A mediados de la década de 2010, el underground local fue tomado una camada de bandas dispuestas a romper el molde con sonidos más modernos dentro del catálogo de estilos pesados del metal nacional.
En ese mapa sonoro que empezaba a redefinirse, Into The Flesh irrumpía como una bofetada de death metal melódico, directo a la yugular, con guiños al filo sueco de In Flames y a la rabia técnica de The Black Dahlia Murder o Arch Enemy.
Pero el grupo traía consigo una carta de presentación aún más magnética para la escena nocturna de nuestros bares: una potente voz femenina al frente. En un género históricamente masculinizado, el girl power de la banda no solo rompía esquemas, sino que inevitablemente evocaba la mística y el liderazgo de íconos como Angela Gossow.
Aquel proyecto nació como un espacio de encuentro entre amigos, impulsado por el deseo de hacer la música que les apasionaba y pasar un buen rato. Al frente del micrófono estaba Loreley Llanos Medina, una joven que con el tiempo construiría una destacada trayectoria profesional.
Hoy, desde los medios de comunicación solemos acudir a ella en su faceta como psicóloga clínica, diplomada en sexología y asesora en lactancia materna. Sin embargo, casi diez años después, “Luru” vuelve a ponerse al frente de la banda que cofundó, enfrentando el desafío de equilibrar su faceta como profesional y de ser madre de dos niños, con la responsabilidad que conlleva estar en un grupo.
El llamado de la memoria y el valor de la amistad
El hiatus de Into The Flesh no respondió a diferencias artísticas ni a quiebres internos, sino a la inevitable irrupción de la vida adulta. El cruce de exigencias académicas y responsabilidades laborales obligó a los integrantes a poner en pausa el proyecto.
La idea del retorno germinó cuando Hugo Adorno, guitarrista del grupo, contactó a Loreley tras un largo periodo en el que la banda permaneció congelada. “Hubo muchos factores que intervinieron. Ya cuando estábamos más asentados profesional y financieramente, Hugo me propone reunirnos y retomar el proyecto”, recuerda Loreley.
Aunque en un principio la alineación completa era una incógnita, la condición indispensable era contar con su voz. “Nos influyó mucho la nostalgia: el hecho de que todo el trabajo y empeño que le pusimos en su momento haya quedado en stand by. Queríamos ver si se podía movilizar eso que quedó ahí y hacer algo nuevo, siempre desde la perspectiva de pasarla bien y reforzar el vínculo que forjamos como amigos”, detalla.
Tras un proceso de reestructuración que tomó tres años, la alineación actual terminó consolidándose con la presencia de Hugo Adorno en la guitarra, Loreley Llanos Medina en la voz, Ariel Candia en el bajo (quien participó en la grabación del hasta ahora único EP Decay Of Concepts), Waldo Colmán en la batería y Heriberto Mieres en la segunda guitarra.
Subir al escenario y una batalla invisible
Para Loreley, el proceso de volver a cantar en vivo ha sido una travesía compleja e íntima. A excepción de un par de presentaciones puntuales años atrás como reemplazo en otra agrupación local, la cantante llevaba casi una década alejada de la continuidad que exige liderar una banda con proyectos a largo plazo.
Detrás de esa voz salida de una buena película de slasher y de la presencia escénica que despliega en cada actuación, existe una lucha constante contra la ansiedad. “La gente de repente no me cree, pero sufro de ataques de pánico y crisis de ansiedad constantes. En el escenario entro en personaje y me transformo, pero prepararme para tocar en vivo ha sido un trabajo mental largo y tedioso”, confiesa.
A diferencia de otros músicos que cuentan con mayor rodaje o serenidad previa, su retorno requirió una preparación exhaustiva que incluyó clases formales de canto para ofrecer una interpretación pulcra y a la altura del compromiso que asumió con el público.
Esa exigencia interna se traduce en minutos previos de alta tensión antes de cada concierto. Para mitigar ese impacto, apela a su propia formación profesional utilizando ejercicios de respiración y relajación, además de aislarse momentáneamente con música distante al género del evento, como Morrissey o incluso Música Popular Brasilera (MPB).
“En el primer concierto me decía a mí misma: ‘Es un ensayo en vivo, acá está mi familia, no tengo por qué tener miedo, yo me preparé para esto’. Me lo tomo de forma muy drástica, casi como si fuera un examen final de vida o muerte. Las rodillas me tiemblan, me da una ansiedad previa terrible, pero una vez que arranco, me subo y lo supero”, relata sobre la experiencia de volver a pisar las tablas en escenarios locales como Bar Central o Checkpoint. La respuesta del público fue sorpresiva y reconfortante: la comunidad del metal no solo recordaba a la banda, sino que esperaba con entusiasmo su reaparición.
Este reencuentro con su público suma un nuevo capítulo este sábado 26 de septiembre, cuando la agrupación vuelva a los escenarios para compartir fecha junto a Wisdom, Loktar y Roush en el escenario de Absoluto Rock.
La red de apoyo, la maternidad y el equilibrio cotidiano
Llevar adelante una propuesta musical de alta exigencia siendo profesional de la salud y madre exige una logística minuciosa. Llanos Medina rememora cómo en 2016 debió dar un paso al costado en la música tras atravesar un proceso de divorcio y quedar al cuidado de su primer hijo, una etapa en la que las responsabilidades superaban cualquier margen para el arte.
Hoy, la realidad es diferente gracias a una estructura familiar basada en la corresponsabilidad y el respaldo mutuo. “Para mí es sumamente fácil lidiar con todo gracias a mi pareja. Él es un soporte esencial en mi vida; se encarga de todo para que yo tenga la libertad de ensayar, estudiar canto y tocar en vivo. Mueve sus horarios para darme esa asistencia con los chicos. Sin ese acompañamiento y amor hacia mis proyectos, no podría hacerlo con esta tranquilidad”, enfatiza.
Aunque sus hijos aún no la han visto en un concierto formal —debido a que los ensayos y presentaciones suelen coincidir con los horarios de descanso escolar—, la música forma parte de la vida cotidiana en el hogar. Su hijo mayor ya presenció un ensayo general y el material grabado por la banda forma parte del repertorio habitual que escuchan en casa.
La misma esencia, una mirada de futuro
Reencontrarse tras 10 años no alteró la química humana entre los músicos. Por el contrario, el paso del tiempo aportó madurez y una confianza más sólida en las dinámicas de grupo. La convivencia sobrepasa el espacio de ensayo: las conversaciones se extienden en reuniones compartidas, proyectos de viajes y una comunicación continua donde se trazan las metas comunes.
Con la mirada puesta en lo que vendrá, Into The Flesh se prepara para dar continuidad a su discografía. La agrupación ya cuenta con la estructura de varias composiciones, de las cuales cuatro canciones completamente sólidas ingresarán al estudio de grabación a fin de año.
El plan a corto y mediano plazo contempla el lanzamiento paulatino de estos sencillos, la producción de su primer videoclip oficial y la publicación de un nuevo EP para el próximo año.
Casi una década después de aquella primera irrupción, Into The Flesh demuestra que el crecimiento personal, las responsabilidades de la vida adulta y la maternidad no son un freno para la pasión musical, sino el motor para regresar con mayor solidez, madurez y convicción.
Medio: abc.com.py
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