
En un recorrido por hospitales de Central las postales se repiten: Los servicios que no responden, vacaciones que no se cubren en medio de deudas estructurales y faltas sanitarias enquistadas.
El inicio del año 2026 vuelve a exponer una realidad que ya no sorprende, pero que sigue indignando: Hospitales públicos colapsados, infraestructura deficiente y una atención que, lejos de mejorar, parece retroceder.
Pasillos convertidos en salas de espera y de atención, pacientes sin privacidad, diagnósticos expuestos sin el mínimo cuidado –como en el Hospital de Barrio Obrero– y profesionales desbordados son parte del escenario cotidiano. La salud pública arrastra las mismas falencias de siempre, solo que ahora se presentan con crudeza renovada.
En el Hospital de Loma Pytã, la situación roza lo absurdo. Ayer, por ejemplo, no había traumatólogo. Uno salió de vacaciones y el otro con reposo médico por contraer dengue. El resultado es simple, no hay atención traumatológica en el hospital.
No existe un protocolo de contingencia ni un sistema de reemplazos de emergencia. La respuesta institucional es una sola palabra que resume la precariedad del sistema, es “no”. No hay traumatología, aunque la urgencia no entienda de licencias ni enfermedades.
En Lambaré, las obras de refacción se estiran sin fecha clara de finalización. Según Víctor Brítez, el director del hospital, “el techo no se puede terminar por las lluvias”, una explicación que ya se volvió habitual y que sirve para justificar meses de atraso.
En diciembre este centro atendió a más 17 mil pacientes y la cifra disminuyó mínimamente para enero con unos 16 mil pacientes, como centro de referencia.
El problema es que las obras afectan un área extremadamente sensible, las internaciones pediátricas. Niños y familias deben convivir con un entorno intervenido, ruidos, traslados y espacios reducidos, mientras las soluciones se postergan indefinidamente.
Y por sobre todo un sistema que normalizó lo inaceptable, coinciden los usuarios. Lo que ocurre en Barrio Obrero, Loma Pytã y Lambaré no son hechos aislados. Son síntomas de un sistema que naturalizó la emergencia permanente, la improvisación y falta de planificación.



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