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La Unión Europea y el Mercosur acaban de cruzar una frontera que llevaba más de un cuarto de siglo trazada sobre el papel y nunca sobre la realidad. Con una votación que expuso las fracturas internas del bloque y redibujó el equilibrio político del continente, la mayoría de los Estados miembros dio luz verde al mayor acuerdo comercial de la historia europea en términos de reducción de aranceles, un pacto que promete eliminar barreras por casi 4.700 millones de dólares y abrir un mercado de más de 700 millones de consumidores a ambos lados del Atlántico. El abrazo entre Bruselas y el bloque sudamericano formado por Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay fue, sin embargo, un gesto cargado de paradojas: se selló de espaldas a Francia, el mayor productor agrícola de Europa y una de las potencias fundadoras de la Unión, que votó en contra bajo la presión asfixiante de su propio campo.
El acuerdo, que ahora deberá ser firmado por la Comisión Europea y posteriormente ratificado por el Parlamento Europeo, marca un punto de inflexión estratégico para un continente que busca desesperadamente nuevas anclas económicas en un mundo cada vez más fragmentado. Alemania, España y una mayoría cualificada de países lo ven como una tabla de salvación frente a los aranceles estadounidenses, el giro proteccionista de Washington y la necesidad de reducir la dependencia de China en sectores críticos, desde los minerales estratégicos hasta las cadenas de suministro industriales. En Bruselas se repite una consigna que ha ganado fuerza desde la vuelta de Donald Trump a la Casa Blanca: abrir mercados ya no es solo una cuestión comercial, sino una pieza central de la soberanía europea.
La votación del viernes fue el desenlace de una de las negociaciones más largas y complejas de la historia del comercio internacional. Más de veinticinco años de borradores, vetos cruzados, cambios de gobierno y crisis globales desembocaron en una mayoría que superó el umbral político necesario para seguir adelante. Al menos quince países, que representan alrededor del 65 % de la población de la Unión, respaldaron el texto, aunque fuentes diplomáticas elevan la cifra a veintiuno. Francia, Austria, Hungría, Irlanda y Polonia se alinearon en el rechazo, Bélgica optó por la abstención y el resto del bloque empujó el acuerdo hacia la meta final, despejando el camino para una firma que podría concretarse en Asunción en cuestión de días.
El aislamiento francés no es solo un episodio técnico en Bruselas; es el reflejo de una tormenta política que sacude a París. Emmanuel Macron, atrapado entre las exigencias de una Unión que busca proyectar poder económico y un sector agrícola que se siente amenazado, decidió plantar bandera en contra de un tratado que sus críticos ven como una puerta abierta a una avalancha de productos sudamericanos más baratos. Para los agricultores franceses, la carne de res, el azúcar o las aves que llegarían desde el Mercosur no son cifras en una hoja de cálculo, sino una amenaza directa a su supervivencia. Las marchas con tractores, los bloqueos de carreteras y las protestas frente a las instituciones europeas se convirtieron en una imagen recurrente de las últimas semanas, amplificadas además por un brote de dermatosis nodular en el ganado que tensó aún más el ambiente.
Esa presión interna empujó a París, y durante un tiempo también a Roma, a frenar el proceso en diciembre pasado, cuando el acuerdo parecía listo para ser firmado. La Comisión Europea reaccionó introduciendo un mecanismo de salvaguardia que permitiría suspender el acceso preferencial del Mercosur para productos sensibles si las importaciones amenazan a los productores europeos. Fue una concesión diseñada para ganar tiempo y reducir la resistencia política, pero no logró disipar del todo el rechazo francés ni el escepticismo polaco. Italia, en cambio, terminó por dar el giro decisivo. Giorgia Meloni y su canciller, Antonio Tajani, avalaron el texto tras considerar que el equilibrio alcanzado ofrecía garantías suficientes para los sectores más expuestos, un cambio que inclinó la balanza y dejó a Macron cada vez más solo en su trinchera.
Desde el otro lado del Atlántico, Brasil jugó una partida de alta tensión diplomática. El presidente Luiz Inácio Lula da Silva, consciente de que su país ejerce la presidencia pro tempore del Mercosur y de que el reloj político corre en su contra, presionó abiertamente a las capitales europeas. En diciembre dejó claro que la paciencia tenía límites y que no estaba dispuesto a arrastrar indefinidamente un acuerdo bloqueado por cálculos internos en París o Roma. Para Lula, el pacto no es solo un triunfo económico, sino un mensaje geopolítico en un momento en que el multilateralismo está bajo ataque: América del Sur y Europa pueden, todavía, apostar por reglas compartidas en un mundo que se repliega.
El resultado es un tratado que promete reconfigurar flujos comerciales, inversiones y cadenas de valor, pero que también expone las costuras políticas de la Unión. En Alemania, el canciller Friedrich Merz celebró la votación como un hito para la soberanía estratégica europea, convencido de que la apertura de nuevos mercados fortalecerá a la industria y dará aire a una economía que necesita exportar para crecer. En Francia, en cambio, el acuerdo amenaza con convertirse en un nuevo frente de desgaste para un gobierno ya acosado por mociones de censura desde la extrema derecha y la extrema izquierda, en un clima donde cualquier decisión europea se lee como una cesión de soberanía.
El pacto UE-Mercosur nace así entre promesas de prosperidad y advertencias de fractura, como una apuesta de alto riesgo en un tablero global cada vez más volátil. Si se concreta, unirá dos regiones que durante décadas hablaron de integración sin lograrla y enviará una señal inequívoca de que, pese a sus divisiones internas, Europa está dispuesta a jugar en grande. Pero también deja una imagen potente y difícil de borrar: mientras Bruselas y Sudamérica se estrechan la mano, Francia mira desde la distancia, atrapada entre su identidad agrícola y un proyecto europeo que avanza, esta vez, sin esperar a todos.
