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Irán suministra combustible de aviación a la junta de Myanmar y alimenta sus bombardeos a civiles con rutas encubiertas y sanciones eludidas.
Irán ha encontrado en Myanmar un cliente perfecto: aislado, sancionado, necesitado de combustible y con una guerra que se decide desde el cielo. En los últimos quince meses, según una investigación basada en documentos de embarque, imágenes por satélite y análisis de rutas, Teherán ha enviado grandes cargamentos de combustible de aviación a la junta birmana, mientras también despachaba urea, un producto habitual en fertilizantes que, en manos militares, puede acabar dentro de explosivos. El resultado no es abstracto: más queroseno significa más salidas de cazas, más bombardeos, más aldeas aprendiendo a dormir bajo los árboles.
El patrón se vuelve especialmente incómodo cuando se cruzan fechas y nombres. El 13 de octubre de 2025, un avión de la fuerza aérea de la junta bombardeó la escuela de Vanha, una aldea remota del estado Chin; después, un dron lanzó un segundo ataque minutos más tarde. Murieron dos estudiantes y hubo 22 heridos, según testimonios y el recuento de una organización local de derechos humanos. Ese mismo día, un petrolero iraní regresaba de Myanmar tras haber descargado más de 16.000 toneladas de combustible para reactores, con la señal de localización trucada durante parte del viaje. No hace falta demostrar qué gota exacta cayó en qué avión: cuando un suministro se vuelve casi exclusivo, el combustible deja de ser “mercancía” y pasa a ser condición de posibilidad de una campaña aérea.
El barco que se teletransportaba en el mapa
Hay un detalle que parece sacado de una película barata y, sin embargo, es rutina en el mar: un barco “miente” sobre dónde está. El 15 de septiembre de 2025, el transmisor de posición del petrolero iraní Reef apareció en las pantallas cerca de la terminal petrolera de Basora, frente a la costa de Irak. El problema era que el Reef estaba, en realidad, en el puerto iraní de Bandar Abbas, cargando combustible de aviación. La mentira no se sostuvo con sutileza; al contrario, se delató con un salto imposible. A las 7:28 del 16 de septiembre, la señal lo situaba a unos 330 kilómetros de Bandar Abbas. Tres minutos después, a las 7:31, el sistema lo mostraba ya “llegando” al puerto. Un trayecto así, incluso a toda máquina, no se hace en minutos, ni en una hora: lleva muchas horas.
La escena tiene algo de truco de magia de feria, pero el objetivo es muy concreto: sembrar confusión sobre el punto de carga y la ruta real, dificultar el seguimiento, enfriar la presión de sanciones. A ratos, la cobertura “se resbala” y la posición real asoma; luego vuelve la máscara. Es un juego de encendido y apagado, de verdades intermitentes, que no busca convencer a un experto, sino cansar al que intenta perseguir la línea completa.
Spoofing, flota fantasma y el lenguaje del engaño
El sistema que se manipula es el AIS (Automatic Identification System), el emisor que permite monitorizar la posición de muchos barcos comerciales. Cuando se habla de spoofing, no es que el buque desaparezca; es casi peor: deja un rastro falso, una ruta inventada que parece plausible hasta que se mira con lupa. En este caso, la lupa llegó por la combinación de datos de seguimiento con imágenes satelitales, y ahí la ficción se rompió: donde el Reef decía estar, no estaba; donde debía no estar, estaba.
Ese modus operandi se asocia a lo que se conoce como “flota fantasma” o shadow fleet, una red de buques que transporta carga bajo capas de opacidad: cambios de bandera, cambios de nombre, propietarios difíciles de rastrear, transmisores que se manipulan, y una coreografía repetida en distintas rutas. No es un fenómeno marginal: es una infraestructura informal que, a escala, se convierte en arteria económica. Y aquí esa arteria conecta con una guerra.
De Bandar Abbas a Yangon: el circuito del queroseno
Una vez cargado en Irán, el Reef navegó por el estrecho de Ormuz y, tras ese punto, volvió a emitir su posición de forma más fiel durante un tramo. Después, al rodear el sur de India, el patrón se repitió: otra vez el mapa “fingido”. El 2 de octubre, la señal falsa lo mostraba rumbo al puerto bangladesí de Chittagong. Más tarde ese mismo día, el barco emitió su ubicación real a unos 800 kilómetros de distancia, en el Myan Oil Terminal, cerca de Yangon, donde descargó.
Ese terminal no es un muelle cualquiera, y por eso aparece con insistencia. Está en las afueras de la capital comercial birmana y había sido conocido anteriormente como Puma. El combustible de aviación no se maneja como si fueran sacos de arroz: se degrada, requiere almacenamiento especializado, cadenas de transporte cuidadas, y una red que lo lleve desde la costa hasta las bases aéreas. Durante años, la infraestructura que lo gestionaba se consideró crítica para el suministro nacional. En la lógica de una junta que bombardea, es una pieza de alto valor estratégico: sin depósito, sin circuito, el queroseno no se convierte en vuelo.
Los documentos revisados en la investigación atribuyen a Irán un total de aproximadamente 175.000 toneladas de combustible de aviación entregadas a la junta entre octubre de 2024 y diciembre de 2025, en nueve envíos realizados por el Reef y un buque gemelo mayor, el Noble. No es una cifra para adornar un titular; es un volumen capaz de sostener una campaña aérea intensiva. En Vanha, el 13 de octubre, mientras se contaban heridos en un patio escolar, un petrolero regresaba de Myanmar tras haber descargado más de 16.000 toneladas de jet fuel, “suficientes para miles de salidas” si se usa el lenguaje de los cálculos operativos.
El truco de las rutas no se limita al Reef. En varias travesías, el patrón de “salida” aparentaba venir de Basora, como si el barco hubiera cargado en Irak, y luego apuntaba hacia Bangladesh antes de aparecer junto a Yangon. Incluso cuando el engaño no convence del todo, su utilidad está en el ruido: si un barco figura en un punto A, luego en un punto B, luego “regresa” a A, el seguimiento se convierte en una discusión interminable. La carga, mientras tanto, entra.
En el terreno diplomático y regulatorio, el engranaje se tensa porque tanto Irán como Myanmar están sometidos a sanciones occidentales, y el suministro de combustible de aviación a la junta se ha convertido en uno de los focos de presión internacional desde el golpe de 2021. A medida que aumentaban las restricciones sobre materiales que pueden usarse para la represión, muchos proveedores comerciales redujeron operaciones o se retiraron, elevando el riesgo de vender o distribuir jet fuel en Myanmar. En ese hueco, Irán aparece como proveedor dispuesto, con logística de evasión ya probada en otros mercados.
Bombas sobre escuelas y hospitales: la ventaja del aire
En Myanmar, la guerra se libra a ras de suelo en selvas, pueblos y carreteras, pero el desequilibrio se decide arriba. La junta conserva alrededor de un centenar de aeronaves y ha incorporado o mantenido modelos de procedencia rusa y china, entre ellos MiG-29, Sukhoi-30 y los JF-17 de diseño chino. Los grupos rebeldes, fragmentados y numerosos, no cuentan con una fuerza aérea convencional capaz de disputar el cielo. Ese desnivel convierte cada cargamento de combustible en un multiplicador de poder: no se trata solo de “tener aviones”, sino de poder volarlos con continuidad.
Desde el inicio de los envíos iraníes, el recuento de ataques aéreos contra objetivos civiles se disparó. En el periodo que va desde la primera entrega hasta el 31 de diciembre de 2025, la junta habría realizado 1.022 ataques aéreos contra objetivos civiles, más del doble que en los quince meses anteriores, según datos de monitorización citados en la investigación, aunque no se pudo confirmar de forma independiente el número total de ataques o víctimas. En paralelo, el recuento de muertos civiles por bombardeos gubernamentales desde que empezaron los envíos se sitúa en al menos 1.728 víctimas, según la base de datos de un observatorio local que rastrea el conflicto. Son cifras que no necesitan adjetivos: cada unidad es una vida, y las series largas, una pauta.
Vanha es el ejemplo de cómo se concreta esa pauta. La aldea, de unos 260 habitantes, está concentrada alrededor de la escuela en un radio reducido; cuando cayó la bomba, la onda golpeó viviendas cercanas. Un vídeo verificado muestra a gente huyendo cuando suena la segunda explosión, la del dron. El miedo, según el testimonio recogido, cambió la forma de dormir: muchas familias se trasladaron a los bosques cercanos, bajo la cobertura de árboles, y regresan a sus casas cuando no queda alternativa. En el mismo estado Chin, antes de acabar 2025, aviones militares habrían bombardeado otras dos escuelas en un radio de unos 70 kilómetros, según documentación local. En términos de guerra, es una estrategia de desgaste: atacar infraestructura civil socava comunidades, interrumpe educación, desplaza población, erosiona la capacidad de sostener vida normal.
El mapa de impactos se extiende más allá de Chin. Los ataques se han concentrado de forma intensa en regiones disputadas como Sagaing, donde se han repetido bombardeos sobre escuelas y edificios sanitarios, y también en áreas del este como Kayah/Karenni, en la frontera con Tailandia, escenario de enfrentamientos duros y castigos aéreos. En Rakhine, la guerra contra el Arakan Army ha tenido episodios especialmente sangrientos, y ahí aparece otra escena que no encaja en la idea de “daños colaterales”.
El hospital de Mrauk-U y la rutina del terror
La noche del 10 de diciembre de 2025, Wai Hun Aung, trabajador humanitario, estaba en casa cuando escuchó un avión sobrevolando. Poco después, una explosión sacudió el lugar. No era una detonación lejana, de fondo; era de esas que desplazan el aire dentro del pecho. Al amanecer, llegó en moto al principal hospital de Mrauk-U, un centro de unas 300 camas, y encontró el edificio destrozado. Habló de familiares buscando supervivientes, de cuerpos y miembros esparcidos en lo que habían sido salas y quirófanos. El ataque dejó al menos 30 muertos y más de 70 heridos, según el recuento disponible, y se considera uno de los golpes aéreos más letales del conflicto.
El detalle que enlaza con la logística marítima es frío: días antes, el Reef había hecho otra entrega encubierta y descargado casi 15.000 toneladas de combustible, con el mismo patrón de enmascaramiento de ruta, aparentando provenir de Basora y apuntando hacia Bangladesh antes de terminar en Myanmar. Un responsable portuario en Chittagong dijo no ser consciente de la operación de suplantación de señal. Irak no respondió a peticiones de comentario. En el tablero internacional, la respuesta muchas veces llega tarde, o llega como frase. En el terreno, llega como explosión.
Ya en enero de 2026, circuló un vídeo que muestra un reactor de la fuerza aérea birmana realizando una misión de bombardeo sobre Banmauk, en la región de Sagaing. Ese tipo de material no demuestra por sí solo la procedencia del combustible, pero sí retrata una realidad: la campaña aérea sigue en marcha, sostenida por una cadena de suministro que, cuando se estrecha por sanciones, busca rutas alternativas. El combustible, como el agua, siempre encuentra por dónde colarse si alguien lo necesita y alguien lo vende.
Urea, sanciones y la economía que sostiene la guerra
Hay una tentación de reducir esta historia a un solo elemento: “Irán vende combustible y ya”. Sería cómodo, pero incompleto. En paralelo al queroseno, la investigación describe el envío de urea a Myanmar en cantidades crecientes. La urea, en su vida normal, es fertilizante y química industrial; en su vida de guerra, puede entrar en la fabricación de explosivos. Dos soldados desertores describieron su uso en municiones, incluidas bombas lanzadas por drones y parapentes, y un oficial desertor, Major Naung Yoe, señaló que la urea termina en dos fábricas de armamento en el centro del país, donde se integra en distintos tipos de explosivos. El paso de “insumo agrícola” a “componente bélico” no es instantáneo, pero es perfectamente factible cuando un régimen controla fábricas y una economía militarizada.
El movimiento de la urea también se apoya en barcos que manipulan su señal. Se mencionan al menos dos buques de carga a granel, Golden ES y Rasha, que habrían entregado urea desde Irán a Myanmar, con datos portuarios y satelitales que sostienen esa ruta y muestran el mismo tipo de engaño electrónico sobre el punto de partida. Analistas que siguen importaciones estiman que el volumen anual de urea iraní hacia Myanmar podría moverse entre 400.000 y 600.000 toneladas, una horquilla amplia que sugiere continuidad y escala. No se confirmaron todos los envíos posibles, pero el aumento, incluso con lo verificable, encaja con una estrategia: sostener el esfuerzo bélico no solo con combustible para aviones, también con materiales para munición.
Al otro lado del espejo, Irán tiene incentivos de manual. Su economía lleva años golpeada por sanciones; la moneda se ha deteriorado y el régimen ha enfrentado episodios de protesta interna reprimidos con dureza. En ese contexto, vender combustible de aviación a un precio superior al del crudo es negocio. La estimación citada en la investigación habla de un 33% de prima del jet fuel frente al Brent y un potencial ingreso de alrededor de 123 millones de dólares por esos nueve envíos, calculado con referencias sectoriales del transporte aéreo. Más que la cifra exacta, importa la lógica: el combustible de aviación es un producto de alto valor, y Myanmar ofrece demanda sostenida porque su fuerza aérea ha intensificado operaciones.
La estructura empresarial y de sanciones refuerza esa lógica de clandestinidad. Los petroleros Reef y Noble fueron sancionados por Estados Unidos en 2024, igual que su propietario, Sea Route Ship Management FZE, por transportar productos petroquímicos iraníes “a sabiendas”, según la formulación sancionadora. El Reef, además, habría cambiado nombre y bandera varias veces en pocos años, una táctica repetida en redes de evasión: cambiar la etiqueta para que el rastro se diluya y el historial se fragmente. En el extremo de origen, aparece el entorno de Bandar Abbas y la NIORDC, vinculada a la estructura petrolera estatal. Las sanciones estadounidenses han descrito a la National Iranian Oil Company como agente o afiliada de la Guardia Revolucionaria en el pasado, y la investigación sugiere que el dinero del petróleo es un nervio económico que alimenta estructuras de poder internas en Irán. En otras palabras, el combustible que sale no es solo mercancía: es también financiación.
En el extremo de destino, la red del Myan Oil Terminal y empresas conectadas ha sido objeto de sanciones por facilitar la importación, almacenamiento y distribución del combustible a la junta. Se citan compañías como Myan Oil, Swan Energy, Shoon Energy y Asia Sun Group, además de individuos asociados como Zaw Min Tun y Win Kyaw Kyaw Aung. En muchos casos, las vías de contacto no respondieron o eran inválidas, un detalle que dice mucho sin decirlo: en redes bajo sanción, la transparencia suele ser un lujo que nadie quiere pagar.
La ruta del combustible y el precio del cielo
La historia no se limita a barcos y explosiones: también habla de cómo se mueven las alianzas cuando se cierran puertas. Irán, que en 2017 criticó con dureza a los militares birmanos por la persecución y masacre de los rohinyá —con declaraciones públicas del entonces presidente Hassan Rouhani y del entonces ministro de Exteriores Mohammad Javad Zarif denunciando lo que ocurría—, acabó acercándose a la junta tras el golpe de 2021 y la necesidad mutua de socios fuera del circuito occidental. En enero de 2022, una delegación iraní habría viajado en secreto a Myanmar para reunirse con miembros del estamento militar, según una fuente de seguridad regional que sigue a la junta, con el objetivo de ofrecer armas y equipamiento. Un analista israelí citado en la investigación, Danny Citrinowicz, resumía la idea con crudeza: la ideología se flexiona cuando hay interés estratégico, y Myanmar resulta “interesante” para Teherán.
Ese acercamiento se ha visto acompañado por contactos políticos de alto nivel. En diciembre de 2025, el presidente iraní Masoud Pezeshkian se reunió con el primer ministro birmano Nyo Saw al margen de una cumbre en Turkmenistán, con mensajes sobre ampliar cooperación en importación de petróleo y tecnología de extracción. Al mismo tiempo, Irán fue invitado a enviar observadores a unas elecciones escalonadas iniciadas el 28 de diciembre de 2025, un proceso cuestionado por la oposición, Naciones Unidas y numerosos observadores internacionales, que lo describieron como lejos de ser libre o justo. En ese marco, el combustible no es solo energía: es influencia, es relación, es un canal que se abre cuando otros se cierran.
En la dimensión moral y jurídica, el reproche internacional se ha expresado con palabras muy directas. El relator especial de la ONU para Myanmar, Tom Andrews, afirmó que el combustible enviado desde Irán está literalmente alimentando atrocidades masivas y pidió que el gobierno iraní rinda cuentas por las consecuencias de su nuevo cliente. Irán declinó comentar a través de su misión ante la ONU; el gobierno de Myanmar no respondió. La ausencia de respuesta, en conflictos así, funciona como otra forma de ruido: mientras se discute quién contesta, los barcos zarpan.
Y los barcos, de hecho, siguen. A finales de enero de 2026, los datos de seguimiento analizados mostraban al Noble simulando estar anclado cerca del sur de Irak mientras, en realidad, permanecía cerca de Bandar Abbas, esperando zarpar. El Reef aparecía cargado y en ruta hacia Yangon. Es una imagen casi mecánica: un buque “espera”, el otro “sale”, el mapa se tuerce cuando conviene, y la guerra aérea encuentra su oxígeno. Entre medias quedan los nombres que rara vez llegan a una mesa de negociación: Vanha, Mrauk-U, Banmauk; una escuela golpeada, un hospital hecho polvo, familias durmiendo en el bosque. En esta historia, el queroseno no huele solo a combustible: huele a capacidad de atacar, a continuidad del poder desde el aire, a un cielo que, para demasiada gente, dejó de ser cielo y pasó a ser amenaza permanente.
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Este artículo ha sido redactado basándose en información procedente de fuentes oficiales y confiables, garantizando su precisión y actualidad. Fuentes consultadas: Reuters, Amnesty International, Reuters (sanciones UK/EU/Canadá), Associated Press (vía CT Post).
Alessandro Elia
Fuente de esta noticia: https://donporque.com/petroleo-de-iran-sostiene-la-guerra-de-myanmar/
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