
Por: Marcelo Sicoff
La escena no existió nunca, pero todos la vimos. Y todos repetimos una frase que nadie dijo.
Vengan, pasen. Escuchemos los acordes de La Marsellesa. Dejemos que aparezca en la pantalla un mapa en blanco y negro y una voz en off que nos avise que allí hay personas “que esperan, esperan y esperan”.
Estamos en Casablanca, en el norte de África, en plena Segunda Guerra Mundial. En el café de Rick, además de nosotros, está el dueño del lugar, que se reencuentra con Ilsa, un viejo amor que acaba de llegar junto a su marido, uno de los líderes de la resistencia al nazismo. También están un simpático jefe de policía, algunos soldados alemanes impecables y un montón de desesperados que buscan visas para escapar. Y hay un pianista negro que se llama Sam.
Empecemos por la geografía. Nadie filmó esto en Casablanca. Ni en Marruecos, ni cerca. El bar, la plaza, el aeropuerto y la niebla son un estudio de Burbank, California, con arena de utilería y aviones de cartón. El guion se escribía mientras se filmaba. Los actores iban descubriendo el argumento al mismo tiempo que el público.
“Todas las mañanas nos preguntamos quiénes somos y qué estamos haciendo aquí”, escribió alguna vez Ingrid Bergman, mientras le preguntaba al director de cuál de los dos hombres tenía que estar enamorada y él le pedía que actuara sin decidirse. Cuando el bar entero canta La Marsellesa para taparles la voz a los oficiales alemanes, muchos de los que cantan son refugiados de verdad, exiliados de Europa que ahora hacían de extras en un decorado norteamericano. Algunos lloran en cámara y no están actuando.
Todo es una gran mentira. Menos el piano.
Pero el piano tiene sus propios secretos. Sam tiene la cara de Arthur “Dooley” Wilson, un texano que era actor y baterista, pero no sabía tocar el piano. Mientras la cámara lo mostraba con las manos sobre el teclado, la música la ponía otro, un tal Elliott Carpenter, que siempre estuvo fuera de cuadro. Wilson movía los dedos, Carpenter hacía la música.
Ilsa se acerca, se apoya en el piano y dice: “Tócala una vez, Sam, en recuerdo de los viejos tiempos”. Más tarde el que se apoya es Rick, que quiere lo mismo: «La tocaste para ella. Tócala para mí». Los dos piden lo mismo, pero nadie dice lo que todos escuchamos: “Tócala de nuevo, Sam”. Esa frase no figura en ningún diálogo. La culpa fue de Woody Allen, que a principios de los setenta escribió y protagonizó una comedia llamada Play It Again, Sam y la convirtió en verdad.
Lo que casi nadie recuerda es lo que sucede en la primera parte de la película. Rick abre el piano y esconde ahí dos papeles: las cartas de tránsito, la única salida de una ciudad donde todos esperan, esperan y esperan.
Después se sienta a fumar y a esperar. Sam toca. En el bar van y vienen los nazis, la policía, Ilsa, su marido. Nadie sospecha lo que guarda la madera.
El avión despega, Ilsa se va con su marido y Rick se pierde en una niebla que tampoco existe. ¿Los nazis? Nunca ocuparon Casablanca, pero eso a nosotros no nos importa.
Pasaron setenta y dos años. Ahora vayamos a Nueva York.
Es el 24 de noviembre de 2014 y en Manhattan entramos a la casa de subastas Bonhams, que junto con Turner Classic Movies organiza el remate There’s no place like Hollywood. Hay paletas levantadas, un martillero, el murmullo de los dólares que buscan ser canjeados por objetos de culto. Sale a remate un piano de cincuenta y ocho teclas, de color naranja, con detalles arabescos de flores. Alguien lo compra por 3,4 millones de dólares. Es el piano más conocido de la historia del cine mundial. Y el más caro.
Al rato, esas dos hojas que en la película valían una vida, las cartas de tránsito, se vendieron por 118.750. Casi treinta veces menos que el mueble donde estaban escondidas.
Elliott Carpenter, el hombre que de verdad tocaba el piano en el café de Rick, no figura en el catálogo de la subasta y algunos dudan que haya estado en los créditos finales de la película. Nosotros seguimos en el bar, pidiendo una canción prestada y repitiendo, convencidos, esa frase que nunca nadie dijo.
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