
La Sala Camacuá fue testigo el pasado miércoles de la presentación de un músico excepcional, de aquellos que desconocen las fronteras cuando se trata de hacer música. Un artista que lleva años recorriendo nuestro continente, compartiendo su arte con las distintas culturas que lo conforman, pero también aprendiendo de ellas, dejándose atravesar por sus ritmos, sus sonoridades y sus tradiciones. Hablo de Luis Salinas, músico, compositor y guitarrista argentino, oriundo de Monte Grande, Buenos Aires. Así, la música de Luis es una hermosa síntesis de las músicas que habitan las diferentes guitarras de sudamérica. El ritmo y el latido de las músicas de sudamérica habitan las guitarras de Luis.
Lo ocurrido aquella noche en la Sala Camacuá tuvo algo de esas veladas familiares que seguramente muchos de nosotros hemos vivido alguna vez: un tío que, entre los fuegos de algún asado o el silencio de la noche estrellada, toma la guitarra y comienza a tocar; que después invita al primo, al cuñado, al hijo, a sumarse a la música.
La única diferencia —y no es una diferencia menor— es que, en este caso, aquella familia estaba integrada por músicos extraordinarios.
Desde el comienzo, Salinas estuvo acompañado por Javier Lozano, en teclados y voz, y Martín Ibarburu, en batería. Sin embargo, a medida que avanzaba la noche, nuevos músicos se fueron incorporando al escenario. Algunos de ellos, verdaderamente de lujo, como el gran Urbano Moraes.
Las guitarras, los pianos, el bajo y la batería fueron encontrando sus momentos de protagonismo. Los invitados se sumaban convocados por una complicidad musical que parecía ser el verdadero hilo conductor del encuentro. Y Salinas, lejos de ocupar el lugar de una figura distante, hacía de anfitrión: tendía puentes y abría espacios. Pero tampoco tomaba un protagonismo que opacara a los demás. Cada músico tuvo su momento de brillar y de conectar libremente con la armonía.
Así se sumó, entre otros, el gran Francisco Fattoruso y Juan Pablo Chapital.
Había, además, algo encantador en su manera de relacionarse con el público. Una suerte de carisma tierna. Entre anécdotas, comentarios y risas, Luis fue compartiendo algunas de las experiencias recogidas durante sus recorridos por América Latina. Contó, por ejemplo, que en una de sus travesías musicales por Perú habían pedido que tocara candombe. Su respuesta fue negativa. ¿La razón? Fue una que despertó las risas de la sala: “El candombe es acá”.
Entre las composiciones que fueron apareciendo a lo largo de la presentación hubo también espacio para algunas creaciones compartidas, como una junto a Javier Lozano. Pero si hay una que merece detenerse especialmente en esta crónica es “A Uruguay”, una pieza en la que el candombe, naturalmente, adquiere un protagonismo particular. No solo por su sonoridad, sino también por el contexto en el que fue interpretada: una celebración musical en Montevideo, con músicos que, desde distintos recorridos y tradiciones, encontraban un lenguaje común en los ritmos de nuestra tierra. Podría aquí remarcar a Urbano Moraes, uno de los grandes precursores del candombe beat. O, como se refirió Salinas, “la hermosa revolución que hicieron”.
El candombe, precisamente, sería una presencia cada vez más marcada durante el tramo final del espectáculo. Y allí, entre guitarras que se entrelazaban, teclados que encontraban nuevos caminos y una percusión que invitaba inevitablemente al movimiento, la música parecía confirmar aquello que Salinas había dicho entre risas. Todos nos sentíamos acá.
Así, entre aplausos y una profunda admiración, llegó el final de una noche muy especial en la Sala Camacuá. Una velada de música de primer nivel que, más allá del virtuosismo de sus protagonistas, dejó una sensación difícil de conseguir: la de haber sido parte de algo íntimo, espontáneo y genuinamente compartido.
Porque, aunque detrás de cada presentación haya necesariamente horas de ensayo, trabajo y preparación, desde el público se percibía algo extraordinario: esos cinco, seis o siete músicos que iban sumándose al escenario, siguiendo las variaciones de Salinas y encontrando nuevos caminos a partir de sus acordes, parecían entenderse en un mismo idioma. Una complicidad que no necesitaba demasiadas explicaciones.
Quizás allí resida una de las magias más hermosas de la música: en la posibilidad de que el virtuosismo no se convierta en distancia, sino en un punto de encuentro; que la destreza individual encuentre su mayor expresión en el diálogo con los demás.
Y en ese diálogo, también hubo un momento para hablar sobre aquella pérdida que une fronteras y lados de un mismo charco. Porque cuando un artista como Rubén Rada se va, no hay momentos para las innecesarias confrontaciones o divisiones. Y Luis eso lo entendió mejor que nadie.
Y así fue como la Sala Camacuá terminó convertida, por una noche, en aquella reunión familiar del comienzo. Solo que esta vez, alrededor de la mesa, había guitarras, pianos, bajos y baterías. Y todos, por supuesto, al ritmo de Tan tan tan, tan tan. Tan tan tan, tan tan.
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