

Detrás del proyecto editorial Astromulo está Mariano González, un creador todoterreno que encontró en la intersección entre la lectura, la escritura y la edición su trinchera cultural.
De la autoedición artesanal con fotocopias, grampas y trincheta a publicar una decena de títulos al año de narrativa, poesía y ensayo, González defiende los proyectos a escala humana, la «interdependencia» colectiva y el valor de la lentitud frente a la vorágine del mercado multinacional.
En esta charla con Fino Sosa, repasa el recorrido de su sello, su participación en la revista de arte y salud mental Barullo, su prolífica obra como autor y por qué el entusiasmo sigue siendo el mejor criterio editorial.
¿Quién es Mariano González?
Uh, qué pregunta… difícil. Creo que soy una persona a la que le gusta crear. Crear en un sentido muy amplio… Tomando la creación como un proceso que le da existencia a algo… Me refiero a cualquier cosa, un pan, un libro…
¿Cómo nace Astromulo?
Jodiendo y de casualidad… Como casi todo en la vida.
¿Cómo te llega la decisión de integrar el colectivo Sancocho?
El colectivo Sancocho se formó allá por 2017, entre varias editoriales pequeñas que andábamos en solitario queriendo hacer las mismas cosas y cometiendo los mismos errores. En ese entonces, yo ya tenía el proyecto Astromulo, pero también integraba, junto con otras personas amigas, la editorial Factor30, que ya no existe. Varios de esos proyectos nos conocimos en la última FLIA (feria del libro autogestionada) que se hizo en Montevideo. Y, después armamos el colectivo Sancocho, con el que organizamos un montón de movidas muy copadas. En la actualidad, no está activo. Sin embargo, las editoriales seguimos conectadas y juntándonos puntualmente y por afinidad en varias actividades (lo que yo llamo la “promiscuidad editorial”).
Supongo que no hay conflicto, pero ¿cómo es convivir escribiendo con el trabajo editorial?
Desde hace unos 5 años empecé a dedicarle más tiempo a la editorial. Cada vez más. Medio que el proyecto me lo iba pidiendo. Empecé autoeditándome mis libros (cosa que siempre sugiero y promuevo, la “edición por mano propia”), con fotocopias, engrampando y fileteando con trincheta (como tantos y tantas). Después, y casi sin querer, le fui agarrando la mano. Me di cuenta de que también podía hacer libros de otras personas y, medio de golpe y porrazo, me volví editor. Escribo desde hace años y las dos labores se fueron imbricando naturalmente. Básicamente, me gusta leer lo que me gustaría escribir; y me gusta escribir lo que me gustaría leer. En el medio, el trabajo editorial calzó perfecto: vino a completar el trío “lectura, escritura, edición”.
¿Cómo ves el mundo editorial y especialmente el independiente?
Creo que el mundo editorial está atomizado (como en todo los demás ámbitos) por la inescrupulosa ambición de las empresas multinacionales. Lo mismo si se trata de libros como de recursos naturales. Las editoriales independientes son las menos importantes para el mercado, pero las más importantes para la bibliodiversidad. Pero eso si lo vemos desde una óptica que no tiene cabida en el mundo actual. La idea de que la defensa y el apoyo a lo minoritario es la clave de lo humano, tiene muy mala prensa y, además, siempre se te cruza algo en el medio que te distrae y terminás optando por lo hegemónico y consolidado.
¿Qué significa serlo?
¿Independiente? Uf, es todo un tema. El término lo usamos porque no hemos encontrado todavía otro más preciso. Y, para que te entiendan medio rápido, decís “independiente” para que la conversa fluya. En realidad, se trata más bien de interdependencia, entre proyectos y personas. Creo que lo importante de ser un proyecto “independiente”, “interdependiente” o “pequeño” (marque con una cruz la opción que más le convenza) es que sea una condición elegida y no una contingencia. Quiero decir, una cosa es serlo porque se decidió, y otra es serlo porque no te queda otra. Dibujar la silueta de los proyectos por lo que son y no por lo que no son (por eso no me copa ninguna definición que tenga el prefijo negativo in-). La mayor virtud de estos proyectos es la lentitud. Poder hacer las cosas a tu tiempo, sin correr, sin dejar que otros aspectos externos al libro te impongan su ritmo. Como toda desaceleración, primero te parece que te vas a perder la fiesta… Pero después te das cuenta de que la fiesta estaba en otro lado. Y lo mismo aplica a la edición, como a la economía, a los afectos, a tu relación con el trabajo y el dinero, a la política, al estudio, a la cocina… Qué sé yo. A todo.
¿Se escribe mucho en Uruguay?
Creo que sí. A mí me alegra que la gente escriba. Como me alegra que la gente pueda comer sano, tener una vida digna, un lugar agradable para vivir, vínculos amorosos, una buena, gratuita y holística cobertura de salud… Escribir hace bien. Lo que no hace bien es escribir y dejar que te sobrevuelen los buitres de la publicación, de la trascendencia y de la búsqueda de reconocimiento. Publicar un libro es cerrar un proceso que es social. Siempre es social. Y, si no lo es, lo mejor que podés hacer es escribir para vos. Eso es alucinante. Insisto, hace bien. Y alcanza con escribir. Algunas personas (entre las que me incluyo) necesitamos que eso que creamos tenga llegada a otras, que se encuentre con lectores y lectoras a los/as que les pasen cosas con la lectura, que el libro ande por el mundo haciendo de las suyas.
¿Qué te produce ver y participar de tantos proyectos de escritura? ¿Cuál es tu método de selección?
Me encanta participar en proyectos de distinto tipo. Me entusiasma. Para mí, el entusiasmo es un sentimiento hermoso. Siempre parece que juega en segunda división, que nunca sale en la primera fila de la foto (como el amor, el odio, la libertad, etc.), pero tiene una polenta increíble y, si te distraés, puede volverse hasta el sentido de tu vida. Al menos eso me pasa a mí. Tengo el entusiasmo fácil, sumado a una curiosidad paquidérmica y a una ansiedad que siempre creo estar a punto de domar. Eso me lleva a participar en muchas cosas (a veces, muchas cosas a la vez, lo que puede tornarse, y se torna por momentos, algo al borde del estrés). Mi método de selección (creo que te referís a si tengo un criterio editorial) es no tenerlo. No quiero autolimitarme. No sé qué se me pueda cruzar que me interese y quiera publicar. No creo en las aduanas (en ninguna aduana) y mucho menos me gustaría volverme el aduanero que le revisa las valijas a la gente para ver si puede pasar o no (léase: si un libro puede publicarse o no). Más bien lo planteo en términos de antojo. Publico lo que se me antoja (en el fondo, todo criterio editorial es un antojo con vestimenta formal). Así, si mañana se me cruza un libro de mapas o de recetas de cocina, si me pinta, lo publico. No me gustaría quedarme con las ganas de hacerlo (en el fondo, no me gusta quedarme con las ganas de hacer nada de lo que quiero, ¿a quién le gusta, verdad?).
Proyectos personales y de la editorial.
Varios y en diferentes etapas. La cosa funciona más o menos como el avance del ajedrez, las piezas van avanzando, más adelante o más atrás, pero siguiendo su curso, en paralelo. Trato de no sobrecargarme con muchas cosas simultáneas. Me costó bastante, pero he logrado darle un poco de organización al trabajo y, casi siempre, me sale bien.
Con respecto a los proyectos de la editorial, este año está siendo muy fructífero. Desde principios de año, salieron nueve títulos (los libros de cuentos Americana, de Anthony Fletcher; Plantas artificiales, de Yanina Aniotz; Crónicas de Villa Gato, de Shirley Rebuffo; Expreso CaníBal, de Fino Sosa; La torre, de Raúl De Paula; y Escombros, de Raquel Guarnieri; los libros de poesía Atisbo/Abismo, de Lilián Toledo; y El instante ineludible, de Ramón Haniotis; y las novelas El círculo de las hormigas, de Mario Sarabí Santos; y Eclipse de luna, de Mariella Varela), hay dos en imprenta (el libro de cuentos 30 monedas, de Estela Morales; y el libro de ensayo sobre gauchesca anarquista Rienda suelta, de Daniel Vidal) y otros que están en proceso y que seguramente salgan a principios del 2027.
Con respecto a los proyectos personales, siempre tengo en cola de aterrizaje varios aviones. Hace unos años me propuse publicar con otras editoriales y no con Astomulo (la mayoría de mis libros me los autopubliqué en la editorial). Un poco para experimentar el proceso de edición con otros ojos. Tuve suerte (cosa infrecuente en este medio) y la editorial Pez en el hielo publicó mi novela El caballo del lechero, en 2025 (fue tercer premio del MEC en narrativa inédita en 2023); y este año salió mi Diccionario averiado de la lengua española, publicado por Álter ediciones. No sé si seguiré por ese rumbo o no. Lo cierto es que tengo varios “libros” prontos. Veremos.
Otro proyecto en el que estoy, muy copado, es en la revista Barullo, de arte y salud mental, que edita la editorial artesanal y proyecto social Bibliobarrio. Acaba de salir la número 5 y ya estamos preparando la 6. Es una revista que tiene una mirada antimanicomial y crítica de las políticas públicas sobre el tema, pero elige también presentar experiencias de Uruguay y de otras partes que funcionan y son alternativas concretas al encierro. Todo sazonado, claro, con mucho amor y humor, que siempre vienen bien.
¿La relación de Astromulo con las distribuidoras y librerías? ¿Cuál sería un ideal de un proyecto abarcativo?
Hace algunos años (desde el 2022), los libros de Astromulo están en una distribuidora. Si bien los porcentajes de consignación (de librería más distribuidora) son altos, es una forma de llegar a un público al que sería muy difícil (si no imposible) llegar; y te permite centralizar esa vía de difusión. Por supuesto, como todos los proyectos “independientes”, promovemos la venta directa en presentaciones, ferias, eventos, toques, movidas, etc. Porque, además de generar un intercambio sin intermediarios, también se genera el encuentro con quien hace el libro, y el lector o la lectora puede tener de primera mano una charla distendida y pormenorizada de cada libro.
Un proyecto abarcativo ideal, en el tema que venimos tratando, sería una distribuidora generada y gestionada por todos o muchos o varios o algunos proyectos editoriales independientes…
¿Tus libros como autor?
Tengo varios… Muchos… Demasiados… Es lo que tiene tener una editorial, ¡terminás publicándote hasta la lista del almacén! No, en serio, un poco por lo que te decía antes, me interesan muchas cosas y muchas cosas me entusiasman. Además, como también te decía, no me gusta quedarme con las ganas. Así que le he entrado a la poesía, a la literatura infantil, a la novela, al dibujo… Y también a la mezcla de todo eso… Hay 3 o 4 líneas de avance que he ido perfilando a lo largo de estos 20 años (mi primer libro, Bruselas, poema épico-urbano en siete cantos, es de 2005) y más o menos siempre ando por esos andurriales cuando escribo… Algunos títulos: Goliat, El bolacero (segundo premio del MEC en literatura infantil édita en 2019), Las memorias de Ramón Quiebrayugos, Haikchús! (haikus resfriados), Logotomía, Circular…
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