Aquel triunfo en Europa desfondó la campaña de aislamiento que Henry Kissinger dirigía desde Washington. Tres meses antes, el 11 de julio de 1971, el Congreso Pleno había aprobado de forma unánime la nacionalización de la gran minería del cobre, recuperando los yacimientos de Chuquicamata y El Teniente para financiar el medio litro de leche diario, las poblaciones obreras y el presupuesto de la Unidad Popular.

Jean Flores Quintana. Polítologo. «El Siglo». 22/10/2026. A las diez de la mañana del 21 de octubre de 1971, los abogados de la minera estadounidense Kennecott preparaban en Nueva York la ofensiva legal contra el Estado chileno tras quedarse sin indemnización por sus ganancias excesivas, mientras en Estocolmo el secretario de la Academia Sueca leía ante los micrófonos el nombre de Pablo Neruda.
El Premio Nobel de Literatura recaía sobre un militante del Partido Comunista de Chile, exsenador por los campamentos salitreros de Tarapacá y Antofagasta, y embajador en Francia del gobierno de Salvador Allende. La distinción literaria más alta de Occidente aterrizaba en plena Guerra Fría sobre el escritorio de un revolucionario latinoamericano.
Aquel triunfo en Europa desfondó la campaña de aislamiento que Henry Kissinger dirigía desde Washington. Tres meses antes, el 11 de julio de 1971, el Congreso Pleno había aprobado de forma unánime la nacionalización de la gran minería del cobre, recuperando los yacimientos de Chuquicamata y El Teniente para financiar el medio litro de leche diario, las poblaciones obreras y el presupuesto de la Unidad Popular.
En su despacho del número 2 de la avenida de La Motte–Picquet, en París, con el cuerpo ya castigado por el cáncer de próstata, Neruda sostuvo el frente diplomático y financiero del gobierno popular: acompañó las negociaciones ante los banqueros del Club de París para reprogramar una deuda externa que superaba los tres mil millones de dólares y, en los meses siguientes, encabezó la defensa en Francia cuando los tribunales europeos ordenaron embargar en los puertos de Le Havre y Róterdam los barcos cargados con el metal rojo chileno.
Para Neruda, el pasaporte diplomático siempre fue una herramienta de rescate popular.
En 1939, tras comprar frente a las rompientes de Isla Negra el viejo caserón de piedra que convertiría en su refugio de escritura, partió a Francia nombrado por el presidente Pedro Aguirre Cerda como cónsul especial para la inmigración española. El poeta pasó por encima de las presiones de la oligarquía chilena y arrendó el vapor de carga Winnipeg. Mandó a desmontar las bodegas para multiplicar las literas y, desde el puerto fluvial de Trompeloup, embarcó a más de dos mil doscientos republicanos españoles sacados de los campos de concentración franceses de Gurs y Argelès-sur-Mer. Eran pescadores, tipógrafos, labradores, torneros y maestros que pisaron el muelle de Valparaíso la noche del 2 de septiembre de 1939, veinticuatro horas después del estallido de la Segunda Guerra Mundial.
Con esa misma escuela de solidaridad continental llegó a México como Cónsul General entre 1940 y 1943, bajo las presidencias de Lázaro Cárdenas y Manuel Ávila Camacho. En el sur de Chile, Chillán aún limpiaba los escombros del terremoto del 24 de enero de 1939, que dejó cerca de treinta mil fallecidos y redujo a polvo las casas de adobe de los trabajadores. El pueblo y el Estado mexicano financiaron la edificación de la Escuela México en esa ciudad devastada, y Neruda visó en 1940 el pasaporte de David Alfaro Siqueiros para que viajara al sur a pintar la biblioteca escolar. Sobre más de doscientos cuarenta metros cuadrados de muro, Siqueiros pintó con piroxilina Muerte al invasor, uniendo las lanzas de Lautaro y los brazos mutilados de Galvarino con el fusil campesino de Emiliano Zapata, la resistencia de Cuauhtémoc, el ideario de Francisco Bilbao y la figura de José Manuel Balmaceda.
En Ciudad de México, la casa consular de Neruda —la Villa Rosa Elena, en San Ángel— operó como trinchera política y cultural junto a Diego Rivera y Frida Kahlo. Esa red de lealtades sostuvo al poeta pocos años más tarde en Chile. Cuando Gabriel González Videla dictó la Ley de Defensa Permanente de la Democracia en 1948, borrando de los registros electorales a decenas de miles de obreros y abriendo el campo de prisioneros de Pisagua, Neruda pronunció en el Senado su discurso Yo acuso el 6 de enero de ese año y pasó a la clandestinidad. Cruzó la cordillera a caballo por el paso sureño de Lilpela y en 1950 editó en Ciudad de México su Canto General, impreso gracias a un comité de solidaridad y con el reverso de sus tapas pintado por Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros.
La hermandad con el muralismo mexicano volvió a levantar el sur de Chile tras el megaterremoto de Valdivia y Concepción de mayo de 1960, el sismo de 9,5 grados que arrasó caletas pesqueras, piques carboníferos y barrios fabriles. El gobierno mexicano de Adolfo López Mateos donó los fondos para construir la Casa del Arte de la Universidad de Concepción, donde entre 1964 y 1965 el artista jalisciense Jorge González Camarena pintó los casi trescientos metros cuadrados en acrílico sobre estuco de Presencia de América Latina. En lo alto de la cornisa principal, González Camarena inscribió los versos de Neruda que coronan la obra: «…y no hay belleza como esta belleza / de América extendida en sus infiernos, / en sus cerros de piedra y poderío…».
Tras el bombardeo a La Moneda, Neruda fue sacado de urgencia desde su casa frente al mar de Isla Negra hacia Santiago el 19 de septiembre de 1973, y murió cuatro días después en la Clínica Santa María.
En esas mismas jornadas, efectivos militares habían destrozado los vidrios, inundado los pisos con el agua del canal y quemado libros en su casa La Chascona, al pie del cerro San Cristóbal, donde su féretro fue velado entre el barro y los escombros. Al marchar hacia el Cementerio General bajo las metralletas del estado de sitio, los obreros y pobladores convirtieron su funeral en la primera protesta callejera contra la dictadura, cantando La Internacional a viva voz por el poeta y por Salvador Allende. En la casa saqueada, el diploma del Nobel había sobrevivido intacto.
https://elsiglo.cl/la-voz-universal-de-los-trabajadores-a-55-anos-del-nobel-de-neruda/
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