
Temores de seguridad en EE.UU. y precios estratosféricos provocan un éxodo sin precedentes de fanáticos, desafiando la narrativa triunfalista de la FIFA y dejando en jaque al megatorneo internacional
Lo que debía ser la celebración futbolística más grandiosa de la historia se está transformando, a cinco meses del pitazo inicial, en una pesadilla logística y de relaciones públicas para la FIFA.
Un goteo constante de cancelaciones de entradas, que ha escalado a un flujo preocupante en las últimas semanas, amenaza con teñir de gris el panorama del Mundial 2026 en Estados Unidos, México y Canadá. Lejos de la euforia esperada, una mezcla tóxica de miedo y descontento financiero está impulsando a fanáticos de todo el mundo a renunciar a su sueño mundialista.
El detonante más inmediato y sombrío no está en el terreno de juego, sino en el ámbito geopolítico y de seguridad interna de la nación anfitriona principal. Reportes consolidados de agencias de viajes especializadas y foros de aficionados indican un pico en las cancelaciones tras el incidente del 7 de enero en Minneapolis, donde agentes del ICE (la policía migratoria) mataron a tiros a la ciudadana estadounidense Renee Nicole Good.
El episodio, con versiones en conflicto entre la autoridad y gran cantidad de videos ciudadanos, resonó a miles de kilómetros de distancia. Funcionarios internacionales, como el diplomático de la ONU y director del Consejo Económico y Social ECOSOC, Mohamad Safa, han dado un paso al frente, cancelando públicamente sus planes y declarando a EE.UU. como un destino inseguro por el «riesgo de detenciones arbitrarias«.
“La FIFA debe darse cuenta de que el poder de este juego reside en los aficionados, y que este partido, desde el primer partido de la historia hasta hoy, nos une a todos como seres humanos por el bien de nuestra humanidad y no puede politizarse según los intereses de algunos de sus directivos”, dijo Safa.
«El Mundial no debe celebrarse en un estado policial que dispara a personas inocentes en las calles», agregó.
Este miedo no surge en el vacío. Se alimenta de una retórica política que muchos potenciales visitantes perciben como hostil. Declaraciones de figuras clave en Washington sobre acciones contundentes contra carteles en territorio mexicano, interpretadas fuera de contexto, y comentarios jocosos de políticos sobre deportaciones masivas de visitantes durante el torneo, han calado hondo.
La percepción, quizás exagerada, pero potentísima en redes sociales y medios internacionales, es que el viaje a Norteamérica, particularmente a ciudades estadounidenses, conlleva un riesgo impredecible de ser perfilado, detenido o enfrentar situaciones de violencia institucional.
Periodistas especializados en deportes aseguran que se han cancelado más de 16.800 tickets, después del asesinato de Renee Good.
Otros reportes aún no confirmados indican que se han suscitado más de 25.000 cancelaciones de tickets, y las razones son las mismas: el miedo a que, al llegar a territorio estadounidense, puedan ser impedidos de ingresar o arrestados por opiniones políticas contrarias a Trump.
Entradas con precios prohibitivos
Este clima de temor se fusiona con un malestar que viene cocinándose a fuego lento desde octubre del año pasado: la política de precios de la FIFA, considerada por millones como una afrenta. A pesar de ajustes cosméticos en diciembre de 2025, que introdujeron un número limitadísimo de entradas a 60 dólares, la estructura general permanece en estratosfera. El costo para seguir a una selección de principio a fin, a través de los canales oficiales para fanáticos, oscila entre los 7.000 y 9.000 dólares, quintuplicando lo pagado en Qatar 2022.
Organizaciones históricas de hinchas europeos y latinoamericanos no han mordido la lengua. Términos como «traición monumental», «insulto risible» y «escandaloso» pueblan sus comunicados. La FIFA, por su parte, se escuda en una demanda récord –150 millones de solicitudes para menos de 10 millones de entradas– y en los costos de un torneo expandido a 48 equipos.
Gianni Infantino, su escandaloso presidente, defiende el modelo de precios dinámicos como algo «moderno y necesario». Sin embargo, en la base, la sensación es que el fútbol ha dado la espalda a su gente, privilegiando a una élite corporativa y adinerada.
El impacto es una tormenta perfecta. Agencias reportan no solo cancelaciones, sino una fría demanda para paquetes que incluyen hospedaje y vuelos, especialmente para partidos en ciudades estadounidenses. El «backlash» en plataformas como X es feroz, con llamados al boicot y predicciones de estadios semivacíos en encuentros no estelares. México y Canadá, socios en la organización, observan con nerviosismo cómo el problema se concentra en su vecino, pero temen el efecto dominó en la atmósfera general del evento.
La FIFA enfrenta así su mayor desafío no deportivo. Más allá de ajustar precios o lanzar campañas de marketing, debe abordar una crisis de percepción de seguridad que escapa a su control directo y que requiere diálogo a alto nivel con las autoridades estadounidenses. El reloj corre.
El Mundial de la expansión y la innovación arriesga convertirse en el Mundial del miedo y la exclusión. El balón, por ahora, está en el campo de los políticos y de la cúpula del fútbol mundial, quienes deben actuar rápido para evitar que la mayor fiesta del deporte se convierta en un fracaso resonante.
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