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La gran riqueza de Jujuy quizás no esté solamente debajo del salar, sino encima de él. Está en el agua escasa, en la cultura andina, en las comunidades, en el paisaje, en la Quebrada, en la Puna y en una identidad que puede producir valor durante generaciones. Sin embargo, la provincia discute su futuro como si el único camino posible fuera extraer más rápido y exportar más volumen. Esa lógica merece ser interpelada. No porque la minería sea, por definición, incompatible con el desarrollo, sino porque el Gobierno de Jujuy todavía debe demostrar que el beneficio económico compensa de manera suficiente los riesgos ambientales y sociales de una actividad intensiva en recursos hídricos en uno de los territorios más frágiles del país. Un estudio sobre Olaroz estimó una huella hídrica de 584,1 m³ por tonelada de carbonato de litio, con fuerte incidencia del consumo de salmuera; investigaciones posteriores vuelven a señalar que el impacto depende críticamente del contexto local y de la disponibilidad de agua.
El problema no es solamente qué decide el Gobierno, sino también cuánto está dispuesto a discutir el pueblo jujeño. Hay una mansedumbre peligrosa cuando una sociedad acepta que el debate se reduzca a “minería sí” o “minería no” y deja fuera las preguntas más importantes: ¿cuánta agua puede perder una cuenca antes de volverse inviable?, ¿qué pasará con los pueblos si cambian los equilibrios hídricos?, ¿qué infraestructura quedará cuando se agoten los yacimientos?, ¿quién financiará la remediación de los pasivos?, ¿cuánto valor se retiene localmente y cuánto sale de la provincia? Jujuy en 50 años será “similar a Chernóbil” la metáfora no debe entenderse en sentido nuclear —sería una comparación científicamente incorrecta— sino como una advertencia sobre algo distinto y más plausible: territorios que pueden quedar degradados, empobrecidos o con condiciones de habitabilidad comprometidas si se toman decisiones irreversibles sin medir sus efectos acumulativos.
Lo más llamativo es que Jujuy ya tiene delante de sus ojos otro modelo económico. El propio Gobierno provincial informó que sólo en febrero de 2026 recibió 131.476 turistas, con más de 360 mil pernoctes y un impacto económico estimado en $44.552 millones; durante el Carnaval, 45.715 visitantes generaron más de $16.000 millones en pocos días. Eso demuestra que cultura, paisaje, gastronomía, patrimonio y experiencia turística no son adornos románticos: son activos económicos concretos. El turismo reparte movimiento entre hoteles, restaurantes, artesanos, transportistas, guías, pequeños comerciantes y familias. La pregunta que el Gobierno debería responder es por qué esa matriz no ocupa el mismo lugar estratégico que la minería en la planificación de largo plazo.
El mundo ofrece ejemplos de territorios que entendieron que conservar también produce riqueza. Yellowstone recibió 4.762.988 visitas en 2025 y sostiene desde hace décadas una economía asociada al patrimonio natural sin consumir el activo que la hace posible. Jujuy no necesita copiar a Yellowstone ni renunciar automáticamente a sus recursos minerales; necesita algo más elemental: sopesar modelos. La Puna puede generar valor por su litio, sí, pero también por su cultura viva, su paisaje, su cosmovisión, su gastronomía, su arquitectura, sus cielos, sus circuitos ancestrales y su condición única en Sudamérica. Una tonelada de mineral se vende una vez; una cultura preservada puede atraer visitantes durante siglos.
Ese es el debate que falta. Jujuy no puede seguir midiendo el desarrollo únicamente por exportaciones, regalías o anuncios de inversión. Tiene que medir también cuánto territorio conserva, cuánta agua protege, cuántas comunidades fortalece y qué economía deja funcionando cuando termine cada ciclo extractivo. El Gobierno debe explicar por qué considera razonable comprometer recursos finitos sin presentar con la misma fuerza un modelo de conservación productiva y turismo cultural de largo plazo; y la sociedad jujeña debe dejar de comportarse como espectadora de decisiones que afectarán generaciones enteras. Porque si seguimos confundiendo urgencia fiscal con estrategia, podemos descubrir demasiado tarde que vendimos lo de abajo y dañamos lo de arriba. Y quizás la verdadera riqueza de Jujuy siempre haya estado allí, a la vista de todos.
NO ES DERECHA CONTRA IZQUIERDA: ES LA SOCIEDAD CONTRA UNA POLÍTICA QUE YA NO RESUELVE
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