
Una voz que quiera ser profética, es decir con un mensaje claro que se convierta en sal y luz para los corazones y la sociedad, necesita contenido, pero también necesita canales. Si el mensaje no llega a las personas a las que está destinado a servir, se convierte en poco más que un eco que se va haciendo inaudible y muere en sí mismo.
El medio también importa, y mucho
Las presentaciones en un congreso pueden ofrecer contenido profético, pero los medios son el medio que permite que esa voz llegue a su público objetivo. Si la voz sigue siendo simplemente un sonido emitido en una habitación, rebota como un eco y se desvanece. Los medios de comunicación no son un aspecto secundario al dar un mensaje; forma parte de la responsabilidad asegurarse de que llegue a la máxima audiencia donde debe ser recibido.
Jesús buscaba espacios donde la palabra pudiera escucharse: colinas que servían como anfiteatros naturales, sinagogas en días especiales, una barca como púlpito improvisado, carreteras, celebraciones en casas, plazas y todo tipo de conversaciones. Pablo fue a las sinagogas, a los mercados, ante los líderes políticos y al Areópago de Atenas. Dios mismo dejó su historia con el ser humano, su mensaje, su propia vida, en un medio que pudiera llegar hasta nosotros de forma entendible, clara, precisa y apegada a la verdad y a toda la verdad: la Biblia.
Cada época tiene sus propios foros. Los nuestros son muchos e inmensos: medios digitales, redes sociales, podcasts, boletines, vídeos, la prensa generalista, la radio, la televisión, las universidades y reuniones presenciales.
Centrarnos en los medios evangélicos no significa ignorar nuestra relación con los medios no evangélicos. Significa empezar por el lugar donde somos directamente responsables cara hacia afuera.
Y la cuestión importante no es solo cómo nos vemos a nosotros mismos, sino cómo se nos ve desde fuera. ¿Qué impacto real tiene nuestra comunicación? ¿Estamos forjando una identidad? ¿Estamos influyendo en la conversación pública? ¿O hablamos casi exclusivamente para nosotros mismos?
Una identidad reconocible
Una de las contribuciones significativas de los medios evangélicos es establecer una identidad. Cualquiera que lea, escuche o siga los medios evangélicos debería poder hacerse una imagen clara de quiénes somos, en qué creemos, cómo pensamos y cómo servimos. Esa identidad no debe ser uniforme ni artificial, pero sí reconocible.
Hay una imagen reveladora: cuando una comunidad canta junta, su respiración se sincroniza y sus corazones acaban latiendo en ritmos similares. Algo similar puede ocurrir con la comunicación. Cuando diferentes medios colaboran, comparten la carga, reconocen el valor de los demás y trabajan al servicio de una misión común, sus voces pueden ser distintas, cantar en diferentes tonos, y al mismo tiempo formar un coro armónico porque tienen la misma partitura (en nuestro caso la Palabra de Dios).
La diversidad es importante. También lo es la independencia. Los medios evangélicos no deben convertirse en una “oficina institucional” de propaganda acrítica. Su credibilidad depende de ser capaces de informar, analizar, desafiar y abrir la conversación con libertad responsable. Incluso aceptando diferencias o preguntas sin una respuesta evidente.
Pero independencia y diversidad no significa aislamiento o monopolio. La colaboración amplía el alcance, evita duplicaciones, fortalece la confianza y ayuda a presentar una voz más madura a la sociedad.
Colaboración más allá de los límites institucionales
La colaboración entre medios de comunicación cristianos (emisoras de radio, televisión, plataformas, revistas y proyectos digitales) ha surgido a menudo de forma natural: a través de la amistad, la camaradería, el reconocimiento mutuo y el apoyo en momentos concretos. Esta dinámica debe ser fomentada. No basta solo con que funcione por buena voluntad; debería convertirse en una estrategia compartida.
En este aspecto los podcasters y las nuevas voces digitales (“influencers”) tienen un gran impacto, especialmente entre los jóvenes, pero corren el riesgo de perderse en el éxito individual, en un enfoque cerrado, o en la presión constante de producir contenido rápidamente. Nacer y morir en ellos mismos. Conseguir aunar su esfuerzo colectivo en la línea que estamos mencionando creo que debería ser una de las tareas de comunicación prioritarias en los próximos años.
Necesitamos redes de medios evangélicos: no un mecanismo de control, sino una red que tenga en cuenta los temas, enfoques, recursos y oportunidades. De esta forma el contenido desarrollado en foros como conferencias de cultura eclesiástica no se quedaría limitado solo a ese evento. Debe transformarse en mensajes específicos, artículos, entrevistas, vídeos, debates, materiales formativos y conversaciones públicas sostenidas (por cierto, hay que evitar la cultura de promocionar un evento para luego quedarse en nada difundir lo que allí ocurrió y se dijo).
Verdad y gracia en formato único
Los medios no crean la voz profética, pero pueden distorsionarla o servirla. Por eso deben tener cuidado con su tono. Hemos escuchado la necesidad de hablar con verdad y gracia, con justicia y misericordia. Esa combinación también debe influir en titulares, ángulos, imágenes, entrevistas y debates.
Un medio evangélico no debe simplemente buscar clics provocando indignación o polémica. Tampoco debe evitar temas difíciles por miedo a causar incomodidad, recibir críticas o perder patrocinios.
Su tarea es hacer que la verdad se entienda con claridad sin traicionar hacerlo con la gracia de lo Alto; y hacer visible la Gracia sin diluir la verdad. Esto requiere profesionales, voluntarios y colaboradores que aman a Jesús y la Palabra por encima de todo; y que también comprendan la cultura, conozcan su oficio y sean capaces de trabajar con los más altos estándares.
En nuestro caso concreto, los medios evangélicos españoles también tienen un alcance transatlántico. Lo que se publica en España se lee en América Latina, Estados Unidos y comunidades hispanas dispersas por todo el mundo. Esta realidad amplía nuestra responsabilidad. Nuestras palabras no solo influyen en una conversación nacional; pueden moldear narrativas evangélicas a ambos lados del Atlántico.
Puentes con la “sociedad secular”
Una tarea que aún queda por abordar es fortalecer las asociaciones con universidades, centros de estudio de la religión y la política, investigadores, los medios de comunicación convencionales y foros de diálogo cívico. Una presencia pública no se construye únicamente publicando para una audiencia interna. También requiere relaciones personales, confianza, disposición a explicar, capacidad para responder rápidamente y credibilidad acumulada.
Los medios evangélicos pueden y deben también actuar como un puente entre las iglesias y la sociedad, entre la teología y la actualidad, entre las preocupaciones locales y la conversación global. Pero para ello, necesitan una agenda clara, unidad y profesionalidad. Necesitan escuchar más atentamente a la Iglesia, pero también escuchar más de cerca a la sociedad. Necesitan moldear la opinión sin manipularla, abrir el debate sin romper la comunión y señalar errores propios sin que el objetivo o el efecto colateral deseado sea dañar a las entidades o las personas (salvo, claro está, que derruir la maldad sea la única forma de tener esperanza de reconstruir lo bueno).
Convertir una voz en una presencia pública también requiere perseverancia. Declaraciones grandiosas ocasionales no son suficientes. Lo que se necesita es una comunicación diaria, paciente y fiel, capaz de acompañar procesos a largo plazo. Y mostrar a la sociedad que nosotros, los evangélicos, no somos ni una caricatura ni una tribu importada, sino una comunidad con una historia, una forma de pensar, un compromiso con nuestro pueblo, con el servicio y con la esperanza.
No atrapemos la voz de los creyentes dentro del «idioma de Canaán«, traduzcamos la visión y convicciones bíblicas a la esfera pública.
Del eco a la voz: armonía sin uniformidad
Creo que el principal reto para los medios evangélicos es pasar del eco a la voz, como anunciaba al inicio de este artículo. Un eco inicia nítido, pero reverbera dentro de un recinto más o menos amplio hasta hacerse ininteligible y apagarse.
Pero la voz en sí misma puede viajar a través de las distancias, mantiene su mensaje y llama a las personas a reaccionar. El mejor ejemplo es la propia Palabra, el Verbo encarnado, que fue, es y seguirá siendo verdad y vida.
Para lograrlo, hemos ido desgranando que necesitamos contenido profundo (que no aburrido), canales adecuados, colaboración genuina, independencia responsable y una identidad evangélica reconocible.
La cuestión última no es si tenemos plataformas, sino si las estamos utilizando para servir al Reino y al mayor bien común. Más allá de nuestro entorno cultural evangélico, y por encima de nuestros egos y metas personales o institucionales. La comunicación puede alimentar el narcisismo de una comunidad, tener intereses propios como prioridad o ayudarla a cumplir su misión.
Si la voz profética quiere alzar la voz como una luz y como sal en un mundo cambiante, los medios deben ayudar a asegurar que esa voz no se pierda entre el ruido propio. No se trata de imponer una “marca”, sino que Cristo sea proclamado, la Iglesia se edifique y la sociedad escuche una palabra llena de verdad, gracia y esperanza aplicable a nuestro tiempo.
Una agenda editorial amplia y compartida
Otro factor para que los medios evangélicos sirvan a la voz profética es que necesitan (necesitamos) una agenda editorial compartida y diversa sin caer en la uniformidad. Ciertos temas no deben dejarse de lado, y abordarse de forma continua: libertad de conciencia, persecución religiosa, salud ética y espiritual del liderazgo, los jóvenes y la fe, la mujer en la iglesia y la sociedad, la vida pública, la migración, pobreza, familia, educación, misión, cultura digital, democracia, verdad y reconciliación.
Una agenda común no significa que todos publiquemos lo mismo. Significa que dejemos de depender únicamente de la agenda informativa dictada por otros. También significa que anticipamos los temas, formamos expertos, producimos materiales, aseguramos la continuidad en los debates y proporcionamos recursos a las iglesias. Si los medios evangélicos solo reaccionan a las controversias, otros seguirán marcando la agenda de nuestra conversación.
Esta agenda debe incluir voces diversas y de confianza. Necesitamos teólogos que escriban para no especialistas, periodistas que entiendan la fe, pastores que conozcan el mundo real más allá de la “burbuja evangélica”, profesionales cristianos que contribuyan desde sus respectivos campos, jóvenes que articulen cuestiones emergentes, expertos en analizar la cultura (entendidos en nuestro tiempo: publicaciones, cine, series de televisión). Y mujeres a las que abramos las puertas editoriales, más allá de buscar su aportación solo cuando el tema es “de mujeres”.
El objetivo no es simplemente cubrir espacios, sino desarrollar y promocionar el discernimiento. Una comunidad con discernimiento es mejor para resistir la manipulación, evita la polarización fácil y puede ofrecer al mundo mucho más que solo indignación religiosa. Puede ofrecer y sembrar pensamiento evangélico público.
Medio: protestantedigital.com
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