
EL DESAFÍO DEL DISCERNIMIENTO EN LA ERA DE LA SOBREEXPOSICIÓN.
Vivimos en la época con mayor acceso a información en toda la historia de la humanidad. Nunca antes fue tan fácil aprender, investigar, comparar, escuchar voces diversas, acceder a expertos, leer artículos científicos, ver conferencias completas desde el teléfono o recibir consejos en segundos. Paradójicamente, nunca fue tan fácil sentirse confundido, saturado, inseguro o desorientado frente a tanta información disponible.
Hoy abundan los gurús digitales, los influenciadores de todo tipo, los reels con “verdades absolutas” en treinta segundos, los podcasts que prometen fórmulas rápidas para la felicidad, la abundancia, la salud, el éxito o la espiritualidad. Sin embargo, lo que parece una ventaja evolutiva se ha convertido también en una trampa silenciosa: tenemos mucho conocimiento, pero poco discernimiento.
La información ya no es escasa; lo escaso es la capacidad de pensar con profundidad, cuestionar, integrar, contrastar, sentir coherencia interna y construir criterio propio. En este escenario, muchas personas repiten ideas sin comprenderlas, adoptan discursos sin haberlos elaborado, siguen recomendaciones sin evaluar su impacto real, y confunden acumulación de datos con sabiduría.
Este fenómeno no solo afecta nuestra manera de aprender, sino también nuestra salud mental, nuestra autonomía psicológica y nuestra capacidad de tomar decisiones conscientes.
Las causas de la sobreinformación sin criterio.
Existen múltiples factores que alimentan este fenómeno contemporáneo:
- La velocidad del contenido: Las redes sociales priorizan la inmediatez, el impacto emocional, el contenido breve y llamativo. Esto estimula el consumo rápido, superficial y fragmentado. El cerebro se acostumbra a recibir estímulos constantes sin procesarlos en profundidad.
- La autoridad diluida: Hoy cualquiera puede autodenominarse “experto”, “coach”, “mentor” o “gurú” sin procesos formativos claros ni responsabilidad ética. La validación ya no proviene del rigor, sino del número de seguidores, likes o viralidad.
- El deseo de soluciones rápidas: En una cultura ansiosa, muchas personas buscan respuestas inmediatas para problemas complejos. Esto abre la puerta a mensajes simplificados, recetas mágicas y discursos reduccionistas que evitan el esfuerzo reflexivo.
- La falta de educación crítica: El sistema educativo ha priorizado históricamente la memorización más que el pensamiento crítico, la metacognición y la reflexión ética. Muchas personas no han desarrollado herramientas para evaluar fuentes, distinguir sesgos, analizar argumentos o integrar perspectivas.
- La sobreestimulación cognitiva: El cerebro humano no está diseñado para procesar miles de estímulos diarios. La saturación informativa genera fatiga mental, disminución de la atención sostenida y dificultad para profundizar.
Las consecuencias psicológicas y sociales.
La sobreinformación sin discernimiento tiene impactos reales en la vida individual y colectiva:
- Confusión y ansiedad: Cuanta más información contradictoria recibimos, mayor incertidumbre se genera. Esto puede provocar ansiedad, indecisión, inseguridad personal y dependencia de validación externa.
- Pérdida de autonomía psicológica: Cuando una persona no construye criterio propio, delega sus decisiones en voces externas. Vive reaccionando a tendencias, modas y opiniones ajenas, debilitando su capacidad de autorregulación y responsabilidad personal.
- Superficialidad del pensamiento: Se repiten frases hechas, conceptos mal entendidos, ideas copiadas sin integración real. Se habla mucho, pero se comprende poco. La profundidad emocional e intelectual se empobrece.
- Polarización y dogmatismo: Al no existir análisis crítico, muchas personas adoptan posturas rígidas, defienden ideas sin comprenderlas y atacan perspectivas diferentes. Esto debilita el diálogo, la empatía y la construcción colectiva de conocimiento.
- Desconexión del propio cuerpo y experiencia: El exceso de información externa puede alejar a las personas de su propia percepción, intuición, experiencia emocional y sabiduría interna. Se vive más desde la instrucción que desde la conciencia.
La importancia del discernimiento.
El discernimiento no es simplemente saber mucho, sino saber elegir, filtrar, comprender, integrar y aplicar con conciencia. Implica una combinación de pensamiento crítico, madurez emocional, humildad intelectual y responsabilidad ética.
Discernir significa preguntarse:
¿Quién dice esto y desde qué lugar?
¿Qué evidencia respalda esta afirmación?
¿Cómo resuena esto con mi experiencia y mis valores?
¿Qué consecuencias tiene aplicar esta idea?
¿Estoy comprendiendo o solo repitiendo?
El discernimiento protege la salud mental, fortalece la autonomía, favorece decisiones coherentes y permite transformar la información en verdadera sabiduría vivencial.
No todo lo que circula merece ser incorporado. No toda voz necesita ser escuchada. No toda tendencia debe ser seguida.
Medidas de afrontamiento y cultivo del criterio.
Frente a este panorama, es posible desarrollar prácticas conscientes:
- Reducir el consumo informativo: Seleccionar cuidadosamente las fuentes, limitar el tiempo en redes, evitar la saturación constante. Menos información, mejor procesada.
- Profundizar en lugar de acumular: Elegir pocos temas y estudiarlos con mayor profundidad, reflexión y análisis. La comprensión crece cuando hay tiempo para integrar.
- Ejercitar el pensamiento crítico: Cuestionar, contrastar fuentes, leer perspectivas diversas, reconocer sesgos propios y ajenos.
- Escuchar la experiencia personal: La vivencia corporal, emocional y relacional es una fuente legítima de aprendizaje. No todo se valida únicamente desde afuera.
- Recuperar el silencio y la pausa: El discernimiento necesita espacios de silencio, reflexión, contemplación y digestión mental. Pensar requiere tiempo.
Elegir referentes con ética y coherencia.
No solo importa lo que alguien dice, sino cómo vive, cómo se relaciona, qué coherencia muestra entre discurso y acción.
Vivimos rodeados de información, pero hambrientos de sentido. La verdadera evolución no consiste en saber más, sino en comprender mejor. No en repetir discursos, sino en integrarlos con conciencia. No en seguir gurús, sino en desarrollar una brújula interna.
El discernimiento es una forma de madurez psicológica y espiritual. Es la capacidad de habitar el conocimiento con humildad, responsabilidad y profundidad. En un mundo que grita constantemente, elegir pensar, sentir y discernir se convierte en un acto de libertad.
Quizá el desafío de nuestra época no sea acceder a más información, sino aprender a escuchar con criterio, filtrar con sabiduría y vivir con coherencia aquello que realmente comprendemos.
Porque cuando la conciencia guía al conocimiento, la información deja de ser ruido y se transforma en verdadera transformación.
«Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad…» Juan 16:13 (RVR1960)
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