

Viajar al espacio suena épico, pero la microgravedad y el cerebro de los astronautas esconden una historia mucho más compleja de lo que muestran las fotos desde la ISS. Estudios recientes revelan que el cerebro no vuelve exactamente igual tras una misión espacial, incluso meses después del aterrizaje. Estos cambios, pequeños pero persistentes, afectan el equilibrio y la forma en que el cuerpo se readapta a la Tierra.
¿Qué está cambiando en el cerebro de los astronautas?
La microgravedad no solo hace que los objetos floten: también redistribuye los fluidos del cuerpo hacia la cabeza, empujando literalmente al cerebro dentro del cráneo. Investigaciones lideradas por la Universidad de Florida y publicadas en Proceedings of the National Academy of Sciences analizaron resonancias magnéticas de 26 astronautas antes y después de sus misiones. El resultado fue claro: el cerebro se desplaza y se deforma de forma medible.
Aunque hablamos de cambios de apenas 2 a 3 milímetros, para el sistema nervioso eso es significativo. No es un simple “movimiento”, sino una alteración en la forma del cerebro: algunas regiones se estiran, otras se comprimen. En un entorno tan extremo como el espacio, incluso estos milímetros importan más de lo que creemos.
El equilibrio: la habilidad que más sufre al volver a la Tierra
Las zonas más afectadas están relacionadas con el equilibrio y el control del movimiento. En especial, la ínsula posterior, una región clave para mantenernos erguidos y orientados en el espacio. Cuando esta área se ve alterada, los astronautas experimentan mareos, torpeza y dificultad para caminar tras regresar.
Cuanto mayor fue la deformación cerebral durante la misión, más complicado resultó recuperar la estabilidad en la Tierra. Esto explica por qué muchos astronautas necesitan días o semanas de rehabilitación para realizar acciones tan básicas como caminar en línea recta. Lo que en la Tierra es automático, en el espacio se “desaprende”.
Misiones largas, efectos más duraderos
Las misiones cortas ya provocan cambios, pero los vuelos prolongados intensifican el problema. En estancias de seis meses o más, como las habituales en la Estación Espacial Internacional, las modificaciones cerebrales pueden persistir durante meses después del regreso. En la mayoría de los casos, el cerebro recupera su forma original, pero no siempre sucede por completo.

Para confirmar que la microgravedad es la causa directa, los científicos realizaron experimentos en la Tierra con voluntarios en reposo prolongado en camas inclinadas, simulando el desplazamiento de fluidos hacia la cabeza. Los resultados mostraron patrones similares, aunque menos intensos. Esto refuerza la idea de que el cerebro humano no está diseñado para vivir sin gravedad durante mucho tiempo.
¿Por qué esto es clave para ir a la Luna o a Marte?
Aquí es donde el tema deja de ser curioso y se vuelve urgente. Las futuras misiones a la Luna o Marte implican meses (o años) lejos de la gravedad terrestre. Si el cerebro se adapta a la microgravedad, ¿qué pasa cuando un astronauta llegue a Marte y tenga que moverse, tomar decisiones rápidas o responder a emergencias?
Spending time in outer space can literally change the position and shape of your brain. MRI scans of 15 astronauts before and after spaceflight revealed brains shifted backward and upward and tilted up within their skulls. In PNAS: https://t.co/EdqZICJFng pic.twitter.com/bkYz77PxFk
— PNASNews (@PNASNews) January 16, 2026
Aunque no se han detectado efectos sobre la inteligencia o la personalidad, sí hay consecuencias funcionales que podrían poner en riesgo la seguridad. Proteger el cerebro será tan importante como proteger los cohetes. Desde entrenamientos específicos hasta posibles soluciones tecnológicas que simulen gravedad, la exploración espacial depende de cómo resolvamos este reto.
Microgravedad, solo uno de muchos riesgos invisibles
El cerebro no es el único afectado. La microgravedad también provoca pérdida de masa ósea y muscular, cambios en la visión, alteraciones cardiovasculares y un sistema inmunitario más vulnerable. A esto se suma la radiación espacial, capaz de dañar el ADN y aumentar el riesgo de cáncer. Cada misión espacial confirma lo mismo: el cuerpo humano es increíblemente adaptable, pero tiene límites. Entender esos límites no frena la exploración; al contrario, la hace más segura y sostenible para el futuro.

La microgravedad y el cerebro de los astronautas nos recuerdan que explorar el espacio no es solo un desafío tecnológico, sino profundamente humano. Cambios de apenas unos milímetros pueden marcar la diferencia entre caminar con normalidad o perder el equilibrio al volver a casa. Mientras soñamos con Marte y más allá, la ciencia nos obliga a mirar hacia adentro, a nuestro propio cuerpo, y preguntarnos si estamos realmente listos para vivir lejos de la Tierra. ¿Podrá el cerebro humano adaptarse a un cosmos lleno de secretos sin perder su equilibrio?
Carolina Gutiérrez Argüelles
Fuente de esta noticia: https://ecoosfera.com/sci-innovacion/cerebro-astronautas-microgravedad/
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