
Como cristianos que creemos en el evangelio, sabemos que Dios ha guiado soberanamente a la iglesia a lo largo de toda su historia. ¿Significa esto que estamos obligados a creer todo lo que la iglesia ha creído alguna vez? Si no es así, ¿a qué cosas del pasado debemos aferrarnos?
Aquí es donde entra en escena la teología reapropiada (retrieval theology, en inglés). La teología reapropiada es diferente de la historia de la iglesia o de la teología histórica. Esas disciplinas buscan comprender el pasado y rastrear el desarrollo de la doctrina a lo largo del tiempo. La reapropiación va más allá de eso. Al ver los peligros y los problemas que abundan en nuestro momento presente, la reapropiación recurre al pasado para corregir el presente. Entenderlo nos ayudará a comprender por qué algunos protestantes pueden sentirse tentados a convertirse al catolicismo romano o a la ortodoxia oriental.
Los evangélicos que practican la reapropiación a menudo la adoptan para aclarar la doctrina de la Trinidad o refinar su hermenéutica bíblica. Impulsados por la insatisfacción con los enfoques modernos sobre la Trinidad y la búsqueda de «la intención original del autor», buscan saltarse los errores de la Ilustración y reapropiarse de las ideas de las épocas medieval y patrística.
Lamentablemente, en su deseo de retroceder en el tiempo hacia lo que consideran una mejor forma de hacer teología, algunos evangélicos han abandonado por completo el evangelicalismo. En su intento por proteger el evangelio, llegan a conclusiones que son antitéticas al evangelio bíblico.
Escucha con humildad al pasado. Pero sé prudente en lo que adoptes de él
La teología histórica es útil. La teología reapropiada también lo es. Pero la teología reapropiada acrítica no lo es. Consideremos dos advertencias para una comprensión adecuada de la teología reapropiada.
Advertencia #1. Sé humilde y sabio. Lo antiguo es bueno, a menos que sea malo.
La teología reapropiada busca escuchar al pasado. Esa es una señal de humildad, una de las virtudes clave que todos deberíamos buscar. Alguien, en algún lugar, en algún momento, conoció a Dios y la Biblia mejor que yo. Como Atanasio (m. 373), quien, para calificar como diácono de la iglesia de Alejandría —¡solo un diácono!—, se había memorizado todo el Salterio, un profeta mayor, un evangelio y todas las epístolas paulinas. Quiero aprender de él.
Pero la humildad debe tener límites. ¿A quién debo seguir e imitar? ¿Hasta qué punto? Después de todo, Arrio (m. 336) también sirvió en la iglesia de Alejandría; es de suponer que tenía memorizadas tantas Escrituras como Atanasio. Pero no quiero seguirlo, no sea que caiga en la herejía y crea que Jesús es un ser creado. Eso es antibíblico.
El hecho de que algo sea antiguo no significa necesariamente que sea bueno. Cuando alguien me dice con frustración que desearía que su congregación local fuera como la iglesia del Nuevo Testamento, le advierto que tenga cuidado de a qué iglesia del Nuevo Testamento quiere parecerse. ¿Será la iglesia licenciosa de Corinto o la iglesia de Galacia, la cual rayaba en la herejía?
Incluso durante la vida de los apóstoles, las cosas en las iglesias no funcionaban a la perfección. Tampoco debemos esperar que las cosas siempre hayan sido maravillosas —o que la expresión doctrinal haya sido correcta— en un período específico de la historia de la iglesia.
Debemos tener criterios con los cuales juzgar qué es lo mejor del legado doctrinal de la iglesia. En otras palabras, ¿cómo sabemos qué debemos reapropiar? En nuestro momento cultural actual, el teólogo de moda es el pensador medieval Tomás de Aquino (m. 1274). La lista de teólogos modernos que se ocupan de Tomás —y, en algunos casos, quedan cautivados por él— es extensa y sigue creciendo, si es que la internet y las redes sociales sirven de indicador.
Así que escucha con humildad al pasado. Pero sé prudente al elegir qué adoptar de él.
Precaución #2: La centralidad de la justificación por la fe sola
Cuando los defensores del teísmo clásico elevan a Tomás casi a la categoría de santo patrón de la ortodoxia, sin darse cuenta abren el camino para que mucho más que la doctrina de Tomás sobre Dios se introduzca en la corriente de la conciencia evangélica.
Francis Beckwith señala que, para Tomás, la justificación comienza con «la infusión de la gracia en el bautismo» porque «el cristiano bautizado participa literalmente de la naturaleza divina». Tomás también aboga por orar por los difuntos, por los sacramentos como medios para obtener la gracia de Dios y por la transubstanciación como elemento esencial del sacrificio de la misa.
El corazón del protestantismo se centra en una relación con un Dios santo, misericordioso y cercano
Es muy posible que los teólogos de la reapropiación, aunque tengan buenas intenciones, hayan abierto una compuerta que no se cerrará hasta que muchos hayan abandonado el protestantismo. El problema es que los esfuerzos modernos de reapropiación dan la impresión de que deben tomar todo lo de Tomás, cuando los pensadores de la Edad Moderna temprana (por ejemplo, John Owen) no lo hicieron.
Tenemos razones extremadamente sólidas para seguir siendo protestantes de la Reforma. En su esencia, el protestantismo responde a la pregunta: «¿Cómo puedo yo, un miserable pecador, ser salvado por el Dios santo?». El corazón del protestantismo se centra en una relación con un Dios santo, misericordioso y cercano.
La Escritura sola
Debemos recordar que sola Scriptura significa precisamente eso: solo la Biblia es la autoridad para lo que debemos creer y cómo debemos vivir. La Biblia siempre debe actuar como juez de la validez de una opinión, aun si me parece que esa idea o práctica es intrigante, antimoderna o «significativa». Mis gustos o aversiones, mis sentimientos, deben subordinarse a la Palabra de Dios, que es autoritativa e inerrante.
El evangelio revelado bíblicamente actúa como juez sobre cualquier versión de la teología reapropiada que aleje a las personas del protestantismo de la Reforma.
Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por María del Carmen Atiaga.
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