
La política, condicionada por los índices de aprobación, mira históricamente con una mezcla de codicia y desesperación al único fenómeno capaz de generar un consenso unánime, transversal y absoluto en una sociedad fragmentada.
El pase de la Selección Argentina a la final del Mundial, tras la épica e histórica remontada de semifinales ante Inglaterra, volvió a activar ese reflejo condicionado.
De todos modos, de un lado y otro, la comunicación de los distintos espacios, opera hoy bajo coordenadas muy distintas a las de la consagración en Qatar en diciembre del 2022.
En menos de cuatro años, el mapa del poder se reconfiguró por completo. En la Rosada, navegan entre la audacia de la militancia digital de Santiago Caputo y las cábalas del tipo que intenta mostrar la pasión de un ciudadano común pero es el Presidente. Del otro lado, la forzada “panquequeada” de un kirchnerismo que pasó de calificar al plantel de “desclasado” a corear sus nombres en el Obelisco.
El Mundial se juega también como un espejo del humor social de la época.
Si trazamos un paralelo con las vísperas del campeonato de 2022, en aquel diciembre, el gobierno de Alberto Fernández, Cristina Fernández de Kirchner (que aunque parecía oposición era vicepresidenta) y Sergio Massa, transitaba un declive irreversible, asfixiado por una inflación galopante y un desgaste político interno que erosionaba cualquier pretensión de épica.
Para el Frente de Todos, el éxito de la Scaloneta en Qatar funcionó como una bocanada de oxígeno temporaria, un bálsamo social que el Gobierno intentó desesperadamente capitalizar en términos de humor público, aunque con un costo altísimo: el plantel campeón del mundo ejecutó un histórico desplante institucional, negándose a pisar el balcón de la Casa Rosada para evitar quedar atrapado en la foto de la grieta.
Hoy, en 2026, nos encontramos ante un oficialismo con internas pero con la figura de un Presidente que transita un año social y políticamente difícil con logros macroeconómicos para mostrar, y que sigue contando con el apoyo inclusive de quienes no lo quieren, pero menos quieren volver atrás. La mayor diferencia en relación al Mundial radica en la estrategia de aproximación al éxito deportivo. El Gobierno entendió que la sobreactuación o el intento de apropiación estatal del fútbol genera un rechazo social inmediato.
Por eso, el repliegue táctico y la mimetización con el folclore del ciudadano común. Javier Milei no viaja a Estados Unidos para evitar acusaciones de “mufa” o cuestionamientos sobre el uso de recursos públicos, y prefiere alimentar el mito de su “cábala de Olivos”, mirar los partidos con la campera de YPF puesta y quedarse inamovible frente al televisor hasta que termine el partido.
Al mismo tiempo, ofreció el balcón de la Rosada pero con condiciones: “La foto es de los jugadores, no de los políticos”, aseguró, y prometió vaciar los despachos en el caso de que la Scaloneta quiera saludar a los argentinos desde el balcón mirando a la Plaza.
Detrás de esa supuesta prescindencia, sin embargo, late obviamente, la maquinaria digital coordinada por Santiago Caputo, que busca trazar sutiles paralelismos entre la resiliencia de la Selección ante la adversidad y la épica de la transformación económica que promueve el Gobierno.
En tanto, en la vereda de enfrente, el kirchnerismo y sus satélites comunicacionales tuvieron que ensayar en las últimas horas una verdadera obra maestra de la gimnasia discursiva.
A pesar de que algunos nos resistíamos a creerlo, las evidencias muestran que durante la fase de grupos y los primeros tramos del certamen, la militancia dura y varios referentes culturales del espacio “nacional y popular” aseguraron mirar con desconfianza y frialdad a este plantel.
El argumento fogoneado desde el ecosistema opositor era que se trataba de un equipo “desclasado”, compuesto por multimillonarios ajenos al sufrimiento del pueblo argentino, y cuyas figuras (con gestos o “likes” en redes sociales) sintonizaban con el clima de época libertario.
Hubo quienes aseguraron, como Julia Mengolini, conductora de Futurock, que este Mundial era “una mierda” (dixit): “A mí, en lo personal, me cuesta sentir algo por este mundial… Se me nubla el recuerdo y la felicidad del último”. Su crítica apuntaba a una supuesta “despolitización” del vestuario de la Selección, un eufemismo para reprocharle a los futbolistas su falta de alineación con las causas progresistas.
Tras la victoria del miércoles ante Inglaterra, sin embargo, el discurso viró drásticamente hacia la reivindicación de la “alegría popular”, un salvoconducto retórico oportuno para sumarse al festejo masivo sin tener que pedir disculpas al plantel previamente esmerilado.
VAMOS ARGENTINA CARAJOOOOO
Somos un pueblo con corazón y coraje que quiere ser feliz, que busca y pelea hasta la victoria!! GRACIAS!!!
Gracias @Argentina 🇦🇷🇦🇷🇦🇷
GRACIAS Virgencita de Luján!
Gracias Diossssss 🙏🏽 pic.twitter.com/zcbfKEj0Lc— Mayra Mendoza ☀️ (@mayrasmendoza) July 15, 2026
Hasta los comentarios de quienes como Víctor Hugo Morales advirtieron sobre los peligros del fútbol como elemento de distracción colectiva: “No es bueno que el fútbol venga a tapar a los argentinos, a salvarlos del abismo moral”, aseguró, intentando instalar la idea de que el fervor mundialista funcionaba en este caso como una suerte de anestesia social funcional al ajuste del Gobierno nacional.
No obstante, al consumarse el pase a la final, experimentó un rapto de nostalgia y emoción en sus redes, lamentando no poder estar al micrófono y sumándose a la corriente de entusiasmo generalizado.
Por otro lado, dirigentes como Juan Grabois, del Frente Patria Grande, quien durante todo este mes alertó sobre el contraste entre la “burbuja de felicidad” de las pantallas y la cruda realidad socioeconómica de los barrios y en la última semana debió recalcular su enfoque tras el triunfo contra Inglaterra.
La llave de su reconversión fue la causa de las Islas Malvinas. Grabois capitalizó velozmente las fotos de los jugadores desplegando la bandera en el campo de juego para refundar el triunfo ya no como un logro deportivo individualista, sino como un acto de estricta soberanía patriótica.
También entre quienes recalcularon se sumaron intendentes del Conurbano que habían decidido mantener silencio respecto del campeonato y ahora eligieron mostrar el fervor popular. Mayra Mendoza (de Quilmes), inundó sus redes con festejos vecinales apenas se selló el pase a la final.
Julio Alak (de La Plata) dijo en su cuenta: “Felicitaciones Argentina! La Patria agradecida”, con el término Patria claro está, intentó nacionalizar el triunfo y alejarlo de la figura del Presidente. También algunos legisladores que en sus mensajes se rinden hoy a los pies de Lionel Messi para evitar quedar fuera de la foto del consenso nacional.

Por supuesto, la expresidenta es, sin dudas, la figura que protagonizó el reencuadre más potente. Tras semanas en las que su entorno y la militancia digital de su espacio instalaban un escepticismo que llegaron a calificar de “anestesia social”, después del partido con Inglaterra, Cristina rompió el silencio en redes con una puesta en escena directa. Salió al balcón de su casa en Constitución, donde cumple su condena, a celebrar la victoria junto a la militancia que se había concentrado en las calles. Detrás de ella, proyectada en la pared, la imagen de las Malvinas.
El kirchnerismo duro alineó de inmediato este festejo con la épica de la soberanía nacional. Intentó capitalizar las fotos de los jugadores mostrando la bandera de las Islas en la cancha. De algún modo por momentos creyeron encontrar el salvoconducto perfecto: transformar el éxito de una Selección a la que miraban con recelo en un acto de estricta reivindicación patria frente a los ingleses.
La victoria frente a Inglaterra en Atlanta no solo desnudó las contradicciones de la oposición, sino que también expuso las dos almas que conviven en el seno del propio oficialismo respecto de cómo interpretar el nacionalismo.
Por un lado, la vicepresidenta Victoria Villarruel optó por la línea dura de la batalla cultural. Fiel a su estilo nacionalista clásico, tildó a los ingleses de “piratas usurpadores” y desafió las directivas de la FIFA que prohibían el ingreso de simbología política: “Prohibieron llevarlas a la cancha y se olvidaron que las llevamos en la sangre”.
Mientras tanto, el presidente Javier Milei actuó con un pragmatismo casi desprovisto de emotividad geopolítica. Al ser consultado sobre el riesgo de sanciones por el despliegue de la bandera de Malvinas, el mandatario desmarcó al Estado del episodio: “Las cosas que pasan en la cancha con los jugadores no son parte de la diplomacia”, y alertó contra el peligro de caer en “eslóganes berretas, populistas, nacionalistas y rancios”.

Mientras Villarruel buscó capitalizar el sentimiento patriótico tradicional, Milei prefierió enfocar el éxito como el triunfo de un grupo de profesionales de élite altamente competitivos que operaron bajo las leyes del mérito individual y el trabajo en equipo.
El camino hacia la final del Mundial 2026 deja también una lección de comunicación política: frente a una alegría colectiva de esta magnitud, los prejuicios ideológicos tienen patas muy cortas. Intentar “apagar la tele” o militar el desapego hacia un equipo de fútbol para que nada mejore el clima social por si eso terminara haciendo un ojo más blando hacia el Gobierno de turno es una estrategia condenada al fracaso y al ridículo electoral.
El kirchnerismo entendió, tarde y con fórceps, que la sociedad argentina busca en el fútbol un refugio, no un campo de batalla ideológico. El humor social cotiza al alza con cada partido ganado, pero el verdadero arte consiste en capitalizar esa energía sin cometer el pecado de la soberbia institucional.
Al final del día, la pelota sigue girando en un plano inalcanzable para la rosca diaria. Mientras los políticos de todos los signos recalculan sus discursos y acomodan sus perfiles de Twitter para salir en la foto del festejo, la Scaloneta demuestra que la única verdad es la que ocurre en la cancha con un equipo que demostró jugar sin que le pese la camiseta buscando el gol hasta el último minuto. Como la Argentina misma. Todo lo demás es literatura de campaña.
Publicado por: Nuria Am
Fuente de esta noticia: https://www.cronista.com/columnistas/la-pelota-no-se-mancha-el-relato-se-recalcula/
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