

Columna escrita por Anderson Fabián Santos Meza, columnista invitado.
La segunda vuelta entre Lula y Flávio Bolsonaro no enfrentó a creyentes con no creyentes, sino a distintas maneras de entender lo sagrado.
Hace unas semanas encontré en redes sociales una reflexión sobre Cruzando Jesus Cristo com o deus Shiva, el cuadro que el artista brasileño Fernando Baril pintó en 1996. Allí aparece un Jesús utilitario, al que se le cambian las manos según la necesidad del momento: ajustado al mercado, al negocio y al consumo. Es un retrato certero de un pseudodios (un ídolo) cristiano hecho a la medida de cierta élite teológico-política, que invoca el Evangelio y transmite sus cultos en vivo y en directo, mientras persigue y desprecia todo intento de garantizar dignidad y derechos a las poblaciones más vulnerables. Ese Jesús intercambiable reaparece, una y otra vez, en las campañas electorales de la región.

Acrílico sobre lienzo. Foto: © Le Monde Diplomatique Brasil.
Brasil sabe bien que allí la religión ha servido para casi todo. Durante la dictadura militar (1964–1985), que se proclamó a sí misma «movimiento redentor», la canción Jesus Cristo (1970), de Roberto Carlos, se usó a todo volumen en cuarteles y centros clandestinos para tapar los gritos de los presos políticos torturados, según testimonios ante la Comisión Nacional de la Verdad. Pero lo religioso también ha estado al servicio de causas muy distintas a la mercancía y la tortura. Por eso la disputa electoral del 25 de octubre debe leerse, además, como una disputa por el sentido mismo de lo religioso y por nuestra imagen de lo divino.
Propongo leer esa complejidad desde tres imágenes de Dios en las urnas de Brasil: (i) una, desde la música de las campañas y sus retratos sonoros de lo divino; (ii) André Janones, un héroe de la jornada; y (iii) una carroza del cierre electoral.
La música en campaña: imágenes sonoras de lo divino
La primera imagen es sonora y polifónica. Cada campaña eligió su música, y esa elección dice más que cualquier discurso.
La de Flávio Bolsonaro apostó por Vem com fé, un himno de aire sertanejo cuya invitación a creer es tan amplia que cada quien puede llenarla con lo que quiera. Lo acompañó una avalancha de canciones generadas con inteligencia artificial, hechas para viralizarse. Será marketing, dirán. Pero es también la fe convertida en producto: un Jesús de manos intercambiables, fabricado en serie y optimizado para el algoritmo.
La campaña de Lula se rodeó de otro repertorio. Su jingle principal adapta el Rap do Silva, un clásico del funk carioca de 1995, y a su alrededor sonaron Caetano Veloso, Maria Bethânia, Chico Buarque, Gal Costa, Tim Maia, Cazuza, Belchior, Secos & Molhados, Alceu Valença, Daniela Mercury, Gloria Groove, Pabllo Vittar, Liniker y Linn da Quebrada, entre muchas otras voces. Buena parte de esas canciones está atravesada por una espiritualidad que no cabe en la ortodoxia: la del terreiro, la de la ternura, la del cuerpo disidente que reclama su derecho a ser sagrado. Es una fe que se canta en plural. Todavía me resuena Liniker diciendo que lo que más necesitamos é aprender sonhar; Maria Bethânia, en su versión de Jesus Cristo, evocando a una multitud con amor en el pecho que busca la paz y no pierde la esperanza; y el Meu coração é vermelho de Fafá de Belém, que el PT coreaba a todo pulmón. Se sentía algo profundo al oír a tantos artistas brasileñxs gritar: Bora, Lula!
Esa misma canción, Jesus Cristo, es la que durante la dictadura se usó para tapar los gritos de los torturados. Una melodía que sirvió para encubrir el sufrimiento vuelve hoy en una voz que lo nombra y lo acompaña. Lo sagrado, entonces, no está en la canción, sino en lo que se hace con ella. La música no es un adorno de la política; es su teología popular, la que llega antes que los programas y sobrevive a ellos. En Brasil, el bando perdedor eligió una fe que se puede producir, repetir y vender; ganó una apuesta política que se canta con el cuerpo, con la historia y con quienes han sido excluidos, una y otra vez.
Pero ninguna banda sonora es inocente, tampoco la que nos emociona. Si la fe también se disputa en el terreno de los afectos, ¿puede la política democrática competir sin instrumentalizar la emoción religiosa? ¿Dónde termina el diálogo legítimo con el lenguaje popular de la fe y dónde empieza su uso estratégico, y quién traza esa línea cuando quien canta es «de los nuestros»? Y, sobre todo, ¿estamos preparados para escuchar la espiritualidad popular sin romantizarla ni temerla?
Un héroe de la jornada: Janones, un evangélico que defiende el Estado laico
Si hubo un héroe de esta elección después del pueblo brasileño, fue André Janones, diputado federal por Minas Gerais y evangélico bautista. Tiene 42 años, quedó huérfano de padre y es hijo de una empleada doméstica. Se formó en escuelas públicas y estudió Derecho con beca mientras trabajaba como cobrador de autobuses. Tras la primera vuelta, su «Ejército de Lula», un canal de WhatsApp con millones de integrantes, lanzó misiones digitales diarias que rompieron el dominio algorítmico que la ultraderecha sentía como propio. También se dedicó a desmontar las noticias falsas religiosas que circulaban contra la campaña, desde el supuesto cierre de templos hasta la persecución de pastores.
Estos días, lo más interesante de Janones es lo que dijo sobre su fe: «No niego mi religión, pero no la usaré políticamente. Yo soy evangélico, pero el Estado es laico». Esa frase resuelve, mejor que muchos tratados, la confusión central en las discusiones sobre política y religión. El Estado laico no exige que los creyentes dejen sus convicciones en la puerta de la plaza pública; exige que ninguna fe imponga su agenda a las demás. Janones demuestra que se puede ser plenamente evangélico y defender esa frontera, y que quien la defiende desde dentro de la comunidad religiosa resulta más creíble que cualquier voz externa.
Conviene, sin embargo, no convertirlo en un símbolo evangélico o en un tótem progresista. Janones no es un evangélico cualquiera; su peso no nace solo de serlo, y no todo evangélico se parece necesariamente a él. Antes de la política se hizo conocido en redes como abogado gratuito de pacientes que demandaban al Estado para acceder a tratamientos de salud, y dio el salto nacional en 2018, durante la huelga de camioneros, cuando pasó de 70.000 a un millón de seguidores en una noche. Su trayectoria combina fe, origen popular, formación jurídica y destreza digital, una combinación difícil pero necesaria. Tampoco ha hecho todo solo, como se ha intentado decir en las reflexiones triunfalistas que no cesan desde el domingo en la noche. Por décadas, muchos brasileños cristianos, católicos y evangélicos, han dado y seguirán dando la disputa por el sentido de lo religioso en la política: Chico Mendes, Marina Silva, Benedita da Silva, Henrique Vieira, Jorge Messias, Anielle Franco, Chico Alencar, Ariovaldo Ramos y Nilza Valéria, entre otros.
Sin embargo, volver sobre la figura de Janones ayuda a desarmar un error que el progresismo comete una y otra vez: pensar la religión a la ligera y sólo verla como un arma de las derechas. Si los evangélicos fueran un bloque homogéneo e irredimible, no habría nada que disputar. Pero ahí está la memoria larga del cristianismo social latinoamericano. En Brasil, las comunidades eclesiales de base estuvieron en el origen del Movimiento Sin Tierra, de la Comisión Pastoral de la Tierra y del propio PT; allí, existen miles de procesos comunitarios, anclados en una fe plural, ecuménica y liberacionista, que ninguna noticia falsa puede borrar. El PT creó su «Núcleo de Evangélicos» en 2015 y el «Frente de Evangélicos por el Estado de Derecho» nació en 2016. La victoria que celebramos hoy se tejió durante décadas junto a multitudes cristianas, católicas y evangélicas, mientras la ultraderecha penetraba los púlpitos y creía dominar la narrativa religiosa.
La noche del domingo, en su discurso tras ser reelecto, Lula dijo: «Quiero agradecer a Janones, nuestro general». La ultraderecha también tiene sus «generales evangélicos», pero no estoy seguro de que libren con la misma pasión las guerras contra la desigualdad, la pobreza y la injusticia. Necesitamos muchos más creyentes comprometidos radicalmente con las causas sociales y políticas.
Aun así, la imagen de este héroe deja preguntas que no conviene cerrar demasiado rápido. Si la laicidad consiste en no usar la fe políticamente, ¿cómo se explica que el reconocimiento a Janones sea, en parte, un reconocimiento a su identidad evangélica? ¿No hay una ironía en que el lenguaje de «ejércitos» y «generales», tan cercano a la «guerra espiritual» que criticamos en la ultraderecha, sea también el de quienes la enfrentan? Y, quizás la más incómoda, ¿estamos celebrando a Janones porque representa una forma distinta de relacionar fe y política, o simplemente porque está de nuestro lado?
Una coalición poderosa: travestis y sacerdotes resistiendo al fascismo
La tercera imagen es, a mi juicio, la más potente. Hace unos días, en el cierre de campaña previo a la segunda vuelta, la cantante Linn da Quebrada y el padre Júlio Lancellotti iban en una misma caravana: una travesti y un sacerdote saludando al pueblo, bailando y gritando que la esperanza de una soberanía nacional popular es posible. Sonaba Rap do Silva. Detrás de esa escena hay una historia de lealtades concretas y de responsabilidades compartidas. Esa coalición es más urgente que nunca para resistir al fascismo.
Pienso en otra travesti brasileña: Erika Hilton. Hace algunos años, cuando fue elegida concejala de São Paulo, el padre Lancellotti le envió un mensaje de afecto y destacó su representación como mujer negra y trans, como lo ha hecho también con decenas de travestis y personas de la diversidad sexual y de género. En 2024, ella promovió la campaña Protejam o Padre Júlio Lancellotti para resistir los ataques contra las entidades religiosas y benéficas y contra él en particular. En diciembre de 2025, cuando el cardenal Odilo Scherer, arzobispo de São Paulo, le ordenó suspender la transmisión en vivo de sus misas y restringir el uso de sus redes sociales, Hilton salió públicamente en su defensa. Hace unas semanas, fue el sacerdote quien la bendijo en el marco de la lucha por el fin de la escala 6×1, la jornada laboral que deja un solo día de descanso. Fue una bendición política y espiritual a la vez, sin que una anulara a la otra.
Esa alianza también se ha traducido en leyes. La Ley Padre Júlio Lancellotti (Nº 14.489/2022) prohíbe el uso de la arquitectura hostil en los espacios libres de uso público: rejas, púas y bancas diseñadas para que nadie pueda dormir en ellas. Hilton, por su parte, presentó un proyecto que crea sanciones administrativas para los actos de aporofobia, el término que nombra la discriminación contra las personas en situación de pobreza o vulnerabilidad: Proyecto de Ley Nº 5.130/2026. Un sacerdote y una diputada travesti, desde lugares distintos, trabajan sobre el mismo problema: cómo se protege a quienes la sociedad prefiere no ver.
La trayectoria de Hilton hace aún más elocuente la imagen. Ella misma se ha definido como una mujer negra, travesti e hija de la clase trabajadora, expulsada de su casa siendo joven y empujada a la prostitución para sobrevivir, en un país que todavía rechaza su presencia. Creció acompañando a su madre a la iglesia evangélica, donde aprendió a hablar de Dios y a hablar en público; a los 15 años fue expulsada de su casa cuando su madre abrazó el fundamentalismo. Este año fue reelegida con más de 1,5 millones de votos, la mujer más votada en la historia de la Cámara, y vive bajo graves amenazas de muerte por defender los derechos de la población LGBTIQ+ y del pueblo trabajador.
Lancellotti, a quien el papa Francisco llamó «mensajero de Dios» entre los sin techo, se declaró «ateo del Dios de Bolsonaro» y resumió su práctica social y espiritual en una sencilla fórmula: con una mano se reparte el pan y con la otra se lucha. Es la imagen opuesta al ídolo utilitarista que se denuncia en la pintura de Fernando Baril. Sus manos no cambian según la ocasión: hacen siempre las dos cosas. Su historia muestra además algo que la caravana corre el riesgo de ocultar: esta fe encarnada no siempre es bien recibida dentro de la propia institución religiosa. Quien resiste al fascismo desde el púlpito y con las comunidades puede encontrarse también con detractores «en nombre de Dios». Y, sin embargo, es imposible estar completamente solo. El 22 de octubre, tres días antes de la segunda vuelta, un grupo de 47 obispos católicos brasileños publicó una carta en la que se advertía que una de las candidaturas en disputa amenazaba la democracia, la soberanía nacional y varios principios de la doctrina social de la Iglesia; por ello, los obispos firmantes pedían que el voto considerara los derechos de los trabajadores, la pobreza, la prohibición de las armas y el cuidado del medioambiente. Son menos del 10 % de un episcopado de casi 500 integrantes, si se cuentan activos y eméritos. A ellos se sumaron voces como la del teólogo de la liberación Leonardo Boff, con su campaña digital viral a favor de Lula, y la de Frei Betto, que insistió a la izquierda en no distanciarse de las bases populares y criticó a la «izquierda de tacones altos» que le teme a la periferia. El día en que terminó la primera vuelta se viralizó su frase: Guardemos o pessimismo para dias melhores. É preciso organizar a esperança.
Por eso esta imagen no admite lecturas complacientes ni reduccionistas. Si el cristianismo que reparte el pan es perseguido desde dentro de la Iglesia y celebrado desde fuera de ella, ¿quién custodia realmente el sentido de lo cristiano en la esfera pública? ¿Puede una alianza entre una diputada trans y un cura convertirse en proyecto político duradero, o es una excepción que depende de dos personas y de un momento? ¿Qué significa que las leyes contra la aporofobia y la arquitectura hostil lleven el nombre de un sacerdote, y qué pasa cuando el Estado laico legisla con el vocabulario moral de una tradición religiosa? ¿Acaso no es poderoso que un sacerdote decida abiertamente trabajar por la democracia junto a las personas que actualmente padecen en mayor intensidad la represión y la violencia?
Y, quizás lo más difícil, ¿estamos dispuestos a reconocer que quienes enfrentan al fascismo con las manos del pan y de la lucha son hoy minoría dentro de sus propias comunidades de fe, y que, si queremos que dejen de serlo, hará falta algo más que celebrar por unos días?
Tal vez por eso vale volver a la imagen de aquella caravana, para recordarla una y otra vez. Los versos más famosos de aquella travesti que iba con Lancelotti, Linn da Quebrada, piden no quemar a las brujas y amar a las bixas, y esa ternura insistente es también una propuesta teológico-política. Travesti no Comando da Nação, dice la rapera, poeta y compositora Bixarte, y en un país que acaba de reelegir a Lula con una travesti entre las más votadas del Congreso, la frase deja de ser consigna para volverse horizonte, anhelo y posibilidad.
Imaginarios de Dios en Brasil
La pregunta que queda no es si la fe entra en la política. Siempre ha entrado, y el Brasil de 2026 lo confirma. La pregunta es bajo qué condiciones lo hace: con pluralidad, con rendición de cuentas y sin que nadie se arrogue el monopolio de la voluntad divina. La campaña bolsonarista recurrió a textos bíblicos para sostener que, así como Dios se valió del rey Ciro, podía valerse de personas imperfectas como Bolsonaro. ¿No podría decirse lo mismo de Lula? Quizás sí, y por eso conviene recibir con cautela esas lecturas generosas: tarde o temprano conducen a la manipulación en nombre de Dios.
Frente a eso, la tarea es doble. Las izquierdas deben dejar de desdeñar la religión y los movimientos ecuménicos deben salir del encierro malsano y del academicismo lejano de las bases populares. Los cristianos, sean evangélicos o no, son un grupo heterogéneo y polifónico, y no existe un voto creyente unificado. Por eso la desbolsonarización de la sociedad brasileña pasará, si pasa, por las comunidades cristianas. No por la derrota de la fe, sino por la recuperación de una espiritualidad liberadora y emancipadora que entienda que nada es más peligroso que la petrificación de las ideas.
Lula y Flávio se enfrentaron, pero en el fondo se discutía qué imaginario de Dios predomina en Brasil. Sigue vigente el utilitario de Baril, en el que pueden creer tanto derechistas como izquierdistas: el mismo Bolsonaro que proclamaba «Brasil pertenece al Señor Jesucristo» insistía en entregar la soberanía del país a Estados Unidos e Israel, por ejemplo. También sigue estando el que minimiza los gritos de sufrimiento subiendo el volumen a las canciones y a los gritos de avivamiento. Y está el que reparte el pan con una mano y lucha por la justicia social con la otra. Ojalá cada vez más personas, comunidades y países se reconozcan en este último; pero no podemos asegurarlo.

Anderson Fabián Santos Meza
Es doctorando en teología y filósofo. Hace parte del Grupo de Trabajo “Religiones y sociedad: tensiones, diversidades y movilizaciones en debate” de Clacso. Actualmente, investiga sobre las teologías latinoamericanas de la liberación y disidencias sexo-genéricas en el continente.
https://www.lasillavacia.com/red-de-expertos/red-social/tres-imagenes-de-dios-en-las-urnas-de-brasil/
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