
En este escenario de fricción surgen dos movimientos que condensan el conflicto contemporáneo. Por un lado, la decisión del Consejo de Diseñadores de Moda de Estados Unidos (CFDA), organizador de la Semana de la Moda de Nueva York (NYFW), de prohibir el uso de pieles animales en su calendario oficial a partir de 2026. Por otro, la noticia de que una firma histórica como Adolfo Domínguez incorpora de nuevo piel animal en sus colecciones. No son gestos aislados: son síntomas de una industria que duda entre adaptarse a un consenso moral emergente o resistirse amparada en la tradición y el mercado.
La prohibición anunciada por Nueva York no es solo una norma técnica. Es una declaración simbólica de alcance cultural. Las pasarelas no son simples escaparates: son dispositivos de legitimación estética y ética. Vetar la piel implica asumir que ciertos materiales ya no pueden ser celebrados públicamente sin generar rechazo social. Esta medida se inscribe en una tendencia internacional: la moda se redefine bajo la presión de consumidores jóvenes, activismo animalista y creciente conciencia ambiental.

Sin embargo, la industria no avanza de manera homogénea. Mientras algunos diseñadores y plataformas institucionales aceleran su abandono de materiales de origen animal, otras marcas optan por reintroducirlos bajo nuevos marcos discursivos. En ese contexto se inscribe Adolfo Domínguez, una casa históricamente asociada a la sobriedad, la durabilidad y una ética de vestimenta moderada. La firma argumenta que su decisión responde a criterios de trazabilidad, calidad y longevidad del producto: el cuero deja de ser exceso para convertirse en material noble, duradero y supuestamente responsable. Pero cambiar el relato no transforma la realidad material de la cadena de producción.
Porque la piel no es solo un tejido: es el resultado de un proceso que comienza con la explotación de un cuerpo vivo y termina en un accesorio o prenda. Entre ambos extremos se despliega una red compleja de granjas, transporte, sacrificio, curtición química y manufactura. Incluso bajo estándares certificados, esa cadena plantea preguntas incómodas sobre sufrimiento animal, impacto ambiental y opacidad en los controles.
El argumento de la durabilidad —frecuente en la defensa del cuero— tampoco es incontestable. Que una prenda pueda durar décadas no garantiza que lo haga. La permanencia depende de hábitos de consumo, políticas de reparación y vínculos afectivos con la ropa. En un mercado dominado por la obsolescencia simbólica, la durabilidad se convierte con facilidad en coartada: no basta con que algo pueda durar, debe existir un ecosistema que lo haga posible.

Mientras tanto, algunas casas de lujo continúan utilizando cuero animal de manera explícita. Dior emplea pieles de ternero en bolsos y accesorios; Louis Vuitton recurre a cuero bovino para su icónico equipaje; Prada, aunque redujo pieles, mantiene cuero en ciertos accesorios; Loewe, Hermès y Mulberry siguen produciendo bolsos, calzado y accesorios en piel de alta calidad; Berluti, Fendi y Roberto Cavalli emplean cuero en calzado y otros productos. Incluso grupos corporativos con compromisos parciales de sostenibilidad continúan vendiendo cuero animal en colecciones selectas. Estas decisiones revelan que el lujo no solo se define por estética, sino por tradiciones de producción que atraviesan geografías y generaciones.
La reintroducción de piel por algunas marcas contrasta con la dirección de la NYFW, que fuerza a diseñadores, proveedores y marcas a invertir en materiales alternativos: cueros vegetales, biomateriales y tejidos sintéticos avanzados ocupan ahora el centro de la experimentación creativa. No todos los sustitutos están libres de problemas ambientales, pero la tendencia apunta a reducir la dependencia de la explotación animal como recurso estético.

El debate adquiere otra dimensión cuando se observa la realidad de las curtidurías que abastecen a la moda de lujo. En clústeres históricos como Hazaribagh (Dhaka), Kanpur y Tamil Nadu, las fábricas de curtido producen residuos químicos, metales y lodos que contaminan ríos y suelos, provocando enfermedades dérmicas y respiratorias en trabajadores y comunidades cercanas. Incluso cuando se aplican auditorías y certificaciones, estas pueden fallar: visitas programadas, subcontrataciones opacas y documentación manipulada dificultan verificar prácticas reales. Muchos de estos cueros terminan en bolsos y calzado de marcas de lujo, mostrando un desfase entre discurso y práctica.
La curtición al cromo, proceso dominante en la industria, representa un riesgo técnico-colateral: puede generar cromo hexavalente, carcinógeno, si no se trata adecuadamente. Esta toxicidad, sumada a la exposición de trabajadores y al daño ambiental, confirma que la nobleza del cuero es un constructo que esconde impactos invisibles. Los reportes de HRW, Reuters y otras investigaciones periodísticas recientes demuestran que los sistemas de auditoría y trazabilidad, aunque diseñados para garantizar sostenibilidad, siguen siendo frágiles.

La industria de la piel genera empleo, capital y sostiene regiones enteras, pero la historia reciente muestra que los sectores productivos se transforman: no desaparecen, se adaptan. La pregunta no es si el cambio será incómodo, sino si es inevitable. La moda funciona como laboratorio social: lo que hoy se debate en una pasarela puede traducirse en legislación, consumo y cultura popular mañana. Vetar la piel en eventos globales establece un marco simbólico que condiciona la producción y el consumo futuros.
Al mismo tiempo, la reintroducción del cuero por marcas consolidadas evidencia la distancia entre discurso ético y prácticas reales. La sostenibilidad convertida en estética y la responsabilidad reducida a eslogan son riesgos visibles. Cada prenda de cuero animal es una decisión material y simbólica: conecta al consumidor con la explotación animal, la contaminación ambiental y los sistemas de producción que aún no han sido transformados en profundidad.

La moda del siglo XXI enfrenta un umbral ético. Puede optar por una transformación real, incómoda y profunda, o por una adaptación superficial que mantenga intactas las estructuras tradicionales. Vestir piel hoy no es neutro: es una toma de posición, con huellas en el cuerpo que la lleva, en el animal que se sacrificó y en la industria que debe decidir si quiere ser parte del problema o del cambio.
La pregunta ya no es si la moda puede vivir sin pieles animales. La pregunta es cuánto tiempo más podrá justificar su uso sin erosionar definitivamente su credibilidad moral y estética. La prohibición en Nueva York y la persistencia del cuero en marcas europeas evidencian la encrucijada: lujo, ética y sostenibilidad, entrelazados en un tejido de decisiones y consecuencias que la industria no puede seguir ignorando.

Redacción
Fuente de esta noticia: https://urbanbeatcontenidos.es/industria-cuero/
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