de presos, anuncios de amnistía, tensiones internas y una comunidad internacional discutiendo legalidad y consecuencias. Ese terremoto venezolano vuelve a proyectar sombra sobre la política española porque reabre la pregunta incómoda: ¿quién tuvo relación con quién, y para qué?
Qué se dijo en Davos y por qué la frase hace tanto daño en Madrid
El armazón del ataque es sencillo: se presenta a España como país “blando” con el chavismo y se sugiere que un expresidente español actuó como engranaje útil del régimen. En el mejor de los casos para quien lo lanza, es un juicio político; en el peor, es una insinuación de delito sin pruebas públicas. Y ahí entra el elemento español que lo convierte en incendio: la frase llega cuando ya había una ofensiva política sostenida para colocar a Zapatero como sospechoso recurrente, mencionando episodios como el rescate de la aerolínea Plus Ultra, supuestos avisos previos a directivos o la idea de que “representa intereses” fuera de control. En España, cuando una acusación se repite mucho, acaba sonando a hecho, aunque todavía sea humo.
En ese terreno resbaladizo se coló también el nombre del comisionista Víctor de Aldama, que declaró ante la Fiscalía Anticorrupción y lanzó afirmaciones sobre una supuesta carta sellada entregada por Delcy Rodríguez, conectándola con un presunto financiamiento irregular del PSOE y de la Internacional Socialista. En las versiones difundidas, se insiste en que no hay pruebas públicas que sostengan esas acusaciones tal y como se han contado, pero el daño no espera a las pruebas: el daño empieza cuando el titular se imprime.
Querellas, Audiencia Nacional y el choque con la Fiscalía Antidroga
Cuando el ruido entra en los juzgados, aunque sea para preguntar “si procede”, se vuelve más serio a ojos de mucha gente. La Audiencia Nacional abrió diligencias a raíz de una querella de Hazte Oír contra Zapatero por presuntos delitos como narcotráfico, blanqueo y pertenencia a organización criminal vinculados a su supuesta relación con Maduro. Y, poco después, la Fiscalía Antidroga pidió que se inadmitiera la querella al no ver indicios, describiéndola como un conjunto de conjeturas y especulaciones. Este contraste —querella dura, respuesta fría de Fiscalía— define bastante bien el momento: acusación estridente, filtro institucional más prudente.
Pero incluso cuando Fiscalía pide inadmisión, el ciclo mediático ya ha hecho su trabajo: semanas de titulares, debates sobre “investigación”, insinuaciones sobre “Nueva York”, referencias a expedientes estadounidenses de 2020, y esa sensación de que algo “se está moviendo”. En términos políticos, el objetivo no siempre es ganar en un juzgado; a veces basta con instalar una sospecha durable. Y aquí aparece la frase de fondo que lo resume todo, dicha por Ernesto Ekaizer en la radio: la idea de que hay una derecha mediática “armando el asunto” sin prueba concreta. No es una sentencia judicial, claro; es una fotografía del barro.
“La derecha se está moviendo”: política española con combustible importado
Cuando una polémica viene con sello de Washington, en España se multiplica. Y se multiplica porque encaja en un patrón viejo: la oposición presenta a Sánchez como un dirigente aislado fuera, frágil dentro, dependiente de socios “incómodos”; y el Gobierno responde que se está usando la presión exterior como herramienta de derribo. En medio, figuras del PP como Alberto Núñez Feijóo y la presidenta madrileña Isabel Díaz Ayuso han alimentado la narrativa de que Zapatero tendrá problemas serios, con frases de “vienen curvas” y con el impulso a comisiones y citaciones en el Senado. Es política de caza mayor: poner a dos piezas —Sánchez y Zapatero— en el mismo punto de mira.
El Senado aparece aquí como escenario paralelo, porque permite una cosa muy útil en política: mantener el tema vivo sin necesidad de una sentencia. Comisiones, comparecencias, titulares de “será llamado”, semanas de goteo. Y en ese goteo entra también el caso Koldo como telón de fondo permanente, con nombres como el exministro José Luis Ábalos y un ecosistema de audios, filtraciones y sospechas que, aunque no sean exactamente lo mismo que Venezuela, sirven para una cosa: dibujar una atmósfera de corrupción, de tramas, de conexiones oscuras. Atmosfera manda.
Y no se puede ignorar el papel de Vox en este tablero. En las versiones que han circulado, se habla de un canal de comunicación regular entre Santiago Abascal y el entorno de Trump, una relación que, de existir y tener continuidad, explicaría por qué ciertos mensajes de Washington aterrizan en España con traducción inmediata y con destinatario claro. No es necesario imaginar una “operación” coordinada para que el efecto sea real: basta con sintonía, timing y voluntad de amplificar.
Por si faltaba algo, el componente emocional de Venezuela sube la temperatura. Tras la captura de Maduro, el Congreso español vivió un debate bronco sobre cómo calificar la actuación de Estados Unidos, con socios del Gobierno defendiendo posiciones muy críticas, reclamando liberar al líder venezolano y denunciando lo ocurrido como secuestro, mientras otros grupos lo celebraban como fin del chavismo. Ese choque parlamentario convierte cualquier frase de Bessent en un artefacto que explota aquí: porque no se discute solo política exterior, se discute identidad política española.
El choque económico: tasa digital, China y la letra pequeña del “alineamiento”
Sería un error tratar esto como un asunto de “insultos” y ya. Debajo hay economía. Y cuando el Tesoro de Estados Unidos habla, casi siempre habla de dinero, de reglas, de impuestos, de comercio, de sanciones. En la relación con España aparece un frente recurrente: la tasa digital, el impuesto a determinados servicios de grandes tecnológicas que en Washington se percibe como ataque a empresas estadounidenses. En el contexto de reuniones bilaterales recientes, se ha explicado que Estados Unidos ha pedido explícitamente eliminar esa tasa y, al mismo tiempo, aumentar el gasto en defensa. No es casual: es un paquete, un trueque implícito, un “si quieres buena relación, ordena tu casa”.
La palabra que se repite en los discursos de la Administración Trump es “alineamiento”. Alineamiento frente a China, alineamiento frente a Rusia, alineamiento en cadenas de suministro, alineamiento en tecnología. España, por posición y por tejido empresarial, está en un lugar incómodo: necesita comercio global, necesita inversión, necesita estabilidad europea, y no puede permitirse convertirse en ejemplo de país “dudoso” para Washington. El problema es que la política exterior española —como la de casi toda Europa— se mueve con matices, y Trump detesta el matiz. Donde Europa ve grises, Trump exige blanco o negro.
Además, Davos se ha convertido en escenario de discursos con megáfono: lo que antes se negociaba en despachos, ahora se suelta delante de cámaras porque el coste de ser duro es menor que el beneficio de parecer fuerte. Y España, por su propia discusión interna, ofrece una ventaja narrativa: si criticas a España por defensa, obligas a Sánchez a responder; si metes a Zapatero en la ecuación venezolana, obligas al PSOE a defenderse; si ligas todo con “socialismo” y “empresas que se van”, entras directo en la batalla cultural. Es un menú completo.
Qué puede cambiar en Moncloa cuando te señalan desde fuera
El impacto más serio no está en el titular del día, sino en el margen de maniobra. Sánchez gobierna con una aritmética fina: necesita que la agenda no se le convierta en una cadena de debates tóxicos simultáneos. Defensa ya es tóxica; Venezuela ya es tóxica; Trump, en España, es una bandera que cada cual agita a su manera. Si a todo eso le añades la presión de un porcentaje y la amenaza de quedar señalado como “incumplidor”, la negociación presupuestaria —cuando llega— se vuelve todavía más delicada. Y la política española, cuando se vuelve delicada, tiende a romperse por el sitio más improbable.
Hay un segundo plano que rara vez se menciona en los titulares, pero que pesa: la infraestructura militar compartida y la cooperación real, la de las bases, ejercicios y despliegues. España no es un socio periférico para Estados Unidos por geografía y por acceso al Mediterráneo y al Atlántico. Esa realidad estratégica convive con el dato del porcentaje de gasto. Y aquí está la paradoja: puedes ser útil operativamente y, a la vez, recibir el golpe público por presupuesto. Trump prefiere el golpe público; es su lenguaje. Pero los militares y los diplomáticos suelen preferir otra cosa: estabilidad. En esta tensión vive la relación.
Y luego está Zapatero, que no tiene cargo institucional pero sí influencia simbólica. Cuando un expresidente aparece en el centro del fuego cruzado internacional, el Gobierno queda atrapado en un doble movimiento: si lo defiende, le acusan de proteger tramas; si se desmarca, rompe con parte de su propia familia política y concede el marco. En España, desmarcarse de un expresidente de tu partido nunca sale gratis; defenderlo, tampoco. Por eso el asunto es tan útil para la oposición: obliga a elegir entre dos precios altos.
En este contexto, incluso detalles secundarios se vuelven importantes: la mención a posibles audios póstumos de la periodista Patrícia López —citada en el relato que circula—, la explicación de Ekaizer sobre las motivaciones de la renuncia de Ábalos, los hilos que conectan un caso con otro. Puede que mañana no tengan recorrido; hoy sirven para alimentar la sensación de “hay más”. Y esa sensación, en política, es veneno lento.
El precio de entrar en la diana de Trump
La pregunta de fondo no es si Trump “odia” a España ni si existe una lista secreta; la pregunta es qué gana Trump señalando a Sánchez y a Zapatero. Gana varias cosas a la vez: refuerza su mensaje de que la OTAN debe pagar más; advierte a Europa de que el tiempo de los grises se acabó; y, de paso, alimenta una narrativa cultural donde “socialismo” se asocia con debilidad, apagones, complacencia con dictaduras y fuga de empresas. Es un relato simple, casi de eslogan, que en Estados Unidos sirve para política interna y en España se convierte en tormenta perfecta.
España, mientras tanto, paga con moneda doméstica: debate agrio, polarización importada, un Gobierno obligado a defenderse en varios frentes y una oposición con incentivo para estirar la cuerda. Y en medio queda lo que casi siempre queda en medio cuando el ruido lo tapa todo: la parte verificable y práctica. Gasto en defensa que debe subir con calendario creíble, negociación con la Alianza para no quedar encajonados en un 5% políticamente imposible, relación económica con Estados Unidos donde la tasa digital y otros asuntos comerciales son puntos de fricción, y un capítulo venezolano que, tras la captura de Maduro y la transición dirigida por Delcy Rodríguez, se ha vuelto todavía más sensible.
En resumen —sin necesidad de decir “en resumen”, porque se nota—, el movimiento de Trump cambia el clima más que la estructura: España seguirá siendo aliado, seguirá negociando, seguirá intentando cuadrar presupuestos, y seguirá discutiendo a gritos lo que podría discutirse con cifras. Pero el clima es política. Y cuando el clima se enrarece, cualquier frase pronunciada en Davos, en Washington o en un plató atraviesa el país como una pedrada: rompe cristales, no siempre por su fuerza, sino por el momento en que cae.
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Este artículo ha sido redactado basándose en información procedente de fuentes oficiales y confiables, garantizando su precisión y actualidad. Fuentes consultadas: La Moncloa, RTVE, Cadena SER, El País, Euronews, Europa Press, AP News, Reuters.
Alessandro Elia
Fuente de esta noticia: https://donporque.com/sanchez-y-zapatero-nuevos-objetivos-de-trump/
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