

Cada vez que hablamos de seguridad alimentaria solemos pensar en el último eslabón de la cadena: el plato. Pero garantizar que los alimentos lleguen a nuestra mesa comienza mucho antes, con decisiones que se toman en el campo: qué sembrar, qué semilla escoger, cómo cuidar el suelo, cómo anticiparse al clima y cómo lograr que producir siga siendo viable para quien vive de la agricultura.
Desde mi experiencia como líder de un centro de innovación agrícola he aprendido que ninguna decisión agrícola ocurre de manera aislada. Desde La Tupia, trabajamos para entender cómo la ciencia, la tecnología y el conocimiento agronómico pueden responder a los desafíos reales de quienes producen alimentos. Si pensamos en un almuerzo colombiano, probablemente encontremos arroz. Pero rara vez pensamos en todo lo que tuvo que funcionar antes para que ese grano llegara hasta allí.
El reciente anuncio de un Modelo de Ordenamiento Productivo para el arroz abre una conversación interesante. La propuesta busca organizar las siembras y fortalecer aspectos como el acceso a semillas certificadas, la información y la tecnología. Pero quizá su mayor valor sea invitarnos a mirar más allá del arroz y hacernos una pregunta más amplia: ¿cómo hacemos que cada hectárea sea más productiva, sostenible y rentable?
La respuesta comienza por reconocer que ningún cultivo existe de manera aislada. Un agricultor decide entre arroz, maíz, soya y otros cultivos considerando el suelo, el agua, el clima, los precios, los costos, la disponibilidad de semillas y las necesidades agronómicas de su finca. Las rotaciones entre cultivos ayudan a manejar malezas y plagas, mantener la salud del suelo y diversificar riesgos. En otras palabras, lo que ocurre con un cultivo puede terminar afectando la viabilidad de otro.
Por eso, ordenar la producción agrícola debería significar algo más que calcular cuántas hectáreas necesita el país de determinado cultivo. También debería significar entender cómo se relacionan entre sí y crear las condiciones para que sean productivos y viables dentro de un mismo sistema. Y allí hay varios elementos que deben funcionar juntos.
Necesitamos semillas de calidad y, sobre todo, opciones adaptadas a las condiciones de cada región. Pero una buena semilla por sí sola nunca será suficiente. La resiliencia se construye combinando genética, manejo integrado, datos y el conocimiento que cada productor tiene de su tierra. También requiere asistencia técnica y validación de las tecnologías en las condiciones locales donde finalmente serán utilizadas.
Necesitamos también productividad. Colombia ya ha demostrado que producir más no necesariamente significa sembrar más. En 2025 cultivamos 5,44 millones de hectáreas, un 1,2 % menos que el año anterior, y aun así la producción agrícola aumentó un 5,1 %, hasta alcanzar 83,5 millones de toneladas, según cifras preliminares de la Unidad de Planificación Rural Agropecuaria. El crecimiento estuvo asociado en buena medida a mejores rendimientos.
Esa es una señal poderosa. El desafío no es solamente ampliar el área sembrada, sino generar más valor en cada hectárea, utilizando mejor el suelo, el agua, la genética, la tecnología y el conocimiento agronómico. Y hay una condición que atraviesa todo lo anterior: para que la agricultura sea sostenible, también debe ser rentable.
Podemos pedirle al agricultor que cuide el suelo, use responsablemente el agua, rote sus cultivos, adopte mejores prácticas e incorpore nuevas tecnologías. Pero difícilmente podremos sostener esa transformación si producir alimentos no representa también una oportunidad económica para quien asume el riesgo de hacerlo. La sostenibilidad solo puede escalar cuando tiene sentido económico para quien produce.
Quizá esa debería ser nuestra mirada hacia el futuro del agro: no pensar cada cultivo como un problema independiente, sino entender el sistema completo. Agricultores, cultivos, rotaciones, recursos naturales, ciencia, tecnología, mercados, industria y política pública forman parte de una misma conversación.
La innovación puede ayudar a conectar muchas de esas piezas, pero no toda solución sirve por igual en todos los territorios. Mejores materiales, herramientas digitales, información climática, protección de cultivos, biotecnología y acompañamiento agronómico deben evaluarse por su utilidad concreta, su accesibilidad, sus costos y sus resultados bajo condiciones locales. La tecnología no reemplaza el conocimiento de quien trabaja la tierra: puede potenciarlo cuando responde a sus necesidades y cuando sus beneficios y riesgos se examinan con transparencia.
El Día Mundial de la Alimentación nos recuerda el desafío de garantizar que todas las personas puedan acceder a alimentos. Pero también debería llevarnos a preguntarnos qué necesitamos hacer hoy para poder seguir produciéndolos mañana.
La respuesta exige pasar de una mirada fragmentada del agro a una visión de largo plazo, capaz de conectar productividad, rentabilidad y sostenibilidad. Porque el verdadero reto no es únicamente producir la próxima cosecha. Es construir las condiciones para que la agricultura siga siendo una opción de vida, una actividad económicamente viable y una fuente de alimentos para las próximas generaciones.
https://www.lasillavacia.com/red-de-expertos/red-rural/la-seguridad-alimentaria-tambien-se-siembra/
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