
La otra historia que dejó el terremoto: solidaridad, empatía, cooperación y esperanza
Hay acontecimientos que dividen la historia de una comunidad entre un antes y un después. El terremoto que golpeó a Colombia el pasado 10 de agosto es uno de ellos.
La magnitud de la tragedia es imposible de desconocer. Hay vidas que se perdieron, personas heridas, familias que vieron desaparecer en segundos aquello que construyeron durante años y comunidades enteras que hoy enfrentan el enorme desafío de comenzar nuevamente. Las cifras hacen parte de esta historia y detrás de cada una existe un nombre, una familia y un duelo.
Pero las cifras no cuentan toda la historia.
Porque mientras la tierra nos recordaba nuestra fragilidad, algo profundamente humano comenzó a levantarse entre los escombros.
La solidaridad.
Cuando ayudar dejó de depender de quién eras
Durante los días posteriores al terremoto ocurrió algo extraordinario: muchas de las diferencias que normalmente parecen separarnos comenzaron a perder importancia.
Ya no importaba demasiado quién pensaba diferente, quién pertenecía a determinado sector político, cuál era su profesión, su condición económica o de qué región provenía.
Había alguien que necesitaba ayuda.
Y había alguien dispuesto a ayudar.
Ciudadanos se convirtieron espontáneamente en voluntarios. Profesionales comenzaron a ofrecer sus conocimientos. Psicólogos brindaron acompañamiento emocional; ingenieros ayudaron a evaluar estructuras; personas participaron en la remoción de escombros; otras cocinaron, transportaron alimentos, recibieron donaciones o simplemente ofrecieron un lugar donde descansar. También surgieron iniciativas digitales para conectar necesidades con quienes podían responder a ellas.
Quizás allí se encuentra una de las imágenes más poderosas que deja esta tragedia:
un país descubriendo que todavía puede reconocerse en el dolor del otro.
De la emergencia a la cooperación.
La respuesta tampoco quedó exclusivamente en manos de la ciudadanía.
Gobiernos municipales y departamentales, organismos de socorro y entidades del Gobierno Nacional comenzaron a articular capacidades frente a una emergencia que superaba las fronteras administrativas. El Gobierno declaró el desastre de carácter nacional y puso en marcha rutas institucionales para atender a las familias afectadas.
Al mismo tiempo, diferentes ciudades habilitaron centros de acopio y comenzaron a movilizar alimentos, agua, elementos de aseo, medicamentos y otros insumos esenciales hacia las zonas golpeadas.
La emergencia demostró algo fundamental: ante una catástrofe de esta dimensión ninguna institución puede responder completamente sola.
La reconstrucción requiere Estado, organismos de emergencia, gobiernos territoriales, sector privado, cooperación internacional y ciudadanía trabajando en una misma dirección.
La empresa privada también extendió la mano.
Otro de los rostros esperanzadores de estos días ha sido la movilización del sector empresarial.
Empresas, organizaciones y empresarios comenzaron a recaudar y aportar recursos para apoyar a las comunidades damnificadas. Incluso espacios originalmente destinados al encuentro empresarial terminaron convirtiéndose en escenarios para movilizar importantes recursos hacia las víctimas.
También aparecieron iniciativas particulares destinadas a aliviar necesidades cotidianas, incluyendo mecanismos de apoyo a la movilidad de ciudadanos afectados en Cali.
Esto resulta especialmente significativo porque reconstruir un territorio no significa únicamente volver a levantar paredes.
Significa recuperar empleos.
Reabrir pequeños negocios.
Garantizar transporte.
Reconstruir escuelas.
Recuperar hospitales.
Restablecer servicios.
Y, sobre todo, devolver a las familias la posibilidad de proyectar nuevamente su futuro.
Colombia no estuvo sola.
La solidaridad también cruzó nuestras fronteras.
Tras la tragedia, diferentes países expresaron su disposición de acompañar a Colombia. España, Francia, Italia, Israel, Estados Unidos, Panamá y otros gobiernos manifestaron apoyo, mientras organismos internacionales comenzaron a movilizar mecanismos de cooperación.
La Cancillería colombiana activó canales diplomáticos para coordinar la recepción de asistencia internacional, incluyendo vuelos humanitarios y brigadas especializadas de rescate.
Algunas de esas expresiones rápidamente se transformaron en presencia humana sobre el territorio. Una delegación especializada israelí, por ejemplo, llegó a Cali para apoyar las labores de rescate y asistencia humanitaria.
el mensaje de que Colombia no está sola.
Cuando un país atraviesa una tragedia y otra nación envía rescatistas, recursos, conocimiento o ayuda humanitaria, ocurre algo que trasciende las relaciones diplomáticas. Durante unas horas desaparecen las fronteras y queda algo mucho más elemental:
seres humanos intentando salvar a otros seres humanos.
También apareció la solidaridad desde lejos.
La respuesta no solamente llegó desde gobiernos e instituciones.
Desde distintas ciudades comenzaron campañas, jornadas y eventos destinados a recaudar fondos. Bogotá, Medellín e incluso Miami anunciaron iniciativas y conciertos solidarios para apoyar la recuperación de las comunidades afectadas.
Cada donación cuenta.
Pero también cuenta quien preparó una comida.
Quien prestó un vehículo.
Quien compartió información útil.
Quien recibió una familia.
Quien acompañó a un niño asustado.
Quien escuchó durante algunos minutos a alguien que acababa de perderlo todo.
Porque existen ayudas que aparecen en los informes oficiales y otras que jamás serán contabilizadas.
Y ambas reconstruyen.
Resiliencia no significa olvidar.
Hablar hoy de esperanza no significa minimizar el sufrimiento.
La resiliencia no consiste en decir que nada ocurrió ni en exigirle a una persona que sea fuerte inmediatamente después de perder parte de su mundo.
Resiliencia significa reconocer que algo nos golpeó profundamente y, aun así, comenzar poco a poco a reconstruir.
Primero serán las emergencias.
Después vendrán las viviendas, las carreteras, los colegios, los hospitales y los negocios.
Pero existe otra reconstrucción mucho menos visible que también tendrá que comenzar: la emocional.
Habrá personas que durante semanas sentirán miedo cuando escuchen un ruido. Familias que tendrán dificultades para regresar a determinados lugares. Niños que preguntarán si volverá a temblar. Rescatistas que conservarán imágenes difíciles de olvidar.
Ellos también necesitarán ser acompañados.
Reconstruir Colombia después de este terremoto tendrá que significar reconstruir estructuras, pero también reconstruir seguridad, confianza, comunidad y esperanza.
La hermandad de un pueblo.
Tal vez dentro de algunos años recordaremos este terremoto por su magnitud, por los edificios que cayeron y por las vidas que lamentablemente perdimos.
Pero sería injusto que esa fuera la única memoria que conserváramos.
También tendremos que recordar a quienes corrieron hacia el peligro para rescatar a desconocidos.
A quienes donaron.
A quienes cocinaron.
A quienes transportaron ayudas.
A quienes abrieron sus negocios, instituciones o viviendas.
A los profesionales que ofrecieron gratuitamente sus conocimientos.
A los organismos de socorro.
A los servidores públicos que permanecieron trabajando durante jornadas interminables.
A las empresas que aportaron recursos.
A los países que extendieron su mano.
Y a miles de ciudadanos cuyos nombres probablemente nunca aparecerán en una noticia.
Porque ellos también forman parte de esta historia.
Cuando todo se mueve, descubrimos aquello que permanece.
Un terremoto puede mover la tierra.
Puede derribar paredes.
Puede destruir carreteras.
Puede cambiar ciudades enteras.
Pero hay algo que ninguna escala sísmica puede medir: la capacidad humana de levantarse junto al otro.
Hoy Colombia sigue de duelo.
Todavía existen heridas abiertas y enormes desafíos por delante. La reconstrucción apenas comienza y requerirá transparencia, coordinación, recursos, vigilancia ciudadana y un compromiso sostenido durante meses y posiblemente años.
Pero entre las grietas también apareció algo que merece ser protegido.
La empatía.
La solidaridad.
La cooperación.
La resiliencia.
La esperanza.
Quizás esta tragedia nos dejó una enseñanza que no deberíamos permitir que desaparezca cuando termine la emergencia: no necesitamos pensar igual para ayudarnos, no necesitamos conocernos para sentir el dolor del otro y no necesitamos esperar una catástrofe para comportarnos como hermanos.
Las edificaciones volverán a levantarse.
Las carreteras serán reparadas.
Las ciudades recuperarán lentamente su movimiento.
Pero ojalá, cuando todo vuelva a la normalidad, no reconstruyamos exactamente el mismo país que existía antes del terremoto.
Ojalá construyamos uno un poco más empático.
Un poco más solidario.
Un poco más consciente de su fragilidad.
Y mucho más dispuesto a cuidarse.
Porque después de ver caer tantas cosas, Colombia también pudo comprobar que existe algo extraordinariamente difícil de derrumbar:
la esperanza de un pueblo cuando decide levantarse unido.
“Mejores son dos que uno; porque tienen mejor paga de su trabajo. Porque si cayeren, el uno levantará a su compañero.” Eclesiastés 4:9-10 (RVR1960)
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ACERCA DEL CORRESPONSAL
ELIZABETH RONDóN
Venezolana y actualmente residente en Cali, Colombia, cuenta con una amplia trayectoria en temas relacionados con el desarrollo personal y organizacional.

