
María José Rodríguez Carbajal.
Prof. Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales.
La fachada atlántica europea lleva muchos años siendo una parte del mapa muy atractiva para visitar, pero no tanto para invertir y atraer nuevas oportunidades. Aún más, en las últimas décadas, la órbita geopolítica de la UE giró hacia el Este, tras la gran ampliación de 13 nuevos países a partir del 2004
La novedad —esta vez de verdad— es que el Consejo Europeo acaba de dar el impulso político para que la Comisión y los Estados miembros desarrollen una estrategia macro-regional para el Atlántico, una estructura pensada para implicar a las regiones y territorios en la ordenación de prioridades, coordinación de inversiones y, sobre todo, convertir la cooperación en algo más que una colección de buenas intenciones.
Una «macrorregión» significa alinear fondos, competencias y gobernanza multinivel para que puertos, regiones, universidades, clusters industriales y administraciones de la fachada atlántica dejen de competir a ciegas y empiecen a cooperar con objetivos, indicadores y una cartera de iniciativas “bandera”. Menos crear o duplicar comités y más diseñar actuaciones, calendarios y resultados medibles. Ese es el salto cualitativo.
Y aquí entra en juego la segunda pieza del puzle atlántico: el desbloqueo político del acuerdo UE-Mercosur. Conviene ser precisos, ya que no se trata de una varita mágica inmediata, no está exenta de dificultades y aún tiene recorrido institucional y ratificaciones por delante. Pero el mensaje estratégico ya está ahí: Europa vuelve a invertir capital político en su proyección atlántica en un momento de proteccionismo creciente, reconfiguración de cadenas de suministro y competencia global por energía, minerales críticos y tecnologías. Y lo hace a pesar, una vez más, de fuertes tensiones internas provenientes de algunos países que sufren graves dificultades en observar el panorama desde la perspectiva del interés conjunto de la UE.
La oportunidad histórica aparece cuando unimos ambos carriles. La macrorregión atlántica puede convertirse en la “rampa” administrativa que hoy falta para proyectos transatlánticos que, hasta ahora, se quedaban en presentaciones brillantes y aterrizajes forzosos de buenas voluntades. Hablamos de corredores logísticos portuarios y ferroviarios, cooperación en energías marinas y eólica offshore, hidrógeno y combustibles sostenibles, cables submarinos y conectividad digital, innovación agroalimentaria con estándares verificables, formación y movilidad de talento, y turismo de alto valor conectado a cultura, territorio y sostenibilidad real (no de folleto).
Para las empresas —especialmente las pymes— el combo es claro: más previsibilidad, más mercado y más incentivos para asociarse, escalar y profesionalizarse. Para las regiones, la promesa es aún más interesante: pasar de ser periferias a ser nodos, y de ser “frontera” a ser plataforma.
Y el planteamiento no debería dejar lugar a dudas. En menos de un mes, dos decisiones del Consejo Europeo apuntan en la misma dirección. Por un lado, dotar al Atlántico de una arquitectura operativa basada en los territorios (macrorregión). Por otro, abrir un marco de oportunidad económica con Mercosur, y crear, nada menos, que la mayor área de libre comercio del mundo, con ventajas evidentes para ambas partes del acuerdo. Juntas, son una apuesta geoeconómica y geopolítica por un bloque cultural de Occidente que es complementario y coherente, por historia, lengua, recursos, talento y necesidad mutua.
La pregunta ya no es si el Atlántico tiene potencial. La pregunta es si vamos a estar a la altura —y a tiempo— de organizar todo ello de modo óptimo, en un contexto geoestratégico global sumamente desafiante.
María José Rodríguez Carvajal.
Prof. Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales.
