
En Uruguay se repite con frecuencia que “los jóvenes son el futuro”. Sin embargo, pocas veces nos preguntamos qué tipo de futuro estamos ayudando a construir cuando las oportunidades, los discursos y los incentivos sociales se organizan alrededor del resultado inmediato. El riesgo de formar generaciones cortoplacistas —más preocupadas por sobrevivir que por proyectar— no nace de una supuesta falta de compromiso juvenil, sino de un sistema que premia lo urgente y posterga lo importante.
La cultura del apuro atraviesa todo: trabajos inestables, políticas públicas que piensan solo en el próximo ciclo electoral, una educación que muchas veces prioriza aprobar antes que aprender, y redes sociales que convierten el reconocimiento en un clic efímero. Frente a ese escenario, el mensaje implícito para los jóvenes es claro: “resuelve hoy como puedas; mañana vemos”. Pero una sociedad que naturaliza ese horizonte estrecho renuncia, sin decirlo, a planificar su propio desarrollo.
La responsabilidad es colectiva. El Estado tiene el deber de ofrecer políticas de largo plazo: educación de calidad, ciencia y tecnología con financiamiento sostenido, vivienda accesible y un mercado laboral que premie la capacitación. El sector privado, por su parte, debe comprender que la inversión en talento —prácticas formativas, innovación, empleo digno— no es un costo, sino la base de la competitividad futura. Y los medios de comunicación también cuentan: cuando todo se reduce al escándalo del día, perdemos la conversación estratégica sobre qué país queremos ser.
Las familias y la comunidad educativa juegan un papel decisivo. Educar no significa solo transmitir contenidos, sino promover el valor del esfuerzo sostenido, la curiosidad y la responsabilidad con el entorno. Sembrar la idea de que el éxito no consiste en llegar rápido, sino en llegar mejor y con otros. En tiempos de incertidumbre, enseñar a demorar la recompensa es un acto de libertad.
Claro que los jóvenes buscan inmediatez: también la buscamos los adultos. Pero cuando existen proyectos que los convocan —participación social, emprendimientos con propósito, investigación, cultura— demuestran que pueden pensar en décadas, no en semanas. Lo han hecho en causas ambientales, en el asociacionismo barrial, en la defensa de derechos. Allí donde se les ofrece protagonismo real, el cortoplacismo retrocede.
Uruguay necesita recuperar una ética de largo plazo. Eso implica discutir reformas que trascienden gobiernos, cuidar la credibilidad de las instituciones y apostar por una economía que no dependa solo del vaivén coyuntural. Implica, además, combatir la desigualdad: ningún joven puede planificar su vida cuando todo su esfuerzo está concentrado en llegar a fin de mes.
No se trata de idealizar el pasado ni de culpar a las nuevas generaciones. Se trata de asumir que cada decisión —en política, empresa, escuela o familia— envía un mensaje: o confiamos en el tiempo como aliado del progreso, o seguimos atrapados en la urgencia permanente. La responsabilidad de no producir una sociedad de jóvenes cortoplacistas es, en definitiva, la responsabilidad de construir un país que crea en su propio futuro.
Maria Arismendi
Fuente de esta noticia: https://grupormultimedio.com/la-cultura-del-apuro-id181568/
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