
Vengo sorprendido desde hace tiempo por las pasiones asimétricas que genera el debate por la Ley de Tierras. Los oficialistas no le dan importancia y apenas si lo defienden, casi como si la derogación se hubiera colado sola en el DNU de 2023 y después en el proyecto de ley de hace dos meses. Para los opositores, en cambio, el futuro de la patria está en juego por el simple hecho de volver a un marco legal que en 2011, cuando se sancionó la ley, no parecía preocupar demasiado a nadie. “¡El país está en venta!”, nos alertan, como si alguien quisiera comprarlo. Hago estos chistes de dudoso gusto porque realmente estoy perplejo por la grandilocuencia de estos días: entrega, infamia, saqueo, soberanía. Todo un vocabulario de otra época, que parecía dormido pero estaba latente, y cuya popularidad es también una advertencia para el Gobierno y para los que nacimos sin el cosito del nacionalismo o la xenofobia.
Con este tema, personalmente, me pasan dos cosas. Una es que no veo problema en que un porcentaje mayor de la tierra argentina esté en manos de extranjeros. Nací así, cipayo. Además, la ley de 2011, kirchnerista en espíritu, letra y mayorías, ponía un límite del 15% para la propiedad extranjera y actualmente estamos en alrededor del 5%, según el Registro Nacional de Tierras Rurales. O sea que incluso con la ley añorada y defendida dramáticamente en estos días hay margen para triplicar la cantidad de tierra en manos de gringos, italianos y españoles, los principales compradores. La segunda es que los dueños extranjeros siguen tan sujetos a las leyes locales como los argentinos: no se convierten en emperadores soberanos de sus campos para plantar bandera y declararse independientes. Deberán pagar Ingresos Brutos, el impuesto al cheque y las tasas municipales como todos nosotros. Casi que si se quedan (exagero) son héroes.
Aclarada mi visión, vuelvo como un entomólogo sobre aquellos que piensan distinto de mí y a quienes, reconozco, me cuesta entender. Algunos de los apocalípticos son oportunistas y hacen teatro para ganar likes o interacciones. Eso pasa siempre. Pero una de las razones de mi sorpresa estas semanas ha sido la popularidad de la resistencia no sólo entre políticos sino también entre artistas, celebridades y periodistas que parecen genuinamente angustiados, con argumentos malísimos pero defendidos con convicción, sin cinismo, incluso con poesía y desgarro, de que la derogación de la ley transformará a la Argentina en una cosa menos argentina, menos soberana, menos nuestra.
Jueces reyes
El último latigazo de histeria empezó el martes, cuando la Corte Suprema volvió a dejar operativa la derogación de la Ley de Tierras impulsada en 2023 por el Gobierno con un argumento más de forma que de fondo: dijo que los veteranos de Malvinas que habían presentado el recurso contra el DNU (y logrado suspenderlo) no estaban legitimados para iniciar ese proceso. La decisión generó reacciones inmediatas, sobre todo en la oposición, que ve el tema como la batalla patriótica final. Axel Kicillof lo llamó “el fallo de la infamia” y dijo, salido de los ‘90, que legaliza “la entrega y el saqueo”. Juan Grabois, finísimo, respondió a los jueces con un “la reconcha de su madre” y dijo que el Gobierno “tiene a la Corte comprada”. Mayra Mendoza usó un argumento popular en esa noche de rabia kirchnerista: “Tres tipos a los que no votó nadie”. Nicolás del Caño dijo que la Corte es “una institución monárquica”, Ofelia Fernández insistió con lo de los jueces “elegidos sin votos” y al diputado socialista Esteban Paulón el fallo le pareció “vergonzoso”, porque le dio “la espalda a las masivas movilizaciones populares” de hace dos meses.
Estas respuestas de políticos siguieron dos líneas de argumentación, ambas incorrectas: que la Corte es ilegítima porque no fue elegida por el voto popular y que la Corte debió escuchar el mensaje de la exitosa marcha del 6 de agosto a favor de la Ley de Tierras, que logró frenar la derogación en el Congreso. Más allá de que la Corte Suprema está ahí para hacer exactamente lo contrario a lo que los opositores dicen que debe hacer (es un contrapeso a los otros poderes, no su mayordomo; y debe aplicar la ley según su interpretación del derecho, no en función de efusiones populares pasajeras), lo que me llamó la atención de las reacciones fueron el desprecio por los argumentos de la Corte, que no emitió opinión sobre cuán patriotas deben ser los dueños de la tierra, y el salto inmediato a pechear a sus miembros y acusarlos de ilegítimos. Está desprestigiada la etiqueta de “republicano”, por izquierda y por derecha, pero ver a tanta gente preparada y llena de responsabilidades decir que el máximo tribunal, antes de decidir, debe prestar atención a las “movilizaciones populares” me dio ganas de tatuármela en los pómulos.
De los políticos, sin embargo, uno puede esperar cinismo y cálculo, sobre todo de los kirchneristas, que cuando uno los ve rasgándose las vestiduras no sabe si lo hacen porque no saben o si saben y están actuando.
De los políticos, sin embargo, uno puede esperar cinismo y cálculo, sobre todo de los kirchneristas, que cuando uno los ve rasgándose las vestiduras no sabe si lo hacen porque no saben o si saben y están actuando. Llevo 20 años intentándolo y todavía mi microscopio muestra resultados poco concluyentes. De los artistas populares, en cambio, la explicación tiene que ser otra. Poco después del fallo de la Corte, el rapero Dillom, 25 años de edad, posteó: “Hijos de mil put4” [sic]. Dante Spinetta, bonachón y talentoso: “Estoy medio mal con todo lo de la venta de la Argentina, nos cagaron con esa movida”. Celeste Cid, diosa absoluta, se sintió “como en una película de terror donde vuelve a aparecer el monstruo”. Y así muchísimos otros personajes sensibles, verdaderamente preocupados porque sienten que los ríos y las montañas argentinas van a quedar pronto en manos extranjeras.
¿De dónde viene este pánico? Cuando el gremio CTERA clama que “la soberanía no se vende” y que “la tierra y el agua de la Argentina se defienden”, entiendo que es parte del teatro ideológico habitual, el uso de un lenguaje gastado porque no hay otro. ¿Pero Dillom, Dante Spinetta, Celeste Cid? ¿Cuál es el origen de esas emociones melodramáticas? Los artistas son gente particular, con una sensibilidad especial que los hace a veces incorporarse a la política con formas torpes o exageradas. Este puede ser el caso otra vez, como tantas otras antes. También puede haber algo de comunicación de status, a lo Bourdieu: esto que hago me sirve para anotarme porotos simbólicos ante la aristocracia del espíritu.
Lo que me pareció notable de estos días, sin embargo, es la sensación de catástrofe inminente, que no es indispensable para mostrarse del lado de los buenos. En su momento, con la Ley de Glaciares, pasó algo parecido: no sólo oposición a la letra del proyecto sino, además, el pronóstico de que, si la ley pasaba, algo en nosotros como patria se rompía para siempre. Acá confluían los políticos, los artistas y los usuarios melancólicos de las redes. El proyecto no se debía aprobar, porque nos volveríamos irreconocibles: esto que solíamos llamar Argentina pasaría a llamarse de otra manera. Y sin embargo, acá estamos: el proyecto salió, un poco nos olvidamos de su existencia y la nueva frontera para la supervivencia de la nación es otra: el porcentaje de extranjeros propietarios de tierras rurales.
¿Es posible que todos estén posando? No, no es posible. Al menos no totalmente. Es imposible ignorar que las emociones vertidas en estos días se apoyan en creencias profundas y extendidas en una parte importante de la población: la desconfianza a lo extranjero y a lo capitalista, dos recelos que en este caso se potencian. Una corriente de la argentinidad tiende a sentirse violada cada vez que nuestras fronteras son penetradas por lo extranjero: de ahí que cada importación de productos sea vista como un fracaso que podía reemplazarse por un producto nacional, que las ventas de los futbolistas al exterior sean sufrida casi como secuestro de familiares o que la venta de una empresa nacional a capitales extranjeros sea vista como una derrota. Estas pulsiones existen y los hechos de estas semanas muestran que, a pesar de los cambios recientes en los consensos de la opinión pública, todavía pueden brotar como géisers manifestaciones contrarias a la dirección internacionalista, capitalista y aperturista que el Gobierno quiere darle a la economía. No sólo existen: siguen teniendo energía política, en buena parte porque exceden los reclamos típicos, algo desinflados, de la oposición partidaria. Es un mensaje para el Gobierno pero también para mí: se pueden tener emociones sinceras con argumentos equivocados.
La entrada Patriotas sublevados se publicó primero en Seúl.
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