
Trump ha pasado del asedio, el chantaje y el asesinato de pescadores a la piratería descarada y el robo de barcos y recursos de Venezuela.
Como si fuera poco amenaza a Gustavo Petro, presidente elegido por más de once millones de colombianos, la votación más grande registrada en nuestra historia, con que él será el próximo en ser defenestrado y quizás asesinado por el impulsivo y canalla dictador del norte, poniéndolo en lista luego de Nicolás Maduro, el presidente de la nación hermana.
El delincuente norteamericano se regodea mientras viola a diestra y siniestra todas las regulaciones y leyes internacionales.
No parece haber límites para su osadía e instinto criminal.
Al mismo tiempo interviene con desenfado en las elecciones de otros “países de mierda” como ha dado en llamar con su retórica vulgar y denigrante a las naciones soberanas del sur global y, particularmente, a las naciones al sur del río Bravo.
Libera criminales confesos y convictos precisamente por tráfico de drogas, mismo que pretende combatir atacando lanchas a miles de kilómetros de sus fronteras.
Invade zonas de mar territorial de países caribeños aduciendo que son aguas internacionales, como si esos territorios marinos fueran la extensión abusiva de las fronteras de los EEUU.
Anuncia modificaciones a la ya abusiva doctrina Monroe, negando de plano nuestra libertad y autonomía, nuestra dignidad y soberanía y todos nuestros derechos como naciones y como seres humanos.
Reclama a Maduro la entrega del petróleo venezolano que asegura le pertenece no a los venezolanos sino a los gringos: En su codicia irracional mira también los otros recursos de nuestros hermanos, recursos que sin lugar a dudas desde ya considera suyos.
Pretende mostrarse ante el mundo como el hacedor de la paz, ante los latinoamericanos como el expropiador abusivo de nuestra soberanía y nuestros recursos y ante los estadounidenses como el gran recuperador de la hegemonía estadounidense y de la economía de la gran nación, aun cuando las cifras no le cuadran, pues el país sigue desindustrializándose, la inflación galopa, el desempleo crece, el descontento popular se muestra en todas las ciudades a través de manifestaciones masivas pidiendo su renuncia o el impeachment.
Trump no es más que un anciano depravado y canalla, un racista y supremacista con pretensiones de emperador. Trump es hoy la mayor amenaza tanto para nosotros los latinoamericanos, como para los estadounidenses y para todo el mundo.
Sólo la unión del sur global puede garantizar nuestra supervivencia como naciones libres e independientes y ello es, sin duda, porque hoy por hoy, por encima del narcotráfico que corroe el entramado social, de la violencia de diversos orígenes que nos agobia, de la crisis ambiental que nos envenena, la prensa militante y mentirosa que manipula la información y desorienta y adocena, la propia corrupción que nos expolia, la más terrible amenaza que padecemos es sin duda el gobierno “amigo” de los EEUU.
Afecta nuestra libertad, nuestra autonomía y nuestros derechos más elementales como nación y como seres humanos: Pone en duda nuestra existencia y persistencia como naciones soberanas.
Pretende decidir por nosotros el camino que recorreremos y el destino hacia el cual marcharemos. Nos enfrentan a dilemas abusivos y restrictivos con aires nauseabundos de chantaje: En un mundo cada vez más multipolar, quieren reafirmar su agonizante poder forzándonos a obedecerlos como ovejas privadas del poder de decisión, de criterio e inteligencia. Nos quieren avasallar y, si es posible, aniquilar. Se arrogan la propiedad de nuestros recursos. Somos subhumanos sin derechos para ellos.
Su fórmula es muy sencilla: O estamos con ellos o seremos automáticamente considerados sus enemigos y, como tales, podremos ser víctimas de sus agresiones y abusos tanto en lo comercial, como en lo político y en lo militar en el momento que a ellos les venga en gana.
El hemisferio occidental es de su propiedad y no tenemos derecho a comerciar ni a relacionarnos con otras naciones y potencias del mundo que no sean ellos o sus amigos. ¿De dónde acá se han arrogado ese derecho? ¿A qué hora renunciamos a nuestra libertad e independencia?
Somos, para ese nefasto enemigo, los incómodos y prescindibles habitantes de un terreno que reclaman como suyo sin tener ningún derecho.
Llegó la hora de decidir si nos sometemos a esa humillación y servidumbre infames, o reclamamos y defendemos nuestro derecho a decidir nuestro camino y nuestro destino.
Llego la hora de identificar, señalar y derrotar a las camarillas corruptas que han actuado siempre como agentes incondicionales del imperio por encima de nuestros intereses como naciones.
Llegó la hora de la unidad y La Paz entre nosotros y la solidaridad y unión con las demás naciones de América Latina, los sectores progresistas y humanistas de los propios EEUU y de todo el mundo.
Llegó la hora de ejercer nuestra dignidad, no sólo proclamarla, defender nuestro suelo y nuestras familias, nuestro derecho a existir y exigir el reconocimiento de nuestros derechos como seres humanos y como nación.
POR CARLOS FAJARDO
PARA PRENSA MERCOSUR
