
Lamento decirle que esto de la inestabilidad meteorológica no será un fenómeno solo primaveral. Por lo que dicen los que saben de esto, el tiempo estará parecido a como está ahora en buena parte del venidero verano, así que no se compre mucha bermuda o malla, porque quizás le queden de recuerdo para cuando “El Niño” se transforme en “Niña” y entremos en una nueva sequía. En las elucubraciones estamos preparados para todas las condiciones, pero ahora es momento de dejar de hablar del tiempo y pasar a los temas que a usted le interesan.
Y finalmente ocurrió lo que era de esperar que ocurriera en algún momento también en Libertad, un asesinato vinculado a la comercialización ilegal de sustancias psicotrópicas (las comúnmente llamadas drogas). Ocurrió, no porque la Policía no trabaje para intentar evitar que estas cosas sucedan, sino porque el fenómeno no puede ser abordado como un problema de seguridad sino como de salud pública, algo en que le he insistido en más de una ocasión en esta misma columna.
Ya sé que le parezco reiterativo y que no suena lindo lo que digo a los oídos de toda la gente que se formó en el paradigma prohibitivo, pero no veo otra forma de superar la ola de muertes violentas si no es a partir de la paulatina desaparición del mercado ilegal de sustancias, porque la mayoría de los homicidios y buena parte de los delitos que ocurren, están vinculados al tráfico de sustancias y no como consecuencia del consumo.
Mire, este país tiene antecedentes que le permiten avanzar en regulaciones. Lo primero es que Uruguay es un país en el que no está penado el consumo. Ni siquiera la dictadura se animó a penalizarlo, porque si no, no tendríamos casi 18 mil presos como tenemos ahora, serían cientos de miles si hubiera penas para vendedores y consumidores.
Pero a eso le tenemos que sumar la exitosa regulación del mercado de marihuana, que casi hizo desaparecer el tráfico de esa planta. Es cierto, usted de repente ve lo que transmiten los medios y a veces dan cuenta del decomiso de marihuana en las bocas, pero se trata de cantidades marginales, mínimas, porque ya no es negocio venderla, porque cada vez hay más farmacias habilitadas, se seguirán sumando otras e incluso a futuro, se abrirá la posibilidad para que otros comercios vendan de la regulada, también a turistas. A eso, súmele que quienes consumen cannabis perdieron el miedo a ir a El Correo a inscribirse para poder comprar o forman sus clubes, por lo cual al narcotráfico casi no le queda clientes por ese lado.
Y un detalle más, los eventuales consumidores de marihuana del mercado ilegal, ya no se conforman con el “prensado paraguayo” (de mala calidad), por lo cual ahora se venden “cogollos” y “flores” naturales, lo que implica que incluso los consumidores del mercado ilegal están recibiendo productos de mejor calidad, aunque usted o yo no podamos entender qué significa eso.
Hay cientos de personas de Libertad y su zona de influencia trabajando en las empresas productoras ubicadas en el predio del penal. Son emprendimientos que tributan, facturan IVA y generan riqueza, por eso con ese exitoso antecedente -por más que es una droga más “dura”-, se puede empezar a hacer alguna experiencia similar con la cocaína. No soy quién para decir cómo podría implementarse, pero sé que hay gente que tiene ideas al respecto, que por supuesto incluyen planes en materia educativa y de reducción de riesgos para los consumidores.
Le entiendo, sé que cuesta cambiar el chip, pero lo cambiamos o la situación seguirá desmoronándose, porque el gran problema no es el consumo en sí mismo -que debe verse como un problema de salud pública-, es el tráfico de las sustancias prohibidas.
Yo no tengo datos concretos para exponerle en esta charla, pero hay una porción muy grande de presos por delitos vinculados al narcotráfico, en la medida en que deje de ser una actividad fácilmente lucrativa desde la ilegalidad, tenderá a bajar la cantidad de “PPL’s” (personas privadas de libertad) vinculadas al narcotráfico, tendremos que invertir menos dinero en cárceles y en la guerra perdida contra el consumo y se generarán activos económicos legales para el país.
Piénselo, se lo dejo planteado como un ejercicio mental, imagine un escenario de esas características y cuénteme qué le parece, por lo pronto en las elucubraciones vamos enfilando hacia alguna otra temática, no sea cosa que se me aburra de tanta lata con las drogas.
Mire, voy a dejar para hablarle del resultado de la elección en Brasil para la próxima columna, está todo demasiado en caliente como para analizar de forma correcta los acontecimientos, además a este escriba de pueblo no le salen bien las cosas cuando escribe bajo la presión de los hechos, aunque sí le quería contar de cómo la música brasileña ha estado presente en la vida del autor de estas para nada humildes líneas.
Usted sabe que soy del palo del rock; no me gusta el folclore en general, tampoco el tango (me decían que cuando pasara los 40 me iba a gustar, pero los pasé hace rato y no lo lograron), ni el canto popular, aunque por supuesto en todos los géneros se cuela alguna canción o algún intérprete. Odio la cumbia, el reguetón y todos los subgéneros (acá es muy difícil que algo se cuele en el paladar).
Le doy todas estas especificaciones para ponerle en ambiente, para contarle que de Brasil lo primero que escuché, por supuesto, fue el grito furioso de Titás de “polícia, pra que precisa de polícia” post dictadura o luego el “Faroeste caboclo” de Legiao Urbana, una canción de más de nueve minutos de Renato Russo, quien junto a Cazuza (aquel de la canción “Brazil” que fue muy reconocida luego por ser banda de sonido de la telenovela “La reina de la chatarra”), fueron las primeras víctimas del Sida en el mundo de la música norteña (como Miguel Abuelo y Federico Moura de Virus lo fueron en Argentina).
Recuerdo la pasión que tenía mi generación por los más clásicos, por Caetano Veloso (que después se incorporara decididamente en mi discoteca virtual), por Chico Buarque, el samba en general; pero no, yo me quedaba con el reggae de Paralamas do Suceso cantando “Será que vai llover” o me iba más atrás en el tiempo con Cassia Heller o Gilberto Gil, que sigue activo.
Ya mucho más acá en el tiempo, recuerdo cuando un compañero de mi época de formación periodística me prestó un cassette de una banda cuyos integrantes habían muerto en un accidente aéreo. Se llamaban “As mamonas assasinas” y, potenciados, eran algo parecido al Cuarteto de Nos en su etapa inicial. De inmediato lo “regrabé” (término siglo pasado), y fue una joya en mi “discoteca” de los 90, consistente en dos o tres “cassettes” más (y regrabados, por supuesto).
¿A qué voy con esto? En que en todo lo bueno que en materia cultural Brasil le ha legado a la humanidad me refugié el domingo mientras esperaba los resultados. En lo que me gustaba y en lo que no, en todo lo que tiene una visión humana de ese enorme país, en todo lo civilizatorio y en todo lo que es contrario a la barbarie. Ojalá que haya ganado la cordura. Por lo pronto vamos cerrando y nos volvemos a encontrar en siete días. Ya con el panorama despejado y las cartas vistas. Será hasta entonces.
Imagen ilustrativa, tomada de la web.
Por Javier Perdomo.
https://lasemana.com.uy/opinion/elucubraciones/elucubraciones-semanales-inseguridades-y-resultados-electorales-ajenos/
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