
Tornado y granizo sacuden Plasencia: daños en el hospital, árboles y techos caídos y hasta 200 coches golpeados en minutos. Recuento oficial.
Plasencia se llevó este viernes, 30 de enero de 2026, un golpe meteorológico tan breve como salvaje: un pequeño tornado, acompañado de tormenta intensa y granizo, cruzó la ciudad en torno a media tarde y dejó un rastro de daños materiales en vehículos, viviendas, negocios y mobiliario urbano. La sacudida duró tres o cuatro minutos, suficiente para arrancar árboles de raíz, desplazar contenedores, levantar cubiertas y convertir un aparcamiento en un campo de chapas dobladas y cristales rotos. Lo más importante en el primer balance oficial: no constan heridos.
La zona más castigada fue el entorno del Hospital Virgen del Puerto, donde el viento se cebó con los aparcamientos y estructuras ligeras, proyectando maderas y cascotes sobre los coches. Las primeras estimaciones sobre vehículos dañados se mueven en una horquilla amplia, por encima del medio centenar y con cálculos que llegan a rondar los 200, mientras los equipos de emergencia revisan coche a coche y calle a calle. En paralelo, el Ayuntamiento activó un operativo con Policía Local, Policía Nacional, bomberos, Protección Civil y brigadas municipales, y el alcalde, Fernando Pizarro, se desplazó a los puntos afectados para comprobar la situación sobre el terreno.
El tornado que sorprendió a Plasencia
A media tarde, con esa luz de invierno que parece limpia pero engaña, el cielo cambió de textura. No fue solo “viento”: fue viento con dirección propia, con esa forma de empujar que no empuja, sino que gira y arranca. El episodio se registró entre las 16:15 y las 16:25, según las reconstrucciones iniciales, y se concentró especialmente en la zona norte de la ciudad, aunque también dejó señales claras en Ciudad Jardín y en la avenida Dolores Ibárruri, donde el impacto fue visible en árboles tronchados, calzada invadida por restos y un vehículo que acabó volcado.
En pocas manzanas se condensó una escena que normalmente se asocia a otros mapas: árboles tumbados como cerillas mojadas, ramas cruzadas cortando pasos, piezas de cubierta desplazadas y objetos cotidianos convertidos en proyectiles. El granizo, además, añadió esa capa de ruido seco —golpeteo, chasquido— que hace que todo parezca más urgente, más inestable, como si la ciudad estuviera siendo aporreada desde arriba y desde los lados a la vez. Y luego, casi de golpe, el fenómeno se fue; el daño se quedó.
Lo que viene después es siempre lo más delicado: lo que no se ve. Un tornado urbano no solo rompe lo evidente; deja puntos débiles en cornisas, anclajes, chapas, vallas, árboles tocados por dentro. Por eso el operativo municipal se centró desde el primer minuto en asegurar zonas peligrosas, retirar obstáculos y revisar estructuras, porque el riesgo real muchas veces no es el minuto del golpe, sino la hora siguiente, cuando alguien pasa por debajo de lo que quedó mal sujeto.
Ayuntamiento de Plasencia y Hospital Virgen del Puerto: la zona cero del susto
El tornado no se repartió con justicia ni con simetría: eligió un punto y apretó ahí. En Plasencia, ese punto fue el entorno del hospital, donde se concentran aparcamientos, accesos, estructuras de protección para vehículos y un flujo constante de entradas y salidas. Allí el viento encontró material ligero —techos de voladizos, elementos metálicos, restos de ramas— y lo convirtió en munición. En cuestión de minutos, varios coches quedaron golpeados, abollados o con lunas dañadas, y se acumularon incidencias que obligaron a cortar accesos y reorganizar el paso de vehículos por seguridad. En el primer balance, el concejal de Interior David Dóniga recalcó el dato que todos buscaban: no hay daños personales.
La cifra de vehículos afectados es, a estas horas, el termómetro más llamativo y también el más resbaladizo. No es lo mismo un coche con una luna rota que uno con el techo hundido, y no es lo mismo un recuento rápido con coches a simple vista que una revisión completa por filas, matrículas y daños. En cualquier caso, el consenso en la zona es claro: fueron muchos. Se habla de más de 50 y de una horquilla que llega a situar el impacto en entre 100 y 200 en el aparcamiento principal y áreas próximas, con especial incidencia en vehículos del personal sanitario que estaba de servicio o de ciudadanos que acudían al hospital en ese tramo de la tarde.
El hospital, además, es un lugar donde cualquier corte o incidente multiplica tensión: ambulancias, traslados, urgencias, familiares entrando y saliendo… todo eso necesita un entorno estable. Por eso la prioridad inmediata fue liberar accesos, retirar elementos caídos y evitar que una estructura suelta, una rama colgante o una chapa mal fijada provocara un segundo accidente. La sensación que describen quienes estaban allí es de un caos comprimido: ruido, lluvia, granizo, y la impresión de que el aire tenía manos.
Aparcamiento destrozado, voladizos arrancados
La imagen más repetida en las primeras horas fue la del aparcamiento: voladizos arrancados, maderas y cascotes desplazados, restos de árboles sobre la zona de estacionamiento y coches marcados por impactos. En un tornado de este tipo, el daño no llega solo por la velocidad del viento, sino por lo que el viento levanta. Una tabla, una pieza metálica o un fragmento de cubierta puede atravesar un espacio corto con una fuerza brutal, y basta un golpe así para destrozar un parabrisas o abollar un techo como si fuera papel.
En el entorno del hospital también se registraron desperfectos en infraestructuras próximas, con el derribo parcial de la fachada principal del edificio conocido como “Cereza”, vinculado al futuro centro de menores situado frente al complejo sanitario. No es un detalle menor: cuando cae una fachada, aunque sea parcialmente, el protocolo obliga a revisar estabilidad, cerrar perímetros y vigilar posibles desprendimientos posteriores. En esa misma zona, se informó del desplome de un muro entre una cafetería frente al hospital y la entrada al centro, además del impacto de una estructura metálica contra el propio establecimiento hostelero, una de esas escenas que explican por qué el “después” también es peligroso.
A lo largo de la tarde, la Policía Local llegó a cortar accesos desde Ciudad Jardín hacia el hospital y, una vez asegurada la zona, los reabrió para aliviar la presión de tráfico. Mientras tanto, brigadas municipales y equipos de emergencia se centraron en retirar árboles, apartar restos y marcar puntos sensibles. En un episodio así, la ciudad se mueve por prioridades muy básicas: que no haya gente bajo lo que puede caer, que los vehículos de emergencia puedan pasar y que los servicios esenciales sigan funcionando.
Ciudad Jardín y la avenida Dolores Ibárruri: la ruta del daño
Si el hospital fue la foto grande, Ciudad Jardín y la avenida Dolores Ibárruri fueron la secuencia de planos cortos: el tornado entrando, rozando, empujando, arrancando. En Dolores Ibárruri, cerca de la Cámara de Comercio, varios árboles quedaron tronchados y se registró el vuelco de un vehículo, una escena que siempre impresiona porque demuestra que no hablamos de una racha normal; volcar un coche no es mover una papelera. Además, contenedores de residuos sólidos urbanos fueron desplazados hasta quedar en mitad de la carretera, dificultando el tráfico y obligando a intervenir con rapidez para evitar un accidente añadido.
En Ciudad Jardín, el viento dejó daños visibles en viviendas y calles del barrio. Se informó del arranque de parte del cerramiento de una vivienda, además de incidencias repartidas por varias vías, afectando tanto a coches como a locales. Y aquí apareció un elemento muy propio de 2026, casi un símbolo del barrio residencial contemporáneo: placas solares arrancadas o desplazadas. Cuando una instalación de este tipo se suelta, el riesgo no es solo el material; es el recorrido. Una placa puede deslizarse, volar o impactar como un panel rígido que corta, rompe y perfora.
También se citaron daños en cubiertas de naves del polígono industrial, un punto que suele sufrir especialmente con el viento fuerte porque muchas de estas estructuras dependen de chapas y fijaciones que, si fallan en un tramo, se convierten en grandes velas. El tornado, además, arrancó árboles de gran tamaño que bloquearon calzadas y calles, complicando la circulación en el momento más crítico. La ciudad se quedó con una red de obstáculos improvisada: ramas aquí, una chapa allá, un contenedor atravesado, un carril bloqueado. Todo en minutos.
La combinación de granizo y viento añadió daño superficial y confusión. El granizo golpea lunas, carrocerías y persianas, y al mismo tiempo reduce visibilidad, lo que hace más difícil anticipar lo que viene. Es uno de esos factores que, sin parecer tan “espectacular” como un árbol caído, empeora la escena: un conductor no ve un contenedor desplazado a tiempo; un peatón no distingue una rama a media altura; un equipo de intervención tarda más en evaluar porque el agua y el hielo lo enmascaran todo.
Árboles en el suelo, cubiertas levantadas y un muro caído
El tornado dejó un patrón clásico de episodio severo en ciudad: árboles arrancados, cubiertas dañadas, ventanas afectadas, estructuras metálicas fuera de sitio. Lo más visible fueron los árboles. No hablamos de ramitas o de hojas: se habló de árboles de gran tamaño arrancados de raíz, caídos sobre calzadas y bloqueando accesos. Un árbol caído no solo corta una calle; puede arrastrar cableado, golpear vehículos aparcados, destrozar vallas o dejar al descubierto raíces y alcorques que se convierten en trampas.
Las cubiertas levantadas y los tejados dañados son el segundo gran capítulo, porque suelen multiplicar problemas después. Una cubierta abierta es un edificio vulnerable: entra agua, se desprenden piezas, se filtran humedades y, sobre todo, queda la amenaza de que lo que no cayó durante el golpe se desprenda más tarde. En varias zonas se habló de daños en techos y tejados, con piezas desplazadas o arrancadas, algo coherente con un fenómeno de alta energía concentrada que no necesita durar media hora para hacer estragos.
El derribo del muro entre la cafetería próxima al hospital y la entrada del centro asociado al edificio “Cereza” añade otra dimensión: cuando cae un muro, el problema no se limita a la escombrera; hay que revisar estabilidad del entorno, posibles daños en anclajes y riesgos de caída de elementos asociados. A eso se sumó la estructura metálica que impactó contra el establecimiento, una imagen muy concreta de cómo el viento convierte objetos relativamente “normales” en algo peligrosamente rápido.
En este tipo de episodios, las cifras de daños en viviendas y negocios suelen tardar más en consolidarse que las de vehículos, porque hay que entrar, revisar, documentar, y porque mucha gente descubre desperfectos horas después. Se han citado daños en viviendas particulares, en especial en Ciudad Jardín, además de afectación a locales y naves. Y aquí la palabra clave es “evaluación”: lo urgente era apartar lo que bloqueaba y proteger a quienes estaban en la calle; lo importante, ya con más calma, es detectar grietas, filtraciones, cubiertas sueltas y puntos frágiles que podrían causar problemas en días posteriores.
Operativo municipal: cortes, retirada y seguridad
En cuestión de minutos, la ciudad pasó del “¿qué está pasando?” al “hay que actuar ya”. El operativo movilizó a Policía Local y Policía Nacional, dotaciones de bomberos, Protección Civil, y brigadas municipales vinculadas a jardines, mantenimiento y servicios relacionados con el agua. La escena exigía coordinación: cortar accesos donde hubiera riesgo de caída, señalizar calles bloqueadas, retirar árboles con rapidez y priorizar los puntos donde el daño podía generar un accidente secundario.
La intervención tuvo un componente muy práctico y muy inmediato: motosierras, retirada de ramas, movimiento de contenedores, apuntalamiento o acordonamiento de zonas sensibles y evaluación visual de cubiertas y fachadas. En el entorno del hospital, la prioridad fue liberar accesos y evitar que una ambulancia o un vehículo de emergencias quedara atrapado entre restos. Los cortes de tráfico, especialmente desde Ciudad Jardín hacia el hospital, se aplicaron de forma preventiva y se fueron levantando a medida que se aseguraba el perímetro.
El concejal de Interior, David Dóniga, fue una de las voces institucionales en las primeras horas, explicando que aún no había una evaluación completa, confirmando la ausencia de heridos y señalando los puntos más afectados: Hospital, Ciudad Jardín y Dolores Ibárruri. En paralelo, el alcalde Fernando Pizarro acudió a las zonas dañadas para comprobar la situación. Ese gesto no repara un tejado, pero sí marca el tipo de tarde que fue: una tarde de calle, de barro, de revisar con botas y no con despacho.
Mientras el operativo retiraba obstáculos, empezaba otra parte menos visible pero igual de importante: la documentación de daños y el control de riesgos persistentes. En episodios de viento severo, se revisan cornisas, antenas, toldos, chapas, árboles inclinados y cualquier elemento que haya quedado a medias. La ciudad, de algún modo, entra en modo “post-impacto”: limpiar, asegurar, reabrir, y volver a mirar. Volver a mirar es clave, porque lo peligroso suele ser lo que parece estable… hasta que deja de serlo.
Plasencia hace cuentas y busca grietas ocultas
Con el tornado ya fuera del mapa inmediato, Plasencia se quedó con la parte ingrata: contar daños y, sobre todo, entenderlos. La horquilla sobre coches afectados —de más de 50 a cifras que se acercan a 200 en primeras estimaciones— se irá afinando cuando termine el recuento completo y cuando se separen daños leves de daños estructurales. Lo mismo ocurre con viviendas y negocios: una persiana abollada, una cubierta levantada o una instalación fotovoltaica arrancada entran en categorías distintas, y eso exige inspección, documentación y, en muchos casos, intervención profesional.
El episodio deja, además, un recordatorio sobre cómo se comporta un fenómeno así en ciudad: no arrasa todo, sino que marca un recorrido caprichoso, una especie de cicatriz irregular. A pocos metros de un coche destrozado puede haber otro intacto; en una calle puede caer un árbol y en la paralela no moverse ni una maceta. Esa irregularidad es parte del diagnóstico: ayuda a identificar por dónde pasó el núcleo más violento y a distinguir daños por racha lineal de daños por rotación.
La meteorología de estos días en Extremadura ya venía cargada, con temporales recientes y avisos por viento en la región. En ese contexto, un episodio convectivo intenso —tormenta fuerte, granizo y un giro de viento que se organiza— puede convertirse en un tornado breve, muy localizado, pero de alta capacidad de daño. En Plasencia, ese “breve” fue exactamente lo que lo hizo tan desconcertante: tres o cuatro minutos que dejaron trabajo para días, y una ciudad mirando al cielo con desconfianza razonable.
A partir de ahora, el foco se desplaza de lo espectacular a lo meticuloso: revisar la fachada del edificio “Cereza”, comprobar anclajes y cubiertas, retirar árboles peligrosos, reponer elementos urbanos y confirmar, con precisión, el alcance real en vehículos y viviendas. El susto ya pasó; la gestión del susto continúa. Y Plasencia, por encima de todo, se aferra al dato que convierte un desastre en un episodio duro pero asumible: daños materiales sí, víctimas no.
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Este artículo ha sido redactado basándose en información procedente de fuentes oficiales y confiables, garantizando su precisión y actualidad. Fuentes consultadas: Canal Extremadura, COPE, Cadena SER, elDiario.es, AEMET, Extremadura7Días, Europa Press.
Alessandro Elia
Fuente de esta noticia: https://donporque.com/tornado-en-plasencia/
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