

Columna escrita por Alfonso Otoya, columnista invitado
Colombia cuenta con estudiantes que quieren aprender, docentes que orientan y familias que respaldan, pero los entornos de aprendizaje siguen siendo insuficientes. El reciente resultado de las pruebas Pisa confirma que el país se mantiene por debajo del promedio de la Ocde en ciencias, lectura y matemáticas. Aunque la variación respecto a la medición anterior no fue estadísticamente significativa, la tendencia de la última década resulta preocupante: la comprensión lectora cayó de forma sostenida 23 puntos cada diez años y las matemáticas retrocedieron 11 puntos, mientras que el desempeño en ciencias permaneció estable. Que esta realidad no sea exclusiva del país en la región no le resta urgencia a la pregunta de fondo: ¿qué está ocurriendo con los entornos en los que se forman nuestras niñas, niños y jóvenes? Este diagnóstico exige analizar cuatro dimensiones clave.
El primer factor son las condiciones materiales del aprendizaje. Los estudiantes colombianos reportan niveles de perseverancia superiores al promedio de la Ocde (índice de 0,32 frente a 0,00); sin embargo, apenas el 17,6% asiste a colegios bien dotados de insumos pedagógicos, una cifra muy inferior al 43,8% de la organización internacional y de las más bajas de América Latina. La disposición por aprender es evidente, lo prioritario es evitar que tropiece contra la falta de herramientas. Superar este obstáculo requiere acelerar inversiones en dotación escolar, mobiliario y servicios básicos, garantizando que los espacios físicos respondan a la motivación del estudiantado. Una infraestructura adecuada con los recursos suficientes para enseñar y que invite a aprender constituye una exigencia inherente al proceso educativo, no un asunto ajeno a su calidad.
El segundo factor es la desigualdad territorial. Detrás del promedio nacional persisten brechas profundas: en Colombia, el origen socioeconómico determina el 17,4% de la variación en el rendimiento en ciencias, una cifra seis puntos porcentuales superior al 11,6% del promedio de la Ocde. En este contexto, solo 9,2 % de los estudiantes de los hogares con menos recursos logra ubicarse entre el 25 % de mejores resultados del país en ciencias. Según nuestros cálculos a partir de los mismos datos, entre los estudiantes de los hogares más favorecidos esa proporción ronda el 45 %, una proporción que deja al descubierto las barreras para superar las desventajas de origen. Las estrategias centralizadas u homogéneas resultan insuficientes para una geografía con inequidades tan marcadas. La Fundación Barco implementa Escala, un programa que busca entender y disminuir la deserción en 22 instituciones educativas rurales de 17 departamentos. Esta experiencia demuestra que las respuestas más pertinentes radican en un acompañamiento integral adaptado a cada territorio que involucre a toda la comunidad educativa.
El tercer factor es la permanencia y retención escolar. Por definición, las pruebas Pisa reflejan el panorama de quienes permanecen en el aula, dejando fuera el desafío de fondo que representa la deserción, un fenómeno de particular gravedad en Colombia. El 91 % de los encuestados por Escala manifiesta estudiar con el propósito de alcanzar un mejor futuro y el 80 % proyecta continuar su formación tras culminar la secundaria. El interés de la juventud por terminar sus estudios es sólido, pero, con demasiada frecuencia, los entornos idóneos para materializar ese deseo son inexistentes.
Finalmente, la gobernanza y la articulación multiactor son determinantes. Ninguna de estas intervenciones puede recaer de manera aislada en un solo sector. Colombia registra el índice de acompañamiento familiar percibido más alto de la región (0,01 frente a –0,19 en la Ocde) sumado a niveles destacados de respaldo docente. Esta base social facilita la cooperación sostenida, una vía de acción efectiva es consolidar esquemas de trabajo conjunto donde el sector privado, la cooperación internacional, las secretarías de educación y las organizaciones de la sociedad civil unan esfuerzos técnicos y financieros para escalar las iniciativas de retención e infraestructura que ya cuentan con evidencia de éxito.
Colombia cuenta con estudiantes que quieren aprender, docentes que orientan y familias que respaldan. La evidencia de Pisa expone la necesidad de transformar esa voluntad en garantías concretas: herramientas suficientes, políticas diferenciadas por región, estrategias de continuidad escolar, espacios dignos y una alianza efectiva entre la empresa privada, el Estado, las entidades territoriales y las comunidades. Allí se concentra buena parte de la tarea pendiente.

Alfonso Otoya
Director general Fundación Barco
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