
Dos preocupaciones atravesaron buena parte de los debates del 39° Encuentro: la deuda y el cansancio. La primera, como mecanismo de sometimiento económico que hambrea al pueblo y condiciona la soberanía de un país gobernado por el fascismo; el segundo, como experiencia que amenaza con dejarnos sin fuerzas para transformar aquello que nos indigna.
¿Cómo salir de la catarsis y el diagnóstico para construir un plan de acción capaz de disputar el poder y torcer el rumbo político de cara a las elecciones de 2027? Si el feminismo sabe identificar las violencias, hoy también necesita discutir cómo convertir esa capacidad de lectura en una estrategia política que incida sobre la realidad.
Este año, el objetivo del tercer encuentro realizado en Córdoba —después de las ediciones de 1987 y 2007— copó un territorio donde las derechas vienen cosechando triunfos electorales y construyendo sentido común. Miles de mujeres, lesbianas, travestis, trans, intersex y personas no binarias nos vimos a las caras en medio de una coyuntura hostil, con el anhelo y el deber de aprovechar la posibilidad de imaginar, juntes, otros futuros posibles.

En los talleres apareció, una y otra vez, la falta de tiempo. No alcanza para leer, cocinar, coger, encontrarse con otras personas o sostener vínculos que no estén mediados por una pantalla. El tiempo también es una disputa política. Y, como tantas otras cosas, está distribuido de manera desigual entre los cuerpos feminizados y los varones .

El gobierno de Javier Milei no interviene solamente sobre nuestras vidas a través de la macroeconomía, el endeudamiento con el Fondo Monetario Internacional, el alineamiento con Estados Unidos y los intentos de convertir el territorio y los bienes comunes en mercancías. Su programa también se inscribe en la intimidad: en la forma en que deseamos, nos vinculamos, imaginamos y habitamos el mundo. También se juega en esa micropolítica del deseo de la que habla la teórica brasileña Suely Rolnik: en la capacidad de imaginar una vida distinta de la que el orden económico y social nos impone.
Vivir agotadas también tiene consecuencias políticas. Cuando todo el tiempo disponible se consume en trabajar, llegar a fin de mes y resolver las urgencias, queda menos margen para encontrarnos, organizarnos y producir ideas colectivas. La creatividad necesita tiempo; los afectos necesitan presencia; las redes feministas necesitan cuidado. No hay organización colectiva sostenible si quienes la construyen están condenadas a sobrevivir.
Pese al agobio económico, estamos acá. Nos encontramos, debatimos, marchamos y volvemos a preguntarnos cómo queremos vivir. Sabemos que, si las derechas machistas siguen marcando la agenda, nuestras demandas quedarán afuera. También sabemos que no alcanza con esperar que los varones que ocupan los puestos de poder nos hagan un lugar. Hace décadas que los feminismos incomodan y eso es parte de nuestra potencia política.

El feminismo ha desconfiado, con buenas razones, de los personalismos y de las estructuras verticales que tantas veces reprodujeron aquello que pretendía combatir. Sin embargo, la horizontalidad no puede convertirse en una excusa para esquivar el problema de la representación. Necesitamos referentas capaces de disputar elecciones, construir mayorías, ocupar los parlamentos e impulsar políticas públicas que transformen las condiciones materiales de existencia, en lugar de limitarse a funcionar como una fachada estética de la igualdad.
Quizás haya llegado el momento de hacer el duelo por algunas utopías para encontrar formas concretas de acercarnos a lo que todavía no existe. El horizonte no tiene que ser menos ambicioso pero tampoco puede correrse en cuanto avanzamos. Si hemos sido capaces de sobrevivir al capitalismo es también porque existe una enorme creatividad política en nuestras formas de organizarnos.
La derecha nos acostumbró a vivir mal. Consiguió que derechos conquistados después de décadas de lucha parezcan privilegios y que un salario digno se presente como una extravagancia. Nuestro tiempo vale menos que el de los varones. Las mujeres seguimos negociando las horas del día entre el trabajo remunerado, las tareas domésticas, los cuidados y el -casi nulo- tiempo propio.
Cuando hablamos de soberanía, no alcanza con hablar del país, de sus recursos naturales o de su independencia económica. También necesitamos hablar de la soberanía sobre nuestros cuerpos. Una discusión que supo ocupar un lugar central durante la lucha por el aborto legal y que hoy debe volver a extenderse a todas las dimensiones de nuestra existencia.
Necesitamos salir del modo supervivencia para volver a pensar una política feminista capaz de intervenir sobre el presente y disputar el futuro. Eso exige revisar estrategias, construir alianzas, discutir liderazgos y abandonar la comodidad de algunos consensos. También exige cuestionar el horizontalismo cuando se convierte en un límite para construir poder, sin confundir la crítica a sus obstáculos con la renuncia a la democracia colectiva.
No podemos seguir dejando los espacios de decisión en manos de varones cis, heterosexuales y blancos mientras esperamos que las instituciones cambien por sí solas. Tampoco podemos ignorar cómo las dinastías políticas y los proyectos autoritarios se reproducen en nuestra región, con Brasil como una de las experiencias que obligan a pensar qué fuerzas, alianzas y liderazgos necesitamos para enfrentarlos.

Construir futuros con osadía significa aceptar que no hay garantías. Que ninguna conquista está asegurada y que la potencia de un movimiento no se mide solamente por su capacidad de movilización, sino también por su posibilidad de traducir las demandas colectivas en transformaciones duraderas. Significa, además, recuperar el tiempo para imaginar, el deseo para inventar y la organización para convertir esas invenciones en política.
Si dejamos que otros diseñen el futuro, no nos van a incluir y los feminismos sabemos de modelos de país que no nos tienen en cuenta. Los feminismos no se pasaron tres pueblos. Están construyendo el pueblo en el que quieren vivir.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
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